Este ensayo es parte del libro Del salario mínimo al salario digno, editado por el Consejo Económico y Social de la Ciudad de México

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En este capítulo final se plantea una suerte de recapitulación de las ideas centrales contenidas en los ensayos del presente volumen.

Antes, sin embargo, parece necesaria una cierta labor de esclarecimiento de los conceptos; es decir, disolver varios equívocos y confusiones que durante mucho tiempo se han repetido en México y que forman parte del clima mental corresponsable del estancamiento de los ingresos de los mexicanos.

1. Por definición, el salario mínimo es un precio fuera del mercado. Por eso, siempre y en todas partes se decreta. Se decreta por un organismo o por un cuerpo colegiado habilitado para ello, explícitamente, fuera de la empresa. De ahí que no le sean aplicables los modelos típicos de la microeconomía. Es el precio que las sociedades civilizadas imponen al trabajo menos calificado para que no caiga debajo del nivel de subsistencia. Es el precio que evita los abusos “monopsónicos” de cualquier empresario (chico, mediano o grande); es decir, el abuso que le da su poder de contratación y de despido de los trabajadores, que por lo regular son más vulnerables y con frecuencia no están sindicalizados.

Thomas Piketty explica que la justificación más clara respecto a la existencia del salario mínimo es esta: “se trata de lograr que ningún empleador pueda explotar su ventaja competitiva más allá de cierto límite” pactado políticamente (Piketty, 2014: 342). En pocas palabras: el salario mínimo es un precio moral, un acuerdo social.

2. El artículo 123 constitucional –donde se dibujan los detalles de la institución del salario mínimo– no alude en ninguna parte a consideraciones macroeconómicas, de inflación, competitividad, inversión o productividad. Los salarios mínimos se definen en el orden normativo, en el orden del bienestar. Dice la Constitución que los salarios mínimos deben “ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos”( artículo 123, apartado A, fracción VI).

Puede ser una formulación demasiado piadosa, incluso inalcanzable en estos momentos y dados los 36 años de rezago general que no podrían resarcirse de un solo plumazo, por supuesto. Pero por eso mismo tiene tanto sentido y es tan poderosa la propuesta del jefe de Gobierno del Distrito Federal: el primer aumento del salario mínimo en el México del siglo xxi debe consistir en ajustarlo al nivel crítico de la canastaalimentaria. 86.33 pesos diarios (en noviembre de 2015), porque ese es el ingreso que libera a una persona de la pobreza extrema. Con ese dinero puede adquirir ya la canasta alimentaria –la suya y la de un miembro más de su familia–. La propuesta de 86.33 pesos es el límite socialmente permitido, el primer peldaño a alcanzar para que nadie que trabaje en la formalidad viva en la pobreza extrema. La figura 1 muestra la trayectoria del salario mínimo real en México de 1976 a la actualidad.

Figura 1. Salario mínimo real, 1976-2015 (pesos al día)

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Notas: Deflactado con el IPC 2010=100.
A partir de noviembre de 2014 el Consejo de representantes de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos resolvió unificar las áreas geográficas A y B con un mismo salario mínimo.
*La cifra de 2015 corresponde al último dato del octubre.
Fuente: Estimaciones con base en datos del INEGI y de la Conasami.

3. Ya se sabe: desde los años ochenta, la política económica usó y abusó del salario mínimo y lo ató a miles de precios y cientos de conceptos que nada tienen que ver con el bienestar de los trabajadores. Así, la profecía inflacionaria se autocumplía: si sube significativamente el salario mínimo, suben al mismo tiempo miles de otros precios; es entonces que aparece la inflación, por simple default.

De allí que sea imprescindible la desindexación, desvincular el salario mínimo y paralelamente inventar un convencionalismo que lo sustituya a lo largo de leyes, reglamentos, normas e incluso en su función determinante de unidad del financiamiento de los partidos políticos. Ese dispositivo ya fue inventado y sancionado en el Congreso de la Unión y tanto los legisladores como el presidente de la República lo han denominado Unidad de Medida y Actualización (UMA).

Es un valor que se determinará a principio de cada año, simplemente para que todos los conceptos, las multas, tarifas, etcétera, se mantengan exactamente en el mismo nivel del año previo y para que en su conjunto (son miles) no sean inflacionarias. Pues bien, contrario a lo que se planteó en la elaboración parlamentaria, la UMA no tiene nada que ver, ni remotamente, con las Unidades de Inversión (UDI). Las UDI fueron una invención hecha a salto de mata, ideadas al calor de la crisis del tequila, en 1994, para que en un escenario de inflación galopante el dinero no perdiera valor; por eso se actualizan todos los días. La UMA, en cambio, se determinaría en diciembre con vigencia para el resto año. Por eso, en vez de ser un riesgo inflacionario latente, la UMA es un concepto legal que otorga certeza anual en miles de precios y contribuirá a la política de prevención de la inflación, justamente porque no la persigue: se ancla, por una vez, cada año.

4. Ha sido de la peor manera posible: los salarios mínimos que ha decretado la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami) en los últimos 15 años ni siquiera han tomado en cuenta la inflación prevista, la inflación probable en el año que viene, sino que simplemente, se han decretado aumentos conforme a la inflación que ya ocurrió. Es decir, el salario viene detrás, no se
anticipa al crecimiento de precios venidero. Por tal razón, el ingreso corriente –atado desde el comienzo del año– es uno de los factores del empobrecimiento nacional.

Es conveniente tener claros los cuatro conceptos anteriores, muy recurridos, antes de embarcarnos en la discusión central: cuánto debe y cuánto puede aumentar el salario mínimo en 2016.

La Conasami como instrumento de Banco de México1

Tres pesos o 4.1%. Ese fue el decreto publicado por la Conasami el 19 de diciembre de 2014. No hubo mayor explicación. No se detalló ni se hicieron explícitas las razones. Pero para decidir el exiguo incremento, dicha Comisión utilizó como único parámetro –apenas disimulado– la inflación promedio, medida por el Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC), ocurrida entre noviembre de 2013 y noviembre de 2014. Como dijimos: la inflación pasada.

Pero la bajeza del decreto no se agota allí (DOF, 2014). El aumento de tres pesos dedicado a los asalariados más pobres y que ubicó al salario en los 70.10 pesos fue, además, un retroceso por partida triple.

Los primeros y más elementales cálculos muestran que el salario mínimo sufre pérdidas desde el momento mismo de la emisión del decreto porque este lo coloca a la zaga del aumento de los precios ya materializado durante los meses anteriores en los productos que consumen los más pobres, la canasta alimentaria.

¿Cuánto aumentó el precio de los alimentos en 2014? 6.6% promedio global, según el inegi. Y más que eso: la carne subió 16% (el alza más notable en 18 años), el pollo 8.3% y las calabazas 28.5%, por poner tres ejemplos. En otras palabras, como la inflación en los componentes de la canasta alimentaria suele crecer más que el INPC, los trabajadores más pobres ni siquiera se recuperan al inicio del año. De tan mala suerte que al comenzar 2015 el decreto de la Conasami se quedó corto en 2.5% con respecto a la canasta alimentaria real.

Segunda pérdida: del lado de la productividad. ¿No han repetido las voces oficiales –y, sobre todo, los “factores de la producción” que concurren a la Conasami– cientos de veces que el aumento de la productividad es condición sine qua non para aumentar los mínimos?2

¿Y qué ocurrió en el año 2015? Pues que la productividad de los trabajadores mexicanos creció 2.3% en 2014; pero esa ganancia no fue reconocida ni incorporada en su decreto por la Conasami. Al 4.1% de aumento por inflación pasada debió agregarse ese otro modesto 2.3% para completar un aumento de 6.4%, sin causar inflación alguna. Una historia que, por otro lado, se repite desde hace dos décadas a pesar del modesto crecimiento de la productividad (figura 2).

Técnicamente débil, inexplicada y contradictoria, la Conasami funciona exactamente al revés de como ella misma declara pues, como vemos, realmente impide que el salario capture el aumento de su propia productividad, así sea muy modesto. Ese tipo de decisiones miopes –porque solo atiende al índice inflacionario– las ha repetido en varios decretos durante los últimos lustros.

Y, en tercer lugar, la determinación de incrementar el salario en línea con la inflación pasada, no la inflación prevista para el año por venir, expone a los salarios mínimos al movimiento de los precios que está ocurriendo ahora mismo, en 2015.

En los últimos tres años así ha sucedido: la inflación en los alimentos ha superado al aumento decretado. Incluso en un año prácticamente deflacionario como 2015, de enero a octubre la inflación registrada en los precios de los alimentos (2.3%) es mayor a la inflación promedio (1.16%). Pero es precisamente esta la que se utiliza como parámetro de ascenso de los salarios mínimos en el siguiente año. Para decirlo de otro modo: si nada cambiara, volver a echar mano del inpc en diciembre de 2015 volvería a colocar en desventaja al poder adquisitivo de los salarios desde el mismo nacimiento del decreto.

Figura 2. Evolución del índice del salario mínimo real y de la productividad laboral (1991–2014)

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Fuente: Elaboración propia con datos de la OCDE.

En síntesis, el aumento del 4.17% que ubicó al salario mínimo en 70.10 pesos diarios proviene de la inflación acumulada de noviembre de 2013 a noviembre de 2014. Su piedra angular es, simplemente, la inflación que pasó, sin otra consideración. El decreto se llena página tras página de datos y redacciones, a veces sin sentido, orden o coherencia argumental. Por ejemplo: “… las investigaciones indican que si bien el aumento del salario mínimo y el nivel de empleo no se contrarrestan, o bien que dicho aumento tiene un efecto muy limitado sobre el empleo, lo cual puede ser positivo o negativo”. O esta otra: “En los once meses transcurridos de 2014, el salario mínimo general promedio registró un aumento en su poder adquisitivo de 0.3%; sin embargo, en su evolución interanual, este salario mostró una disminución real de 0.3%” (DOF, 2014: 67 y 71).

El texto tendría que analizar, por supuesto, las condiciones generales de la economía mexicana; pero su obligación legal absoluta es concentrarse en el costo de la vida de las familias, las características y evolución de las condiciones del mercado laboral y de la estructura salarial. No obstante, solo en tres párrafos en las 22 páginas del decreto se alude a algunas de esas cifras, de paso, sin ninguna consecuencia.

Así, el aumento de tres pesos, decretado de esa manera y con esa calidad técnica, cumple un cometido: mantener a los salarios atados y bien atados, ridículamente bajos, en línea con el propósito constitucional… pero del Banco de México, no de la Conasami, obligada, por el contrario, a proteger el poder adquisitivo de los trabajadores.

Dada su integración, su forma de trabajar y los resultados de sus decretos, irónicamente la Conasami ha hecho más pobres a los pobres que trabajan en nuestro país, y lo ha hecho durante demasiado tiempo.

Más pobres que en 1992

Como señala el doctor Miguel Ángel Mancera en la introducción de este libro, la verdad dura y rotunda es que los mexicanos somos más pobres que en 2008, y con toda probabilidad más pobres que en 1992 (medido por su ingreso corriente). Esto debería ser asumido por todos como un desastre macroeconómico, social y humano.

Más de 30 años de errores persistentes. No verificamos ni evaluamos a tiempo las consecuencias de las políticas económicas puestas en marcha, y los hechos concretos, los datos, terminan evaporados ante la majestad ideológica del dogma que, todavía hoy, nos gobierna. En un futuro no tan remoto algún historiador analizará las notas y las acciones de los que gobernaron este tiempo y quedará asombrado de cuántos datos esenciales tuvieron en sus escritorios los responsables de las decisiones económicas de México. Evidencia pura y dura que ignoraron por descuido, maldad, estrechez o por obstinación con una cadena de decisiones previamente tomadas.

El Banco de México, la Secretaría de Hacienda, la del Trabajo, el presidente de la República, en este sexenio y como en los cuatro anteriores anunciaron el boleto sin retorno: reformas estructurales primero que nada. Ellas convocarán a la inversión, la inversión nos traerá crecimiento empresarial, las empresas requerirán empleo y el empleo –con su comité de productividad mediante– mejorará los salarios. Hipótesis que no ha ocurrido, y lo que nos dicen las cifras, los datos, es que vamos hacia atrás: no de un bienio a otro, sino a través de varias décadas. Obstinadamente.

Las cifras impresionan: luego de un sexenio casi completo, los ingresos corrientes de los mexicanos se hallan 14.7% por debajo del que teníamos antes de la crisis. Y tal como muestra la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares 2014 (INEGI, 2015a), en el primer bienio del presidente Peña los ingresos globales descendieron 3.5%.

La reconstrucción de las series hasta el último dato disponible y comparable indica que el ingreso corriente y el ingreso laboral por cabeza de 2014 es inferior al de 1992. Las cuentas que el jefe de Gobierno cita al comenzar esta obra deberían clavarse en el corazón de la discusión pública: el ingreso mensual per cápita en 2014 observa una caída ¡de 9.3 respecto al ingreso de 1992! Las figuras 3 y 4 condensan una época económicamente fallida.

Figura 3. Ingreso total per cápita (precios constantes de 2010)

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Fuente: Elaboración propia con datos de Coneval e IMSS.

Véase como se vea, es un gravísimo problema después de centenas de reformas estructurales (iniciadas en la administración de Miguel de la Madrid), de una maniática contención salarial y de una inserción sin plan ni concierto a la economía estadounidense.

Los datos de las agencias deberían ser revulsivos para una pronta y profunda discusión nacional: el 64.2% de los hogares ganan menos de dos salarios mínimos y esa gran masa solo concentra el 20% de los ingresos totales. Por el contrario: únicamente el 7% de los perceptores de ingresos registra más de seis salarios mínimos y concentra casi el 40% del total de los ingresos nacionales.3

¿No debería quedar claro que necesitamos una política decidida, que empiece con los niveles más bajos de la escala salarial? Un aumento de 16 pesos diarios en el salario mínimo –para superar la línea de pobreza alimentaria– se convertiría de inmediato en un factor de corrección en ese mundo, ese 64% de hogares que a duras penas sobreviven con 140 pesos diarios.

Por otro lado, en estos años el índice de Gini apenas se movió en centésimas: mantenemos la desigualdad inalterada. Mientras, el retroceso más importante de los últimos dos años lo protagonizaron los deciles de la “clase media”: V, VI, VII, VIII y IX, con caídas de ingreso del orden de 5 y 5.6%. Todos perdieron, y los que se salvaron, los del grupo más pobre, en diciembre de 2015 se hallan en la antesala de un recorte presupuestal y una nueva etapa de “austeridad”.

Este libro sostiene que haber desdeñado una política de recuperación salarial y de ingresos en la economía formal ha sido un tremendo error. Creer que los salarios son una mera segunda derivada de la productividad, también lo es. Si con los nuevos datos no hay un cambio en esta materia, nos volveremos el ejemplo más extraordinario de empecinamiento y obcecación frente al colosal fracaso.

El retraso es grave. Si en los siguientes 15 años la economía mexicana creciera a una tasa promedio de 3.5% –nivel que parece altísimo después de las últimas tres décadas y de las tasas observadas en el presente sexenio–, podríamos aspirar a llegar en el año 2030 a un ingreso por persona equivalente a 17 430 dólares, es decir, el 55% del nivel de vida que tienen hoy los españoles –con todo y crisis–, apenas equivalente al nivel que alcanzó Corea del Sur a principios del siglo XXI.

De llegar al año 2030 en las mismas condiciones, ceñidos al mismo modelo, para entonces ya se habrá agotado el bono demográfico y la limitada riqueza generada no alcanzará para cubrir el compromiso de pensiones suficientes, en una época en la que los viejos constituirán ya la cuarta parte de la población.

Pero ¿qué hay en este modelo, qué hay en nuestro viaje a la globalización, qué hace que durante una generación completa el país se haya virtualmente estancado y consistentemente se haya empobrecido?

Una respuesta: la desigualdad es la base de la hipótesis del modelo económico y es el supuesto que gobierna todo lo demás. Subrayo: la desigualdad no es la consecuencia, es la premisa.

Después del shock de los primeros años ochenta, nuestro modelo económico ha dependido explícitamente de reproducir un salario deprimido y un mercado laboral débil. En un texto emblemático de esa época se argüía lo siguiente: “Deben crearse las condiciones para anclar los precios clave y los salarios nominales. El control de la inflación es un objetivo prioritario” al lado de la disciplina fiscal, el control de la demanda agregada y de los salarios, que resultan las variables estratégicas del cambio estructural (Córdoba, 1991). Y lo que se discutía como una medida obligada, una urgencia ineludible frente a una espiral de precios desatada, al cabo se convirtió en un componente permanente del arreglo económico bajo la forma de un precio controlado (por decreto, en el caso de los mínimos y como señal desde el “faro” para el resto de salarios).4

Insisto en la gravedad del dato: en 23 años, 9% menos de ingreso promedio sobre un ingreso que nunca llegó a ser suficiente. Esto no es casual, ni es un efecto de composición en el juego de variables económicas: es una decisión explícita de política económica, que involucra a casi todos los salarios y que comienza desde su base mínima, decretada por inercia y burocracia.

Pero, ¿por qué son tan importantes los bajos salarios para el funcionamiento del arreglo económico actual? Al menos por dos razones. La primera, muy poco discutida aunque decisiva: la política monetaria ha encontrado en los salarios una palanca estabilizadora asequible, utilizable, frente a la incertidumbre y volatilidad “natural” de la economía mexicana en la globalización (véase el esclarecedor y muy original ensayo de Santiago Capraro en este mismo volumen). Dicho de otro modo, dado que el mandato del banco central es único: contener la inflación, no admite, bajo ninguna circunstancia, devaluación alguna del tipo de cambio, y por eso cualquier política monetaria expansiva –como la que exigiría un acuerdo nacional de recuperación salarial– le resulta intransitable en tanto que abarataría al peso. Como afirma Jaime Ros (2015: 132-137), “para compensar un tipo de cambio muy apreciado, sobrevaluado sistemáticamente, se debe contener la masa salarial”.

En segundo lugar, porque los bajos salarios son uno de los pocos atractivos con los que el modelo económico invita a radicar inversiones, un tipo de competitividad espuria para participar en el concierto industrial global, tal y como lo advirtió Fernando Fajnzylber (1990) desde principios de los años noventa.

Los resultados combinados del estancamiento y las políticas económicas deliberadas han hecho de los salarios su ancla, su ariete estabilizador, y por eso tanto en el discurso como en las decisiones son colocados siempre al final de una larga secuencia causal, nunca cumplida: reformas que mejoren las condiciones para la inversión, productividad, competitividad, crecimiento y, finalmente, empleo y salarios. Los efectos han sido especialmente dramáticos y duraderos, pues la pérdida de peso de los ingresos asalariados dentro de la composición global del ingreso se ha seguido profundizando a lo largo de la última década, tal como se muestra en la figura 5.

Figura 5. Porcentaje de la masa salarial en el PIB, 2003-2013

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Fuente: INEGI, BIE. Sistema de Cuentas Nacionales, Cuenta de Bienes y Servicios.

Así, México se ha convertido en el país con la relación más negativa entre ganancias de capital y salarios, comparado con cualquier otra economía de su tamaño, de su estadio productivo, de América Latina o de la OCDE (véase el ensayo de Juan Carlos Moreno Brid y Stefanie Garry en estas mismas páginas), una relación casi inversa a la que exhiben los países desarrollados, en donde típicamente la tercera parte del ingreso total corresponde al capital y dos terceras a las remuneraciones de los trabajadores.

Con esta desigualdad y con las actuales tasas de crecimiento económico, México se convertirá en un país de viejos pobres antes que en un país próspero; habremos de pagar una ola de envejecimiento de las proporciones de un país subdesarrollado con una fracción del ingreso y los recursos de un país desarrollado.

Figura 6. Diferencias de ingresos. Número de veces que es superior el ingreso medio del 10% más rico respecto al ingreso medio del 10% más pobre

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*Para estos países se tomó el dato de 2010 en vez de 2011.
Fuente: OCDE.

En la figura 6, con datos provenientes de un estudio comparativo del 2014 que explora las muchas maneras mediante las cuales la desigualdad acaba minando el crecimiento, la ocde muestra los remesones redistributivos en varios países (Cingano, 2014). Una vez más y por mucho, México escenifica la peor desigualdad de todas las naciones seleccionadas: en 2011, el 10% más rico de la población recibe una porción del ingreso 30 veces más grande que el 10% más pobre.

No obstante, lo peor es que esas –llamadas por Piketty– “fuerzas fundamentales de divergencia” en México siguen actuando sin correcciones. Sin política de ingresos, ni de rentas, ni salariales; sin correcciones tributarias, ni estructuras sólidas de equidad, la propia marcha económica continúa comprimiendo y estrujando al conjunto de los sueldos. En nueve años el porcentaje de la población activa que recibe más de cinco salarios mínimos cayó a la mitad, de modo que hoy el 93% de los asalariados del sector formal sobrevive con un ingreso que va de uno a cinco salarios mínimos (figura 7).

Figura 7. Proporción de ocupados que ganan más de cinco salarios mínimos en México

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Nota: los datos se refieren al tercer trimestre de cada año.
Fuente: INEGI. Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo.

Y si observamos el comportamiento de los salarios asociados al Seguro Social, en lo que va del siglo XXI la trayectoria se muestra en la figura 8.

Figura 8. Salario diario real asociado a trabajadores asegurados en el IMSS
(Variación porcentual real anual)

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Nota: Salario deflactado con el INPC, base segunda quincena de diciembre de 2010 = 100. Fuente: elaboración con datos de STPS e INEGI.

Aumentos reales marginales, descendentes, cada vez más cercanos a cero, y como correlato de todo, en los últimos años una convergencia cada vez más explícita entre salarios medios y aumento de la inflación. Si contrastamos la trayectoria de los incrementos salariales con la del índice de precios y cotizaciones veremos que desde la crisis financiera de 2008 los ascensos en las remuneraciones quedaron por detrás o prácticamente en línea con la inflación medida por el inpc, para asegurar una nueva pérdida acumulada neta de su poder adquisitivo (figura 9).

Figura 9. Variación porcentual anual del salario nominal diario asociado a trabajadores asegurados en el IMSS e inflación acumulada

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Fuente: Elaboración propia con datos de STPS e INEGI.

Desde hace 30 años México asimiló una dogmática económica de la que todavía no escapamos: los salarios no se conciben como una variable con vida propia; todo lo contrario, siempre serán un factor derivado –de la productividad, de la competitividad, de la política monetaria o del crecimiento– y, por lo tanto, su ascenso debe esperar circunstancias óptimas fuera de sus propios atributos y fuera de sus circuitos de decisión. De esa suerte, los asalariados viven en un mundo sin escapatoria, el reino oficial de la “paz laboral”, pues en periodos de crisis o de shock no deben protestar si el sueldo no se incrementa lo necesario o incluso si disminuye realmente, porque suponen que será difícil encontrar otro trabajo. El punto es que esa condición –admitida así por todos– hace que la enfermedad depresiva empeore.

No es un mal exclusivamente mexicano. También en Estados Unidos se ha producido un sesgo sin precedentes a favor de los beneficios empresariales y en contra del salario (véase el ensayo de Mariano Sánchez en este libro). El porcentaje del ingreso nacional dedicado al pago de salarios en 2010 fue el más bajo desde 1929, cuando se empezaron a registrar esos datos estadísticos, en. Por el contrario, a partir del 2002 los beneficios empresariales han crecido ocho veces más que los salarios y por eso los ricos han incrementado su riqueza nueve veces más deprisa que los pobres (Wilkinson y Kate, 2009).

En el último medio siglo, los ingresos medios del 1% más rico de los estadounidenses se ha disparado un extraordinario 271%, mientras que los ingresos del 90% más pobre lo han hecho a un ritmo más de diez veces inferior, un 22% (Norton y Ariely, 2011). Según el propio presidente de Estados Unidos, Barack Obama, la desigualdad económica en su país es comparable a la de países como Jamaica y Argentina. Los índices de pobreza, por su parte, han crecido, aunque a un ritmo menor. En 2006, la tasa era del 12.3% y desde 2010 está estancada en torno al 15%, según los datos oficiales.

En el fondo de todo este desarreglo económico, sostiene Paul Krugman (2008: 174-176), está la cuestión salarial. ¿Por qué razón es y ha sido una apuesta tan mala y de tan funestos resultados? Supongamos que los trabajadores de la industria X aceptan un recorte salarial. Eso permite a la empresa X bajar los precios, lo que hace que sus productos sean más competitivos. Las ventas crecen y más trabajadores pueden conservar su empleo. Así que se podría pensar que el recorte salarial hace aumentar el empleo. Eso es cierto en el caso individual de la empresa X, pero nada más. Si por disposición general –fruto de un programa de austeridad, de un cambio estructural, de un shock macroeconómico o de un plan de estabilización, por ejemplo– se recortan los sueldos, nadie obtiene una ventaja competitiva.

Así que los salarios más bajos no benefician a la dinámica general ni al crecimiento; por el contrario, la caída de los sueldos empeora los problemas de la economía en casi todos sus frentes, incluido el de creación de empleos. Si la demanda de bienes no crece, entonces no crecen las empresas, ni sus productos, ni por tanto sus necesidades de mano de obra. El estancamiento envicia el conjunto del ciclo y las cosas se deslizan infinitamente a la baja, precisamente porque las empresas y los consumidores prevén que los sueldos seguirán estancados en el futuro.5 Después de más de 30 años atrapados en ese credo, resulta que el costo de la mano de obra mexicana descendió hasta precipitarse en el sótano mundial, como se muestra en la figura 10.

Figura 10. Participación de los salarios en el PIB en países seleccionados, 1995-2011

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Fuente: OIT (2012). Global Wage Database. Serie ajustada.

En 2010 el pago por hora promedio fue de 2.91 dólares, cuatro veces menor que Alemania y tres veces por debajo de lo que se paga en Estados Unidos. Alemania, con la mano de obra mejor cotizada llega a 15.32 dólares la hora; seguida por los Estados Unidos con 12.31 dólares; Corea, con 9.28 dólares; pero también Turquía, 4 y Brasil con 3.04 dólares por hora; todos a precios de 2013.

Figura 11. Salario mínimo mensual real en China y México (crecimiento porcentual anual)

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Fuente: Elaboración propia con datos de la oit. Global Wage Database.

China seguía siendo, hasta 2012, la nación con la mano de obra más barata, inferior a la mexicana: 1.5 dólares la hora en aquel momento. Pero los salarios en China se incrementan a un ritmo anual de 10% desde hace una década, mientras en México no se ha ejecutado una corrección macroeconómica rápida en favor del ingreso asalariado, así que nuestras percepciones acabaron siendo las más baratas de todas, más baratas que las chinas (The Economist, 2012). Las figuras 11 y 12 muestran esa dinámica igualadora en China y desigualadora en México, comenzando por los salarios mínimos.6 Y no solo los mínimos; la misma tendencia se verifica en el nivel de los salarios medios (figura 12).

Figura 12. Salario medio real mensual en China y México (crecimiento porcentual anual)

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Fuente: OIT. (2013). Global Wage Database.

Todos los datos, informes y análisis sobre el estado de la pobreza y la desigualdad muestran que la crisis y sus efectos no terminaron al comenzar la segunda década del siglo xx. El hecho más dramático es que la nueva oleada de empobrecimiento canceló la reducción paulatina de la pobreza que, con todo, México había podido sostener luego de la crisis del tequila en 1994-1995. La magnitud del daño causado por la crisis de 2009 y la débil respuesta estatal se puede ver en la figura 13: México fue el país con mayores reducciones del ingreso de sus habitantes más pobres durante la crisis, ubicado solo detrás de España.

Figura 13. Variación interanual de los ingresos en porcentaje (promedio entre 2007 y 2012)

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Fuente: OCDE (2012).

¿Qué clase de economía y qué clase de sociedad tenemos? Un país en el que la gente trabajadora debe esforzarse cada vez más, trabajar cada vez más horas, para estar cada vez peor. Por eso México necesita una política de recuperación de ingresos, exactamente el instrumento inverso a la contención de los salarios utilizado durante los últimos 35 años. Se trata de una política de resarcimiento histórico; es decir, empezar la devolución, así sea parcial, a quienes más han pagado por las crisis, la inestabilidad y, en general, por el tipo de arreglo económico. La figura 14, con datos del Banco de México, muestra la caída de la masa salarial y del ingreso promedio real desde el año 2009: un sexenio de retroceso neto de los ingresos de los mexicanos y, por supuesto, de su poder adquisitivo, en especial si tomamos en cuenta el incremento de los precios de los alimentos en el mundo.

Figura 14. Masa Salarial Real Total. Índice I-2008=100 (con ajuste estacional)

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Cifras con ajuste estacional
Fuente: Elaboración propia con datos del Banco de México y la ENOE-INEGI.

La propuesta de una política de recuperación salarial es, al mismo tiempo, una política deliberada de impulso a la demanda interna. Como es sabido, desde hace 20 años las exportaciones no petroleras se consolidaron como el principal motor del crecimiento. Cuando crecían a tasas sustanciales, más de 7 u 8%, solían arrastrar al resto de la economía, en especial al consumo interno del país. No importa por ahora la discusión de su aportación real al pib porque, haciendo cuentas, las exportaciones contienen a su vez un elevado porcentaje de insumos importados, de tal suerte que el resultado neto ha representado una proporción del pib relativamente pequeña. No obstante, su dinamismo había desatado normalmente un impulso en el resto de la economía, vía remuneraciones y salarios.

Sin embargo, esta relación se debilitó. En 2014, por ejemplo, vimos un desempeño extraordinario de las exportaciones no petroleras, con el sector automotriz a la cabeza y, no obstante, el consumo familiar se estancó, ya no vivió el contagio de otros años.

¿La causa? El ingreso personal disponible de los hogares ha sufrido un deterioro más que proporcional en los años de la poscrisis financiera, por vía de la creación de empleos peor remunerados, de contención salarial explícita y de alzas constantes en los precios de los alimentos, que erosionan notablemente el poder adquisitivo global en el presupuesto de las familias. La figura 157 muestra que el deterioro del poder de consumo llegó en 2014 a niveles no vistos desde la recesión de la década pasada, con excepción del año 2009, cuando impactó la crisis financiera.

Como lo han sugerido y medido distintos estudios recientes,8 no puede haber recuperación mientras los salarios y la protección social no crezcan en paralelo con el PIB. A pesar de las reticencias del Banco de México –según las cuales un aumento de salarios es inflacionario siempre, por definición y bajo cualquier modalidad– es cada vez más evidente que la economía necesita un choque que estimule la demanda de consumo y de inversión para sostener las expectativas empresariales. Y ese choque de la demanda solo puede conseguirse induciendo el crecimiento salarial en los siguientes años.

Figura 15. Variación porcentual anual del Indicador Mensual del Consumo Privado en México (series originales, índice 2008=100)

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Fuente: Elaboración propia con datos del INEGI.

En esa tesitura, el debate sobre si los salarios deben crecer antes o después de certificada la “productividad” es, en gran parte, bizantino. El retroceso salarial en México ha recortado las expectativas de demanda, ha provocado una disminución en el consumo y, por tanto, que los planes de las empresas se estanquen o se achiquen, lo que a su vez acentúa la depresión de los salarios y la creación de empleos. Proceso global que hunde todavía más la demanda.9

Esta espiral se puede romper en una parte de la cadena si el salario mínimo inicia una ruta de recuperación sostenida para rescatar su naturaleza de sueldo de garantía de los trabajos peor pagados, mediante un pacto nacional para los siguientes años; que su incremento deje de influir en otras negociaciones contractuales y que las empresas con beneficios inicien por obligación –y convicción– una mejora salarial perceptible, prudente pero sustantiva.

Además, si por un momento hemos de creer en las previsiones del presidente Peña Nieto, según las cuales México ha cumplido con los requisitos esenciales para remover los obstáculos a su crecimiento y este sobrevendrá a tasas aceleradas de 6% en pocos años, resulta lógico, incluso desde ese punto de vista, que hay bases para articular otra política de rentas.

Por resarcimiento histórico, por elemental justicia, por necesidad de incrementar y acelerar la demanda interna, por cohesión social, el país debe preparar una política de ingreso, de la cual carece. En México esa política sigue ausente, a contrapelo de lo que ha ocurrido en toda América Latina a lo largo del siglo xxi y a contrapelo del debate mundial sobre la desigualdad y a favor de los ingresos de los trabajadores, luego de la crisis (Gobierno del Distrito Federal, 2014).

Debemos insistir: la desigualdad es la premisa del modelo, no su consecuencia. Abreva de varias fuentes, pero las más significativas son el desempleo y los bajos salarios. Este nivel salarial no es producto del “estadio productivo” ni de las condiciones “naturales” del mercado, sino –como se demuestra a lo largo de este libro– producto de una política económica que vive de la competitividad espuria y de un nivel de precios controlado vía la masa salarial.

La resurrección teórica y práctica de los salarios mínimos

A querer o no, con distintas intensidades episódicas, México lleva más de un año embarcado en el debate sobre los salarios mínimos. Desde el Gobierno del Distrito Federal hemos emprendido una amplia conversación pública y una investigación exhaustiva no solo de la evidencia y de la literatura nacionales sino también, y muy especialmente, del debate teórico y político en el mundo.

De modo muy destacado, Dale Belman y Paul J. Wolfson (2014), autores del libro ¿Qué hace el salario mínimo?, son los investigadores que han llevado más lejos el conocimiento sobre los efectos reales y supuestos de la institución del salario mínimo en el mundo. Su trabajo es un metanálisis (estudio de estudios) en torno a más de 200 publicaciones académicas publicadas desde 1991 en Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Inglaterra y muchos otros países de Occidente. En conjunto, constituye la investigación más amplia, comprehensiva y, de modo muy importante, imparcial, en torno al efecto económico de aumentar los salarios mínimos.

Su conclusión fundamental es que la política de incremento sensato y sostenido al salario mínimo es la más eficiente de las políticas públicas en contra de la desigualdad y la pobreza, y esto es especialmente cierto para el caso de las mujeres. ¿Por qué? Porque tiende a construir un mercado laboral decoroso, una economía que premia a quien trabaja; porque al establecer un piso-pago suficiente, se empuja a los trabajadores a abandonar la pobreza (y no solo la pobreza extrema, que es el primer paso en México).

Las afirmaciones de Dale y Wolfson son inusualmente categóricas y rotundas tratándose de un estudio académico de ese tamaño y esa ambición, lo que nos lleva, de inmediato, a otra pregunta: ¿por qué habíamos olvidado a los salarios mínimos?, ¿por qué entonces es tan relevante y por qué es tan necesaria su rehabilitación teórica y práctica? En México, al menos, por cuatro razones:

1. Determina directamente el ingreso de aproximadamente 3.1 millones de trabajadores subordinados y remunerados (inegi, 2015b). Es decir, el 14% del total de la fuerza laboral en esa condición.

2. Su ineludible papel de referencia, señal o “faro”. A partir de la definición del porcentaje de aumento al salario mínimo, prácticamente todas las empresas y las organizaciones sindicales o representativas de los trabajadores comienzan sus negociaciones contractuales anuales. El salario mínimo se vuelve un vínculo obligatorio, el porcentaje de partida con el que comienzan un sinnúmero de rondas negociadoras salariales en el país, que a su vez implican a millones de trabajadores.

3. La flexibilización laboral, la bajísima tasa de asociación y sindicalización de los trabajadores mexicanos, las facilidades de contratación y despido, así como la generalización de los esquemas outsourcing en la economía nacional, han dejado en desventaja la posición de los trabajadores frente a sus empleadores. Una de las pocas medidas que ayudan a fortalecer el poder de negociación de los ciudadanos-trabajadores individuales es un piso suficiente del salario mínimo.

4. El salario mínimo se ha convertido, cada vez más, en una unidad del mercado laboral, un escalón sobre el cual se definen los siguientes tipos de salarios (se pagan sueldos de dos, tres, cuatro… salarios mínimos). Pero al ser tan baja la unidad básica, incluso quien cobra dos salarios mínimos (140 pesos en 2015), aunque no está en la miseria extrema, no escapa de la pobreza. Una unidad de referencia tan deprimida empobrece los siguientes escalones.

5. No menos importante: provee de una “excepción moral” a los patrones y a las empresas. “Yo no pago el salario mínimo”, se jactan muchos, pero en cambio pagan 75 u 80 pesos diarios. Son más generosos que la Conasami, pero ese sueldo tampoco alcanza para salir de la pobreza extrema. Aun así, ante la evidencia se convierten en patrones ejemplares porque “pagan más que el mínimo”.10

 

Como se ve, la repercusión, las implicaciones y las consecuencias del precio-salario mínimo son mucho más importantes de lo que suele reconocerse en el conjunto del mercado laboral y en el contexto de la macroeconomía.

La resurrección como tema teórico y académico relevante (ver los trabajos de Raymundo Cárdenas y Mariano Sánchez en este volumen); como un nuevo eje ineludible en la deliberación pública de la política económica (consultar la colaboración de Enrique Provencio) y como cambio necesario después de 30 años de estancamiento y empobrecimiento (revisar los textos de Miguel Ángel Mancera y Salomón Chertorivski, entre otros) han convertido a los salarios mínimos en una de las grandes injusticias que necesita corregir en este momento la sociedad mexicana. Este libro ha venido a subrayarlo.

 

Ricardo Becerra


Referencias

Belman, Dale y Paul J. Wolfson (2014) What Does the Minimum Wage Do? Kalamazoo, Michigan, W.E. Upjohn Institute for Employment Research.

Cingano, Federico (2014), “Trends in Income Inequality and its Impact on Economic Growth”, OECD Social, Employment and Migration Working Papers, núm. 163, oecd Publishing. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1787/5jxrjncwxv6j-en.

Coneval (2015) Informe de Evaluación de la Política de Desarrollo Social en México 2014, México, Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social. Disponible en: www.coneval.gob.mx/Informes/Evaluacion/IEPDS_2014/IEPDS_2014.pdf

Córdoba, José (1991) “Diez lecciones de la reforma económica en México”, Nexos núm. 158 (febrero). Disponible  en: https://www.nexos.com.mx/?p=6080 

DOF (2014) Resolución del H. Consejo de Representantes de la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos que fija los salarios mínimos generales y profesionales vigentes a partir del 1 de enero de 2015, Diario Oficial de la Federación (29 de diciembre). Disponible en: http://bit.ly/1EBqazP.

Fajnzylber, Fernando (1990) Industrialización en América Latina: de la “caja negra” al “casillero vacío”, Cuadernos de la cepal, núm. 60, Santiago de Chile, Comisión Económica para América Latina y el Caribe. Disponible en: http://bit.ly/1ReWNJb.

Flores Zenyazen (2015) “Aumento al salario mínimo no beneficia por sí mismo: Navarrete Prida”, El Financiero, sección Economía (30 de marzo).

Gascón, Verónica (2015) “Ve stps desempleo si sube mínimo”, Reforma, sección Negocios (30 de septiembre).

Gobierno del Distrito Federal (2014) Política de recuperación del salario mínimo en México y en el Distrito Federal. Propuesta para un acuerdo nacional. Disponible en: http://salarioscdmx.sedecodf.gob.mx/documentos/politica_de_recuperacion.pdf.

INEGI (2015a) Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (enigh) 2014. Principales resultados. Disponible en: http://www.inegi.org.mx/est/contenidos/proyectos/encuestas/hogares/regulares/enigh/enigh2014/tradicional/doc/resultados_enigh14.pdf.

INEGI (2015b) Estadísticas a propósito del Día Internacional del Trabajo (1 de mayo). Datos Nacionales (29 de abril). México, Instituto Nacional de Estadística y Geografía. Disponible en:
http://bit.ly/1OEpu1I.

Krugman, Paul (2008) Después de Bush. El fin de los “neocons” y la hora de los demócratas, Barcelona, Editorial Crítica.

López Gallardo, Julio (coord.) (1997) Macroeconomía del empleo y políticas de pleno empleo para México, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Porrúa.

Norton, Michael I. y Dan Ariely (2011) “Building a better America–one wealth quintile at a time”, Perspectives on Psychological Science, vol. 6, núm. 1: 9-12. Disponible en: http://www.people.hbs.edu/mnorton/norton%20ariely%20in%20press.pdf.

Ostry, Jonathan D., Andrew Berg y Charalambos G. Tsangarides (2014) Redistribution, Inequality, and Growth, Fondo Monetario Internacional. Disponible en: http://www.imf.org/external/pubs/ft/sdn/2014/sdn1402.pdf.

Piketty, Thomas (2014) El capital en el siglo XXI, México, Fondo de Cultura Económica.

Ros, Jaime (2015) ¿Cómo salir de la trampa del lento crecimiento y alta desigualdad?, México, El Colegio de México-Universidad Nacional Autónoma de México, Colección Grandes Problemas.

Skidelsky Robert (2009) El regreso de Keynes, Barcelona, Editorial Crítica.

Stanley, Tom y Hristos Doucouliagos (2009) “Publication Selection Bias in Minimum-Wage Research? A Meta-Regression Analysis”, British Journal of Industrial Relations, núm. 47.

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Wilkinson, Richard y Kate Pickett (2009) Desigualdad: un análisis de la (in) felicidad colectiva, España, Editorial Turner.


1 El ensayo de Graciela Bensusán en este libro demuestra con una gran cantidad de evidencia la inviabilidad institucional de la Conasami, tal y como la conocemos hoy. En este apartado solo evaluaremos el contenido y las consecuencias del decreto de diciembre de 2014, que ilustra muy bien todos los problemas y deformaciones que sufre esta Comisión.

2 “No se va a poder subir el salario mínimo solo como un anhelo, hay que hacerlo con responsabilidad”, afirmó el secretario federal del Trabajo, Alfonso Navarrete Prida, según una nota periodística. Y continúa: “El funcionario consideró que un incremento del salario mínimo debe estar basado en una mayor productividad de las empresas” (Gascón, 2015). En otro escenario, el mismo funcionario había declarado unos meses antes: “… el salario mínimo en México es una conquista de los trabajadores que no debe de estar vinculado a otro tema que no sea la productividad, la cual tiene que estar apoyada por el Estado para que sea un círculo virtuoso de ‘ganar-ganar’” (Flores, 2015).

3 Coneval (2015: 183) lo explica así: “A raíz de dos crisis económicas severas, la falta de crecimiento de la productividad, la volatilidad del precio de los alimentos e, incluso, un muy bajo nivel del salario mínimo, [desde 1992] el poder adquisitivo promedio de los mexicanos no incrementó e incluso disminuyó”.

4 Pocas cosas ilustran tan bien la transformación mexicana hacia la sociedad de mercado. Aunque la Constitución los había concebido como un derecho, el shock estructural convirtió a los salarios en un precio; no solo eso: un precio debidamente atado “en función de los objetivos de inflación”.

5 Esta paradoja típica del mercado de trabajo se ilustra también con el esquema del “dilema del prisionero” (véase López Gallardo, 1997).

6 Fuentes: Ilostat. Global Wage Report Database. Minimum nominal monthly wage. Disponible en: http://bit.ly/1TGfzH2. Ilostat. Global Wage Report Database. Mean real monthly earnings of employees, annual growth. Disponible en: http://bit.ly/1TGfzH2. Banco Mundial. (2015). Banco de datos. Indicadores de Desarrollo. China. Índice de Precios al Consumidor (Base 2010=100).

7 Construida con base en el Indicador Mensual de Consumo Privado, que mide el comportamiento del gasto realizado por los hogares en bienes y servicios.

8 Como el del FMI: la igualdad no lastima la eficiencia económica, la causalidad es incluso al revés: una mayor igualdad estimula el crecimiento a medio plazo (Ostry, Bert y Tsangarides, 2014). O el de la OCDE, que explora el camino inverso: la desigualdad inhibe el crecimiento (Cingano, 2014).

9 Con agudeza, Robert Skidelsky en su texto El regreso de Keynes, argumenta el mismo efecto descrito por Krugman, en polémica con una declaración de la canciller alemana Angela Merkel: “Se debería haber preguntado simplemente al ama de casa suaba”, dijo la canciller, después del desplome de Lehman Brothers en 2008. “Os habría dicho que no se puede vivir gastando más de lo que se gana”. En esa lógica –que parece sensata– se basa la noción de austeridad (de “responsabilidad” en nuestro caso). El problema es que pasa por alto el efecto de la frugalidad del ama de casa en la demanda total. Si todas las familias frenaran sus gastos (haciendo caso a la madre suaba), el consumo total disminuiría y también la demanda de mano de obra. Si el marido del ama de casa pierde su puesto de trabajo, la familia estará económicamente peor que antes. El caso general de esta falacia es la “falacia de composición”: lo que tiene sentido para cada una de las familias o empresas en lo individual no necesariamente da como resultado el bien del conjunto. El caso particular que J.M. Keynes determinó fue la “paradoja de la frugalidad”: si todo el mundo intenta ahorrar más o disminuir costos en los malos tiempos, la demanda agregada disminuirá, con lo que se reducirán los ahorros totales a causa de la disminución del consumo y del crecimiento económico (ver Skidelsky, 2009: 207).

10 Sobre el papel económico de la “excepción moral” de las empresas que pagan “arriba de los mínimos” véase Stanley y Doucouliagos (2009).

 

5 comentarios en “Pequeños equívocos (con) importancia

  1. Definitivo, la conasami debe desaparecer, el presidente del organismo tiene 24 años en el puesto y por lo visto no da una. Siemore sale con su rebuscadas explicaciones que solo confunde a la gente, no da razones como las expuestas en este brillantísimo trabajo, tan detallado que me mareé, falta mucho estudio a nuestros funcionarios, para agarrar el nivel requerido. Treinta años haciendole al tío lolo..

  2. Muy buen artículo, sin embargo los empresarios y el gobierno siguen siendo unos desconsiderados con la sociedad trabajadora, los primeros no quieren dejar de ganar lo que siempre ha ganado y los segundos no hacen mucho por crear leyes que generen la desigdexación de los salarios por que vienen de la misma clase empresarial. la lucha que tenemos todos los que somos trabajadores todos los días es una lucha a muerte. los ricos no cederán nunca aun cuando los intelectuales les escriban muy precisos y objetivos, solamente cederán con una revolución social.

  3. Por donde quiera que se le mire, se analice. se diagnostique, se estudie, se subraye y se vuelva a subrayar – como sucede periódicamente – el nivel en el que forzadamente se ha mantenido al salario mínimo sacrificándolo para, entre otras cosas, presumir de una baja inflación, es una inmoralidad de la que deben avergonzarse todos los que participan en su determinación y aquellos que nada hacen para mejorarlo con el pretexto de hacerlo ‘mas atractivo’ a los inversionistas. El neoliberalismo en todo su esplendor.

  4. Excelente introducción: intensa, fundamentada, coherente. A la altura del tema y de la tragedia socioeconómica que ha alimentado en los últimos 25 años. Se podrá o no estar de acuerdo en todo. Pero eleva los términos del debate al que se han negado quienes guardan una enorme responsabilidad en esto.

  5. Excelente artículo, acabo de ir a México de vacaciones pues vivo en el extranjero, primero en España y ahora en Panamá, me dio mucha tristeza ver la desigualdad tan apabullante que se vive, es dramática, los pobres están cada vez más jodidos, y los ricos parecen vivir en una burbuja, dándole vueltas a la cabeza pensaba, por qué? No es posible que los ricos no se den cuenta que en México no se tiene calidad de vida, con ese panorama es imposible, ellos viajan y vuelven al México real, por qué tanta miopía? Pensé al principio, que se arregla con una política fiscal justa, distributiva, pagar todos impuestos, y luego repartir todos los ingresos en mejorar el estado de bienestar, sobre todo sanidad y educación. Pero me dejé el salario mínimo, no es posible que haya cohesión social sin que el salario aumente al costo de vida real, que ha subido bastante. Este estudio me ilustró!!!
    Cuántas voces mexicanas necesitan ser leídas por los que gobiernan! Cuántas!!