Casi podemos visualizar el momento en que, al abrirse las puertas de aquel avión, asomó la cabeza una mujer de 24 años, la aventura en su mirada, oteando el horizonte americano que se extendía casi al infinito. Era un sueño vuelto realidad, ya que América siempre había sido un atractivo para ella, la había seducido, no sólo a partir de sus estudios en la carrera de historia en España, sino también a través de aquellos modelos y estereotipos que México exportaba, como Jorge Negrete, Cantinflas, los poemas de Amado Nervo, entre otros. Invitada a participar en un congreso de indigenistas en Guatemala, aprovechó para cruzar la mar océano, como lo habían hecho tantos antepasados suyos, para “hacer la América”, y llegó para quedarse.

Nacida en Madrid el 17 de enero de 1935, sufrió las consecuencias de la guerra civil que mantuvo a sus padres alejados. El aragonés quedó en la capital, mientras que la guipuzcoana se refugió en Bilbao, Zestona y Azpeitia, donde transcurrió la niñez de Pilar y de su hermana. Se comunicaba en euskera y posteriormente tuvo que aprender español y ha mantenido ese acento tan suyo vasco-castellano durante toda su vida. Terminada la guerra, la familia se reunió en Madrid y ahí estudió en un colegio de monjas la primaria y la secundaria.

Al terminar el bachillerato, comenzó a trabajar, lo que en cierta medida condicionó su decisión sobre la carrera a seguir, por el número de horas que debían cubrirse y que sus compromisos laborales le impedían cubrir. Nos alegramos de que no se haya decidido por la Química o la Pedagogía, aunque a esta disciplina humanista se ha acercado mucho con sus investigaciones. Así que ingresó a la Universidad Complutense para seguir la carrera de historia. Se pasaba las horas y los días en las aulas, unas veces dando clases, otras tomándolas. Decidió estudiar historia porque buscaba algo sólido que le dijera la verdad y le explicara cómo habían sido las cosas, ya que vivía en un mundo en el que había que proceder de manera sigilosa, cuidando lo que se decía, dudando de lo que se oía, temiendo lo que podía suceder, en el mundo de la sospecha permanente. Su conocimiento de latín le permitió sumergirse y disfrutar de tantas y tantas lecturas de los clásicos, como a Ovidio con sus Epístolas desde el Ponto, donde ella encontraba algunas respuestas a sus innumerables preguntas.

Aunque el plan de estudios estaba enfocado a la historia de América, tenía algo de universal por lo que recibió algunos cursos de historia moderna y contemporánea española, pero también algo de náhuatl. Lo que iba aprendiendo sobre arte, cultura, historia política etc. la motivaron a profundizar en la variedad de los países americanos que formaban parte de aquel imperio donde jamás se ponía el sol y que, a pesar de la gran extensión y enorme distancia física entre las posesiones y la capital o entre los virreinatos mismos, tenían tanto en común, se sujetaban a las mismas directrices estipuladas por la corona y, a la vez, guardaban considerables e interesantes diferencias. Pudo complementar su formación con otros cursos que ofrecía el Instituto de Cultura Hispánica, fundado por el gobierno franquista para fortalecer las relaciones con los países americanos. Con la formación en historia de América tuvo su primer contacto con la antropología.

Su tesina de licenciatura, defendida en 1957, estuvo dedicada al estudio de los indios Chocó, pero haciendo más un estado de la cuestión que un análisis a partir de fuentes originales. La hizo sin mayor interés por el espacio geográfico donde había florecido dicha cultura y, ni entonces ni con el correr de los años, hizo el menor esfuerzo por acercarse a esa región colombiana. Sin embargo, durante su formación en la Complutense, sí que le llamó la atención la geografía a través de la lectura de los textos de Paul Vidal de La Blache, y se dio cuenta que la geografía era historia y la historia geografía y no podía separarse, ya que el paisaje y el ambiente, influyen en la cultura y en lo que hacemos.

Otra característica de su formación fue la erudición o, como ella misma reconoce, tuvo “una sólida, aburridísima formación positivista" que le inculcó rigor, exigencia para aprovechar otras herramientas, paciencia y perseverancia. Sin embargo, reconoce que tenían "negada la imaginación”. Otras escuelas de pensamiento no tuvieron mucho desarrollo en la península ibérica y algunos historiadores trascendentes habían dejado atrás la España franquista y hacían su labor en el exilio por lo que no los conoció en las aulas. Pero no por ello se desconocían sino que se seguían con interés sus polémicas, como la de Américo Castro y Nicolás Sánchez Albornoz. Y en la península, el materialismo histórico "tenía cuernos y cola" y lo conoció al leer los que se consideraban “libros prohibidos”. Actualmente sigue la historiografía española, particularmente a aquellos autores que se ocupan de la guerra civil, no tanto para aprender historia sino para explicar sus propias vivencias.

Terminada la licenciatura, inició los cursos de doctorado. Tuvo poca experiencia en los archivos españoles, pues en ese momento no había definido con exactitud el tema que quería desarrollar en la tesis doctoral. Desde la licenciatura había tenido un coqueteo con la historia del arte, pero no había sido suficientemente profundo su interés como para seguir las sugerencias que le hacía su maestro Diego Angulo de analizar una serie de grabados custodiados en la Biblioteca Nacional de España. En forma paralela a cursar el doctorado, continuó impartiendo clases y fue becaria del Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Quien terminó de perfilar su interés por el México indígena fue José Alcina Franch. Y como su director de la tesis sobre los indios Chocó se la había enviado a algunos colegas, recibió apoyos de dos investigadores, un sueco y un norteamericano, lo que la convenció de que podría dedicarse a la investigación.

Y al parecer esa fue la vía que la llevó a inscribirse en el Cuarto Congreso Indigenista Interamericano, celebrado en Guatemala en mayo de 1959. A los cuatro días, el congreso había concluido, pero Pilar tenía claro que no deseaba regresar a España, sino que anhelaba viajar a México. Ante la falta de relaciones diplomáticas entre ambos países, se requerían intermediaciones que ella logró conseguir. Recibió invitaciones tanto del Instituto Nacional de Antropología e Historia, a través de Wigberto Jiménez Moreno, y del Instituto Panamericano de Geografía e Historia a través de Ernesto de la Torre Villar. Con estos documentos, procedió a tramitar su ingreso al país, pero había que esperar que corrieran los ritmos diplomáticos y burocráticos.

Con el dinero obtenido tras dictar algunas conferencias, se trasladó a San Juan Chamelco, en la Alta Verapaz, donde había un programa de promoción indígena, a Tactic y a San Pedro Carchá. Ahí tuvo experiencias muy agradables porque los mayas guatemaltecos la trataron con cariño y respeto y de los que aprendió que cada palabra del q’eqchi que asimiló para comunicarse con ellos, era más que un sonido, era una ventana para penetrar en su mentalidad. Y en ese momento estaba conociendo en vivo y en directo aquel mundo indígena del que había escuchado hablar y al que podía aproximarse cual si fuera antropóloga.

Un día que fue a Cobán, encontró el recado de que se le había autorizado su ingreso a México así que sin dudarlo, subió al primer avión que encontró para llegar a Guatemala y al final aterrizó “en la bendita ciudad de México que, si ahora es hermosa, hace cincuenta años era un sueño, era maravillosa”. Y en México encontró no sólo paisajes maravillosos, gente amable, historia interesante, sino un lugar y una cultura dónde insertarse, lejos del franquismo que tantas limitaciones había impuesto a su vida.

Don Wigberto, cuya manera de hacer historia se parecía a la que le habían enseñado a Pilar en la Complutense, hizo efectiva la invitación y le dio trabajo en el recién creado Departamento de Investigaciones Históricas del INAH, instalado en el Anexo al Castillo de Chapultepec. Ahí se incorporó a varios proyectos y, para completar sus ingresos, dio algunas conferencias en el Club España, donde conoció al que en poco tiempo se convirtió en su marido. Tras renovar su permiso de estancia, se casó y tuvo cuatro hijos a los que se dedicó en cuerpo y alma. A veces, cuando encontraba algún momento para ella misma, se ponía a leer lo que podía de la Nueva Historia, particularmente aquella Introducción a la Historia, de Marc Bloch, que le significaba una revolución y le confirmó la manera que había imaginado de hacer historia.

Y cuando sus hijos crecieron, retomó el camino que había dejado pendiente y convalidó los estudios que había hecho en España para poder inscribirse en la Maestría en Historia de México que ofrecía la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Estaba consciente de que, para formarse como antropóloga, necesitaba empezar desde la licenciatura y ya no había tiempo que perder, por lo que optó por continuar por la vía iniciada en el viejo mundo. En México, la manera como se enseñaba historia le pareció que era el paraíso, una maravilla. Había un sentido en la historia -podía ser historicismo- pero en España no se lo enseñaban, aunque lo podía intuir y le parecía ver "faros de luz en medio de un mar tenebroso". Y el resto es historia.

De vuelta en el mundo académico, recurrió a Josefina Vázquez, a quien había conocido al llegar a México, y logró que la incorporara al Seminario de Historia de la Educación que dirigía en El Colegio de México. Aunque Pilar reconoce que no era lo que más le apasionaba, se insertó en ese campo para asegurar su trabajo en dicha institución y realizó, bajo la dirección de Juan Ortega y Medina, la tesis “La educación femenina en Nueva España. Colegios, conventos y escuelas religiosas de niñas”, que defendió en 1983 y con la que obtuvo la Medalla Gabino Barrera. Continuó formando parte del Seminario de Educación y cada vez se hizo más evidente que su interés se encaminaba más hacia el estudio de la vida cotidiana que de la educación misma. Aun así, para el doctorado continuó con la enseñanza, pero desde el punto de vista de lo realizado por la Compañía de Jesús en Nueva España, bajo la dirección de Elsa Frost.

El pueblo natal de Ignacio de Loyola es Azpeitia, del que Aizpuru es un caserío, así que, antes de realmente conocer Madrid, Pilar visitó repetidamente la casa, el templo, el espacio ignaciano, y conforme fue creciendo, fue incrementando su atención hacia la labor de la Compañía de Jesús, reconociendo sus aciertos y criticando sus limitaciones. En sus investigaciones ha demostrado cómo los ignacianos, en su afán de cambiar al mundo, idearon un sistema educativo que tuvo la capacidad de adaptarse a las circunstancias del tiempo y al espacio, pero que poseían mucha claridad en cuanto a la manera en que quería formar a los estudiantes. Y su influencia ha sido extensa e innegable desde el siglo XVI hasta el presente. Su tesis doctoral enfocada en la educación popular de los jesuitas, -convertida en libro casi de inmediato- resalta su proyecto educativo como parte de la modernidad, pero sobre todo en el marco de la Contrarreforma al introducir los métodos rigurosos del humanismo renacentista junto con algunas innovaciones, como el énfasis en la disciplina, la agrupación de los alumnos en clases de distintos niveles y el aprendizaje de los textos clásicos.

También ha prestado atención al legado de un par de integrantes de la compañía de Jesús que a ella le han parecido de suma importancia pero que no suelen ser muy conocidos: Bartolomé Castaño y Juan de Tovar. Pero por lo general sus investigaciones no giran en torno a personajes destacados ni ha cultivado el género biográfico, sino que ha preferido dar la voz a los “sin nombre”.

Pilar ha reconocido que, en general, le interesa cualquier cosa que se relacione con la formación, la evolución del pensamiento, la incorporación al mundo moderno, lo mismo si se trata de las misiones o de los colegios. Pero aunque le han emocionado principalmente las instituciones educativas de la Compañía de Jesús, ha abordado muchos otros aspectos relacionados con la formación de los seres humanos. Una buena parte de su producción historiográfica, no sólo de la década de 1980s sino en las siguientes, ha estado volcada al análisis de distintos aspectos educativos en la época colonial, cuyos resultados ha plasmado en artículos, capítulos y ponencias, pero tal vez lo más destacado sean sus libros sobre la educación de los criollos y la vida urbana, o la del mundo rural e indígena, o la educación y la colonización.

Las inquietudes de Pilar por escudriñar en el pasado no se pueden analizar de manera aislada, ya que los temas que aborda están muy vinculados entre sí. Desde la tesis de los indios Chocó, abordó aspectos de antropología, lingüística, arqueología, pero también de historia, mujeres, religión, familia, es decir, se prefiguraron algunos de los temas que después se convirtieron en su pasión y sobre los que ha trabajado en abundancia y profundidad. Así pues, a partir de sus investigaciones, se pueden entresacar algunos aspectos relevantes que están muy relacionados entre sí.

Cuando prestamos atención a los textos que ha dedicado a la educación, nos damos cuenta de la importancia que tiene para ella el vincularla a la instrucción, aunque sean aspectos separados y bien diferenciados en su obra. Pilar considera que la educación es como una forma de preparación para la vida, que se da en casa, en la calle, en la vida cotidiana, mientras que la instrucción se ofrece generalmente en las escuelas y suele tener un carácter utilitario. Gracias a sus indagaciones podemos saber que algo tan específico, como la lectura o la escritura, puede adquirir características bien diferenciadas, según sea el objetivo que se persiga con ellas. Se pueden escribir cartas desde la intimidad para transmitir sentimientos o se pueden escribir textos para hacer circular a las ideas. Se puede enseñar a leer, incluso en latín, a los que se preparan para la vida eclesiástica, o se pueden imponer lecturas edificantes para todo buen católico con el fin de alimentar sus momentos más íntimos de contrición. De hecho, los formatos de la lectura en los primeros años de la época virreinal estaban muy ligados a la religión y la enseñanza se hacía a través de silabarios, confesionarios, etc. Pero con el paso del tiempo, se fueron generalizando lecturas más mundanas y una parte considerable de la población, las mujeres, podía tener una gran afición por la lectura, pero sus preferencias eran Lope de Vega o El Quijote. La injerencia del Tribunal del Santo Oficio en el control de las lecturas, con todo su rigor, no necesariamente estaba relacionada con textos que atentaran contra la religión sino contra las buenas costumbres y los valores establecidos, y a veces servía como un detonante para despertar la curiosidad de los lectores que buscaban afanosamente tener acceso a un texto prohibido y saber por qué se le censuraba.

Sin embargo, un porcentaje elevado de la población podría ser analfabeto, es decir, con escasas posibilidades de tener acceso a la lectura y la escritura, pero Pilar ha demostrado que esa condición no era impedimento para que tuviera educación o poseyeran una cultura. Y a ellos se trataba de llegar por medio de lecturas utilizadas para la evangelización, de ahí el dilema entre la “paideia cristiana” y la “educación elitista”, entre la transmisión de valores y la moralidad o la sumisión y la imposición.

Las fuentes de las que se ha valido Pilar para sus investigaciones han sido de variada índole y las ha recuperado en diversos acervos, aunque reconoce que no se comunica con el pasado “mediante la imagen sino con la palabra”. Aunque le interesa tanto el siglo XVI, no utiliza directamente códices porque no se siente capaz de leer pictografía y prefiere basarse en quienes sí saben hacerlo. Las imágenes no le llaman demasiado la atención y desconfía, por ejemplo de los cuadros de castas, cuya base iconográfica es una mentira ya que es una medida clasificatoria muy alejada de la realidad.

Pero algo muy distinto es su aproximación a las fuentes escritas. Durante sus años de formación en España, consultó el Archivo Histórico Nacional, el Archivo de la Real Academia de la Historia y la Biblioteca Nacional de España. El Archivo General de Indias en Sevilla quedó fuera de su alcance ya que cuando aún vivía en la Península, todavía no decidía dedicarse por entero a la historia de América. Pero en este continente, se le abrieron las puertas de un nuevo mundo inabarcable  en el aspecto documental. Consultó gustosa y llena de curiosidad intelectual numerosos expedientes custodiados en el Archivo General de la Nación, en su sede de la calle de Tacuba, donde la convivencia con colegas era cercana y enriquecedora. Por supuesto que, para encontrar respuestas a algunas de sus preguntas, también echó mano del Archivo Histórico de la Compañía de Jesús, el Archivo Histórico del Arzobispado de México, el Archivo Judicial cuando estaba en la calle de Niños Héroes, antes de su incorporación al AGN, el Archivo Histórico del Distrito Federal y recientemente el Archivo de la Parroquia de Santa Catarina.

Sin embargo, el archivo que mejor conoce es el Archivo General de Notarías. Cuando entró a trabajar en El Colegio de México, además del Seminario de Educación, Josefina Vázquez la involucró en la realización de unas guías del Archivo de Notarías. Pilar tenía mucho interés en los documentos notariales del siglo XVI y logró entusiasmar a un grupo de sus estudiantes para revisar varios volúmenes de esa época. El resultado fue una guía, muy útil aunque incompleta y de acceso limitado, del siglo de la conquista. Pero con su férrea disciplina, se incorporó al proyecto que habían iniciado la propia Josefina Vázquez y Robert Potash, de la Universidad de Massachusetts en Amherst. Originalmente se habían hecho las guías correspondientes a 1829, 1847 y 1875, años estratégicos que podrían servir como “calas” o como cortes significativos para conocer las características de los documentos notariales. El proyecto contemplaba la utilización de un programa de cómputo en el que se vertía la información capturada en un formato más o menos rígido, impreso en unas hojas tamaño oficio. Cuando Pilar se hizo cargo, se retomó la idea de revisar todos los notarios que estuvieran operando en un solo año para ir alimentando el programa de la computadora, lo que permitiría realizar búsquedas desde distintas variables. Con apoyos por parte del Conacyt y El Colegio de México, un reducido equipo básico y un cambiante ejército de becarios, se continuó la captura de información y su sistematización. Inicialmente se publicaban en papel los índices de cada año, pero desde 2005 la información está en línea y se pueden consultar los años de 1821 a 1860 en la página web http://notarias.colmex.mx/

En apariencia, Pilar no se ha dedicado al siglo XIX, del que reconoce con cierta modestia que no sabe tanto, pero el hecho de haber no sólo coordinado sino participado en la captura de datos para las guías de notarías, sí que le ha dado una visión de lo que sucedía en esa época a través de todas aquellas operaciones económicas que dejaban huella en un documento notarial, o de las relaciones familiares formalizadas ante notario, de los compromisos contraídos por particulares, corporaciones y empresas y un largo etcétera. Sólo que no ha escrito nada sobre este periodo, sino que solamente ha dirigido un equipo que ha puesto a disposición de todos los interesados en el primer siglo de vida independiente de México la llave para abrir un extenso conjunto documental.

Lo suyo es la época colonial, que atrajo su atención desde los inicios de su carrera y se ha mantenido fiel en su intención de escudriñar en los detalles más íntimos de la vida en Nueva España. Por supuesto que tiene preferencia por lo sucedido en los siglos XVI y XVII pero también se ha ocupado del que podría ser “el siglo de las luces” o el intenso periodo previo a las luchas independentistas. El conocimiento de los 300 años de pertenencia al imperio español le permiten distinguir cambios, evoluciones, continuidades, rupturas en los patrones de conducta de las familias, en la aplicación de la normatividad, en la percepción sobre la sociedad, en las formas de educarla, en el papel de las mujeres y los niños, en la mezcla, asimilación y adaptación, en la convivencia y la movilidad. De hecho, sus estudios se puedan inscribir en la larga duración,

Si ya hablamos de una de las coordenadas de la historia, el tiempo en el que centra Pilar sus investigaciones, no podríamos pasar por alto la otra coordenada: el espacio. Si bien ha declarado su interés por la geografía y el conocimiento necesario que se debe tener de ella para poder hacer excelentes investigaciones, el espacio que abarcan las suyas es más bien limitado, en el sentido de que se ha centrado en la Ciudad de México. Ese es el escenario de la vida cotidiana, de la educación, de su vida y de su familia.

Aunque no ha sucumbido totalmente a la tentación de hacer historia comparada, sí que ha buscado las conexiones entre algunos procesos similares en otras partes del extenso imperio español, pero siempre con la complicidad de los colegas de otras regiones interesados en los procesos y problemas que le preocupan. Ella les llama “historias encontradas”, aunque estos trabajos no han salido directamente de su pluma –o de su computadora- salvo tal vez mediante la elaboración de reseñas a otros libros, sino que los ha promovido a través de sus seminarios, congresos y publicaciones. Por ello, los títulos de los libros colectivos nos hablan frecuentemente de Iberoamérica o de Hispanoamérica, gracias a las aportaciones de alumnos y colegas que se han mantenido vinculados a sus investigaciones, compartiendo los avances que han tenido en sus propias regiones.

Precisamente un aspecto fundamental de la trayectoria de Pilar es la dimensión colectiva de su obra. Desde hace un cuarto de siglo, ha realizado y mantenido seminarios en El Colegio de México por los que ha pasado un considerable número de investigadores de distintas tendencias, ideologías, instituciones y generaciones. Paulatinamente se van integrando antiguos alumno, así como colegas que responden a su poder de convocatoria. Los temas abordados han tenido variantes considerables pero están relacionados con su propio quehacer historiográfico, desde la Historia de la Familia hasta la Historia de los Sentimientos, pasando por la Historia de la Vida Cotidiana. En reuniones mensuales se analizan lecturas introductorias al tema en cuestión, se debaten los avances de investigación de los integrantes, se planifican los eventos académico a los que se invita a otros colegas y, después de la realización de los mismos, se preparan los textos que conformarán los libros colectivos. De estos grupos de investigación y reuniones han visto la luz los textos La familia en el mundo iberoamericano, (1994), Familia y vida privada en la historia de Iberoamérica (1996), Familia y educación en Iberoamérica (1999), Familias iberoamericanas. Historia, identidad y conflictos (2001), Gozos y sufrimientos en la historia de México, (2007), Tradiciones y conflictos. Historias de la vida cotidiana en México e Hispanoamérica (2007), Los miedos en la historia (2009), Una historia de los usos del miedo (2009), Amor e historia. La expresión de los afectos en el mundo de ayer (2013), y se encuentra en prensa Espacios en la Historia. Símbolos y realidades en el tránsito a la modernidad.

El número de sus publicaciones es considerable y la lista de toda su producción se acerca vertiginosamente a los tres cientos de textos y contando. Sus libros como autora única y los colectivos que ha coordinado, han tenido varias ediciones, reimpresiones y/o reediciones. Sus antologías, capítulos de libro o sus artículos no solo han visto la luz en México sino en varios países de Europa y América pero, salvo contadas excepciones, siempre han sido publicados en español.

Aunque Pilar trabaja arropada por una comunidad académica, por su centro de trabajo donde se relaciona con colegas y estudiantes, a la hora de dar a conocer los resultados de sus investigaciones, rara vez lo hace en coautoría. La excepción es el libro que publicó con Solange Alberro, La sociedad Novohispana. Estereotipos y realidades (2013), donde buscan desmantelar los prejuicios que han distorsionado la visión del pasado. Las colaboraciones con otros colegas han quedado prácticamente limitadas a la coordinación de libros colectivos que han contado también con el apoyo de otras instituciones para su coedición.

A Pilar se le considera la introductora en México de una perspectiva historiográfica que se conoce como la historia de la vida cotidiana. La obra colectiva de mayor trascendencia que ha coordinado es precisamente la Historia de la vida cotidiana en México, publicada en 6 tomos por El Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica entre 2004 y 2006. Con los textos de 79 autores agrupados en volúmenes dedicados a distintos periodos de la historia de México, se da cuenta de aspectos de la historia vinculados a los hábitos, comportamientos, rutinas, formas de vida, muerte, sociabilidad, ocio, jerarquía y ritual experimentados por el común de los habitantes.

Entre 1985 y 1987 se publicaron en Francia por la editorial Seuil, cinco volúmenes de una obra dirigida por Philippe Ariès y Georges Duby titulada Histoire de la vie privée. Posteriormente se reeditó en la colección de bolsillo "Points histoire", en 1999. Los libros se tradujeron casi de inmediato al español por la editorial Taurus, que los sacó en 10 volúmenes, y se han hecho varias ediciones. Posteriormente, esta propuesta fue llevada a otras regiones iberoamericanas, donde se hicieron adaptaciones locales: Brasil (1998), Uruguay (1998), Argentina (1999) y Chile (2005).

La propuesta de Pilar, aunque sigue el modelo de Ariès y Duby, marca la diferencia entre el estudio de la vida privada a la francesa y el de la vida cotidiana. Reconoce que, aunque admira esa idea, no tiene claro cómo distinguir “la vida privada de lo que son acontecimientos públicos de la vida privada”. Y considera que la vida cotidiana abarca más que la vida privada porque incluye aspectos que no estaba tomando en consideración, como la educación. El éxito editorial que ha tenido la obra es indiscutible y en este año de 2014 alcanza ya su quinta reimpresión. Con el afán de darle mayor difusión a esta propuesta, se hizo una serie radiofónica, con ayuda de Cristina Masferrer, que se difundió a través de las estaciones del IMER en 2010.

Aunque Pilar había trabajado diversos aspectos de lo que podría llamar “cotidiano”, en la introducción a la obra general de la vida cotidiana se explicita el significado de su propuesta con estas palabras:

la historia de la vida cotidiana se refiere a la evolución de las formas culturales creadas por los hombres en sociedad para satisfacer sus necesidades materiales, afectivas y espirituales. Su objeto de estudio son los procesos de creación y desintegración de hábitos, de adaptación a circunstancias cambiantes y de adecuación de prácticas y creencias. Los problemas que atraen con preferencia al historiador de la vida cotidiana se centran en las rupturas y continuidades de las formas de vida, el impacto sobre ellas de las crisis económicas, de los acontecimientos políticos, de la introducción de nuevas doctrinas o de la difusión de avances técnicos y descubrimientos, los procesos de asimilación e integración social y las tendencias segregacionistas.

Y para hacer más clara su propuesta, en 2006 publicó su Introducción a la historia de la vida cotidiana, donde resumió que cualquier investigación relacionada con la vida cotidiana debería provocar una nueva actitud hacia ese mundo apenas vislumbrado en las descripciones de los grandes acontecimientos, el mundo compuesto de elementos del pasado y de imprevistas urgencias del presente, de coyunturas materiales, de aportaciones culturales, de creencias intangibles, de circunstancias personales y de relaciones sociales, ese mundo complejo y esquivo que constituye el entorno propio de los individuos que son protagonistas de su propia historia.

Y más recientemente, en 2010, en colaboración con cinco de los autores que habían participado en la gran obra, coordinó una Historia mínima de la vida cotidiana en México, no con la pretensión de decirlo todo pero sí con la de “seleccionar lo más importante”.

Otro aspecto que ha atraído su atención, íntimamente relacionado con los demás, es el de la vida material, que ha abordado para explicar la vida cotidiana, lo que se comparte en familia y lo que forma parte, en muchas ocasiones, de la aculturación. Así, el ajuar doméstico, el lujo, la ostentación, la vestimenta forman parte de sus textos, abordados de manera específica, o insertos en temas más amplios. Tiene que ver, por ejemplo, con las dotes que se otorgan a las mujeres para contraer matrimonio, con las herencias o incluso con la materialización de las devociones religiosas.

El terreno de la religión está muy presente también en sus estudios, sobre todo porque, como ella misma ha reconocido, se ha interesado en la época colonial donde hay muchas manifestaciones religiosas factibles de ser documentadas. Ha analizado las prácticas religiosas como una forma de sociabilidad o por su influencia en el modelo ideal de comportamiento de la familia. No puede pasarse por alto que durante 300 años, la iglesia estuvo vinculada al destino incluso económico de la vida colonial, pero Pilar no se ha dedicado única y exclusivamente a escribir de forma aislada sobre temas religiosos, sino que los ha situado en su contexto. Los Concilios, la legislación o los jesuitas no los entiende de manera separada sino que ha procurado relacionarlos, como tantas otras cuestiones históricas, con su presente. Ha explicado que, por ejemplo, en la actualidad, con todo y los grandes avances y descubrimientos, el miedo y la soledad se pueden compensar creyendo en algo más, en una esperanza a la cual aferrarse, y que muchas veces se encuentra en la religión. Y es absolutamente factible tender un puente entre las creencias actuales y la religiosidad colonial para expresar una espiritualidad.

No todos los problemas históricos se resuelven de una manera sencilla ni se encuentran fácilmente las fuentes que permitan abordarlos. Pero con esas dobles lecturas, esa búsqueda incansable y esa capacidad de análisis que la caracterizan, Pilar ha podido escudriñar en los sentimientos de hombres y mujeres que vivieron en los siglos pasados. Individual o colectivamente se ha acercado a los gozos y los sufrimientos, al amor y al desamor, al miedo y a sus representaciones y manifestaciones en el tiempo y el espacio.

Pilar está consciente de que sus libros no pueden considerarse como la última palabra sobre cualquiera de los problemas que ha abordado individual o colectivamente. Algunos son aproximaciones y por tanto son susceptibles de continuarse. Y, de hecho, han tenido continuidad en las investigaciones de algunos de los participantes en los libros colectivos. Y siguen formando parte de la lista de los temas sobre los que aún querría seguir trabajando.

A la fecha, su trayectoria le ha valido para ser reconocida como investigadora emérita del Sistema Nacional de Investigadoress y como Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2007. Pero aun le queda mucho por hacer. Por ejemplo, en los últimos años, su mirada curiosa se ha volteado hacia los padrones, particularmente los levantados en la parroquia de Santa Catarina, situada al noreste de la Ciudad de México, colindante con pueblos de indios. Y a pesar de que rara vez se ha dedicado al análisis estadístico, en esta ocasión se ha valido también de las cuentas que le arrojan sus documentos para explicar la migración y adaptación a la vida urbana de los antiguos habitantes de las parcialidades indígenas que bordeaban y formaban parte de la capital del virreinato.

A lo largo de su carrera, se le ha considerado como especialista en historia de la educación, de la familia en Nueva España, de la vida cotidiana, o de los sentimientos. Pero Pilar no siente que las etiquetas sean pertinentes ni exclusivas y más bien considera que hace una historia cultural, muy a su manera, que se preocupa por la sociedad, por cómo vivía la gente. Ella asegura que no ha tomado una escuela historiográfica o un modelo para seguirlos estricta y exclusivamente, sino que ha abrevado de distintas propuestas y se ha auxiliado de otras disciplinas como sociología, demografía, derecho, antropología, sin las cuales no podría existir la historia cultural. Pero además, retoma algunas aportaciones de los que han trabajado historia política y económica, y sobre ellas construye algo más a partir de otras fuentes. Considera que no ha sido novedosa por los temas que trabaja, sino porque ha encontrado hipótesis muy nuevas y, en realidad, un tema se vuelve novedoso con las hipótesis. Y con ello, ha formado una escuela, un colegio invisible que se extiende por un espacio mayor del que ella misma es capaz de reconocer.

En cuanto a las influencias que ha tenido de otras escuelas historiográficas, admite que las ha conocido a través de lecturas desordenadas e incluso extemporáneas. Algunas le han parecido sorprendentes, pero reconoce que, aunque sus fuentes y tipos de estudios son muy distintos, ha podido aprovechar las propuestas de algunos autores para estudiar la realidad novohispana. Los historiadores que más impacto han tenido en ella son los franceses, principalmente Fernand Braudel, aunque reconoce que la historia total que realizó no es fácil de seguir y solo podrá hacerse bien hasta que nazca otro Braudel. Conoció los manuales de historia escritos por Albert Malet y Jules Isaac que fueron utilizados como libros de texto en el bachillerato, tanto en Francia como en España durante muchos años. Básico fue también el escrito por Charles Seignobos y Charles Victor Langlois, Introducción a los estudios históricos, modelo de la historia política y positivista. Y no oculta su admiración por Jules Michelet con su monumental Histoire de France, entre otras cosas, por su manera de enfocar la historia y manera muy llana de escribir. De generaciones más recientes le fascina la solidez de Jacques Le Goff, de Emmanuel Le Roy Ladurie y por supuesto de los autores de la Historia de la vida privada. Conoce bien a los exponentes de la historia de las Mentalidades y, aunque en algún momento se acercó al Seminario de Mentalidades del INAH, se deslindó al considerar que no estaban aprovechando todas las posibilidades que ofrecía esa escuela historiográfica y ella se dedicó más bien a la vida cotidiana.

De la historiografía inglesa rescata algunos conceptos de E. P. Thompson, muy marxistas pero de sentido común, de Raymond Williams, y de otros que conoce por respeto. Sin embargo, ha sido Peter Burke quien la ha inspirado en las últimas décadas, ya que le ha dado seguridad en lo que hace. “Cuando me sentía un tanto marginada por compañeros que se consideran anclados en un modo de hacer historia plenamente reconocido (social, económica o política), Burke me ha permitido "etiquetar", con confianza y sin rubor, la historia de la vida cotidiana, que encaja plenamente en el concepto de Burke de la historia cultural”

La barrera del idioma le limita para conocer mejor los aportes alemanes y de los italianos se identifica con Carlo Ginzburg y su microhistoria. En cuanto a los norteamericanos se siente cercana a los que trabajan la época colonial, como James Lockhart, Kevin Terraciano, William B. Taylor, pero admite que no se le ocurriría imitarlos. Si acaso encuentra cierta similitud entre el tipo de investigaciones que ella hace con las de Robert Darnton quien, aunque norteamericano, se ocupa de temas franceses y europeos. También se identifica con Silvia Arrom, Patricia Seed y Ann Twinam y finalmente encuentra apoyo y confianza en historiadores sudamericanos afines a sus investigaciones. Pero si a alguien admira entre los historiadores coloniales, es al padre Francisco Xavier Alegre, cuya Historia antigua de México, una obra apologética de los indígenas, ha tenido ediciones muy críticas y enriquecedoras.

Un área de la profesión de historiadora que Pilar ha cubierto con creces es la docencia. Desde sus mocedades en España hasta el momento presente, ha impartido un número inconmensurable de clases en instituciones que van de la Universidad Iberoamericana a la Escuela Nacional de Antropología e Historia, pasando por la Faculta de Filosofía y Letras de la UNAM, el CIESAS, y la Universidad Pedagógica Nacional, además de algunos cursos breves dentro y fuera de México. Sin embargo, para ella ha resultado mucho más gratificante trabajar con grupos selectos y reducidos de alumnos, por lo que se ha volcado más bien al doctorado en historia de El Colegio de México, en cuyo programa ha dirigido varias tesis desde 1995.

Por si fuera poco, ha estado a cargo de la Coordinación académica del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México en distintos momentos que suman una decena de años. Con la puerta siempre abierta para atender a profesores y alumnos, estuvo al pendiente de la formación de varias generaciones de estudiantes de doctorado.

Aunque colaboró con Josefina Vázquez en la elaboración del libro de texto Una historia de México (1994), su contribución a los materiales para la docencia ha estado enfocada a la publicación de antologías o la grabación de algunos videos. Participó, en cambio, con la OEA en la revisión de los libros de texto hispanoamericanos para reconocer sus virtudes y defectos. Al revisarlos, constató que la retórica y los lugares comunes son los más dañinos en los libros que se usan para enseñar historia a los niños y jóvenes.

Pilar ha publicado algunos textos en las llamadas revistas de divulgación, pero siempre basados en investigaciones serias. Procura además escribir de la manera más clara posible para lograr que el común de la gente se interese por la historia, pero no la de fechas y nombres, sino que se sienta identificada con sus antepasados, se indigne con las injusticias de entonces, conozca cómo vivían, qué sentían, que pensaban, etc. Ella no podría separar la docencia de la investigación, sobre todo porque siente la necesidad de transmitir sus conocimientos en las aulas de clase o en los numerosísimos congresos en que ha participado.

No podemos pasar por alto su afición por las novelas de otras épocas o culturas, tanto si son buenas o malas, para gozarlas o criticarlas. Y finalmente es fundamental su pasión por el cine que, desde su juventud, ha sido un medio de escape que le ha permitido llegar a ciertos mundos y ambientes a los que no llegaría por otros medios, aunque en realidad no le ha interesado ir a esos lugares porque no le gusta viajar como turista. Me ha confesado: “Yo viajé una vez en mi vida, y aquí me quedé. Ese fue el único descubrimiento, encontré mi tierra prometida y es México”.

 

Verónica Zárate Toscano

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6 comentarios en “Una institución solitaria llamada Pilar Gonzalbo Aizpuru

  1. Ah, vaya, ¿entonces no fue Clavijero el que escribió la Historia antigua de México…?

  2. Gracias, Verónica, por esta semblanza que nos da una muy buena idea de quién es nuestra querida Pilar Gonzalbo.

  3. Felicidades a nuestra querida profesora Pilar Gonzalbo en sus primeros ochenta años.

    FR

  4. Gracias Dra. Zárate por esta semblanza, de mi muy querida jefa y maestra Pilar Gonzalbo

  5. Sólo puedo decir que ha sido un privilegio ser su alumna a lo largo de muchos años, La Dra. Gonzalbo es, para muchos de nosotros que le conocemos, maestra de vida. Gracias Vero por su cálida semblanza.