El domingo 23 de abril de 1989, Carlos Jonguitud Barrios amaneció agripado. La noche anterior había recibido una llamada del secretario de Educación Pública, Manuel Bartlett Díaz, para pedirle que lo invitara a desayunar al día siguiente. No había asueto ni enfermedad que contara durante aquellos meses turbulentos de movilización social. En varias ocasiones, los recientes conflictos magisteriales habían reunido a estos dos personajes alrededor de una misma mesa. Tal y como acordaron, a las 9 de la mañana, en una casa ubicada en la colonia Pedregal de San Ángel de la ciudad de México, el líder del magisterio recibió al funcionario.

Jonguitud protegía su cráneo despoblado con un gorro de lana tejida. Traía los párpados caídos y la expresión facial rígida. Los fluidos nasales no dejaban de atormentarlo y la temperatura de su cuerpo andaba lejos de lo normal. Sobrevolando los platos de frutas y unos huevos a la mexicana, la conversación dio inicio y continuó sin encontrar su ancla. Si Jonguitud hubiera estado menos aturdido, con seguridad habría reparado en la vaguedad con la que el funcionario respondía a sus propias observaciones. Bartlett, por su parte, no tenía apetito. Observaba los muebles y objetos, caros y sin gusto, que decoraban aquella mansión.

Aquel encuentro tenía como propósito anunciar la decisión que el presidente de la República había tomado la tarde anterior. Muy probablemente no fue el mal rato que la gripa le estaba haciendo pasar al líder magisterial, ni tampoco la noticia que estaba a punto de anunciar, lo que provocaba la dilación impuesta unilateralmente por el secretario de Educación. El aludido tenía algo más grave de qué preocuparse: el ocaso del liderazgo político de Carlos Jonguitud Barrios estaba acompañado por un mal físico que, en sus peores momentos, le impedía controlar el movimiento de sus músculos.

Los primeros síntomas del padecimiento que arrasarían su salud aparecieron pocos meses antes de que estallara el conflicto magisterial. A finales de 1988 los médicos le habían detectado miastenia gravis: una enfermedad neuromuscular crónica que paraliza el movimiento voluntario de los músculos de sus víctimas. Un mal que se desata en días de intensa actividad y sólo disminuye durante los momentos de descanso. Esta coincidencia representaba en aquel instante un monumento a la ironía. Al mismo tiempo en que se debilitó el músculo político que durante poco más de dieciséis años sirvió para controlar al gremio magisterial, las extremidades, los párpados y hasta la expresión del rostro de este viejo maestro rural comenzaron a rebelarse ante las instrucciones de su cerebro.

La tarde anterior a ese desayuno se había celebrado una reunión en las oficinas del presidente. Con el jefe del Ejecutivo estuvieron, entre otros funcionarios de su gobierno, Fernando Gutiérrez Barrios (secretario de Gobernación), Manuel Camacho Solís (jefe del Departamento del Distrito Federal), José María Córdoba Montoya (principal asesor de la Presidencia) y Manuel Bartlett Díaz (secretario de Educación Pública). La discusión tenía un punto único: hallar una solución definitiva al conflicto magisterial que entre los meses de enero y abril había parado la actividad docente de cerca de medio millón de maestros. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) encontró su momento de mayor arrastre precisamente en aquellos días de 1989, cuando logró sacar a decenas de miles de profesores a la calle para demandar un incremento de 100 por ciento en el salario y exigir la democratización de la vida política en el sindicato oficial, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE).

El presidente Salinas de Gortari informó aquella tarde del 22 de abril que el gobierno de la República contaba con recursos para responder, en parte, a la primera de las demandas exigidas por la disidencia magisterial: había condiciones para proceder con el otorgamiento de un incremento modesto en los salarios y las prestaciones de los maestros. Sin embargo, y éste era el asunto más relevante, no valoraba el presidente como oportuno que dicho incremento terminara beneficiando políticamente al líder del magisterio institucional. Aunque Jonguitud hubiera jugado lealmente durante la campaña del año anterior, y también hubiese tenido voluntad para contener las pretensiones políticas de la disidencia magisterial, la ocasión era inmejorable para provocar un relevo en la cabeza del SNTE. Este movimiento político permitiría, por una parte, atemperar los ánimos de los maestros inconformes y, por la otra, colocar en su lugar a un nuevo líder sindical que sí poseyera vitalidad política para acompañar al gobierno entrante en su proyecto modernizador.

No hubo argumentos contrarios a la solución planteada. Días antes al desayuno con Bartlett, el 19 de abril, Carlos Jonguitud ya había ofrecido su renuncia al secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios, en caso de que esa administración considerara que con ella podría resolverse el conflicto. Era un hombre cuyo carácter político había sido forjado por el régimen priista. Muy bien sabía que no tenía posibilidad alguna de oponerse a una decisión presidencial. Además, el líder magisterial contaba con un disuasivo argumento para alimentar sus reflexiones: la forma como el presidente Salinas había procedido dos meses atrás en contra del líder petrolero Joaquín Hernández Galicia, mejor conocido como la Quina.

El 10 de enero de 1988, un impresionante dispositivo militar y policiaco formado por aproximadamente doscientos efectivos armados con bazukas ocupó la residencia de este sujeto con el objeto de aprehenderle y procesarle por los delitos de posesión ilegal de armas, contrabando y defraudación fiscal. Sin duda, este episodio dejó sembradas las claves para que Jonguitud, o cualquier otro líder de los trabajadores, pudiera intuir lo que le ocurriría en caso de oponerse a los deseos presidenciales. Mejor era rendir la plaza a tiempo que padecer su desgraciada enfermedad en prisión.

Otro asunto que se abordó en la reunión del 22 de abril fue el nombre de quien sucedería a Jonguitud Barrios. No se trataba de una carta desconocida para ninguno de los asistentes. Bastó con que Manuel Camacho Solís destacara los méritos políticos de la maestra Elba Esther Gordillo Morales para que el resto de los ahí reunidos coincidiera con la iniciativa. Quedaba por revisar la estrategia que, hora por hora, el gobierno de la República llevaría a cabo para resolver el asunto. Todo estaba impecablemente planeado. Al presidente Salinas no le gustaban las sorpresas y sabía que este tipo de golpes políticos debían ser contundentes para ser eficaces. Antes de que los asistentes se despidieran para operar las decisiones del presidente, dos últimas instrucciones salieron de la boca de Salinas de Gortari: Manuel Bartlett habría de traer personalmente a Carlos Jonguitud Barrios para que visitara Los Pinos al día siguiente a las 11 de la mañana y Manuel Camacho haría lo propio, esa misma noche, con la profesora Gordillo Morales.

A las 9:45 del día domingo, sentado frente a los restos de aquel desayuno, un Manuel Bartlett distraído aceptó unos minutos más de conversación anodina con el hombre del gorro de lana antes de anunciarle que el presidente quería verlo. La reacción de Jonguitud fue de inmediata incomodidad. En las circunstancias que guardaba su salud, cosa distinta era recibir al secretario de Educación en la intimidad de su casa, que salir a la intemperie para acudir a una reunión en la residencia presidencial.

Quiso negarse argumentando que no se sentía bien, pero Bartlett fue inflexible. Sin encontrar más argumentos, suplicó por una buena hora para asearse y vestirse propiamente. Sin tráfico en la ciudad, llegaron pronto a su destino. Entraron puntualmente tomados del brazo a la casa Lázaro Cárdenas, que se encuentra dentro de Los Pinos. Fue ahí, en la planta baja de esa blanca edificación, donde la curiosidad de Carlos Jonguitud no pudo esperar más: "¿Qué quiere el presidente de mí?" Bartlett le respondió con franqueza que el Estado mexicano necesitaba su renuncia para comenzar a desactivar la crisis magisterial. La misma renuncia que días antes Jonguitud le había ofrecido al secretario de Gobernación.

El aludido se limitó a bajar la mirada pero, en el primer descanso de las escaleras que condujeran a la oficina presidencial, se detuvo para hacer una última pregunta: "¿Quién va a sucederme?" La respuesta fue breve y fue, también, un filoso dardo. Al escuchar el nombre de quien hubiera sido su compañera política en más de una batalla, los ojos del líder magisterial hicieron agua. Sólo él sabrá si fue por rabia o por despecho que sus lagrimales reaccionaron de aquella manera. De todas las noticias que recibiría esa mañana, aquélla fue la única para la que no se había preparado emocionalmente.

Fragmento tomado del libro "Los Socios de Elba Esther" con autorización del autor.