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Blake la vio al salir del elevador. En el lobby había poca gente: hombres la mayoría, esperando a que salieran las muchachas y viendo las puertas del elevador. Apenas la vio Blake pudo deducir —por la mezcla de desprecio y odio deliberado que había en el rostro de la mujer—, que lo estaba esperando a él. Blake trató de evitarla. No había un motivo evidente por el que ella pudiera acercarse. No tenían nada que decirse. Blake se dio la vuelta y caminó rumbo a las puertas de vidrio al final del lobby, sintiendo ese asomo de culpa y confusión que experimentamos al evitar a un viejo amigo o a un compañero de la escuela que al parecer se encuentra en desgracia, o enfermo, o que es infeliz de un modo u otro. Eran las cinco y dieciocho minutos en el reloj de la Western Union. Blake estaba a tiempo para alcanzar el exprés. Vio que seguía lloviendo mientras esperaba su turno en las puertas giratorias. Había estado lloviendo todo el día, y Blake percibió el modo en que la lluvia aumentaba los ruidos de la calle. Ya afuera, caminó con prisa hacia la Avenida Madison. El tráfico estaba atascado y a la distancia sonaban claxonazos impacientes en un cruce de calles. Había mucha gente en la acera. Se preguntó qué esperaba ganar ella, con tan sólo verlo salir, al final del día, del edificio de oficinas. Luego se preguntó si no lo vendría siguiendo.

Al caminar por la ciudad, muy raras veces volteamos para mirar hacia atrás. Y esta costumbre, o falta de ella, contuvo a Blake. Mientras caminaba trató de poner atención, tontamente y durante un minuto, como si hubiera podido distinguir las pisadas de ella entre ese mundo de sonidos que hay en la ciudad al término de un día lluvioso. Luego vio que enfrente de él, al otro lado de la calle, había un hueco en el conjunto de edificios. Habían derribado algo y estaban levantando otra cosa, pero la estructura de acero apenas rebasaba el nivel de la banqueta y la luz de la tarde atravesaba ese espacio. Blake se detuvo en el lado opuesto y miró un escaparate. Era la tienda de un decorador o de un subastador. El escaparate parecía un cuarto apto para que la gente viviera e incluso invitara ahí a sus amigos. Había tazas en la mesa de café, revistas para leer y flores en los jarrones, pero las flores eran falsas y las tazas estaban vacías y las visitas aún no habían llegado. Sobre el espejo, Blake vio una reproducción exacta de sí mismo y de las gentes que pasaban, como sombras, a su espalda. En eso vio la imagen de la mujer: tan cerca de él que lo impactó. Estaba parada tan sólo a medio metro de distancia, detrás de él. Ahí pudo voltearse y preguntarle qué quería, pero optó por desconocerla y se alejó con rapidez de ese rostro que había visto en un reflejo deformado, y siguió caminando por la calle. A lo mejor ella quería hacerle daño; a lo mejor quería matarlo.

El movimiento intempestivo que hizo para apartarse de ese rostro reflejado derramó el agua acumulada en el ala de su sombrero de un modo tal que parte de ella le entró por el cuello. Era una sensación tan desagradable como el sudor frío del miedo. Y era como si el agua fría cayéndole en la cara y en las manos, la peste de las alcantarillas y el pavimento mojado, el saber que los pies se le estaban mojando y que podría darle gripe —en fin, todas las molestias que acarrea una caminata bajo la lluvia— aumentaron la amenaza de su perseguidora y le dieron una conciencia mórbida de su propio físico y de la facilidad con que podrían herirlo. A unos pasos de él pudo ver la Avenida Madison, donde las luces eran más intensas. Sintió que estaría a salvo si lograba llegar a la Avenida Madison. En la esquina había una panadería con dos puertas de entrada y se metió a ella por la puerta que daba a la calle lateral, compró una dona de café, como cualquier cliente, y salió por la puerta que daba a la Avenida Madison. En cuanto empezó a caminar por la avenida, vio que ella lo estaba esperando junto a un puesto de periódicos.

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A la mujer le faltaba inteligencia. Sería fácil deshacerse de ella. Blake podría subirse a un taxi por una puerta y bajarse por la otra. Podría acudir a un policía. Podría correr aunque tenía miedo de que, al hacerlo, precipitara la violencia que ella —ya estaba seguro de eso— había planeado contra él. Se acercaba a una parte de la ciudad que conocía muy bien: ahí el laberinto de calles y pasajes, subterráneos, de elevadores y lobbies llenos de gente, le facilitarían a cualquiera extraviar a su perseguidor. Lo animaron el solo hecho de pensar esto y el olorcito dulzón que despedía su dona de café. Era absurdo imaginarse que alguien pudiera atacarlo en una calle tan llena de gente. Ella era tonta, despistada, y tal vez estaba sola —esa era la única conclusión que podía sacar—. Él era un hombre común y corriente, y no tenía caso pensar que alguien se interesara en seguirlo desde su oficina hasta la estación. No tenía secretos importantes. Los informes que llevaba en su portafolio no tenían nada que ver con la guerra, o la paz, o el tráfico de drogas, o la bomba de hidrógeno, o con cualquiera de los otros problemas internacionales que él asociaba con espías, hombres con gabardinas y banquetas mojadas. Y en eso vio la puerta de un bar tan sólo a unos pasos de él. No había el menor problema.

Ordenó un Gibson y se colocó, hombro con hombro, entre dos clientes que estaban en la barra, de modo que si ella lo estaba viendo por la ventana, así lo perdería de vista. El lugar estaba abarrotado de clientes, habitantes de los suburbios, tomándose un trago antes de emprender el regreso a su casa. De las ropas que traían —de los zapatos y los paraguas— salía el olor rancio de la tarde lluviosa, pero Blake se relajó en cuanto le dio un sorbo a su Gibson y vio a su alrededor las caras comunes y corrientes —y entre ellas casi ningún joven— y cuyas únicas preocupaciones, si alguna, eran los impuestos y a quién nombrarían jefe de ventas. Trató de recordar el nombre o el apellido de la mujer —Dent, Bent, Lent— y se sorprendió al ver que no lo lograba, porque se enorgullecería de su memoria y su capacidad de retención, y tan sólo habrían pasado seis meses desde su encuentro con ella.

La oficina de personal se la envió una tarde porque él estaba buscando secretaria. Vio a una mujer morena —que no pasaba de los treinta años—, delgada y tímida. Traía un vestido sencillo, su figura no era gran cosa, tenía una media con el hilo corrido, pero su voz era suave y él decidió probarla en el puesto. Llevaba trabajando con Blake poco tiempo, y un día le dijo que había estado ocho meses en el hospital y que para ella había sido muy difícil encontrar trabajo, y que quería agradecerle la oportunidad que le había dado. Tenía el pelo oscuro, lo mismo que sus ojos; dejó en Blake una interesante sensación de oscuridad. Conforme la fue conociendo mejor, se dio cuenta de que era muy sensible y, en consecuencia, de que estaba sola. Una vez, mientras ella le decía cómo se imaginaba que era la vida de Blake —llena de amistades, dinero, y con una familia numerosa y envidiable—, Blake creyó distinguir en sus palabras un sentimiento característico de privación. Al parecer, concebía las vidas de los otros como algo más brillante de lo que en realidad eran. Una vez ella le puso una rosa sobre su escritorio y él la tiró al basurero.

No me gustan las rosas —le dijo sin más—. La mujer era competente, puntual, y muy buena mecanógrafa; sólo tenía un detalle objetable: su letra manuscrita, Blake no podía asociar la torpeza de su letra con su aspecto general. Para Blake, lo lógico hubiera sido que ella tuviera una hermosa caligrafía, y de hecho en su escritura podían localizarse rastros intermitentes de esa caligrafía ideal, mezclados con garabatos lamentables. Su letra le daba la impresión de que había sido la víctima emocional de algún conflicto interno, que de este modo irrumpía en la continuidad de sus trazos sobre el papel. Una noche, cuando llevaba tres semanas —y no más— de trabajar con él, los dos se quedaron hasta tarde y después del trabajo Blake la invitó a tomar un trago.

—Pues si de veras quiere un trago —dijo ella—, yo tengo un poco de whisky en la casa.

Vivía en un cuarto que a Blake le pareció un ropero. En un rincón había apiladas cajas de vestidos y de sombreros, y aunque en el cuarto, al parecer, apenas sobraba espacio para la cama, la cómoda y la silla en la que él se sentó, había también un piano vertical pegado a la pared, y tenía un libro de partituras con las sonatas de Beethoven. La muchacha le sirvió un trago a Blake y le dijo que iba a ponerse algo más cómodo. Blake la apuró, apoyando la decisión, después de todo había venido sólo a esto. De permitirse algún escrúpulo o delicadeza, éstos serían de un orden práctico. La inseguridad de ella, el sentimiento de privación que inspiraba, eran la garantía, a juzgar de él, de que Blake quedaría a salvo de cualquier consecuencia incómoda. La mayoría de las mujeres que Blake habría conocido —y eran muchas— se le habían entregado fácilmente por la falta de confianza en ellas mismas.

Como una hora después, mientras Blake volvía a vestirse, ella estaba llorando. Blake se sentía demasiado satisfecho, complacido y somnoliento como para hacerle mucho caso a sus lágrimas. Mientras se vestía, Blake vio sobre la cómoda un recado de ella para la mujer que hacía la limpieza. La única luz llegaba del baño —la puerta estaba entreabierta— y otra vez, bajo esta media luz sus garabatos volvieron a parecerle ajenos a ella, como si los hubiera escrito una mujer muy distinta. Al día siguiente, Blake hizo lo que consideró más sensato. Cuando ella salió a comer, Blake llamó a contratación de personal y ordenó que la corrieran. Luego se tomó la tarde libre. Unos días después ella vino a la oficina y pidió verlo, Blake le ordenó a la recepcionista que no la dejara pasar. No había vuelto a verla sino hasta esta tarde.

Blake se tomó su segundo Gibson y al ver su reloj se dio cuenta de que había perdido el exprés. De modo que tomaría el tren local, el de las cinco y cuarenta y ocho. Aún no oscurecía cuando salió del bar, pero seguía lloviendo. Miró detenidamente hacia ambos lados de la calle y vio que la pobre mujer se había ido. Rumbo a la estación, miró por encima del hombro una o dos veces pero, al parecer, estaba a salvo. Pero notó que aún no era dueño de sí mismo por completo, porque había dejado en el bar su dona de café, y él no era de los que dejan las cosas olvidadas. Le incomodó este descuido de la memoria.

Compró un periódico. El tren local estaba medio lleno, nada más, cuando lo abordó; escogió un asiento cuya ventanilla daba al río y se quitó el impermeable. Era un hombre delgado, de pelo castaño, que a todas luces pasaría inadvertido a menos que uno tuviera la posibilidad de adivinar, en su palidez o en sus ojos grises, sus gustos ofensivos. Al igual que todos, vestía como si admitiera la existencia de leyes suntuarias. Su impermeable tenía el color deslavado de un hongo. Su sombrero era café oscuro, igual que su traje. Con excepción de unas líneas vistosas en su corbata, su vestimenta carecía escrupulosamente de color, y esto daba la impresión de protegerlo.

Miró a su alrededor en el vagón buscando conocidos. A mano derecha, varios asientos adelante del suyo, estaba la señora Compton, que sonrió al verlo, pero era una sonrisa regateada, que se esfumó de inmediato y de un modo adverso. Justo enfrente de Blake estaba el señor Watkins. Al señor Watkins le hacia falta un corte de pelo y con esto había quebrantado las leyes suntuarias; llevaba un saco de pana. Blake estaba peleado con él, así que no cruzaron palabra.

A Blake no le afectó la sonrisa fingida y brevísima de la señora Compton. Los Compton vivían en la casa contigua a la de los Blake, y la señora Compton nunca había entendido la importancia de no meterse con los demás. Como Blake sabía, Louise Blake había cometido la imprudencia de contarle sus problemas a la señora Compton que, en vez de decirle que sus quejas no tenían importancia, se creyó ella misma una especie de confesora y fue desarrollando una viva curiosidad por la vida íntima de los Blake. Tal vez la señora Compton ya tenía el registro de su última pelea conyugal. Se dio una noche en que Blake había llegado a su casa, molesto y cansadísimo, y se encontró con que Louise no había hecho nada de cenar. Se metió a la cocina, seguido por Louise, y le indicó que estaban a día 5. Luego, en el calendario de la cocina encerró el día 5 en un círculo.

—Dentro de una semana es día 12 —le dijo—. En dos semanas, es 19 —encerró el 19 en otro círculo—. No voy a hablarte en dos semanas —le dijo—. Hasta el día 19 —ella lloró y protestó, pero desde hacia ocho o diez años sus lamentos no lograban conmover a su esposo. Louise había envejecido, tenía las arrugas marcadas en la cara y cuando se ponía los anteojos para leer el periódico de la tarde, Blake sentía que estaba junto a una mujer desconocida y repulsiva. Ya no tenía los encantos físicos que habían sido su único atractivo. Habían pasado nueve años desde que Blake construyera un librero en el pasillo que comunicaba sus cuartos, y en el librero puso puertas con cerraduras que sólo él podía abrir, ya que no le gustaba que los niños curiosearan en sus libros. Pero a Blake le parecía normal el ya largo distanciamiento entre él y su esposa. Se había peleado con ella muchas veces, pero lo mismo hacían todos los hombres. Era natural. En cualquier parte donde uno oyera hablar a los Blake —a la entrada de un hotel, junto a un ventilador, en la calle una tarde de verano—, oiría palabras hirientes.

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La desavenencia entre Blake y el señor Watkins también tenía que ver con la familia de Blake, pero no era algo tan serio o complicado como lo que se escondía tras la sonrisa fugaz y muerta de la señora Compton. El señor Watkins quebrantaba a diario las leyes suntuarias —una vez se subió en pantuflas al tren de las ocho y catorce—, y trabajaba de publicista. El hijo mayor de Blake —Charlie, de 14 años— se hizo amigo del hijo de Watkins. Charlie pasaba mucho tiempo en la casa desordenada que los Watkins rentaban. Esta amistad había perjudicado los buenos modales y la limpieza de Charlie. Poco a poco se quedaba a comer con más frecuencia en la casa de los Watkins, e incluso se quedaba a dormir ahí los sábados por la noche. Cuando Charlie ya casi había pasado todas sus prendas y juguetes a casa de los Watkins, y ya se quedaba a dormir ahí la mitad de la semana, Blake tuvo que hacer algo. No habló con Charlie sino con Watkins y, por fuerza, dijo varias cosas que sonaron a crítica. Blake confirmó que tenía razón al ver el pelo largo y sucio de Watkins y su saco de pana.

Pero ni la sonrisa muerta de la señora Compton ni el pelo sucio del señor Watkins disminuyeron el placer que sintió Blake al instalarse en ese asiento, más bien incómodo, del tren subterráneo de las cinco cuarenta y ocho. El vagón era viejo y despedía un olor como de refugio antiaéreo en el que varias familias hubieran pasado la noche. Era reducida la luz que se esparcía desde el techo para caer sobre sus hombros y cabezas. La mugre de la ventana se había mezclado con la lluvia, de seguro en una dejada anterior, y detrás de cada periódico subían nubes de humo de pipa o cigarro, pero para Blake el conjunto de esto representaba su seguridad, y luego de haberse rozado con el peligro incluso sentía un poco de afecto por la señora Compton y el señor Watkins.

El tren salió del túnel hacia la luz débil del día, y los barrios bajos y la ciudad dispararon en Blake un recuerdo vago de la mujer que lo había seguido. Para no pensar más en ella o para acallar sus remordimientos, se concentró en el periódico de la tarde. Podía ver el paisaje de reojo. Era una zona industrial y, a esas horas, se veía triste. Había almacenes de herramienta y bodegas para maquinaria, y el cielo estaba despejado encima de ellas, mostrando una franja amarilla, de luz.

—Señor Blake —dijo alguien. Blake alzó la vista. Era ella. Estaba de pie, con una mano en el respaldo del asiento para sostenerse entre el movimiento del vagón. En ese momento Blake recordó su nombre: Dent.

—Cómo está, señorita Dent —le dijo.

—¿No le importa si me siento aquí?

—Claro que no.

—Gracias. Muy amable. No quisiera molestarlo. No quisiera que… —Blake se había asustado cuando alzó los ojos y la vio junto a él, pero la voz tímida de la mujer volvió a darle una seguridad inmediata. Blake encogió las piernas, para repetir ese gesto inútil y automático de hospitalidad, y la mujer se sentó. Luego suspiró. Blake olió la ropa mojada de la mujer. Llevaba un sombrero negro, descompuesto, que tenía cosido un adorno barato. Blake notó que su abrigo tenía la tela muy delgada, que la mujer traía guantes y que llevaba un libro.

—¿Ya vive por estos rumbos, señorita Dent?

—No.

Ella abrió su bolsa y sacó un pañuelo. Había empezado a llorar. Blake miró a su alrededor para saber si alguno de los pasajeros los estaba mirando, pero no era así. Blake se había sentado en el tren, infinidad de tardes, junto a muchísimos pasajeros. Había observado sus ropas, los agujeros en sus guantes; había registrado si dormitaban y balbuceaban entre sueños, y se había preguntado cuáles serían sus preocupaciones. Los había clasificado casi a todos antes de fijar la vista en el periódico. Los había calificado según los considerara ricos, pobres, brillantes o mediocres, conocidos o extraños, pero ninguno de ellos había llorado alguna vez. Cuando la mujer abrió su bolsa, Blake recordó su perfume. Le había impregnado la piel esa noche en que Blake fue a su casa a tomar un trago.

—He estado muy enferma —dijo ella—. Hoy es el primer día que me levanto de la cama desde hace dos semanas. Estuve muy grave.

—Lamento mucho que haya estado enferma, señorita Dent —dijo Blake, alzando la voz lo suficiente como para que el señor Watkins y la señora Compton pudieran oírlo—. ¿Y ahora en dónde está trabajando?

—¿Qué?

—Que en dónde está trabajando.

—No me haga reír —dijo ella con suavidad.

—No entiendo.

—Usted los puso en mi contra.

Blake estiró el cuello y cruzó los brazos. Dos movimientos que expresaban el deseo fugaz —e irrealizable— de estar en otra parte. La mujer iba a meterlo en problemas. Blake respiró profundamente. Miró esperanzado al interior del vagón, iluminado y lleno a medias, tratando de reafirmar su sentido de la realidad, buscando un mundo en el que después de todo no había problemas muy graves. Sentía la respiración dificultosa de la mujer y el olor de su abrigo mojado por la lluvia. El tren se detuvo. Se bajaron una monja y un hombre en overol. Al arrancar de nuevo, Blake se puso su sombrero y cogió su impermeable.

—¿A dónde va? —dijo ella.

—Voy al otro vagón.

—Ah, no —dijo ella—. No, no, no.

La mujer acercó tanto el rostro pálido a su oído, que Blake pudo sentir el aliento cálido en su mejilla.

—Quédese ahí —murmuró—. No trate de escaparse. Tengo una pistola y si se mueve voy a tener que matarlo y no quiero hacer eso. Sólo quiero hablar con usted. No se mueva o lo mato. ¡No se mueva, le digo!

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Blake se hundió en el asiento. De haber querido pararse y pedir auxilio, no habría tenido las fuerzas para hacerlo. Sentía la lengua a lo doble del tamaño, y si trataba de moverla la sentía pegada con firmeza al paladar. Tenía las piernas flojas. Sólo se le ocurrió esperar a que en su corazón disminuyeran los latidos descontrolados, de modo que pudiera calcular el peligro que corría. La mujer estaba reclinada ligeramente, y tenía la pistola oculta en el libro, apuntándole al estómago.

—Ahora sí me entiende, ¿no? —dijo ella—. ¿Ahora sí entiende que estoy hablando en serio? —él trato de contestar pero aún estaba mudo. Asintió con la cabeza—. Lo que vamos a hacer es quedarnos un rato aquí, sentados tranquilamente —dijo ella—. Me puse tan nerviosa que tengo las ideas revueltas. Vamos a quedarnos sentados un rato hasta que las ordene otra vez.

Alguien vendrá a ayudarme, pensó Blake. Era sólo cuestión de minutos. Alguien que notara la expresión de su rostro o la extraña postura de ella, se detendría a ver qué pasaba, haría su intervención y daría fin al incidente. Sólo tenía que esperar a que alguien notara su situación. Por la ventanilla podía ver el río y el cielo. Las nubes de lluvia descendían, desenrollándose como una persiana y, mientras Blake las miraba, en el horizonte fue formándose una franja brillante de luz crepuscular. Su brillantez se iba extendiendo sobre las ondas del río —Blake podía ver este movimiento— hasta alcanzar sus márgenes con una leve luz dorada. Luego perdió la imagen. De un momento a otro vendrán a ayudarme, pensó. Antes de que lleguemos a la otra parada; pero el tren volvió a detenerse, subieron unos pasajeros y bajaron otros, y Blake seguía a merced de la mujer que estaba junto a él. No podía enfrentarse a la posibilidad de que nadie fuera a ayudarlo; la posibilidad de que su situación no fuera evidente, que la señora Compton creyera que Blake iba con una pariente pobre, rumbo a Shady Hill, para llevarla a cenar en su casa: aún no se atrevía a aceptar esa posibilidad. La saliva ya le había regresado a la boca y al fin pudo hablar.

—Oiga.

—Dígame.

—¿Qué quiere?

—Hablar con usted.

—Por qué no se da una vuelta por mi oficina.

—Es lo que estuve haciendo durante dos semanas, todos los días.

—Puede pedir una cita.

—No —le dijo—. Mejor hablamos aquí. Le escribí una carta pero como estuve tan enferma no pude salir a dejarla en el correo. Ahí puse todo lo que pienso. Me gusta viajar. Me gustan los trenes. Uno de mis problemas ha sido siempre que no he podido darme el lujo de viajar. Me imagino que usted ve todas las tardes este paisaje y que no le presta la menor atención, pero en cambio es muy bonito para alguien que ha estado en la cama bastante tiempo. Dicen que Dios no está en el río ni en las colinas, pero yo creo que sí. “¿Dónde está la sabiduría?, dice esa parte. ¿Dónde está el lugar del entendimiento? No está en mí, dice el abismo; no está en mí, dice el mar. Hemos escuchado la fuerza en nuestros oficios, dicen la destrucción y la muerte”, ya sé qué está pensando —agregó—. Piensa que estoy loca, y yo sé mejor que nadie que he estado muy enferma, pero voy a mejorar. Va a hacerme bien hablar con usted. Estuve en el hospital antes de trabajar con usted, pero ahí no trataron de curarme, sólo querían acabar con mi amor propio. Hace tres semanas que no tengo trabajo. Aun en el caso de que lo matara, lo único que me harían sería regresarme al hospital, así que ya ve: no tengo nada que temer. Pero sigamos aquí otro rato, sentados tranquilamente. Necesito calmarme.

El tren siguió su curso al lado del río, y Blake hizo un esfuerzo por pensar en un plan de escape, pero era un intento difícil por la amenaza inminente sobre su vida, y en vez de idear un plan coherente, sólo se le ocurrían las muchas formas en que hubiera podido evitar todo esto. En cuanto sintió esta frustración se dio cuenta de lo inútil que era lamentarse. Era como lamentarse por no haber sospechado nada cuando ella le habló de los meses que había pasado en el hospital. Era como lamentarse por no haberlo percibido todo en su timidez, su inseguridad y en esa caligrafía, cuyos trazos más bien parecían ejecutados por una garra. Ya no había modo de corregir sus errores y —quizá por primera vez en su vida adulta— Blake sintió todo el peso del arrepentimiento. Por la ventanilla vio a unos hombres que pescaban en el río cercano y ya a punto de quedar invadido por la oscuridad; y un poco más adelante vio la casa de un club de botes que al parecer estaba construida con las tablas que el mismo río había arrimado a la orilla.

El señor Watkins se había quedado dormido. Estaba roncando. La señora Compton estaba leyendo el periódico. El tren rechinó, disminuyó la velocidad, y se detuvo a tropezones en otra estación. Blake vio el andén que empalmaba con la línea Sur, donde esperaban unos cuantos pasajeros que se dirigían a la ciudad. Había un obrero con su portaviandas, una mujer muy bien vestida y otra mujer con una maleta. Los tres estaban muy separados. En la pared, a espaldas de ellos, estaban pegados varios anuncios. Había el cuadro de una pareja brindando con vino, otro de tacones de hule de la marca Cat’s Paw, y otro de una bailarina hawaiana. Al parecer, el animoso objetivo de los anuncios no iba más lejos de los charcos de agua en el andén, y ahí moría. Tanto el andén como las personas que estaban en él daban una sensación de soledad. El tren se fue alejando de la estación rumbo a las luces dispersas de un barrio pobre, y luego se sumió en la oscuridad del campo y del río.

—Quiero que lea mi carta antes de que lleguemos a Shady Hill —dijo la mujer—. Está aquí, sobre el asiento. Recójala. De no haber estado tan enferma, hubiera ido a ponerla al correo. Llevo tres meses sin trabajo. Con la única persona que he hablado es con la portera. Lea mi carta por favor.

Blake recogió la carta del asiento, donde ella la había colocado. El papel corriente era repulsivo y sucio al tacto. Tenía varios dobleces. “Querido esposo”, había escrito la mujer con su pulso errático y desquiciado, “dicen que el amor humano nos lleva al amor divino, pero ¿es verdad esto? Sueño contigo todas las noches. Tengo deseos terribles. Siempre he tenido el don de los sueños. El martes soñé con un volcán que despedía lava. Cuando estuve en el hospital me dijeron que querían curarme, pero sólo querían acabar con mi amor propio. Querían que soñara únicamente con la costura y las labores propias del hogar, pero yo protegí mi don de los sueños. Soy clarividente. Puedo adivinar cuando el teléfono va a sonar. Nunca he tenido un verdadero amigo en toda mi vida…”.

El tren se detuvo de nuevo. Surgió otro andén, otro cuadro de la pareja brindando, el tacón de hule y la bailarina hawaiana. De pronto ella acercó su rostro al de Blake, nuevamente, y le dijo al oído:

—Ya sé lo que está pensando. Su cara me lo dice. Está pensando que puede escapárseme cuando lleguemos a Shady Hill, ¿no? Pues no. Me pasé semanas planeando esto. Sólo pensaba en eso. No le voy a hacer nada si me deja hablar. He estado pensando en los demonios. O sea, en que si hay demonios en el mundo, si hay gentes en el mundo que representan el mal, ¿es nuestro deber exterminarlas? Yo sé que usted siempre abusa de las gentes más débiles. Pregúnteme a mí. A veces pienso que debería matarlo. A veces pienso que usted es el único obstáculo que hay entre mi persona y mi felicidad. A veces…

Tocó a Blake con la pistola. Él sintió el cañón apoyado contra su estómago. A esa distancia la bala haría un agujero pequeño al entrar, pero en la espalda se expandiría hasta dejar un hueco del tamaño de una pelota de beisbol. Recordó los muertos sin sepultura que había visto en la guerra. Este recuerdo le vino de pronto, vísceras, ojos, huecos dispersos y otras suciedades.

—Lo único que he querido en la vida es un poco de amor —dijo ella. Aligeró la presión del arma. El señor Watkins seguía dormido. La señora Compton estaba sentada tranquilamente, con las manos en el regazo. El vagón se mecía lentamente, y lo mismo los abrigos y los impermeables color hongo colgados de las ventanillas. Blake tenía el codo apoyado en el marco de la ventanilla y tenía el pie izquierdo sobre el protector del tubo de la calefacción. El carro olía a un salón de clases abandonado. Los pasajeros se veían somnolientos y distantes, y Blake sintió que nunca escaparía al olor caluroso, a la ropa húmeda y a la luz reducida. Trató de repetirse las calculadas y falsas adulaciones que a veces usaba para darse ánimos, pero estaba sin fuerza alguna para sentir esperanza o para engañarse él solo.

El conductor asomó la cabeza por la puerta y dijo:

—Shady Hill, próxima parada, Shady Hill.

—Ya párese —dijo ella—. Ahora usted va a salir adelante de mí.

El señor Watkins se despertó súbitamente, se puso el abrigo y el sombrero y le sonrió a la señora Compton, que recogía sus bultos haciendo una serie de gestos maternales. Los dos se encaminaron a la puerta. Blake se les unió, pero ninguno de ellos le dirigió la palabra o pareció reparar en la mujer que lo seguía. El conductor abrió la puerta y Blake vio a varios vecinos en el vagón de junto; vecinos que también habían perdido el exprés y que bajo la luz pálida esperaban, cansados y pacientes, a que su viaje terminara. Alzó la cabeza y por la puerta abierta miró la residencia abandonada en los suburbios, con el aviso PROHIBIDO EL PASO clavado sobre un árbol, y a un lado los tanques de gas. Frente a su vista desfilaron los pilotes de concreto del puente, tan cerca de la puerta que era como si pudiera tocarlos. Luego vio los primeros arbotantes en el andén que empalmaba con la línea Norte; vio el letrero: Shady Hill, en negro y dorado, y el prado de césped y flores que la Junta de Mejoras se encargaba de mantener; vio el sitio de taxis y una parte de la vieja estación. Llovía otra vez, a cántaros. Blake podía oír el chapoteo del agua y ver las luces reflejadas en los charcos y en el asfalto brillante; y el sonido indolente del chapoteo y de las gotas cayendo, dispararon en su mente la evocación de un refugio, pero tan precario y extraño que era como si perteneciera a una época de su vida que no podía recordar.

Bajó los escalones con ella a su espalda. Más o menos como una docena de coches esperaban a un lado de la estación con los motores andando. Unas cuantas gentes se bajaron de otro vagón; reconoció a la mayoría de ellos, pero nadie se ofreció para llevarlo a su casa. Caminaban solos o en parejas, evitando la lluvia lo más rápido que podían y avanzando hacia el resguardo que ofrecía el cobertizo del andén, donde sonaban los claxons de los coches, llamándolos. Era la hora de ir a la casa, de tomarse un trago, hacer el amor, cenar, y Blake alcanzó a ver las luces sobre la colina: bajo esas luces bañaban a los niños, hacían la comida, lavaban platos, las luces que ahora brillaban bajo la lluvia. Uno tras otro los coches fueron recogiendo a los padres de familia hasta que sólo quedaron cuatro. Dos de ellos se fueron en el único taxi que había en el lugar.

—Perdóname, mi amor —le dijo tiernamente a su esposo una mujer que se había retrasado unos minutos—. Todos nuestros relojes están atrasados.

El último hombre miró su reloj, miró la lluvia, y se echó a caminar; Blake lo vio irse como si por algún motivo el hombre debiera haberse despedido de él; y no como se despide algún amigo al terminar la fiesta, sino el adiós que se impone cuando nos enfrentamos a una separación sentida de cuerpo y alma, inexorable y no deseada. Se oyó el ruido que hacían los pasos del hombre mientras cruzaba el estacionamiento rumbo a la acera, y ahí se perdieron. El teléfono de la estación empezó a sonar. El timbre se oía fuerte, a intervalos, pero nadie contestaba. Alguien quería que le informaran sobre el siguiente tren que saldría a Albany, pero el encargado de la estación, el señor Flanagan, ya se había ido a su casa desde hacía una hora. Antes de irse, había dejado prendidas todas las luces. Brillaban en la sala de espera vacía. Brillaban intermitentes, con sus pantallas de lámina, a los lados del andén, y con la melancolía característica de las luces anémicas y prendidas sin objeto. Alumbraban a la bailarina hawaiana, a la pareja que brindaba y al tacón de hule.

—Nunca antes había estado aquí —dijo ella—. Yo creía que era diferente. No me imaginaba que estuviera tan descuidado. Vamos donde no haya luz, hacia allá.

Blake sintió que le flaqueaban las piernas. No tenía fuerza.

—Camine —dijo ella.

Al norte de la estación había una bodega de carga, un almacén de carbón, y un recodo del río donde el carnicero, el panadero, y el empleado de la gasolinera atracaban los botes en los que pescaban los domingos; ahora, a causa de la lluvia, los botes estaban hundidos hasta las horquillas de los remos. Al caminar hacia la bodega, Blake percibió un movimiento en el piso, oyó un ruido rasposo y vio que una rata sacaba la cabeza de una bolsa de papel y volteaba a mirarlo. La rata ensartó los dientes en la bolsa y la jaló hacia una alcantarilla.

—Párese aquí —dijo ella—. Dese la vuelta. Ah, usted me debería dar lástima. Mire la cara que tiene. Pero usted no sabe por las que yo he pasado. Me da miedo salir a la luz del día. Tengo miedo de que el azul del cielo se caiga sobre mí. Soy una persona a la que todo le sale mal. Sólo me siento dueña de mí misma cuando empieza a oscurecer. Pero con todo y todo, soy mejor que usted. A veces, todavía tengo sueños esperanzadores. Sueño con días de campo, y con la gloria celestial, y con la hermandad de los hombres, y con castillos iluminados por la luna, y un río con sauces a todo lo largo de la orilla, y con ciudades lejanas; y después de todo, yo sé más del amor que usted.

Blake oyó, en algo que venía desde la oscuridad del río, el zumbido de un motor fuera de borda; un sonido que arrastraba consigo, sobre las aguas oscuras, tal cantidad de recuerdos precisos y entrañables, recuerdos de veranos anteriores y de placeres idos, que a Blake se le erizó la piel y pensó en la oscuridad de las montañas y en un grupo de niños cantando.

—Lo que querían no era curarme —dijo ella—. Lo que ellos querían era…

Su voz se ahogó en el ruido de un tren que venía del norte, pero ella siguió hablando. El ruido inundó los oídos de Blake y ante él desfilaron las ventanas donde la gente comía, bebía, dormía, leía. Cuando el tren ya había pasado el puente y el ruido empezaba a alejarse, Blake oyó que ella le gritaba:

—¡Arrodíllese! ¡Arrodíllese! Obedezca. ¡Arrodíllese!

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Él se arrodilló. Bajó la cabeza.

—Ya ve —dijo ella—. Ya ve, si me obedece no le voy a hacer nada, en realidad no quiero hacerle daño, quiero ayudarlo, pero en cuanto le veo la cara a veces se me ocurre que no lo puedo ayudar. A veces se me ocurre que si yo fuera buena y amable, y si estuviera cuerda, si fuera mejor de lo que soy; a veces se me ocurre que si yo fuera así, y que si fuera también más joven, y si fuera hermosa, y que si yo hablara con usted para indicarle el camino correcto, usted no me haría caso. Yo soy mejor que usted, soy mejor que usted y no debería estar desperdiciando mi vida así ni perdiendo mi tiempo en esto. Pegue la cara en el suelo. ¡Pegue la cara en el suelo! Obedezca. Embarre la cara en el suelo.

Blake se tiró en el lodo. La suciedad le manchó la cara. Se estiró sobre el suelo, llorando.

—Ahora ya me siento mejor —dijo ella—. Ahora ya puedo hacerlo a un lado, ya puedo hacer a un lado todo esto, porque usted ya vio que dentro de mí hay algo de bondad y de cordura a las que puedo recurrir. Ya puedo lavarme las manos.

Blake oyó luego los pasos de ella alejándose sobre los bloques de piedra. Oyó incluso el sonido más claro y distante de sus pasos mientras ella avanzaba sobre la superficie sólida del andén. Oyó que el sonido disminuía. Alzó la cabeza. La vio subir las escaleras del puente de madera, cruzarlo, y bajar hasta el otro andén, donde su figura se veía pequeña, común y corriente, e inofensiva, bajo la luz reducida. Blake se fue levantando del suelo, cauteloso al principio, hasta que comprendió, por la actitud y las miradas de la mujer, que ya se había olvidado de él; que había terminado lo que se había propuesto, y que él estaba a salvo. Ya de pie, recogió su sombrero del suelo y se fue a su casa. n

Traducción de Alejandro García Peña

(Núm. 55, julio de 1982)

 

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