El deseo no es mío, lo fue de Francisco G. Cosmes, quien lo expresó de manera abierta en una carta pública, dirigida, el 17 de agosto de 1879, a su amigo y jefe Justo Sierra, y que sacó a luz ese mismo día el periódico órgano del orden y el progreso, La Libertad, en sus páginas 1 y 2, dentro de la sección titulada “Cartas de Férula”.

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Amparado en semejante seudónimo (Férula), el intelectual y dramático escritor positivista Cosmes —quien después cambiaría de credo— señala al en ese entonces todavía director formal y oficial de dicho informativo, que el objetivo primordial de su epístola no era otro sino hablar de Ignacio Manuel Altamirano, persona a la que suponía conocer bien pues gozaba de su estima y de su cercanía, aunque no aclara si ello se debía al hecho de ser el tixtleco el director de la sección literaria del diario mencionado, o bien porque mantenían lazos de amistad.

Cosmes no era un improvisado, pues a sus 29 años tenía ya algunos ayeres sólidos en el mundo de la prensa, donde siempre se había desempeñado con un carácter polémico y provocador, pretendiendo dar a conocer los afanes de la política científica en aras de la armonía. De hecho, era famoso su estallido emocional de un año antes, cuando en septiembre de 1878 se atrevió a decir que ante tanta revuelta y afanes revolucionarios, la sociedad mexicana ya no quería derechos sino paz, seguridad y orden, razón por la cual vería sin duda con agrado la implantación y la presencia de una tiranía y una dictadura honradas.

Sin abandonar su estilo, en la misiva a la que me refiero, Cosmes arremete contra el Altamirano literato, acusándolo de falto de originalidad, perezoso y desorganizado debido a su pasado liberal y sus sentires levantiscos, y por lo mismo incapaz de lograr alguna obra trascendente e imperecedera en tal arte de la tinta y la pluma.

Arguye que aunque es difícil porque Altamirano “como siente habla, como habla escribe, y su magnífica imaginación se retrata en todas sus formas”, en esta ocasión separará al hombre del creador literario. En un plano de comparación, en el primer caso el suriano era como el piano del tío de Cosmes, cuando lo tocaba la hermosa prima de éste, de la que además estaba enamorado: fuerte y macizo, de sus cuerdas y de su teclado de marfil salían torrentes de armonía, enjambres de notas dulces y melancólicas que anidaban por siempre en el corazón.

En el segundo caso, el del literato, Altamirano era como el mismo piano pero una vez ya abandonado en su lugar debido a la muerte de la mujer amada, y en consecuencia sin nadie que le pusiera una mano encima, lo que equivalía a no tener alma ni tiempo, ni posibilidad alguna de vibración.

Altamirano, pues, nos dice Férula, es un hombre piano fabricado desde 1834 por la mano de la naturaleza en los vírgenes bosques del sur, de donde salió orgulloso para entonar, para plasmar múltiples sonidos, para figurar en muchos lados, como en la magistratura, en la masonería, en la legislatura, como en el frenesí liberal y republicano que se plasmó sobre todo en la oratoria revolucionaria de allá por el año de 1861, tiempo cuando Guillermo Prieto echó a volar sus “Cangrejos” por las calles, cuando las fincas del clero salían por los balcones del Ministerio de Hacienda, cuando Juan José Baz lanzaba miradas flamígeras a los monarquistas de la tabaquería de la Profesa, y buscaba los medios más adecuados para exterminar a los mochos hasta en su tercera y cuarta generaciones; tiempo en el que Juan A. Mateos iniciaba sus afanes novelísticos y José Ives Limantour sus primeros actos de propietario sobre los bienes de manos muertas; y, en suma, tiempo en el que Altamirano no se quedaba atrás ni desmerecía en los afanes jacobinos pidiendo desde el Congreso la cabeza del moderado Manuel Payno.

Así recuerda Cosmes los pininos parlamentarios del entonces casi treintón don Ignacio Manuel, diputado federal por el distrito de Chilapa gracias al apoyo del caudillo y cacique Juan Álvarez:

 

¡Qué impresión causó en mi ánimo, todavía juvenil en aquel entonces, ver aparecer en la tribuna del Congreso, bajo una virgen selva de incultos cabellos que contrastaba con la calamistrata coma de Zamacona, aquel busto indio de espaciosa frente, de negros y centelleantes ojos, de ancha nariz cuyas ventanas, dilatadas por la emoción, parecían aspirar el ambiente de elocuencia que llenaba el pecho de los hombres de 1789, de altiva boca que abría de par en par sus rojos y gruesos labios para dar salida al torrente de viriles acentos que electrizaba a la asamblea! ¡Qué hermosamente feo vi a aquel joven que hacía de repente surgir ante mis ojos atónitos el espectro de esa raza indómita para quien el tormento mismo era un lecho de rosas!

Igual que él, muchos otros también quedaron cautivados, asegura Férula; la Cámara entera aplaudió de pie, y no faltaron los que en la noche le llevaron serenata con bandolones al cuarto que ocupaba en el Hotel de la Gran Sociedad, entre ellos el recalcitrante socialista Juan Pablo de los Ríos. Y eso que Altamirano, aparte de nada agraciado, se distinguía además por iracundo, salvaje e incorrecto en sus modos.

Con el transcurso de los días el oriundo de Tixtla mejoró bastante en esto último, sin embargo nunca —imposible— en lo feo, de manera que para agosto de 1879 ya era un feo civilizado, con dicción y con gestos más estudiados, y con una emotividad exuberante que le daba tintes clásicos a su habla prodigiosa, a su don de la palabra que provocaba envidias no sólo por su fuerza, sino por ser de quien era, por provenir de un sujeto con orígenes humildes.

Sobre esta base, no eran pocos los que deseaban hablar como él, parecerse a él, hasta en lo feo, siempre y cuando tal condición fuese una garantía de calidad. Si no era así, para qué buscarle, y ni para qué decirlo, toda vez que se sabía bien de su capacidad para los desplantes violentos del ánimo. Cosmes asume que es uno de los envidiosos, pero también uno de los admiradores parciales del hombre piano que es Altamirano, sobre todo cuando éste hace gala de la palabra hablada:

Y sin embargo yo quisiera ser feo como Altamirano. Pero entendámonos, feo, no como Altamirano durmiendo, pues dudo que en tal caso pudiese repetirse la historia de Endimion, sino como Altamirano hablando. ¡Oh fuerza incontrastable de la palabra! ¡Tú, que has sabido dar belleza a la cabeza leonina y marcada por la viruela de Mirabeau, también sabes dar seducción y encanto a esas ásperas facciones aztecas, que, estando en calma, pueden hacer llorar de miedo a un niño! Aquellos ojos lanzan relámpagos, por aquella fisonomía pasa, como el rayo de luna plateando los campos, la inspiración que todo lo dora, que dulcifica las facciones, que da color a las mejillas, color a los labios, suavidad a los angulosos contornos, que hace que, fijas en aquel conjunto transfigurado las miradas de un auditorio, no puedan apartarse de él. Porque yo no he oído conversar a nadie como conversa Altamirano. ¡Qué gala de comparaciones! ¡Qué imaginación aquélla brillante y movediza como un kaleidoscopio! ¡Qué poder tan asombroso de descripciones que hace ver con los ojos y tocar con las manos cuanto retrata!

No en vano hasta las mujeres quedaban fascinadas con su presencia, al grado
—aventura Férula— de que si el hijo del sur no se comportara como un respetable jefe de familia, incluso podía desempeñar entre ellas el papel de un don Juan.

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Por otra parte, en opinión de Cosmes el literato piano apellidado Altamirano no era tan magnífico. Contando en el rubro de la literatura sólo a la poesía y la novela, Férula da a entender que si bien aquél es armonioso y pródigo en la descripción, es repetitivo en el tema. Como poeta, escribe únicamente de la naturaleza suriana en cuyo seno vivió; como novelista —recordemos que para ese momento ya habían salido de la imprenta y gozando de buena publicidad Clemencia (1869), Julia (1870), La Navidad en las montañas (1871), más dos fragmentos o capítulos de Idilios y elegías (1872-1874)—, se perfila a sí mismo en todas las tramas, héroe inconsciente que pinta siempre mujeres débiles, tímidas, blancas y rubias principalmente, que sucumben ante la imperiosa voluntad de un humilde, de un cobrizo paria social que con base en su talento y energía derriba todos los obstáculos que se interponen en el camino que se ha propuesto seguir.

Aquí, opina su crítico, figura Altamirano sin alma, sin ideas, sin pensamientos originales. No por falta de capacidad, es obvio, sino por pereza y dispersión, las que escondía y disimulaba en su obligada y notoria escasez de tiempo.

Esta pereza y falta de tiempo —sostiene Cosmes— no le permitían a Altamirano dar temple al arma poderosa de su inteligencia, no le dejaban meditar y hacer fecundo su talento, no le ayudaban a que sus maravillosas facultades produjeran ese texto que tanto pregonaba desde hacía 12 años que sería su obra maestra. Tanto la platicaba, que cualquiera interesado en las letras sabía que tendría por título “La Dama de Honor”, que en ella figurarían Maximiliano y Carlota, Bazaine y Juárez, Napoleón III y Porfirio Díaz, Mr. Seward y Luis G. Bossero, Juan de Dios Arias y la reina Victoria, entre otros personajes; y que estaría adornada con grabados en acero mandados ejecutar en Inglaterra.
Reitera Férula que si Altamirano no tenía dicho trabajo más que en mente, era por causa de su solemne pereza; de la que no obstante había que decir que no era el único culpable ya que la avalaban, protegían y hasta estimulaban sus amigos, empezando por el propio Justo Sierra:

 

Seducidos por la magia de su palabra, habéis pretendido con un egoísmo imponderable, que no haga otra cosa más que hablaros. Hoy en una reunión literaria, ayer en una cátedra, mañana en su casa, Altamirano está condenado, como Aashverus a andar, a hablaros siempre.
—Pero vean ustedes que quiero estudiar …
—¡Habla!
—Tengo que escribir mi … “Dama de Honor”.
—¡Habla!
—¡Un momento siquiera para meditar sobre lo que voy a decir!
—¡Habla! ¡Habla! ¡Habla!
Y el pobre Altamirano habla hasta por los codos, y no trabaja, ni trabajará jamás.

En fin, que ésta fue la certeza de Cosmes en lo referente al literato piano carente de alma que según él era Altamirano. Sus razones tendría para decirlo, y seguramente las confirmó después de 1879 porque éste nunca escribió esa novela anhelada de “La Dama de Honor”, aunque sí hizo dos más que se publicaron de manera póstuma —murió en 1893—: El Zarco. Episodios de la vida mexicana en 1861-1863, editada en 1901, y Atenea, aunque parece que incompleta, en 1935.

En lo que a mí corresponde, como nada sé del habla del laico, liberal y republicano de Altamirano, y sí algo de su imagen en retratos y caricaturas al igual que de su extensa labor escrita, sea en la crónica, el ensayo o algún otro asunto, prefiero terminar diciendo, contrario a Férula con la mayor certeza, que yo no quisiera ser feo como Altamirano, pero sí perezoso, como él, por supuesto.

Jesús Guzmán Urióstegui.
Historiador. Ha participado en proyectos de investigación para
El Colegio de México, UAM-Azcapotzalco, Fomento Cultural Banamex, Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM y el Instituto Nacional
de Antropología e Historia, entre otros.