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Una conversación democrática

Gilberto Rincón Gallardo, Entre el pasado definitivo y el futuro posible, FCE, México, 2008, 211 pp.

Es, sin duda, más sencillo ser dogmático que democrático, decía David Foster Wallace, pues mientras que el dogma simplemente se sigue, la democracia se persigue. El primero supone lealtad exclusiva a los credos del líder, pero el segundo requiere, a un tiempo, fidelidad hacia ideas propias y ajenas. Es también en esta dualidad donde descansa la esencia del espíritu democrático, condición que combina rigor y humildad, que demuestra una apasionada convicción por lo que uno cree, así como un franco respeto por la opinión de los demás. Es convencer, pero es también dejarse convencer. De ahí que este espíritu sea tan difícil de cultivar, por un lado, y de mantener, por otro, sobre todo cuando se trata de temas que nos apasionan, pues la tentación de unirse a un bando dogmático que haga eco de nuestras certezas resulta casi irresistible, compitiendo así contra grupos disidentes, sólo para demostrar la superioridad de nuestro sonoro alarido.

El espíritu democrático es una actitud compleja que nace de la duda y, sobre todo, de la incertidumbre. Pero su producto no es una vacilación paralizante sino el escepticismo que debe acompañar a la verdad absoluta. El espíritu dogmático olvida que la verdad no es algo que pueda ser alcanzado de repente y para todos por medio de la revelación. El mundo es un enredo. Cada infinidad de posibilidades está representada por una infinidad de acciones y éstas, a su vez, producen una infinidad de resultados. El problema, en realidad, no consiste en elegir entre un número cierto, fijo y predeterminado de formas óptimas de vida, sino, más bien, en que nunca tendremos la certeza siquiera de que exista una sola forma de vida óptima. Para William James, la consecuencia práctica que se esconde entre la complejidad y los rebotes de la naturaleza es que toda verdad merecedora de tal nombre debe estar dirigida al mundo y, en consecuencia, abierta al debate público.

Refugiada en el ánimo dogmático se encuentra la vieja cerrazón a la discusión, mostrando la simpleza de un escenario donde las ideas se expresan con gritos, sin necesidad de justificación. Esta es la política del decibel: espacio donde la bondad del dicho ha escapado los terrenos de la razón para insertarse en la acústica de la declamación.

Desprovisto de altavoz, Gilberto Rincón Gallardo escribió buscando platicar. Entre el pasado definitivo y el futuro posible, advierte su portada, es una colección de reflexiones políticas hechas en clave democrática. En esta su obra póstuma, el político hace un recorrido por la memoria mexicana, intentando trazar los caminos recorridos por nuestra precaria democracia. Muestra la que tenemos, pero siempre intentando describir la que hace falta. Desde la alternancia en el poder hasta la reforma energética, Rincón Gallardo va enlazando las sílabas que establecen el diálogo, particularmente dirigido a aquellos que se sintieron dueños de la transición o se adjudicaron los logros de reforma: si éstos fueron posibles, señala, es porque ya había algo de democracia. Dogmáticos que afirman lo contrario, no pueden más que reivindicar un absurdo: la democracia es de todos o ninguno.

Una reflexión de Hannah Arendt precede la preocupación democrática de Rincón Gallardo: en política importa tanto el aprendizaje del pasado como la capacidad de iniciar de nuevo. El futuro depende entonces de las enseñazas de la historia y de nuestra disposición para cambiar “sin el optimismo propio de quien desconoce las dificultades del consenso y sin el pesimismo que nos condena a la inacción o a la pasividad”, agrega el político. Y así, armado con la cautela oxigenante que previene la asfixia a causa de optimismos y pesimismos, Rincón Gallardo analiza la laicidad, la discriminación, el espacio público y la izquierda mexicana con la lupa del pasado, pero siempre fijando la mira en el horizonte del porvenir.

Es este futuro lo que representa la incertidumbre democrática: ¿acaso no hay una mejor manera de hacer las cosas? Y esta duda constante conduce a la virtud del régimen: su capacidad para reinventarse. El riesgo de la certeza dogmática, de manera contraria, está, justamente, en su calidad petrificante. Si la verdad ha sido descubierta, no queda más que imponerla; de unos cuantos para todos. La esperanza del futuro se aniquila con la imposición del presente. Y, a fin de cuentas, lo único que ofrece el espíritu democrático es esperanza: esperanza de que el futuro sea indefinidamente mejor que el presente.

La voz de Rincón Gallardo es una —entre muchas— que ha sido enmudecida por los altoparlantes de nuestra vida política. El suyo no es un texto lleno de verdades; no hay demostraciones matemáticas y, ciertamente, no hay un sabio listado de pasos a seguir. La obra de Gilberto Rincón Gallardo no es la obra seminal de la teoría política mexicana, es tan sólo un esfuerzo por recuperar la cordialidad de la conversación. Es también un libro esperanzado, pues entre sus líneas se esconde su verdadero anhelo: regresarle sus demócratas a la democracia mexicana.

David Peña Rangel. Investigador.