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Tiempo de perros

 

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Desolada bajo la luz canicular, la tierra de nadie de los periódicos no sólo enfrenta el azote de los grupos delictivos que intentan controlar la plaza; debe sobrevivir también a un nuevo caos: la inquietante y a veces violenta presencia del ejército

Canícula: tiempo de perros. Casi 40 grados centígrados a la sombra. No resulta raro que ciertas calles secundarias de este puerto fronterizo luzcan vacías, polvorientas, sumergidas en el bochorno que emerge en ondas visibles desde el concreto. Si hubiera viento, nadie se extrañaría de ver rodar por el suelo un par de chamizos, como en un western de los años cincuenta. Sólo en las avenidas principales el tránsito es nutrido, como debe serlo en una urbe de casi dos millones de habitantes. Pero los juarenses han vivido siempre en este clima extremo y, más que el sol, lo que parece mantenerlos en sus casas, oficinas y otros espacios cerrados es la situación que sufren desde hace años, recrudecida en los últimos 15 meses debido a la guerra que enfrenta tres entidades opuestas: el Cártel de Juárez, el Cártel del Pacífico de Joaquín El Chapo Guzmán, y el ejército mexicano.

En Juárez la guerra entre cárteles, acentuada (no menguada) por la presencia militar, ha convertido las calles en una tierra de nadie donde al menor atisbo de violencia —una llanta que rechina, un portazo, el paso de un hombre corriendo— la gente reacciona replegándose hacia la pared con gestos donde se conjugan temor, cansancio e ironía: temor a que de un enfrentamiento entre cualquiera de las partes en pugna surja una bala perdida y los alcance, cansancio de vivir en la zozobra durante tanto tiempo, e ironía hacia ellos mismos por sucumbir al temor ante una falsa alarma, que bien pudo haber sido real: el promedio diario de ejecuciones ha llegado a siete, cifra que se expande o contrae según el azar o las encomiendas de los sicarios.

Por eso, cuando en la 16 de Septiembre, a la altura del mercado de artesanías, una patrulla municipal combina el rugido del motor con la histeria de su sirena, encimándose a los vehículos que la preceden con el fin de abrir una ruta, las personas en la acera dan un paso atrás, agazapándose, mientras miran a los agentes con mirada reprobatoria; luego, cuando la patrulla se pierde adelante, parecen respirar aliviados, pero sólo un instante, pues pronto se escuchan otras sirenas y el estertor gangoso de una chicharra, y tres, cuatro lanchones más pasan rugiendo frente al mercado (aquí patrullas y taxis son enormes, con motores demasiado ruidosos).

Minutos después, cuando ya el ulular de las sirenas se evapora en el aire recalentado, un camión militar con unos 20 elementos se incorpora a la persecución.

—Cabrones, no respetan nada ni tienen consideración —dice un transeúnte—. Si estás en su camino te llevan de encuentro.
—¿Los policías o los del ejército?
—Son la misma chingadera.
—¿Y los narcos?
—Los narcos pueden matarte de un balazo; pero éstos te apachurran o te dejan prensado en tu carro. Si van encarrerados no se paran.

En conversaciones con juarenses escucho más de una vez su recelo a ser embestidos por los representantes del estado: “No tengo miedo de que me disparen, sino de que me choquen”. De hecho, las víctimas de accidentes provocados por policías y militares que han venido a engrosar el número de muertos a causa de las ejecuciones ya se computan en la prensa, donde se señala que la irresponsable manera de conducir de quienes supuestamente deberían proteger a la población constituye un factor más de la inseguridad que vive la urbe.

El día avanza y el sol sigue torturando las calles, que sin embargo se ven más pobladas. Es la hora de la comida, y loncherías, cafés y puestos de burritos comienzan a llenarse. En el cruce de 16 de Septiembre y Avenida Juárez una multitud se arremolina en líneas amorfas a las puertas de unos cajeros automáticos. A diferencia de un rato antes, la tensión en los rostros se afloja y abundan las sonrisas, los semblantes despreocupados, las miradas de confianza. Hay parejas que se encuentran para comer, grupos de amigos conversando, muchachas en uniforme escolar que demoran el regreso a casa. Por unos minutos la cotidianidad vuelve por sus fueros y los juarenses olvidan que viven en la tierra de nadie de los periódicos: deambulan por las banquetas sin precaución mientras lamen helados, algunos caminan por debajo de ellas junto a los vehículos circulantes.

En la plaza de armas no queda un palmo libre en los arriates que hacen las veces de bancas, sobre todo en las áreas cubiertas por los hilos de sombra arrojados por las ramas de unos árboles escuálidos. Campesinos sombrerudos, cholos con los brazos cubiertos de tatuajes, estudiantes, vendedores, predicadores, mujeres calzando patas de gallo, ancianos jubilados, muchachas que esquivan los piropos con movimientos taurinos, paseantes y uno que otro turista. En el kiosco central más de medio centenar de personas parecen preferir el calor de la aglomeración humana al ardor del sol y se apretujan unas con otras. Un viejo sin dientes abandona su sombra minúscula para retirarse, y ocupo su sitio antes que un gringo astroso, quien mastica una protesta en inglés y se aleja molesto.

La muchedumbre del kiosco me intriga: todos de pie, permanecen en silencio con la mueca endurecida de quien tiene una idea fija. Tras unos minutos advierto que atienden al discurso de un hombre situado en el centro del templete. Habla de un crimen, exige justicia a las autoridades, al gobernador, al presidente Calderón. Abandono mi “sombrita” —que el gringo ocupa rápido— y camino por los andadores de la plaza hasta que me entero de algunos pormenores. Quien arenga a la gente se refiere a la muerte de Géminis Ochoa, líder de los ambulantes del centro, ejecutado por sicarios el día último de junio a plena luz y frente a decenas de testigos.

Ochoa encabezaba a 400 comerciantes informales y era famoso por sus enfrentamientos con el gobierno, además de sus histriónicas protestas públicas contra el desalojo de su gente (siempre cargaba una navaja para abrirse las venas ante sus adversarios a la menor provocación, y durante una huelga de hambre llegó al extremo de coserse los labios). Su asesinato lleva el sello característico de la violencia que predomina en Ciudad Juárez: la confusión que deviene impunidad.

¿Quién lo mató? ¿Las autoridades municipales corruptas?, ¿los extorsionadores que cobran “derecho de piso”?, ¿los federales, que también extorsionan y fueron denunciados por el líder?, ¿alguna pandilla subsidiaria de los cárteles de la droga?, ¿un rival político? La fatiga ante la incertidumbre se manifiesta en la declaración de un comerciante informal:

—Estamos más seguros con las mafias que con los federales. No es broma. Los federales se nos ponen más cabrones que los pandilleros a la hora de extorsionar.

¿Quién lo mató? Cualquiera pudo haber sido, y en la confusión que reina en la urbe resulta imposible desplegar una investigación que resuelva el caso. Ningún homicidio es investigado en Juárez. ¿Quién podría hacerlo, si la ciudad cuenta con 11 agentes del MP y 19 elementos —se dice que en estos días los reforzarán con 10 más— de la Policía Ministerial para ello? 11 fiscales, 19 policías y casi 50 ejecuciones semanales… Ni siquiera la prensa lleva seguimientos: no hay suficientes reporteros. Por eso a los pocos días las víctimas pierden hasta sus señas de identidad y pasan a formar parte de las cifras, estadísticas que no sirven sino para ilustrar el caos.

No es miedo: es incertidumbre lo que registro en los rostros mientras salgo de la plaza y, sudoroso, me encamino a la Avenida Juárez. Los que ven la multitud del kiosco se quedan pensativos, como preguntándose ¿ahora qué sigue? Incluso hay curiosidad en los gestos. No es miedo, me convenzo, y recuerdo la ciudad cuando llegué a vivir a ella hace casi un cuarto de siglo: si bien no tan generalizada, la violencia ya campeaba aquí, había ejecuciones entre narcos y los consejos para quien se estrenaba en el Juárez nocturno se repetían: “Cuídate, es peligroso; no te metas en tal barrio”. Sí, se corrían riesgos al andar de noche (y a veces de mañana) en la calle, pero la gente sabía. Si asesinaban a un tipo a las puertas de su casa, o a bordo de su troca —donde viajaba con sus hijos—, la reacción era de horror, de aversión a la barbarie; mas en cuanto el rumor o la prensa identificaba los motivos o el bando de los homicidas, la tranquilidad regresaba en una suerte de remanso (saber calma).

Luego vinieron los feminicidios y ahora la guerra entre cárteles, sembrado el desbarajuste: el caos jurídico, de percepción y de información.

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En aquel tiempo además se sentía en toda la urbe un alegre culto a las bondades de la vida a través de la libación y el erotismo. En ciertas arterias —Triunfo de la República, 16 de Septiembre, Guerrero— los negocios sobresalientes eran bares, discos y moteles. La libertad del cuerpo se ostentaba sobre todo en la Avenida Juárez y la calle Mariscal, donde a las cinco de la mañana, a 10 grados bajo cero, era posible ver muchachas en blusa ligera, minifalda y tacones. Bares y discos abrían toda la noche y los gringos atestaban las calles con gritos agudos que denotaban su hallazgo del paraíso en la frontera. Ahora la Avenida Juárez luce desolada bajo la luz canicular: las artesanías se empolvan en los exhibidores mientras los tenderos gastan su aburrimiento en la resolana, los bares y restaurantes se hallan casi vacíos, las mujeres por la calle —gordas, ilustradas de tatuajes, rostro furioso— parecen más dispuestas al atraco que al amor. Los gringos se han esfumado; los únicos turistas son chicanos que bien podrían confundirse con cholos locales. La calle Mariscal parece bombardeada: los bules, las cantinas y los primeros table dance que funcionaron en el país han sido derribados y en su lugar quedan baldíos pedregosos. ¿Efectos de la guerra? Daños colaterales: temerosos a causa de la nueva leyenda negra que recubre los antiguos mitos de Juárez, los turistas ya no vienen, con lo que el comercio decae, se da más desempleo, aumenta la delincuencia, crece la confusión y se fortalece el caos…

En palabras del poeta y periodista Miguel Ángel Chávez, la confusión no es causada por las ejecuciones, sino por las actividades que se derivan de la guerra entre cárteles: con el fin de concentrarse en el enfrentamiento con la gente del Chapo, La Línea (banda dependiente del Cártel de Juárez) dejó dos de sus mejores negocios a pandillas subsidiarias: la prostitución y el tráfico de ilegales. Eso le ocasionó un déficit de liquidez, por lo que incursionó en el secuestro para equilibrar sus ingresos. Al ver el éxito de los plagios, algunos de los miles de desempleados producto del cierre de comercios y maquiladoras decidieron aprovechar el embrollo e imitarlos, y tras los primeros golpes se formaron bandas nuevas, independientes. Lo mismo sucedió con los extorsionadores, quienes se subieron al tren del oportunismo para cobrar “derecho de piso” a comerciantes, taqueros, taxistas y hasta maestros a nombre de tal o cual cártel, al fin en la confusión quién iba a saber que nadie los mandaba. Aunque la impresión general es que esas extorsiones han disminuido porque los capos decidieron ejecutar a los chantajistas que “los desprestigiaban”.

Camino de regreso hacia el sur por las ruinas de la calle Mariscal, que seguro serán remplazadas por algún aséptico mall que no dé una mala impresión a los turistas, y pienso en las mujeres asesinadas en 15 años, que ya han perdido el derecho a ser noticia de primera plana. Cuando la gente aún creía en la tesis del asesino serial o en la de las producciones masivas de videos snuff, ¿cuántos homicidas solitarios habrán aprovechado para que sus crímenes quedaran impunes? Si alguien mataba a su mujer —o a cualquier mujer— en un arranque de ira, le bastaba con ir a tirar el cuerpo medio desnudo o mutilado al desierto para que la muerta se integrara a la lista de los asesinos seriales. Y como la policía no investigaba, el culpable no recibía castigo. ¿Empezaría entonces la indolencia de las autoridades que mantiene a Juárez en su estado actual?

Hoy, si alguien decide matar a un vecino o un rival, sólo tendría que ejecutarlo de un tiro en la nuca para que el crimen se añada a las estadísticas de la guerra entre narcos. Al fin y al cabo ni la Policía Ministerial, ni la Municipal, ni la Federal ni los militares inician pesquisas, ya sea porque se reconocen impotentes o porque cuando iban a hacerlo hubo otras ejecuciones. O, lo que es peor: si resuelven investigar, unas corporaciones entorpecen a las otras y el caso se estanca. Así, si ocurre un homicidio y los culpables son capturados, hay testigos y se cuenta con las armas homicidas, antes de que el agente del MP inicie el proceso llegan los militares y se llevan a los detenidos alegando delito federal —posesión de arma—. Los interrogan (“los madrean”, dice la gente), los retienen y muchas veces pierden las armas del crimen. Por tanto, el MP no puede presentar a los acusados ante el juez, y si lo hace su caso está mal estructurado. Es decir, al caos que se deriva del crimen se suma el de la rivalidad entre corporaciones, con lo que el círculo vicioso de la impunidad extiende sus tentáculos.

Lo más indignante, me dice la periodista de nota roja Lucy Sosa, es que las víctimas son cada vez más jóvenes, casi niños. Esto se debe a que las bandas se sirven de ellos para llevar el narcomenudeo; y como en muchos de los homicidios recientes las víctimas son los encargados de las “tienditas”, gran parte de los muertos apenas rondan la adolescencia. Si a esto sumamos que los sicarios se inician a edad temprana —hay quien asegura que, en consecuencia, el precio de una ejecución ha descendido hasta los cien dólares—, tenemos que los “soldados” que en realidad libran la guerra de los cárteles apenas están dejando la niñez. Adolescentes matando adolescentes: nada habla tan claro de la descomposición social que vive esta frontera. Lucy Sosa me expone un caso: en una colonia popular, los padres de familia ahorraron para construir una cancha deportiva en un terreno baldío. La intención era alejar a los muchachos de la delincuencia por medio del deporte. Cuando la cancha estuvo lista, se convirtió en el centro de reunión y los padres se tranquilizaron al ver que sus hijos pasaban su tiempo libre en ella. Sin embargo, durante un partido, un vehículo con sicarios a bordo disminuyó la velocidad al pasar por ahí y ametralló a los jugadores. Varios murieron. Los padres de familia descargaron su frustración ante los reporteros, responsabilizando a las autoridades por la inseguridad que acababa de arrebatarles a sus hijos, a quienes consideraban inocentes. No obstante, tras tomar declaración a los testigos, los periodistas se enteraron de que el motivo de la balacera era la lucha por la supremacía en el narcomenudeo de la colonia: las víctimas eran dealers adolescentes y habían sido asesinadas por los sicarios adolescentes de una pandilla rival.

Según versión de otros periodistas locales, el único instante en que experimentan en verdad el miedo es cuando llegan a la escena del crimen luego de una ejecución. El barrio entero se encuentra desierto, como si se tratara de un pueblo fantasma. El eco de los disparos de los cuernos de chivo o de las pistolas 9 mm aún vibra en las paredes. Tras las ventanas se adivinan siluetas que acechan la calle. Sólo los perros van de un lado a otro, acercándose a los cadáveres que yacen sobre el pavimento en las posiciones más grotescas. Entre tanta calma, los clicks de las cámaras suenan como un mal augurio y, aunque saben que no sucederá, los reporteros tienen el presentimiento de que los sicarios volverán a rematar a los caídos y a llevarse de encuentro a quienes los rodean, policías, soldados, periodistas. Y si las víctimas son muchachitos púberes, al miedo se agrega una sensación de dolor e impotencia que multiplica la zozobra.

El oficio periodístico es de alto riesgo, eso cualquiera lo tiene claro en Juárez. Aunque el signo de los tiempos es la confusión, en ocasiones los hechos hablan por sí solos y los reporteros se enteran en retazos de lo que hubiera sido mejor no saber. En la ejecución de dos policías —un ministerial y un municipal–, ocurrida recientemente, mientras los miembros de la prensa tomaban declaración a los testigos y los paramédicos revisaban los cuerpos en medio del habitual círculo de mirones, uno de los agentes encargados de las primeras pesquisas recibió una llamada a su teléfono celular. Según pudo advertir un periodista presente, al contestar, su nerviosismo fue notorio. Parecía recibir instrucciones, porque repetía las fórmulas “Sí, señor”, “Como usted diga”, en tanto miraba en torno suyo con sigilo. Luego se acercó a su compañero.

—Que quieren los radios —le dijo.
—No podemos agarrarlos —murmuró el otro y señaló con la vista a fotógrafos y reporteros—. Van a darse cuenta los de la prensa.
—Que le hagamos como sea, pero que nos los llevemos.

Discutieron en susurros unos minutos. En ocasiones alzaban la voz, maldiciendo e insultándose, hasta que dieron con la solución: trasladar vehículo y cadáveres a los Servicios Periciales, donde les sería fácil sustraer los aparatos sin que fuera muy evidente. Pero al llegar, el primer agente recibió otra llamada. Dijo “Sí, señor” varias veces más y volvió a acercarse a su compañero.

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—Resulta que ahora también quieren las carteras.
—Pero tenemos que devolvérselas a los familiares de las víctimas —respondió éste consternado.
—Que las quieren —el que había hablado por teléfono endureció el tono, ya sin cuidarse de que lo oyeran los reporteros—. Agárralas.

Sin embargo, aún faltaba una tercera llamada, que el agente recibió unos minutos más tarde. Tomó la orden con el respeto acostumbrado, y sólo después de colgar suspiró con angustia. Miró a los miembros de la prensa con una expresión donde se confundían la impotencia, la vergüenza y la amenaza, e intentando bajar la voz, dijo a su pareja:

—Que también quieren las armas largas. Que o se las damos o vienen por ellas.
—Eso sí es imposible.
—Que vienen por ellas —insistió como si dijera “No hay nada que hacer”.
—Pero, ¿cómo vamos a explicarlo? —el compañero lucía desesperado.
—Me dijeron que ellos traen otras, y nos las van a cambiar por estas.

Luego se alejaron del vehículo y de la prensa caminando, el que había recibido las órdenes con la mano en el hombro del otro, en actitud de querer convencerlo o tranquilizarlo, hasta que dieron media vuelta ambos con el semblante más sereno. Sólo les restaba que reporteros y fotógrafos abandonaran Servicios Periciales para llevar a cabo su encomienda.

¿Quiénes son “ellos”? ¿Gente de un cártel?, ¿políticos?, ¿jefes de la policía?, ¿altos mandos del ejército? De eso sí nadie se entera. Lo que resulta evidente es que los dos policías víctimas de la ejecución murieron porque sabían algo, estaban involucrados con la mafia y seguro habían participado en alguna matanza, por eso la urgencia de asegurar sus armas. Con la escena anterior también queda muy en claro que en Juárez los agentes de la ley se doblegan ante otra entidad más poderosa, omnipotente. ¿Cuál? No hay respuesta; sólo las mismas preguntas.

¿Y la presencia del ejército? ¿Ha servido para algo?
La percepción es uniforme: no han disminuido las ejecuciones, sino al contrario; no se ha dado ningún golpe verdadero contra los narcotraficantes; con los soldados se ha incrementado la corrupción, son prepotentes y abusan de las personas pacíficas. Constituyen un factor más del caos urbano, pues “revientan” casas, departamentos y negocios de gente indefensa sin dar cuentas a nadie, y al hacerlo se pepenan lo que pueden y, por si fuera poco, son un peligro mortal al volante de sus enormes camiones que pasan como rayo por las avenidas. Y, atando cabos, la vox populi ha sacado sus propias conclusiones: “Los militares llegaron a Ciudad Juárez para limpiarle la plaza al Chapo Guzmán”.

A diferencia de los cárteles a los que vino a combatir —por lo menos al del Pacífico que, según se dice, instaló en la urbe 500 hombres de inteligencia paramilitar—, el ejército no tiene una estrategia. Nomás patrullan calles, revientan supuestas casas de seguridad, instalan retenes donde no cae nada importante y catean vehículos aunque en ellos viajen familias o ancianos. Más de ocho mil soldados, y las cosas sólo empeoran. Es cierto, cuando arribó el grueso de las tropas hubo días pacíficos, pero sólo dos o tres, porque enseguida los cárteles les tomaron la medida y volvieron a actuar; eso sí, con ciertas variaciones: como los militares cargan una suerte de radar que detecta a distancia armas y drogas, los sicarios guardaron sus cuernos de chivo y ahora ejecutan con pistolas menos ostentosas; cuando van a sacrificar a un rival, o mueven una carga, ya no viajan en trocas llenas de pistoleros, sino en caravanas de autos modestos con dos tripulantes cada uno, los del frente y los de atrás sin carga, armados sólo con radios para dar aviso a los otros en caso de que haya un retén o una patrulla a la vista. Y siguen traficando y matando.

Dos características que la gente ha advertido en los soldados es el hambre crónica en ellos y su apego a los teléfonos celulares. Varios testimonios afirman que cuando el ejército revienta una casa, adonde se dirigen primero los “guachos” es a la cocina, al refrigerador y la despensa. Primero comen, o se embolsan cuanto pueden, y ya después revisan los posibles escondrijos de armas o droga. Cuando catean un auto, no es extraño que se pierdan los celulares, y que como moneda de extorsión exigen tarjetas telefónicas. Se dice que hasta quienes acompañan a los agentes policíacos en las patrullas —incluso las de tránsito traen dos soldados arriba para “impedir actos de corrupción”— han sido doblegados por el hambre; que, ante la presencia militar, los agentes de tránsito dejaron de “morder” conductores unos días, pero pronto hallaron la manera de continuar haciéndolo.

Muchas personas en Juárez tienen muy en claro el método seguido por los policías, y lo recrean a modo de anécdota humorística. “Fue muy sencillo”, me dicen.

“Mientras patrullaban, a media mañana, al sentir un hueco en el estómago, los agentes se volteaban al asiento trasero y le decían a los militares: ‘Como que ya cala el hambre, ¿no? Vamos a echarnos unos burros. ¿Traen dinero?’. Y claro, los guachos nunca traen un quinto. Nomás se quedaban muy serios en la patrulla, con la boca hecha agua, viendo cómo los tránsitos engullían su almuerzo. Luego, al mediodía, otra vez: ‘Ya es hora de comer, ¿vienen, compañeros?’, preguntaban cínicos. ‘No, no traemos’, respondían los otros con las tripas alborotadas. ‘Entonces ai se quedan’. ¿Cuánto podían durar los pobres así? Por eso, cuando recibieron la propuesta, ya la estaban esperando; es más, de eso pedían su limosna: ‘Miren, si quieren echarse un taco, déjennos hacer lo nuestro y les pasamos su moche. Nomás no digan nada y ya verán cómo comemos muy bien’. Y desde entonces tránsitos y soldados andan de piquete de ombligo, dedicándose a lo mismo”.

Cuenta la escritora Rosario Sanmiguel que con los soldados en las calles no puede evadir el recuerdo de los relatos de los exiliados de las dictaduras de Cono Sur en los setenta, llenas de episodios de allanamiento, levantones y desaparecidos. Sobre todo cuando un pelotón toca la puerta a medianoche, como le ocurrió a ella y a su familia. “Lo peor no fue el miedo a asomarme a la ventana y ver a los uniformados con armas de asalto y en actitud sigilosa”, dice, “sino cuando por fin me hice fuerte, fui por las llaves y caminé a la puerta dispuesta a abrirles: antes de hacerlo, volví a ver por la ventana y ya no estaban, se habían ido como llegaron. Eso, su desaparición repentina, me dio aun más miedo”. ¿A qué iban esos militares? ¿Por qué desistieron? Una actitud así sólo puede provocar angustia. En la ciudad circulan muchas historias de uniformados espurios que se han llevado gente para ejecutarla y tirar los cadáveres en las orillas. A los militares nadie puede decirles no. ¿Y a los falsos militares? ¿Cómo distinguirlos? El caos imperante vuelve imposible saber a quién creerle, a quién obedecer.

Aún envuelto en una ligera sensación confusa contemplo cómo el sol concluye su recorrido por el cielo. El tiempo de perros de la canícula otorga un respiro a los juarenses con la llegada de las sombras. Las aceras de las avenidas centrales comienzan a poblarse, hasta que de pronto se ven verdaderas multitudes en el paisaje urbano. Entonces no era el miedo, acaso ni siquiera la incertidumbre, lo que mantenía a la gente tras los muros de sus refugios eventuales, sino el bochorno y ese sol furibundo que se ensaña con las calles. Como en los cuentos de vampiros, los fronterizos abandonan el cubil apenas cunde la oscuridad y se dirigen contentos —precavidos, pero contentos— al cine, al café, al bar más próximo para reunirse con sus compas y comentar los sucesos del día. ¿Que hubo más ejecuciones hoy que ayer? ¿Que ya llevamos cuántas? ¿Que hoy mataron a quién? Bueno, ni modo. La vida continúa.

Habitan una ciudad peligrosa, acaso la más peligrosa del mundo hoy por hoy, y no lo ignoran ni lo niegan, pero mantienen una distancia sana de los acontecimientos sangrientos. Sólo así les es posible mantenerse inmersos en la cotidianidad a la que desean seguir acostumbrados. Y la noche los protege con un manto, si no de seguridad, por lo menos de despreocupación. Por eso, conforme las horas transcurren, de los pocos bares, cantinas, bules, tables y salones danzantes que sobreviven a los derrumbes en la Mariscal, al abandono de la Juárez, al paso constante de los vehículos militares en la Ugalde, brotan los acordes del acordeón y el tololoche, los ritmos de las guitarras eléctricas o las cadencias de los requintos: son los juarenses que, ya cuando la canícula ha dejado de quemar, en medio de la danza de la muerte de las ejecuciones, emprenden la celebración de la vida y del cuerpo con bailes, libaciones y su entrega al erotismo. Por lo visto, nunca cambiarán.

Eduardo Antonio Parra. Escritor. Su más reciente libro es Juárez, el rostro de piedra.