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En la reciente elección el 5.4% de los electores anuló su voto. En los meses anteriores observamos un curioso fenómeno: un movimiento sui géneris, surgido espontáneamente, que alentó a los votantes a acudir a las urnas para votar por candidatos no registrados o simplemente anular su voto. El propósito era expresar, de manera clara, una protesta en contra de los partidos políticos. La protesta, curiosamente, unió tanto a la derecha como a la izquierda en una causa común. Como señaló Denise Dresser, una de sus más visibles promotoras: “anular es votar. Es participar. Es ir a la urna y depositar una boleta para expresar el descontento con un sistema democrático mal armado, que funciona muy bien para los partidos pero muy mal para los ciudadanos”.1 El sistema impide que haya rendición de cuentas democrática: los ciudadanos no pueden sancionar a sus representantes. Así, los anulistas, por llamarlos de alguna manera, concibieron su lucha como una continuación de otras gestas cívicas de la transición a la democracia: “la anulación no busca acabar con la democracia sino aumentar su calidad y su representatividad. La anulación no intenta dinamitar el sistema de partidos sino mejorar su funcionamiento”. ¿Tuvo éxito esta enjundiosa campaña en internet y medios impresos?

nulo

Los datos preliminares de la elección indican que los votos anulados superaron con mucho a los depositados en la elección intermedia comparable, la de 2003. En efecto, en aquella ocasión el 3.36% de los electores anuló su voto. No sabemos si en aquella ocasión los votos fueron anulados de manera deliberada o accidental. ¿Cuál fue el impacto del movimiento en la elección de 2009? La respuesta no es sencilla. Sin embargo, creer que el anulismo es la quinta fuerza política en el país es simplemente pura fantasía. Si le restamos al 5.4% de este año el porcentaje “normal” —aquel que ya existía antes del movimiento y que, por lo tanto, plausiblemente no estuvo motivado por las razones de la campaña— nos quedamos con poco más del 2% (2.04%). Este número no es muy impresionante, pero sí le habría dado a los anulistas la cantidad necesaria de sufragios para, de haberlo tenido, conservar el registro de un partido. El Partido Social Demócrata (PSD) habría dado lo que fuera por convencer al mismo número de electores.

En algunos lugares el anulismo tuvo un desempeño notable, por ejemplo, en la ciudad de México el 10.8% de los electores anularon su voto, en Puebla el 7.3% y en Jalisco el 5.45%. ¿Qué significa esto? El impacto de unos pocos es desmedido en la democracia mexicana. Se trató de un fenómeno metropolitano, de la ciudad de México. Es notable lo que podríamos denominar el efecto “megáfono” de las escasas, pero muy vocales, elites intelectuales metropolitanas. No se equivocan quienes se admiran ante esta capacidad de comunicación y persuasión. Sin presupuesto público, los anulistas convencieron a más ciudadanos de anular su voto que el PSD a votar por él. Podríamos decir que los anulistas podrían formar un muy activo y eficaz pequeño partido de “alienados” del sistema. Pero ésa no sería una opción que pudiera cambiar al país. La catarsis tiene sus límites.

Sin embargo, el anulismo está condenado a convencer a relativamente pocos. ¿Por qué? Porque su lógica es metafísica y elitista; ya bastante complicado es para el ciudadano de a pie comprender la rendición de cuentas democrática en su forma ideal (voto para que se quede o para que se vaya el político en cuestión), como para aprehender el barroco razonamiento detrás del anulismo: anulo para transmitir de manera difusa y vaga una “protesta” que, de alguna forma no especificada, los jerarcas de los partidos políticos registrarán. Ello, supuestamente, los inducirá a modificar sus nefastas prácticas y a mejorar el sistema político. De otra forma se enfrentarán a una crisis de “legitimidad” producto de la gran cantidad de votos nulos depositados en las urnas y a los comentarios corrosivos de los comentócratas y los blogs en internet. Con un argumento tan difícil de seguir no es extraño que los anulistas no hayan obtenido más votos. En la base del anulismo hay un peculiar tipo de civismo que exige del ciudadano un compromiso casi metafísico. La mayoría simplemente no entiende por qué debería formarse para emitir un sufragio que al final no elegirá a nadie. ¿No es más sensato abstenerse? Este es un elitismo que está fuera de la realidad.

Lo cierto es que aunque los políticos profesionales desplegaran sus antenas para escuchar la voz de la protesta no habrían escuchado más que una cacofonía de reclamos pues no había un mensaje claro que transmitir más allá de un difuso malestar con los resultados de la incipiente democracia mexicana. ¿Cómo, exactamente, deberían responder los partidos? Ese malestar, sin embargo, no es coherente. El anulismo es una categoría residual que sufre una especie de angst electoral. Los alienados de la política partidista tienen muchos —y no necesariamente compatibles— motivos de descontento: la reforma electoral de 2007, el pleito interno en el PRD, la migración de López Obrador a los pequeños partidos oportunistas, etcétera. Los más lúcidos entre sus proponentes rápidamente se dieron cuenta de que el movimiento necesitaba algunas banderas concretas, como la reelección de los diputados. El problema es que por varias razones esa —desafortunadamente— no es una bandera de la mayoría del electorado. No sólo eso, sino que los electores anulistas bien podrían ser, en este respecto, más retrógrados que los votantes que sufragaron por candidatos y partidos. En efecto, según la “Encuesta nacional sobre el sentir ciudadano en el marco del proceso electoral 2009”, del total de los ciudadanos encuestados que anularon su voto, votaron en blanco o lo hicieron por algún candidato independiente, sólo el 42% de ellos estaba muy o algo de acuerdo con que se aprobara una ley que permitiera a los diputados que hubieran cumplido con sus electores volver a ser candidatos en la siguiente elección. En contraste, el 47% de los electores que votaron por un partido o por un candidato estaba de acuerdo con la reelección.2 Lo mismo ocurre con las candidaturas independientes, otra de las banderas de los intelectuales anulistas: un porcentaje menor (49%) de los anulistas las favorecía en comparación con quienes votaron por partidos (51%).

¿Es ésta una protesta que encarne el sentir de la mayoría del electorado? ¿Se trata de la voz de la “sociedad civil? Sólo de manera muy precaria. En efecto, según la “Encuesta nacional sobre cultura política y prácticas ciudadanas 2008”, los mexicanos saben poco de política y el tema les interesa todavía menos. Aun así, tienen una muy mala opinión de los políticos profesionales. En efecto, el 79% de los encuestados confiaba poco o nada en los partidos políticos. Uno podría inferir de aquí que los mexicanos comparten la denuncia furibunda de los políticos profesionales del anulismo. Sin embargo, la mayoría de los electores mexicanos (casi 7 de cada 10) estaba lejos de esa posición. En cambio, abrazaba un realismo desencantado. Los partidos son aborrecibles, pero son necesarios. En efecto, 61% de los encuestados creía que los partidos políticos eran necesarios para que la democracia funcionara. No sólo eso, otro 64% pensaba que los partidos tenían algo o mucho de poder para cambiar las cosas en México. En otras palabras, la mayoría de los mexicanos, a diferencia de los anulistas, no cree que la “partidocracia”, si existe, pueda cambiarse. Esto explica el 2% obtenido por el voto nulo en las elecciones de 2009. Si queremos hablar de propuestas populares y con las que simpatice una gran proporción de la población, habría mejor que mirar la campaña del Partido Verde de instaurar la pena de muerte en México. En lugar de imaginarse aquellas causas con las que la gente simpatizaba, los partidócratas verdes simplemente hicieron grupos de enfoque para averiguarlo. Y descubrieron que la venganza es una causa popular. Vox populi.

Por su naturaleza heterogénea es poco probable que el anulismo pueda constituirse en algo más que una protesta testimonial. El fastidio y el hartazgo han quedado manifiestos, pero, ¿hay algo más? Cómo expresión moral cívica no tiene la fuerza moral que estrategias similares han tenido en diferentes circunstancias. En los años setenta, Václav Havel llamaba a votar en blanco en las farsas electorales del régimen comunista de Checoslovaquia. ¿Puede argüirse plausiblemente lo mismo en México en el 2009? Contamos con un imperfecto, pero estable, sistema de partidos en el cual están representadas casi todas las opciones ideológicas. No hay un contingente importante del electorado que no encuentre acomodo en el mapa partidista. No hay, como en Venezuela, un colapso de los partidos políticos tradicionales. Tampoco se tambalean las instituciones de la democracia participativa. Es difícil encontrar el terrible mal que aqueja a nuestro sistema de partidos que justifique el rechazo total de los anulistas. No es necesario mencionar que en ninguna parte del mundo los partidos y los políticos son bien vistos. El problema es confundir una crisis de desempeño de las instituciones democráticas (impunidad ante el escándalo, falta de rendición de cuentas, etcétera) con una crisis de representatividad.

En el fondo, este es un capítulo más de nuestra cruda democrática, una resaca que está potenciada por una imagen idealizada y equivocada de la democracia y su funcionamiento. ¿En dónde los ciudadanos no están fastidiados de los partidos políticos? Uno no puede dejar de pensar que la energía empleada en este movimiento podría tener un mejor uso. Si de lo que se trata es de encontrar formas que le den a la ciudadanía peso y voz, posiblemente una mejor causa sea el asociacionismo: construir organizaciones civiles que de manera concreta y específica impacten el desempeño de las instituciones. En otros países así es como se hace que los ciudadanos cuenten.

Pies
Denise Dresser, “Anular es votar”, Reforma, 15 de junio de 2009.
Fundación Este País, IPN, ITAM, “Encuesta sobre el sentir de los ciudadanos en el proceso electoral 2009”.

José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Entre sus libros: El sonido y la furia. La persuasión multicultural en México y Estados Unidos.