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La elección intermedia nos regresa al 2003. Nuevamente, el PRI se coloca como primera minoría, y en su alianza con el Partido Verde alcanza la mayoría en la Cámara de Diputados. Recupera Querétaro y San Luis Potosí, aunque pierde Sonora. En pocas palabras, está en una posición inmejorable rumbo a la presidencial de 2012.

unidad

¿Es correcta esta apreciación? Las premisas son indudables, pero la conclusión no lo es tanto. Una circunstancia similar vivimos hace seis años, y en lugar de obtener la presidencia en 2006, el PRI vivió su peor derrota: un lejano tercer lugar y apenas 65 diputados de mayoría. Hace seis años la oportunidad se malogró por la incapacidad de ese partido para designar un candidato presidencial sin desgajarse. Hoy, ése es precisamente el reto.

El PRI es un partido creado desde el Estado. A pesar de que la leyenda lo hace heredero directo del PNR fundado por Calles, en realidad su origen es el Partido de la Revolución Mexicana, constituido por Cárdenas pocos días después de la nacionalización petrolera, bajo una estructura doble: territorial y corporativa, que le permitía al presidente controlarlo en todo momento. Era un partido único, aunque la presencia testimonial del PAN, y poco después de un par de membretes nos hizo llamarlo hegemónico. Los partidos únicos tienen la característica de incluir todas las perspectivas, salvo las verdaderamente extremas. En nuestro caso, el PRI abarcaba desde la “extrema izquierda dentro de la Constitución” hasta la derecha empresarial, pro-católica. Casi nadie quedaba fuera.

Esta característica, indispensable para un partido único, se convierte en un grave problema cuando el entorno cambia. En la democracia los partidos suelen tener cierta variación en sus perspectivas internas, pero no tanta. Cuando un partido en democracia abarca demasiado, se conforman a su interior corrientes que tarde o temprano lo escinden. El PRI nunca había elegido un candidato presidencial sin tener detrás al presidente de la República, sino hasta 2005. La selección de Roberto Madrazo provocó la separación, así fuese por omisión, de buena parte del PRI, provocando la derrota. Las tendencias revolucionarias del PRI siguieron a López Obrador, mientras que el centro derecha de ese partido acabó impulsando a Felipe Calderón.

¿Puede el PRI mantener la unidad alrededor de un candidato presidencial para el 2012? No es claro que así sea. Por muy elástica que sea la ideología del candidato, como parece ser en el caso del puntero Peña Nieto, la política es asunto de grupos, y no parece que todos los grupos quepan en la estela del buque insignia.

Beatriz Paredes, con la gran experiencia que tiene, supo administrar los procesos internos para no sólo colocar a su gente en la Cámara de Diputados, sino para consolidar alianzas con los verdaderos poderes políticos en el México de hoy: los gobernadores. En los últimos días de la campaña, el acuerdo con Peña Nieto fue transparente. Éste se presenta en el Azteca para encabezar la reunión de antorchistas, aquella arropa al precandidato presidencial. Van juntos, con los 100 diputados controlados por los gobernadores ya sumados al mexiquense, y los 60 de la tlaxcalteca.

Sin embargo, aunque sean muchos no son todos, y ése fue el problema del PRI hace seis años. Uno podría pensar que en aquella ocasión fueron los problemas personales de Madrazo y Elba Esther los que hicieron naufragar al PRI, pero estaría sólo viendo la superficie del problema. Los varios gobernadores que decidieron apoyar a Calderón no lo hicieron en la lógica de un conflicto de personalidades. Hay gobernadores ingenuos, pero no es frecuente.

Es posible mantenerse en punta, en una carrera presidencial, por tres años. Lo logró Vicente Fox, y por muy poco no le alcanzó a López Obrador. Peña Nieto puede lograrlo. Pero para ello requiere sumar a su causa al grupo que controla el Senado y que mantiene una presencia más que simbólica en la fracción de diputados del PRI. El grupo que encabeza Manlio Fabio Beltrones puede llevar a Peña Nieto a la presidencia. Pero puede cerrarle el camino.

Si bien la flexibilidad ideológica de Peña Nieto no es obstáculo, el grupo al que ya se ha sumado no es tan dúctil. La visión económica del grupo hegemónico en la Cámara de Diputados no parece provenir del mismo partido del que salió una propuesta de reforma del Estado más conocida como las “ocho erres”. Como hace seis años, el PRI abarca, pero no aprieta.

En la lógica del viejo régimen, la unidad era obligada. Estaba detrás el presidente de la República, jefe nato del partido. Hoy eso ya no existe, de forma que no hay una fuerza externa que obligue a la unidad. Las diferencias ideológicas y políticas sí existen, y no son menores. Para muchos priistas puede ser preferible no ganar la presidencia si con ello se consolida su fuerza. ¿Por qué querrían los gobernadores priistas, virtuales virreyes, tener nuevamente un presidente de su partido? Con tal de ganar la presidencia, ¿vale la pena apostar los pocos avances económicos?

Al final, hay dos visiones de México que atraviesan los partidos. Sobre ellas ocurre la disputa presidencial. Peña Nieto ha elegido una. Precisamente la que perdió las dos elecciones anteriores.


Macario Schettino
. Analista económico. Autor de Cien años de confusión. Es columnista del periódico El Universal.