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Amaneció con la premonición de un día soleado. Digo esto y pienso que eso ahora lo sabe cualquiera, pero quizás alguien quiera saberlo alguna vez, cuando ya nadie esté para contarlo. El doctor Aguilar, para efectos de este envío: el votante, despertó a una hora precaria, como si las elecciones todas, ni se diga la instalación tempranera de nuestra casilla, dependieran de él. De oído supe que uno de los perros fue tras sus pasos al estudio. El otro estaba tras mi puerta resoplando. Me levanté. En la duermevela había aceptado que fuéramos a votar a las diez. Nuestro votante cree que si vamos temprano algo se adelanta en el resultado de las encuestas de salida. Pero casi nadie va temprano. O no sé, quizás, me dije, hoy casi nadie vaya a ninguna hora. Después del desayuno y los supuestos cuarenta y cinco minutos que, a decir de mi familia, me lleva beber el té, caminamos a la casilla. Fuimos con Mateo, que nunca sale de la casa sin una llave que le garantice la entrada. Aún si Catalina se quedaría aquí, porque no tiene credencial de elector, asunto que justificará alguna vez en algún texto suyo y no mío, su hermano, el que vota porque así debe ser, pero no porque sus pasiones estén en el evento, no confía en que alguien le abrirá al regresar. Y a él lo único de toda esta jornada que parece importarle por encima de todo es la posibilidad de regresar a la paz de su casa en domingo, para entregarse de lleno a la aventura de su original biblioteca. La campaña por el voto en blanco confundió de tal modo nuestro sentido del deber y nuestra indolencia que decidimos hacer una mezcla de votos. Empeñada en votar por bien queridos, yo le propuse mi voto a Mozart que, como recompensa, en vez de regalarme una cubeta me regaló la Suite en mi menor, K 399.

Al llegar a la casilla me di cuenta de que había olvidado la credencial. Aunque no lo parezca, tenía lógica: dado que íbamos tan cerca, yo no necesitaría dinero, así que dejé la bolsa y con ella la credencial que duerme entre las monedas y la tarjeta de crédito. Los votantes de mi familia también encontraron lógico el olvido, pero no por las mismas razones que yo, sino porque éstas son las cosas que consolidan su certeza de que con dificultad logro llevar a todas partes la cabeza. Desanduve las cinco calles que hay entre la Universidad del Valle de México, sobre la caótica avenida Constituyentes y mi casa. Era domingo, pero igual sofocaba andar entre los enardecidos camiones y los coches que circulan por la avenida como si fueran huyendo de un infierno y no supieran que pueden llegar a otro. Regresé con la credencial como un trofeo y entré a un patio cuadrado en el que había tres mesas y tres tiendas de campaña para un adulto de pie. Esto de encerrarse a cruzar la boleta es ridículo, aquí nadie querría espiar mi voto, pero parece que en muchas otras partes sí lo es y de ahí la generalizada certidumbre de que así debe ser. No entendí que cada mesa era para recoger una boleta distinta, pero me lo informaron, cada uno a su tiempo, varios ciudadanos amables, sentados y aburridos tras sus mesas. Admiro hasta las lágrimas a estos ciudadanos devotos de un deber que muy pocos valoran. Me daba pena revisar la instalación, pero ahora pienso que debí hacerlo si quería describirla más tarde. Lo que noté es que la información sobre a qué mesa debía uno dirigirse según la letra de su apellido, estaba pegada a una pared y competía sin posibilidad de triunfo —era blanca y pequeña—, con la lista en papel anaranjado con letras negras que anunciaba los antojos de venta diaria en la cafetería de la universidad: tacos de pollo, tortas de pierna, tamal oaxaqueño, tostadas de frijol y otras diabetes se ofrecían con más énfasis que el orden alfabético en que debíamos enseñar la credencial. Pero nada mermaba la pasión ciudadana con que los funcionarios de casilla buscaban, concentrados, el nombre y la foto para luego entregar la correspondiente boleta.

Había un aire de ceremonia medio vacía y por lo mismo aún más respetable. Terminé de cruzar mis boletas en una viaje muy complicado, porque había que firmar una bajo la tienda de la izquierda, ponerla en una urna, salir por las otras boletas y entrar a cruzarlas en otra tienda para ponerlas en otras ánforas. Interesante. No sé cómo manejan en los pueblos tal faramalla, pero como yo sigo siendo pueblerina, supongo que con dificultad, porque a mí se me complicó entenderle. Mientras yo votaba, afuera una señora se pegó el chasco de su vida tratando de conversar con Mateo que no gusta de brindar con extraños, menos a las diez de la mañana. Por otro lado entrevistaron al votante cuya cabeza disfruta analizando estos quehaceres. Lo hace con acierto y contundencia, por eso luego lo invitan a decir lo que piensa en cuanto lugar se piense. Y es que sí hay mucho que pensarle a esto de que el PRI haya ganado la mayoría en la Cámara de Diputados. Ahora ya no podrán decir que no gobiernan, ni que son oposición. Ahora tendrán que responsabilizarse de compartir el poder en un país lastimado. Triste entre otras cosas con la permanente mentira de un partido que gobierna dicienueve estados de treinta y uno que hay. Y los gobierna con la misma actitud caciquil, despótica y omnipotente con que se gobernaba hace cincuenta años. Eso pienso ahora que esto escribo, pero al salir de la casilla no tenía idea de quién ganaría y me pareció importante visitar a mi suegro para ver algo en sus ojos de anciano perdido en la nada. Le canté como a los niños. Sonrió. Luego la mañana se deslizó tranquila. Federer le ganó al gringo simpático y todos nos quedamos con la tranquilidad de que el pobre suizo rompió un récord que si no rompía le rompería el alma. Porque hay gente que no soporta perder y ésa abunda en todas partes, no nada más en la política. Hojeando los periódicos volví a encontrar esquelas para Yolanda Ceballos Coppel. Una buena mujer a la que secuestraron unos hampones y a quien mató uno de ellos durante un operativo de rescate al parecer mal hecho. Su muerte da tristeza. Y enoja. ¿Qué vamos a hacer con esta sociedad que pierde así? ¿Por quién votar si uno quiere que alguien nos devuelva la calma? Lo cierto es que de ningún modo por los oportunistas cretinos del Partido Verde. Pero eso sobra quien no lo entienda y esta pandilla de cínicos ganó el siete por ciento de los votos, alzando como propuesta una barbaridad, una mentira como la de que es posible instaurar en México la pena de muerte. Tanto por decir y tanto que nos distrae. Cuando pregunté al mediodía, las encuestas de salida avisaban que el PRD iba en tercer lugar muy lejos del PAN que para entonces quedaba, como quedó, en segundo.

bruja

Al rato llegaron los niños y su madre, llegó la hora de comer bajo el árbol, llega el arroz. Al rato se fueron los hombres y las mujeres con los niños entramos a la casa porque empezó a chispear. Mientras los votos iban cayendo, los niños vieron Blanca Nieves con el mismo pavor y la misma fiesta con que la vi yo y luego su madre hace cincuenta y veinticinco años. Aún da miedo la bruja, aún cantan los enanos, aún hay una niña ingenua esperando un príncipe azul. Me voy a permitir un símil fácil: la niña ingenua sería la democracia. ¿Quién la bruja, quiénes los enanos, quién la mentira del príncipe azul? ¡Canto para entregarte, todo mi corazón, yo estoy enamorado de tu belleza y de tu candor! La niña quería bailar. La lluvia no quería detenerse, la tele empezó a darnos datos un poco distintos de los que previeron las encuestas. Pasé por varios canales y descubrí que tengo amigos en todas las mesas de debate. Todos muy guapos, muy peinados y muy seguros de la inseguridad. Nada como la tele para bien terminar un día de elecciones. Me gusta oír los cuentos para adultos. Me gustó que la luna haya salido inmensa como los desafíos. Todo lo demás me asustó. Pero aquí hemos vivido de susto en susto, como en los cuentos. Sólo que a éste no se le ve el final feliz por ningún lado. Todos los príncipes tienen colmillos o están ciegos, o no están.

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida.