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Corazón sediento

Los infartos al corazón suelen anunciarse con un sudor frío que te empapa de las plantas de los pies a la cabeza. Se camuflan de desavenencias digestivas para darle tiempo a la taimada muerte de ensamblar su fusil y disparar el tiro de gracia que te desgaja las entrañas. Los infartos que no duelen ni matan allanan el camino a los dolorosos y letales, a los que te revientan por dentro de un hachazo seco y te causan una ola de dolor que se expande del pecho a las mandíbulas como si te arrancaran las muelas sin anestesia, a cincelazos. 

Yo caí en una emboscada de esas, como caen los atrabancados cuando el cobarde les mete un machetazo por la espalda. El tufo de la muerte rondó mis madrigueras desde meses antes del infarto. En las parrandas con mis amigos, en vez de un litro de herradura reposado y diez coronitas bien frías, bastaba un par de caballitos para embriagarme. Cerca de la medianoche, ya para dormir, el brazo izquierdo me dolía fugazmente, dos o tres punzadas de vez en cuando, y me faltaba el aire con cualquier esfuerzo físico. Pero no desistí de trabajar sesenta horas a la semana, ni cancelé las sesiones de dominó de los viernes que concluían en la madrugada.

Atascado de quehacer improductivo, comiendo sin rigor, flojo de músculos y sedentario, perdí la costumbre de reír y troné como ejote tierno, tumbado en la cama, una mañana tibia de invierno, bañándome de sudor helado cuando me embutía los pantalones para irme a la oficina. No había dormido bien en el correr de la noche, por el desasosiego sofocante que confundí con fallas de mi barriga. Mi mujer se alarmó al tocar el charco frío en la almohada, me dio un jugo de naranja, por aquello de que se me hubiese derrumbado la glucosa, y me acompañó a la clínica de la Torre de Pemex.

—Si tu padecimiento se cura con unas pastillas, te quedas a trabajar y yo me regreso a la casa. Si es grave, me quedaré contigo para ir juntos al hospital.

El director de la clínica era un hombre maduro, de piel sin arrugas y pelo negro y tupido. Escuchó sin pestañear y me turnó con la cardióloga.

Sin moverme de mi silla de ruedas, la cardióloga nos ayudó a desnudarme el torso y me hizo un electrocardiograma.

—Están obstruidas las coronarias; daré una orden para que lo trasladen al hospital de Azcapotzalco. Es el que nos queda más cerca.

La ambulancia de guardia había ido por las tortas del personal de la clínica.

—Con la sirena abierta llegan calientitas —dijo la cardióloga, enjugándose los labios.

Pronto se escuchó en el patio de maniobras el ulular de la ambulancia, como si en vez de tortas transportara moribundos. Dos camilleros me treparon al vehículo. Mi mujer se sentó junto a mí y mi chofer partió tras la ambulancia bulliciosa, con mi corbata, saco y portafolios resguardados como un tesoro.

En el hospital de Azcapotzalco un jovencito, con el nombre “Dr. Rangel” bordado en la bolsa llena de bolígrafos de su bata blanca, y dos enfermeras risueñas, de manos suaves y tibias, me hicieron otro electrocardiograma, midieron mi presión arterial y la glucosa, canalizaron una vena y me rasuraron los muslos, las ingles, los testículos y el pubis, preparándome para una angioplastía en el hospital de Picacho, el único del sistema hospitalario de los petroleros equipado para estos menesteres.

—A usted le dio un infarto y le dará otro si no lo atendemos rápidamente. Es importante que olvide la oficina. Piense en cosas agradables. Relájese —me dijo Rangel.

—¿Un infarto? No lo sentí.

—Fue cuando sudó el frío sudor de la muerte —acotó la enfermera más risueña.

Trayecto lento de un hospital a otro. El Periférico atascado como mis arterias. Suero en mi mano izquierda. Mi mujer, Rangel y una cardióloga con dos gotitas de sudor en la punta respingada de la nariz. La operación comenzó a las dos de la tarde y a los veinte minutos recordé lo que es morir, sin las estrellas fugaces que yo veía cuando me desmayaba en el pozo de la cárcel clandestina. El catéter embutido en la femoral topó con un coágulo petrificado, a mitad del camino entre la ingle y el corazón. Miré las quijadas rígidas del médico y de sus ayudantes.

—No pasa del siete al ocho. No pasa —susurró Rangel.

En la pantalla mis arterias embadurnadas de sarro y de grumos de grasa, el tapón oscuro. Una línea horizontal suplantó la gráfica saltarina de mi actividad cardiaca; se esfumaban la pesadez en el estómago y la fuerza extraña que me oprimía como a un tubo de pasta dental, del pescuezo a las rodillas. Me arropó la dulce brisa de los atardeceres en la playa. Era el final: moriría sin remedio. En los monitores aparecieron las tres amantes de mis épocas de estudiante y guerrillero, jovencísimas, parloteando graciosas. Y Raquel, mi amada eterna, posando sus labios en mi pecho, arrullándome como a un bebé con sus brazos atléticos.

Mi vida discurrió emocionante, codeándose con la muerte, pensé. Hombres logrados y decentes son mis hijos. Y mi mujer, liberada de la pesada cruz que he sido para ella, transitará todavía un largo trecho, con su carita de asombro ante las imágenes bien logradas de sus escritores predilectos, riéndose de la estupidez de los poderosos, sin penurias (las pensiones a las viudas de los petroleros son enormes) ni flaquezas, gozando en su memoria los sabrosones ratos que vivió conmigo.

Es sabido que nadie muere mientras haya quien recuerde su nombre. Yo dejo buenos amigos; seres de pensamientos elevados con quienes compartí emociones intensas y alegres, en las rachas buenas y en las malas del azaroso andar de la vida. Ellos también me recordarán cuando escudriñen el pasado o atisben los devaneos del futuro. ¡Venga, pues, el punto final de mi pequeña historia!, grité dentro de mí, golpeándome las palabras interiores las paredes del cráneo. Y me pregunté: ¿tendrá mi negrita el ánimo de hacerme cenizas y derramarme bajo el puente viejo de madera del río Suchiate, hincadita en la playa salpicada de brisa y hojarasca donde pesqué mil ensartas de mojarras y pargos? Luego la miré con la mitad de sus muslos metidos en el agua quieta y sus nalgas macizas recargadas en los talones, bajo la sombra de los horcones enchapopotados del puente por donde pasaba el tren a Guatemala y de la parvada de palomas torcazas arremolinándose en el polvo de mi cuerpo. ¡Qué plácida es la sensación de morir al ritmo declinante de los latidos de la sangre!

Rangel no comulgaba con mi falta de coraje.

—Ya pasó al ocho. Ya está en el nueve. Va del nueve al diez. Pasó del diez al once. Ya llegó al doce —exclamó.

Todos sonreíamos. Los ojos en la desembocadura de la sangre en el corazón. Rangel con el catéter ensangrentado entre sus dedos magníficos, coloca la malla circular de titanio de dos o tres milímetros de diámetro (stendt oí que le llamaban), expande el globito de caucho a una presión de quince atmósferas (la que infla las llantas de los aviones), funciona la arteria dañada, la causante del infarto.

La angioplastía difiere el segundo infarto, permite hurgar el universo de las arterias, da luces para el diagnóstico. Mi sistema circulatorio funcionaba como la red hidráulica de una casa antiquísima de avaros.

—Su familiar está en la unidad coronaria, recuperándose de la operación. Mañana podrán verlo —informó Rangel a mi mujer.

—Seguro que sale también de esta. Le asientan bien las operaciones.

Rangel sonrió.

Valdemar Badillo, jefe de cirugía cardiaca, hurgaba mis muslos en busca de las venas para los puentes.

—Si no operamos vivirá uno o dos años, dependiendo de cuánto se cuide —vaticinó.

Programó para el 9 de abril una cirugía al corazón, con el tórax abierto como aguacate al que le han sustraído una rebanada. Colocarán cuatro bypasses, tres con trozos de vena de mi pierna izquierda, del corazón a la aorta, saltando los segmentos dañados de las arterias coronarias; el cuarto bypass modificará el curso natural de la arteria mamaria interna, para desviarla de las raíces de la tetilla izquierda a la cáscara sedienta del corazón. Sin semejantes refuerzos no podría normalizarse el flujo circular de la sangre. Los escasos ánimos que me dejó el infarto se me escaparon, tragué las lágrimas que se agolpaban en las cortinas de los ojos, y exclamé:

—¡Cuatro puentes!

Raquel apretó mis manos.

—Está bien, doctor, el 9 de abril es buena fecha.

Me quedé con mi mujer, sin mirarla. Gruesas lágrimas brotaron desde mi barriga. Grité:

—¡Cuándo se acabará todo esto! ¡Ya no tengo temple ni fuerzas!

Dieciocho años habían pasado de cuando caí de espaldas sobre la piedra que me partió la columna vertebral, arrancándome jirones de sensibilidad y de movimiento. Paralizado de las chiches a los pies, pude imbuirme de una casta de guerrero para batirme en la arena de la vida, azuzado por mi mujer, mis hijos y mis amigos. Los pertrechos del amor y la amistad, más poderosos que la mano de Dios, impidieron que el dolor y la desolación me desmadejaran como a un mazo de naipes y me reforzaron con una silla de ruedas, un aparato ingenioso para ponerme de pie y varios instrumentos ideados para compensar las pérdidas que arroja la parálisis de las piernas.

Corazón sediento

¡Qué valiente fui entonces! Quizás porque no olí el tufo de la muerte y mis objetivos eran solamente sueños. Ahora mis fuerzas flaquearon ante el retorno de la adversidad, al reafirmar que los trancazos devastadores del destino se concentran en unos pocos desafortunados y dejan ilesos o con magulladuras leves a muchísimos malandrines, sin explicación coherente de por qué existen ambos bandos. Son cosas del azar. ¿Quién puede con el caprichoso azar?

Azar o destino, la terca realidad me desafiaba: ¡muere o enfrenta con valor tu mala suerte! Al desequilibrio ridículo de mi tronco; a las fracturas de mis vértebras; a mi médula espinal derramada como dentífrico entre los huesos rotos; a la parálisis e insensibilidad del ochenta por ciento de mi cuerpo; a mi cóccix con la punta filosa limada para disminuir la amenaza de las llagas; al despojo de doscientos gramos de carne necrosada en mi nalga derecha; a la otoesclerosis causante de mi sordera progresiva y las dos operaciones fallidas en el laberinto de mi oído derecho; al florido mosaico de enmendaduras en mi piel y mis huesos, se había sumado la ateroesclerosis: la musculatura de mi corazón y el racimo de mis arterias coronarias estaban duramente lastimados; no podían garantizarme más de dos años de dificultoso resuello, deslizándome por el filo del acantilado de la muerte. La técnica para remontar semejante avería exige abrir el pecho, como el río milenario que forja un cañón en la montaña, valiéndose de una sierra eléctrica redonda con el diámetro del puño de un niño recién nacido; bifurcar en dos ramales el tórax con un separador metálico de colores rutilantes, hasta que el cirujano pueda otear el corazón y las ramificaciones que lo envuelven como a un pez dentro de la red.

Me daban vueltas en la cabeza los trazos de la operación: van a profanar mi verdadero lado íntimo, ahí donde creí que nadie podría asomarse ni con el refilón de una mirada. Manos y herramientas en las profundidades de mi alma. Matándome para poder resucitarme. La temperatura de mi cuerpo será la de un cadáver: treinta grados centígrados, y mi corazón, bañado a baldazos con la sustancia cardiopléjica, sepultado en hielo, a catorce grados, estará listo para quedarse frío y quieto como un bistec en la nevera. Una bomba mecánica absorberá mi dotación de cinco litros de sangre y la paseará por los vericuetos de sus entrañas metálicas. ¿Soportará mi corazón la carga moral del atentado? ¿Podrá retomar las riendas de mis sentimientos? ¿Recuperará el coraje para bombear mi sangre con la potencia para elevarla diez metros? ¿Por cuánto tiempo?

Raquel me cuidó como a pugilista en las vísperas de una pelea estelar a quince asaltos. Me alimentó con una espléndida dieta desprovista de grasas dañinas y de aspirinitas, para devolver a mi sangre su densidad natural y su capacidad de coagulación. Dormíamos con el horario de los pájaros. Paseábamos por el Parque México, impulsando yo mi silla en los tramos parejos. Pensábamos en el vigor de mi corazón restaurado, en las pozas del río Suchiate, en los tumbos del mar. Pero mi corazón traía un humor disparejo: palpitaba aceleradamente y me hacía zumbar la cabeza, o con pausas que me cortaban el aliento. Mi piel ardía como brasa o adquiría la fría palidez del moribundo.

El infarto sucedió el 13 de marzo de 2003. El 3 de abril mi hijo Saúl aprobó con honores su examen de licenciado en derecho. René, mi primogénito, suspendió su postdoctorado en física para que compartiéramos el orgullo y la incertidumbre. Ya podría yo morir sin remordimientos.

Badillo me permitió observar la operación a un técnico petrolero, infartado en las plataformas marinas. Ahí obtendría respuestas a todas mis preguntas. Veo al técnico echado en la mesa del quirófano, desnudo de pelos, un tubo blanco clavado en la garganta, el globo de la barriga, el cráter del ombligo, el enjambre de focos; los pies juntos, las piernas de sapo dobladas, los sueros somníferos, los signos vitales en los monitores. Una enfermera inserta una sonda en la uretra. El pene grueso dormita sobre la ingle, con la gran lengua de fuera. Barbosa, segundo cirujano, mete en el culo un termómetro, lava el pecho lampiño con un desinfectante amarillo que se adhiere al cuero como miel de abeja. Dos cirujanos desinfectan las piernas con la misma sustancia espesa y pegajosa y las abren como filetes de pescado, con un roce de sus bisturís pequeñísimos; extraen grandes tramos de venas que extienden sobre telas verdes y cierran las heridas. Barbosa, armado con su sierrita eléctrica circular, abre la piel y la grasa del pecho; corta el esternón como si trazara una línea con un pincel rojo; la sierrita redonda zumba, gira, corta, cauteriza, ahorra sangre: ¡está calientísima! Barbosa instala el separador de colores alegres y acciona la mariposa del mecanismo (crac, crac, crac), la osamenta cruje y cede, aparece el corazón con su amarilla envoltura de grasa, latiendo a buen ritmo. Barbosa lo baña con la sustancia cardiopléjica. Una enfermera llena la caverna con hielo. Badillo entra al quirófano inundado de humo negruzco y fetidez de grasa quemada. Le ajustan sobre las orejas su antifaz de microscopios. Pinza la aorta, el triperío de la bomba se llena de sangre, el corazón se entume. Badillo lo palpa como un chef que selecciona un filete; lo despoja de la lonja de grasa con unos cuantos movimientos de su bisturí. La enfermera hace pelotas de grasa y las guarda en una bolsa de plástico. Badillo desprende la arteria mamaria y la sutura al corazón.

No dio tiempo de ponerle cuatro puentes, por más que las manos de Badillo trabajaron como las de un guitarrista ejecutando un solo de jazz. Despinzó la aorta en cuanto suturó el tercer bypass en el corazón, le dio a éste dos o tres palmaditas cariñosas. El corazón adormilado sintió retozar en sus cavidades el chorro de sangre y latió a ritmo lento, desentumiéndose, asumiendo su función, cada vez con menos ayuda de la bomba metálica. Aplaudí fuerte.

—Con la pura arteria mamaria tiene para otros diez años, aunque no se cuide mucho —dijo Badillo, recién integrado a la sala de observación.

Salimos de la sala cuando Barbosa le enredaba una espiral de alambre de acero inoxidable al esternón, para reducir el riesgo de una ruptura en algún movimiento brusco.

—Soldará en tres meses, entretanto debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para evitarnos un susto —me explicó Badillo.

Raquel me esperaba en casa con un lomo de venado a la plancha, una copa de vino tinto y su sonrisa, su voz, su amorosa mirada.

El 8 de abril por la tarde ingresamos al hospital.

Corazón sediento

El 9, a las cinco de la mañana, una enfermera que sudaba como aguacero (“es que soy hipertensa, igual que mi papi”), me rasura desde los dedos de los pies y los tobillos hasta el bigote y la barba. Me introduce el segundo enema de la madrugada, vacío el intestino como becerro lactante y me baño. Días antes me han estudiado la orina, el excremento y la sangre; me curaron las caries y reemplazaron tres amalgamas abolladas. Naciendo el día, a las siete en punto de la mañana, libre mi cuerpo de impurezas que pudiesen estropear la operación, ataviado con gorro, bata y pantuflas esterilizados, sobre una camilla envuelta en sábanas olorosas a jabón neutro, yo espero en la antesala del quirófano. Cierro los ojos y aspiro hondo: vuelvo a mirar los rostros sonrientes de las jovencitas de mis lejanos sueños efímeros; a mi madre en su butaca, gozando la tarde sin lluvia ni ventarrones en la banqueta de nuestra casa de palma y otate. Teje, con sus largas agujas de aluminio, manteles de hilo blanco para los comedores de la gente rica y chismea con las vecinas que también absorben el fresco de la tarde en sus butacas. Miro a mis hijos, niñitos traviesos, puyándome el corazón con sus índices pequeñísimos, carcajeándose. Raquel me transfunde su aliento, con sus carnositos labios recorriendo el territorio de mis latidos. Luego caminábamos (yo igual que hace dieciocho años: con el paso firme de mis piernas cascorvas y toscas, mi brazo debajo de su espesa cabellera negra, atrayéndola de la clavícula; y ella, erguida, altiva, abrazándome la cintura) por la playa infinita del río Suchiate. Una racha de viento sacude la costra de arena de nuestros pies, mi mapa de vísceras, esternón, costillas, venas, arterias, sangre, nervios.

—Es importante entrar al quirófano con grandes deseos de vivir. Ese áni-mo ayuda mucho a que las cosas allá dentro marchen bien —me ha dicho Badillo. 

Los ejecutores de mi cirugía: cuatro cardiólogos, dos anestesiólogos, cuatro enfermeras, dos de ellas a cargo de la bomba metálica, suplente del corazón y los pulmones por un máximo de hora y media, para no empeorar el cuadro con inflamaciones al cerebro, al hígado y los riñones. Dos residentes se ponen de acuerdo para “conocerme por dentro”, desde la sala de observación.

Abro los ojos al sentirme rodeado. Las enfermeras bromean y ríen. Pronto tendrán en sus manos la caverna del pecho, los pulmones enjutos, la fruta del corazón en su canasta de arterias. El quirófano equipado para escudriñar mis entrañas. La bomba destella. Los anestesiólogos exploran mis brazos con las yemas de sus dedos, buscan el punto idóneo para insertar las agujas del sueño. No tengo miedo de que me pinchen las venas, como sucedió en las ocho cirugías anteriores. Se trata de ganarle una batalla a la muerte, de prolongar el horizonte de la vida.

Duermo hasta que el sol se derrumba tras las montañas. Me despierta la fragancia de almidón de Cynthia, mi enfermera.

—Mi nombre es Cynthia. Soy su enfermera. Estoy a cargo de usted —dice.

El brillo de sus ojos le ilumina el blanco rostro, el rojizo maquillaje de sus labios y sus mejillas.

Yo respiro por un tubo rígido clavado en mi tráquea, una prolongación de mis labios expandidos. Con el lenguaje de mis manos llenas de cables, le pregunto a Cynthia la hora en que me operarán.

—La operación terminó a las dos y media. Todo salió muy bien. Ahora está usted en la unidad coronaria, recuperándose.

Me mantengo despierto, ruego a Cynthia y a los médicos que acuden a chequearme que me saquen el tubo. Una semana antes de la operación una enfermera joven, de rostro marchito, viuda, me aconsejó:

—Infle muchos globos, para que sus pulmones no hagan tantas flemas. Así le quitarán pronto el tubo y se ahorrará mucho sufrimiento.

Lo había intentado, pero con la presión ridícula de mis resoplidos apenas logré darles forma de cántaros bofos. Ahora me aterra la idea del suplicio prolongándose toda la noche, varios días, la telaraña de electrodos y cables conectándome a modernísimos aparatos, la tubería de drenaje de mi tórax y su depósito en el piso; botellas y botellas vaciándose de prisa en mis venas; las punzadas de todos calibres; la vergüenza de no poder siquiera gritar de dolor.

Las siete. Noche tibia, silenciosa. Las enfermeras y los médicos se mueven de un lado a otro como si levitaran y los pacientes vecinos se han olvidado de sus dolores y angustias. Cynthia se acerca sonriente y me dice:

—Ahora sí, prepárese. Le voy a retirar el tubo.

Apalanca su mano izquierda en mi hombro y con la otra mano, al primer intento, ¡flog!, lo extrae y lo deposita en una bandeja de acero inoxidable, pone sobre mi pecho una almohadita blanca y una caja de kleenex.

—Trate de no toser. Si no puede evitarlo abrace fuerte la almohadita, para que aguante el dolor. Los kleenex son para las flemas. Le puse una cubeta en el piso, al nivel de su cabeza, tírelas ahí.

Como casi todas las enfermeras de la unidad coronaria, Cynthia es un poco gorda, de huesos acolchonados y carnes redondas, pero eficaz en su trabajo y con un modo de ser que rezumaba vigor y temple (digo “pero eficaz” porque me parece un contrasentido absoluto traer seis o siete kilogramos de más en el cuerpo en un lugar donde se ve morir a la gente por los tapones de grasa en las arterias). Sonríe siempre; me da cosas, indicaciones y consejos; cada sonido suyo, cada gesto, cada objeto que pone a mi alcance, exclama: ¡No baje la guardia; aférrese a la vida verdadera! Esforzándome por aclarar la voz rasposa que transitaba como un escorpión por mi garganta escoriada, le pido:

—Dile a mi esposa que me desentubaste. Se pondrá contenta cuando lo sepa.

Faltaba la batalla contra las flemas y la tos. En cada sacudida cruje el alambre enrollado al esternón, como si se desgajara la estructura esquelética de mi pecho. Me abruma el dolor indescriptible en las heridas frescas, en las costillas, en las muelas, en las uñas, en las manos con agujas; y la almohadita, a la que me aferro con una ansiedad de náufrago. Desesperado, indefenso, aturdido como un sonámbulo que despierta al derrumbarse por las escaleras, creí que aplacaba la tos con las bolas de flemas: reteniéndolas en la garganta y tragándomelas. Arrasados los ojos de lágrimas, mi corazón como un remolino, tosía sin parar. El vaivén del pecho me destroza la osamenta, matándome de dolor.

—Haga ejercicios de respiración, deje de toser, no se trague las flemas, o lo entubaremos otra vez —dijo Cynthia, mostrándome con sus pechos henchidos y su boquita fruncida la técnica para reactivar los pulmones.

¡Qué persuasiva es Cynthia! Tosí con valentía, llené cubetas de flemas; el aire corre por mi cuerpo como la brisa nocturna por los bosques de la costa; Barbosa me quita la tubería de drenaje conectada bajo mis costillas: ¡ya no sangran los interiores profundos de mi cuerpo! Y la presión de la sangre y el oxígeno en las arterias se han asentado en los rangos normales; a la glucosa la mantienen a raya con inyecciones de insulina. El dolor cede su lugar a mis deseos de mirar al risueño sol, su dulce cara de niño travieso, a la orilla del mar.

—Los médicos dicen que con disciplina y cuidados promedio podrás vivir quince años más; y si te portas de veras bien podrías agregarle cuando menos otros cinco —dice Raquel, paradita junto a mí, apuntando su dulce voz hacia mi mejor oído.

—¡Vamos, viejo, por veinte años! —me retan mis hijos, como cuando eran niños.

Mi mujer me da valor con la tibia presión de sus manos.

—¡Vamos por veinte años! —respondí.

Volvíamos a soñar.

Saúl López de la Torre. Escritor. Autor de Guerras secretas.