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Piedra

Atiq Rahimi, La piedra de la paciencia (Sangue sabur), Ediciones Siruela, Madrid, 2009, 120 pp.

Una mujer reza, casi en silencio, frente a un hombre tendido sobre un colchón en el piso. Pasa las cuentas del rosario con apenas un murmullo y cada vuelta corresponde a uno de los nombres de Alá, y cada nombre corresponde a una de las respiraciones de él. A veces, acomoda el Corán, le cambia al hombre la bolsa del suero o le pone gotas en los ojos increíblemente abiertos. ¿Cómo puede tener los ojos tan abiertos? ¿Hasta estando en coma controla lo que ella hace? La mujer busca otra sábana para cubrirlo, y vuelve a rezar desgranando los nombres divinos. Dijo el Mulá que ésa sería la única forma en que su marido volvería a la vida aun con la bala en la nuca. Por eso ella reza; reza y acopla su respiración a la rítmica y pausada respiración del hombre. Dentro de ese cuarto precario el único lujo parece ser la pluma del libro sagrado, y unas cortinas azules y amarillas con el dibujo de unos “pájaros migratorios” —ya están rotas, pero quizás ellos sean los únicos que alguna vez logren salir de allí, ¿sería ése el verdadero lujo?—. Será allí donde suceda toda la acción de la novela. Casi como en una obra teatral, la escena está descrita desde una voz objetiva. Fuera están las balas, las bombas, la violencia, y cada tanto los gritos y las risas de las dos hijas, o la tos entre escombros de la vecina cuya familia ha sido decapitada. Adentro, un narrador aparentemente sólo describe. ¿Un nouveau roman del horror? ¿Desde dónde se puede dar cuenta del espanto? El lenguaje es austero, preciso, y a la vez hermosamente poético. De a poco, la mujer empieza a hablar. Casi como en una confesión. Curar por la palabra, dicen las religiones; lo dice también el psicoanálisis; lo dicen las viejas tradiciones, lo dice la historia de Sangue sabur, la “Piedra de la paciencia”:

Sabes, una piedra que pones delante de ti… ante la cual te lamentas de todas tus desgracias, todos tus sufrimientos, todos tus dolores, todas tus miserias… a la que confías todo lo que llevas en el corazón y que no te atreves a confesar a los demás. […] Tú le hablas, le hablas. Y la piedra te escucha, absorbe todas tus palabras, tus secretos, hasta que un buen día, explota. Se hace pedazos. […] Y ese día quedas liberado de todos tus sufrimientos, de todas tus penas […] (p. 66).

La mujer comienza a ver entonces a su marido como a su propio Sangue sabur. Una tras otra, página tras página, se irán sucediendo las historias del horror, como antes se sucedían las cuentas del rosario. Uno tras otro, la mujer irá relatando —a veces con enojo, otras con dolor, otras más con ternura o con culpa— los secretos y los sufrimientos de su vida. Tan parecidos a los sufrimientos y a los secretos de otras muchas mujeres en una sociedad que no respeta sus más mínimos derechos. No sólo en Afganistán, lo sabemos.

La novela transcurre bajo el estruendo de las bombas, las balas, los gritos desgarrados, con mujeres que sólo pueden salir de sus casas a escondidas y cubiertas por la burka, que tienen prohibido trabajar o simplemente andar por las calles, que sólo pueden atenerse a las órdenes de los fundamentalistas líderes religiosos o de sus esposos, que son encerradas por sus familias, que son prostituidas, que se les impide aprender, ir a la escuela, tener sus propias ideas, hablar, conocer su propio cuerpo. Como lo supo Lilith, al comienzo de los tiempos, las mujeres que busquen defender su derecho a la palabra, su derecho al conocimiento, su derecho al placer, serán castigadas.

Éste es el Afganistán que retrata Atiq Rahimi en su última novela. La historia surge a partir del asesinato de su amiga, la poetisa Nadia Anjuman, a manos del marido. A ella está dedicado el libro. Cuenta Rahimi que fue entonces a la cárcel a ver al autor del crimen y se encontró con que éste, habiendo intentado suicidarse, había quedado en coma. “Se me ocurrió que me hubiera gustado ser la mujer de ese hombre y quedarme cerca para escupirle todo lo que llevaba en el corazón”, relató la autora a la agencia EFE.

Pero el libro no sólo denuncia el trato discriminatorio y opresivo en contra de las mujeres, sino los horrores a los que está sometida toda la sociedad bajo un régimen como el talibán. Tal como sucede en sus libros anteriores (Tierra y cenizas —con cuya adaptación cinematográfica, dirigida por él mismo, Rahimi ganó uno de los premios de Cannes—, Laberinto de sueño y angustia y El regreso imaginario, todos escritos en farsi), La piedra de la paciencia, ésta sí escrita directamente en francés, es un alegato en contra de la violencia y la intolerancia.

Atiq Rahimi, que vive actualmente entre París y Kabul, muestra que no sólo es posible la poesía para enfrentar el horror (es inevitable pensar en Adorno), sino que es imprescindible: “Necesitamos escuelas y hospitales para nuestro espíritu y nuestro cuerpo. Pero para reencontrar nuestra alma, necesitamos más poesía”.

Sandra Lorenzano. Escritora. Su último libro es Saudades.