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El viajero del siglo


Andrés Neuman, El viajero del siglo, Alfaguara, México, 2009, 544 pp.

Coincidamos en que el Premio Alfaguara de Novela, por su amplia difusión en los países de habla hispana, las 12 ediciones que lleva premiando novelas de trascendencia, así como por el monto en euros que se entrega al autor seleccionado por el jurado, resulta uno de los galardones más codiciados de las letras hispanoamericanas actuales.

De la edición 2009 del premio resalta la ambición literaria de Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977), quien con El viajero del siglo teje un pensado marco narrativo para hilar preocupaciones personales que atañen lo mismo al ámbito de lo estrictamente literario, que a debates de talla referentes a la identidad de Europa. Si hemos de creer a su autor, en sus palabras de apéndice, fueron poco más de cinco años los que pasó redactando la novela. En la lectura de El viajero —a ratos álgida, pocas veces soporífera no obstante su dimensión— se justifican esos años por el aliento literario de Neuman y por la vasta galería de personajes que cruzan sus páginas.

Hans, protagonista de la novela, llega a Wandernburgo —“una ciudad entre Sajonia y Prusia”— con la intención de quedarse una noche, y el cruce de personajes dispares, unido a su curiosidad por escuchar historias y desdoblar recuerdos ajenos, alargan su estancia de manera insospechada. Hasta aquí la anécdota, en apariencia banal. Pero al igual que los asistentes a cenar a la casona en El ángel exterminador de Buñuel, Hans padece y sufre y discute y finalmente se ve imposibilitado para abandonar la ciudad por motivos desconocidos. Wandernburgo, ciudad imaginaria que Neuman se inventa como cruce multicultural del mosaico que es Europa —más aún ahora, con las fronteras de la Unión Europea abiertas de par en par—, queda representada como el foro perfecto para exponer la diversidad actual de los problemas sociales, económicos y políticos, así como los estrictamente intelectuales, respecto de la identidad europea del nuevo siglo.

No es extraño que la crítica española y argentina, atentas de la premiación por obvias razones, y tal y como lo consigna el acta misma que elaboró el jurado del premio, hayan reparado en las formas inteligentes que utiliza Neuman para pensar Europa. Pensemos que cuando Hans accede a los debates del Salón —los canónicos del siglo XIX con los notables de todas las ramas del conocimiento de la época—, invitado por Sophie Gottlieb, y debate con la clase ilustrada de la Alemania posnapoleónica, se abren los cuadernos de la historia y empieza el diplomado en boca de los asistentes. A la manera de los personajes de La Montaña Mágica de Thomas Mann —otro Hans, sólo que Castorp: ¿coincidencia o guiño?—, cada plática es un repaso de los debates intelectuales de la época, y el lector poco enterado puede experimentar vértigo ante las ideas de Fichte, Goethe, Robespierre o Hegel. Poco importó a Neuman que acaso era improbable que un organillero —el gran amigo de Hans—, un errante como Álvaro, o Reichardt y Lambert, ambos jornaleros, estuvieran leídos de tal manera que se permitiesen debates de tal altura, y a ratos sus palabras suenan afectadas.

Esta lectura europea, centrada en la búsqueda de la identidad colectiva, acaso la lectura reinante, misma que incluso procura vender la cubierta del libro, limita el potencial literario de una obra de buen aliento como lo es El viajero, al menos por lo que respecta a tres aspectos relevantes: Hans, en su perplejidad, en su exploración, en sus vaivenes constantes y esa su representación personal de los grandes debates de la época, es la voz misma de lo humano sin nación ni dogma; el énfasis que hace Neuman y que late en toda la literatura moderna, del viaje como posibilidad, del tránsito como potencia creativa, incluso ignorando destino, duración o motivo, trenzan la novela con las preocupaciones actuales; y, finalmente, la ambientación impecable de esa Alemania fecunda y estimulante, la cual Neuman estudió a fondo cuando hizo la traducción del Viaje de invierno de Wilhelm Müller, hacen de la novela un acierto editorial y una premiación dignamente justificada. Él mismo un errante —nace en Argentina y crece y se forma en España—, Neuman no deja momento al aire para reafirmar los poderes vivificantes del viaje: “Cuando viajo todo me parece un misterio, incluso antes de llegar”, cuenta Hans.

Como es natural, en su momento, se juzgó que las palabras de Roberto Bolaño respecto de la primera novela de Neuman, Bariloche (1999), eran una de esas hipérboles para olvidar, simpáticas al oído, pero apenas justificadas como el típico gesto de amistad para impulsar a un hermano de armas. “Tocado por la gracia”, fueron las palabras del chileno, recogidas en Entre paréntesis (2004) por Ignacio Echeverría. Y más: “La literatura del siglo XXI pertenecerá a Neuman”. Antes de El viajero, aun con los más de 15 libros publicados por el hispanoargentino —puede ser grafomanía o abundancia de amistades en el medio editorial—, las palabras de Bolaño sonaban a exageración: pensar que lo siguen siendo, después de esta novela, sólo puede ser una ingenuidad, celo en la sombra o miopía voluntaria.

Luis Bugarini. Crítico literario.