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Van Morrison

Los dos grandes Morrison del rock: el californiano Jim y el irlandés Van; el primero, cantante mítico de Las Puertas, tuvo la visión de morir joven y trágico; el segundo, solitario bardo de Belfast, ha sobrevivido contra viento y marea, al margen por voluntad propia, semiignorado por la masa, para llegar hasta aquí, los emblemáticos 64 años de edad. Lo hace en buena forma y a su manera, con un nuevo/viejo disco, Astral Weeks, grabado en vivo en el bello escenario del Hollywood Bowl, en noviembre de 2008. En su juventud, año de 1964, cuando formaba parte del grupo Them, Van Morrison escribió ese gran clásico, “Gloria”,  que después cantaría épicamente el otro Morrison, Jim. Esa sola pieza bastaría para colocar a Van entre los históricos del rock, pero el señor ha hecho bastante más, siempre bien y a su manera. La discografía en Wikipedia reporta 38 “álbumes de estudio”, muy notable entre todos ellos el titulado Astral Weeks, de fecha noviembre de 1968, segundo “elepé” solista de nuestro cantautor, el que fincó su leyenda. Es uno de esos álbumes “de culto” que inevitablemente aparece en lugar destacado dentro de las ociosas listas de los “mejores discos de la historia del rock”. Que sí lo es: además de levantar su proyección astral, Van Morrison inventaba un original folk jazzeado, cantado en clave de blues, que debía lo mismo a Ray Charles que a Bob Dylan o al “Bosque noruego” de Lennon, pero aquí con el toque celta de los antiguos caledonios y una lírica surrealista que le venía del otro Dylan, de apellido Thomas. Un disco “clásico” que, cuarenta años después, “el león de Belfast” ha decidido desempolvar y llevarlo por el mundo.

En noviembre de 2008 ofreció en Los Ángeles el concierto que nos ocupa (dos fechas en el Hollywood Bowl) y el 18 de abril pasado inició en Londres la gira mundial de Astral Weeks. Cuestión para “Van the Man” de rescatar su propio legado y, desde el punto de vista comercial, explorar nuevas técnicas para la supervivencia de músicos veteranos como él y, en la nueva era de las “descargas”, el iTunes y la MP3, del “álbum” como concepto y obra de arte. Lou Reed ya intentó el reciclaje de su magno opus decadente, Berlín (1977), que a lo largo de 2007 y 2008 interpretó en secuencia e integralmente, como se debe a un “clásico”, en Nueva York y varias capitales de Europa. A Van Morrison se le ocurrió el mismo tipo de resurrección para su mítico Astral Weeks, pero él ha ido más allá: abandonó la compañía Universal para crear su propia discográfica, Listen to the Lion, por lo que obtiene mayores regalías por las nuevas versiones de sus viejas canciones. Que, finalmente, de eso se trata: sobrevivir contra viento y marea en el mundo cruel de la música pop.

Van Morrison


Pero pasemos del aspecto capitalista, para volver al viejo Astral Weeks, grabado en dos intensas jornadas, 25 de septiembre y 15 de octubre de 1968, con cinco músicos de estudio provenientes del jazz a los que Van Morrison no conocía, entre ellos el contrabajista Richard Davis, que había tocado con el saxofonista Eric Dolphy, quien a su vez había acompañado al gran Charlie Mingus en un disco titulado… Astral Weeks, grabado en vivo en Copenhague en abril de 1964 (esta coincidencia de títulos es materia de profunda controversia en los cenáculos del jazz y el rock). Jay Berliner, un guitarrista que también tocó alguna vez con Mingus, es el único de aquella formación original que repite en el Astral Weeks cosecha 2008 (el baterista Connie Kay, llegado del Modern Jazz Quartet, murió en 1994). Van quería que el grupo improvisara  y se expresara libremente; las cosas se dirigieron hacia un sonido acústico, artesanal —hoy se diría unplugged—, con ocasionales arreglos para flauta, xilófono, clavecín o cuerdas. Ocho canciones, empezando por la que daría nombre al disco, una fantástica visión mística —hoy se diría new age— de la muerte y el renacimiento, de las almas que trascienden y nos observan “desde el otro lado del océano”. “Soy un extraño en este mundo”, canta con voz sobrenatural Van Morrison en esta pieza, y le creemos. Ahora resulta obvio que en esos dos días de otoño de 1968 el joven irlandés de 23 años había sido tocado por la gracia: grababa, sin percatarse de ello, un disco único, que aún hoy día no se parece a ningún otro. Ni siquiera se parece a nada que haya hecho el propio Van Morrison ni antes ni después. Para la nueva grabación en vivo se rodea de una banda de 15 miembros, pero se apega al sonido desenchufado del original y a su estilo de improvisación vocal, que va de la placidez a la turbulencia.  Con esa voz, que es su mejor instrumento, evoca las calles de su niñez irlandesa (“Madame George”), el dolor por la inocencia perdida (“Sweet Thing”), los primeros amores (“Cyprus Avenue”)… “Creo que he trascendido/ Creo que he trascendido…”, entona también, como en un mantra, en la pieza “Astral Weeks”. Hoy el viejo león de Belfast lo puede dar por hecho: es una figura trascendental —y astral— de nuestra música.

Miguel Barberena. Periodista. Dirigió el suplemento Arena, de Excélsior.