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Cold Prey

Dirección: Mats Stenberg.
Guión: Thomas Moldestad.
Reparto: Ingrid Bolsø Berdal, Marthe Snorresdotter Rovik, Mats Eldøen, Kim Wifladt.
Duración: 86 minutos.

El cine de terror. No es difícil diferenciarlo de otros géneros. Normalmente se presenta con imágenes desgarradoras, sangrientas y en ocasiones perturbadoras. En todas las latitudes se ha abordado el género, sin embargo, no siempre con igual fortuna. ¿Los países escandinavos son una excepción?

Dentro de la cinematografía mundial las producciones de los países nórdicos han destacado con aportaciones sobresalientes. Emblemáticas producciones contemporáneas han surgido de estas coordenadas y han dejado su huella. Podemos recordar grandes nombres como Ingmar Bergman (Suecia), Carl Theodor Dreyer o los cineastas del movimiento Dogma, de donde surgen Lars Von Trier (Dinamarca) y Aki Kaurismäki (Finlandia), referencias obligadas al hablar del cine actual.

Noruega, por su parte, posee directores poco reconocidos a nivel mundial a pesar de haber contribuido con películas destacadas. Dos figuras resaltan dentro de este panorama: la directora y actriz Liv Ullmann (Faithless, 2000) y Erick Gustavson (El mundo de Sofía, 1999).

Cold Prey 2 definitivamente no será capaz de dar continuidad a la lista de filmes que se cuentan dentro de las joyas del séptimo arte de los países nórdicos. El director sueco Mats Stenberg se olvida de introspecciones dramáticas, personajes intensos e historias afiladas con una buena dosis de creatividad y opta por desarrollar un thriller apegado a los cánones visuales y usanzas de las películas comerciales hollywoodenses.

El director nos ofrece una revisión de algunos de los clichés más conocidos dentro del género de terror y les añade el toque local. Quién no recuerda al asesino sobrehumano que una y otra vez regresa de entre los muertos para continuar con su insaciable búsqueda de sangre. Los motivos nos son desconocidos, pero estamos dispuestos a soportar todos y cada uno de los sobresaltos pensables o impensables para desenmarañar el misterio. Mike Myers con su máscara de hockey en la noche de Halloween ya nos ha puesto en antecedente de este caso.

La fuerza física es, no hay duda, un atributo sin el cual el género no sería lo que es. No es necesario ser un extraterrestre como en Alien de Ridley Scott o formar parte de una horda de zombis como en Los muertos vivientes, también los psicópatas desequilibrados tienen un poder que supera al de sus débiles víctimas. Aquel que lleva la muerte en sus manos es siempre más rápido, más poderoso y más hábil que todos, o casi todos.

Los paisajes inhóspitos, alejados de la civilización, son el escenario perfecto para estas matanzas inacabables. Los adolescentes (en ocasiones exploradores o científicos) irán cayendo uno a uno en las trampas del asesino y no tienen posibilidad alguna de sobrevivir, mucho menos cuando sabemos que nadie los puede ayudar. Ya sea el Nostromo en su viaje interestelar, las gélidas llanuras de Alaska donde se hacen estudios que no se pueden realizar en otro lugar del mundo, el motel a la orilla de un camino desolado o las aguas alejadas de la costa donde habita ese ser de mandíbulas incontenibles, siempre los elementos juegan en favor del predador.

En este caso, las montañas nevadas en un pueblo de Noruega albergan un pequeño hospital que tiene los recursos mínimos para sobrevivir. Esos pasillos largos y desiertos nos dan escalofríos, los ecos nos provocan gritar y sin embargo, desde la orilla del asiento, no perdemos detalle del sonido que precede a la tragedia. El piano pausado en tonos graves seguido de violines que taladran nuestros oídos con notas altas, casi tanto como el volumen que súbitamente desencadena enfoques cerrados y tomas rápidas.

Por supuesto que no siempre hay explicaciones para semejante violencia. Jason Voorhees ya nos dejó ver en Viernes 13 que ser un perturbado mental es razón más que suficiente para masacrar cuantos jóvenes se encuentre en su camino. No en una, ni dos, ni tres secuelas, sino hasta 12 ocasiones Jason ha vuelto a la pantalla para continuar con su pasatiempo favorito.

Desde luego hay rostros que se han convertido en parte del imaginario colectivo. Quién no recuerda a Jack Torrance, el homicida en el albergue nevado de El resplandor. Una de las mejores actuaciones de Jack Nicholson y sin duda alguna aquella que nos hace recordarlo como un loco incontenible. Una vez más la naturaleza causa estragos en la mente de alguien que anteriormente parecía normal.

Y, por supuesto, la virginal adolescente que se transforma de víctima potencial en formidable contrincante. Ya Sigourney Weaver nos dio a la teniente Ripley y la icónica Jamie Lee Curtis, quien hizo su carrera a base de gritos y reveses imposibles, sobrevivió en incontables ocasiones a los embates de su celoso hermano.

De estas piezas clásicas del cine de terror obtenemos los lineamientos que hacen de Cold Prey 2 una propuesta básica, sin demasiadas ambiciones y que se apega a lo que los amantes del género esperan de una película como esta: sangre y suspenso no faltarán aunque la creatividad no sea uno de sus puntos fuertes.

Ojalá otros proyectos nórdicos tuvieran propuestas tan interesantes como Déjame entrar (2008) del director sueco Tomas Alfredson, quien muestra que los parajes helados, las tramas psicológicas y el terror no están agotados todavía.

Fabiola Aguilar. Investigadora y docente de cine y artes plásticas de la UNAM.