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El solista

Dirección: Joe Wright.
Guión: Susannah Grant.
Reparto: Robert Downey Jr., Jamie Foxx, Catherine Keener, Rachel Harris.
Duración: 109 minutos.

¡Sorpresa! La ciudad de Los Ángeles tiene gente viviendo en la calle, a veces gente extraordinaria, que podría amistar con personas como tú y como yo. Ésa parece ser la premisa de El solista, una historia basada en hechos reales que retrata el encuentro entre Steve Lopez, exitoso columnista del L.A. Times, y Nathaniel Ayers, un hombre esquizofrénico que vive bajo un puente y toca divinidades en un violín con dos cuerdas.

El talento de Nathaniel (interpretado con cierta audacia por Jamie Foxx) despierta un interés profesional en Lopez (Robert Downey Jr.), interés que aumenta cuando se entera de que Nathaniel pasó dos años en la prestigiosa escuela de música Julliard, y que poco a poco se vuelve algo parecido a la amistad. Su relación con Nathaniel enfrenta a Lopez con los bajos mundos de Los Ángeles y con el horror de la vida que hay en sus calles. Al mismo tiempo, una serie de bien acomodados flash backs nos muestran el descenso que llevó a Nathaniel de ser un niño prometedor y disciplinado a ser el hombre solo y enfermo que Lopez conoce. Lo que parece alimentar el interés de Lopez es el desperdicio de esa vida que podría haber sido tan buena o mejor que la suya. Hasta aquí tenemos un relato interesante y conmovedor. Los problemas de El solista vienen cuando ese relato se difumina por tangentes de intenciones tan variadas que la cinta no parece capaz de decidir lo que quiere ser y termina por no ser nada: ni un testimonio serio de la demencia y la desgracia de un hombre excepcional, ni la historia del éxito de una amistad entrañable que pretende elevar el espíritu de la audiencia.

Dado que la película gira en torno al talento musical de su protagonista, se agradece que su uso de la música sea casi siempre impecable. Beethoven en todas sus presentaciones, introducido con gran acierto, nos da una conexión con Nathaniel que nos mantiene de su lado y nos hace aceptar que Lopez vea talento en él, primero, y después enfermedad. Los momentos más orgánicos de la cinta ocurren cuando Nathaniel toca y Lopez escucha. En su relación con la música la cinta obtiene una victoria fundamental.

La dirección del inglés Joe Wright se aleja del preciosismo visual que muestran sus cintas anteriores. Un preciosismo que se siente correcto en Orgullo y prejuicio y que reina en Expiación de manera terriblemente efectiva. La estilización de las imágenes de Wright tiende a ser lo mejor de dos mundos: cuidadosa pero visceral, sin caer por completo en las tentaciones del Hollywood bien iluminado que no es capaz de emocionar a pesar de su belleza. En El solista, sin embargo, Wright contiene las ambiciones de esa complacencia visual, como si esta vez su material lo obligara a avergonzarse de su maestría en ella. Puede alegarse que lo contiene en servicio del bajo mundo y la miseria en la que habita su personaje, en cuyo caso sus cuadros siguen siendo demasiado estilizados para ser útiles. Sus imágenes de los barrios bajos angelinos tienen un aire de exageración que sugiere la mirada de un extranjero (recuerda a estos cineastas mexicanos de clase media que invariablemente fallan retratando la miseria de las calles del DF). La cámara de Wright tiene momentos brillantes, sobre todo los que ilustran el estado mental de Nathaniel, creando una empatía irresistible con sus miedos y su disociación. Sin embargo, el resto del tiempo el manejo visual de la cinta sólo acentúa el limbo en que vive la historia: entre comentar el abismo mental y social de un hombre, y contar una historia de amistad, redención y final feliz.

El solista no queda bien con su audiencia. Los realizadores se sienten ceñidos a esa leyenda —generalmente siniestra— que reza “basado en una historia real”, y se agradece que el guión de Susannah Grant (Erin Brockovich) no caiga en la tentación de doblar esa historia para hacerla más fácil, o más entrañable o simplemente más satisfactoria. La película ofrece el retrato de dos circunstancias que se topan y se vinculan. Un retrato imperfecto, de efectividad dispareja y con dos o tres eventos muy desafortunados que se acercan al comentario social; pero finalmente es la recreación bien filmada —fantásticamente actuada— de una amistad que no es más de lo que puede ser. El solista no es una película que le cambiará la vida a nadie: sus mejores momentos aparecen cuando acepta ese hecho, sus peores cuando trata de sobreponerse a él.

Catalina Aguilar. Licenciada en comunicación, guionista y directora.