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Un momento plástico


F. Antonio Lozano Gracia y Juan Miguel Alcántara S., Voto en libertad, Miguel Ángel Porrúa, México, 2009, 375 pp. (más disco con documentos).

Hace varios años le leí al historiador inglés H. R. Trevor-Roper una invitación a reflexionar sobre “los momentos perdidos de la historia”. Aquello que pudo haber sido y no fue. Una fórmula para desmontar todo tipo de determinismos y para pensar que las decisiones y acciones que se toman en un momento dado acaban modelando la historia en un sentido, pero cerrando otras posibilidades que también estaban abiertas (“Los momentos perdidos de la historia”, en Vuelta 153, agosto de 1989).

Muchos ejemplos utilizaba el autor de Los últimos días de Hitler para ilustrar su sugerencia e intención. Cito sólo uno: “el momento en el que parecía que la lucha por los Países Bajos iba a encontrar solución”. Se refiere a la “celebración de la llamada Pacificación de Gante de 1576”. Escribe: “Si esa pacificación hubiera sido confirmada, y hubiera durado, si el erasmiano Guillermo de Orange hubiera podido instalar a un príncipe francés, el duque de Anjou —casado (según se esperaba) con la reina Isabel de Inglaterra—, como protector de los todavía divididos Países Bajos ¡qué distinta hubiera sido la historia de Europa! Probablemente hubiera sido posible revertir o drenar la marejada de la guerra de religión, y se hubiera preservado la vieja unidad borgoñona de los Países Bajos —corazón económico y cultural de Europa del norte—; y se hubiera podido llevar a la realidad los ideales ecuménicos que habían sufrido daños pero no habían sido destruidos aún. En tales condiciones hubiera sido posible poner en marcha un proceso que… quizá hubiera evitado a Europa la terrible experiencia de la Guerra de Treinta Años”.

Hubiera, hubiera… Pero no fue así. Lo interesante es que al realizar ese ejercicio la historia aparece como un proceso abierto. Y esa fórmula contrafáctica de argumentación subraya la responsabilidad que, en cada momento, tienen que asumir los hombres que pueden y/o deben influir en la construcción de la historia.

Las elecciones federales de 1988 resultaron paradójicas: por un lado, se demostró que la pluralidad política del país no cabía bajo el formato de un solo partido político y que la competitividad se encontraba a la alta; pero por el otro, que las normas y las instituciones que regulaban y conducían los procesos electorales no eran capaces de ofrecer garantías de imparcialidad a los contendientes y los ciudadanos. Se trató de una crisis mayor.

No es exagerado decir que el país vivió jornadas al borde del precipicio. Y se colocaron sobre la mesa del debate nacional diversos diagnósticos y propuestas de lo que había que hacer. Para una fuerte corriente dentro del PRI y el gobierno, lo sucedido era un episodio desafortunado pero reversible. Un mal día que era posible conjurar. Una ruptura en sus filas que quizá el tiempo podría sanar. En el extremo opuesto, primero en el Frente Democrático Nacional y luego en el PRD, se hablaba de una crisis tan profunda que impediría que Carlos Salinas de Gortari tomara posesión como presidente o que si lo hacía difícilmente podría durar en su cargo. Se había dado “un golpe de Estado técnico” y era necesaria “la restauración de la República”. Cierto, el agravio había sido mayúsculo. La forma en que se “contaron los votos” —por decirlo de alguna manera metafórica— en aquella ocasión, sin ningún tipo de control y escrúpulo, generó un sentimiento de ofensa justificado.

Algunos, una pequeña minoría, sin embargo, creíamos desde el PRD que las condiciones estaban dadas para acelerar un proceso de transición democrática que modificando normas e instituciones creara las condiciones para la convivencia y la competencia de la diversidad política asentada en el país. La pluralidad no cabía ni quería hacerlo en el formato de un sistema de “partido casi único”. Y esa diversidad era la que alimentaba, reclamaba y requería de un auténtico sistema de partidos plural para expresarse y recrearse. La vuelta al pasado era una fantasía conservadora propia de pirómanos y la apuesta por el desplome institucional —nos parecía— una irresponsabilidad.

Y algo similar, pero con mayores posibilidades de hacerse realidad, empezó a emerger de las filas del PAN. Se trataba de pactar nuevas reglas del juego, inéditas condiciones de la competencia. De ir a otra reforma electoral que dejara atrás a las instituciones que habían demostrado su incapacidad para asimilar, sin retoques, la voluntad de los ciudadanos depositada en las urnas y construir un nuevo entramado capaz de ofrecer garantías de imparcialidad a las distintas fuerzas políticas del país.

El escenario estaba puesto. Actitudes y propuestas, como suele suceder, eran contradictorias. El ambiente estaba cargado de signos ominosos y las salidas debían ser construidas. Por supuesto que la inercia podía seguir gobernando pero no sin costos altísimos. El desenlace nadie lo conocía. Se trataba de un momento plástico. Una cerrazón gubernamental sólo incrementaría una espiral de violencia y desencuentros. Una política firme de denuncia por supuesto que podría encontrar eco en franjas amplias de la población, pero no sería capaz de romper, por sí misma, el cerco de elecciones disputadas y conflictos postelectorales agudos y desgastantes.

Por fortuna, desde el Congreso —con la concurrencia del gobierno— se llevó a cabo una operación reformadora que le permitió al país ir a las siguientes elecciones federales, las de 1991, con un nuevo entramado institucional. El IFE y el Tribunal Federal Electoral fueron los frutos más visibles aunque no los únicos de aquellas innovaciones. Y en ese capítulo transformador jugó un papel relevante el Partido Acción Nacional y en particular su grupo de diputados. Diseñaron, propusieron, negociaron e hicieron realidad un nuevo marco institucional para el desarrollo de las elecciones. Es decir, en un momento plagado de incertidumbres construyeron una puerta de salida. Y ahora, a contracorriente de una muy extendida tradición, la de la desmemoria, dos de los participantes en aquellas fructíferas jornadas, Antonio Lozano Gracia y Juan Miguel Alcántara, nos ofrecen su testimonio. Un testimonio documentado, alejado de los juegos líricos, de las memorias a modo, buscando y logrando que cada afirmación descanse en un respaldo documental.

Voto en libertad nos brinda una panorámica de las reformas electorales en nuestro país previas a la de 1989-1990, un análisis desde la perspectiva del PAN de los controvertidos comicios de 1988, una explicación de la respuesta panista a esa situación, y una muy documentada información sobre los aportes fundamentales que el PAN hizo para la creación del nuevo marco normativo e institucional en materia electoral. En efecto, no se trató de una reforma más, sino de aquella en la que se colocaron los cimientos para que las elecciones en México pudiesen ser confiables.

En medio de la incertidumbre, del malestar y el conflicto circular, el PAN trazó una ruta y junto con el gobierno apostó por la vía de las reformas. No era el único desenlace posible. Las “cosas” podían estancarse o descomponerse. Se trataba, como ya se apuntó, de un momento plástico y la responsabilidad de los políticos resultaba ineludible. Y ahí radica la primera y más importante lección de aquellos años: la política, la política democrática, puede forjar un mejor horizonte para la reproducción de la sociedad o puede quedar atrapada en el laberinto de las apuestas particulares. En 1989-1990 los acuerdos alcanzados, que se transformaron en cambios constitucionales y legales, le inyectaron a la convivencia de la diversidad posibilidades frescas.

No fue —no podía ser— la última reforma. A ella le siguieron cambios significativos en 1993, 1994 y 1996. Pero en lo que se refiere a la construcción de inéditas instituciones electorales tiene un lugar especial en nuestra serpenteante historia. Por ello el esfuerzo de Antonio Lozano Gracia y Juan Miguel Alcántara merece ser subrayado. Junto con sus compañeros de partido pusieron en la mesa del debate no sólo diagnósticos sino también propuestas y un buen número de ellas acabaron por modelar el sistema electoral que hoy permite la expresión y competencia de la diversidad política. Y es de agradecerse el esfuerzo para que ese importante capítulo de nuestra historia reciente no se diluya en la desmemoria.

Escribe Vasili Grossman (Vida y destino) que el tiempo es un medio transparente en el que los hombres nacen, se mueven y desaparecen sin dejar rastro. Pues bien, el presente libro es un intento por lograr que lo último no suceda.

José Woldenberg. Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Es autor de Después de la transición: gobernabilidad, espacio público y derechos.