A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

La clase

Dirección: Laurent Cantet.

Guión: François Bégaudeau.
Reparto: François Bégaudeau, Franck Keïta, Esméralda Ouertani.
Duración: 128 minutos.

A caballo entre la ficción y la realidad, La clase (Entre les murs) documenta el transcurso de los nueve meses que dura el grado quatrième de un grupo multicultural de estudiantes parisinos —el equivalente de nuestro segundo de secundaria, compuesto por adolescentes en su fase más conflictiva: entre los 13 y los 15 años—, bajo la batuta y el yerro de su maestro de francés y tutor grupal François Marin. Basado en la evidente realidad, el filme dirigido por Laurent Cantet es el registro visual de la experiencia vivida y trasladada a un libro por el maestro François Bégaudeau, quien insufla de vida al maestro Marin en la pantalla, en compañía de varios de sus alumnos verdaderos encarnados en sí mismos.

Ya Cantet se había concentrado en la exploración de las relaciones de poder en sendas películas anteriores, dedicadas al empleo y al desempleo dentro y fuera de los linderos de la arena laboral: Ressources humaines (1999) y L’Emploi du temps (2001); y en su entrega anterior, Vers le sud (2003), se adentró en una lucha de poder acaso más primitiva: la de dos mujeres —americanas, maduras, profesionistas— por un macho alfa —haitiano, joven, prostituto por necesidad—. En La clase, sin embargo, el director descascara la semilla del asunto y se remonta a su fuente: el ámbito educativo, en el que dos bandos, maestros y alumnos, lidian una intensa lucha en el cuadrilátero delimitado por los muros de la escuela (y de ahí el título original de la película: Entre los muros, mucho más explícito que La clase).

Lejos de la idílica superación personal embellecida por Peter Weir en La sociedad de los poetas muertos (1989), película emblemática sobre la educación y el maestro como héroe de nuestro tiempo, La clase es una obra medular sobre la enseñanza, cuyo derrotero entra en conflicto y se bifurca: por un lado, la esperanza ante la comprobación de lo aprendido por los alumnos, con los que el maestro se enfrascó en más de una reyerta; por el otro, la pérdida de fe ante el fracaso y la expulsión de un brillante alumno problemático, cuyo destino muy probablemente será volver a su terruño en Mali y olvidarse de las aulas y un probable buen futuro. (Permiso para un paréntesis: aquí debe anotarse que en 2008 La clase se llevó la Palma de Oro en Cannes; en 2009 fue una de las películas extranjeras nominadas por la Academia, pero no se llevó el Oscar.)

Ajeno al melodrama y alérgico tanto a la tragedia como a los estereotipos —ninguno de los alumnos es otra cosa más que un alumno en sí—, François Bégaudeau, guionista y protagonista del filme, hace el mismo ejercicio que le exige a sus pupilos: el trazo de un autorretrato. El resultado es una película a la vez desesperante y notable, en la que el espectador, lo mismo que el maestro que la anima, no puede tomar partido por ninguna de las partículas que componen al grupo de estudiantes sino por la clase entera, caldillo de cultivo socio-racial en el que el mejor alumno se antoja el lúcido Wei, un chino que se bate tanto con la lengua adoptada como con la súbita deportación de su madre, y el peor no es uno solo sino una serie de problemas depositados en una liguilla árabe, africana y, pese a todo, francesa de adolescentes animados y abatidos por las hormonas y los humores que se desperezan en sus cuerpos.

Derivado del cinéma vérité o “cine de realidad”, el recurso fílmico de Cantet en La clase —la amalgama entre realidad y ficción; la mezcla de personajes reales y actores; la trama depositada en la naturalidad de un curso escolar, sin mayor artificio; la fobia al cine de denuncia— se antoja victorioso: no sólo estamos ante una de las mejores películas dedicadas al tema de la educación, sino que asistimos a la acotación de una identidad nacional, la francesa, que encuentra la fuga de su presión multirracial y poliideológica más allá de los muros de las aulas: en el patio, concluido el curso y atajados los conflictos, maestros —todos blancos, todos quintaesencialmente galos— y alumnos —los frutos tanto de las postrimerías de la colonización como de la globalización imperante— se baten en un improvisado, y amistoso, partido de futbol, con el espectador como árbitro ulterior del encuentro.


David Miklos
. Escritor. Su libro más reciente es La hermana falsa.