{Qué bonito es no hacer nada}

y después de no hacer nada descansar…}

Alex Lora y El Tri de México

Las crónicas antiguas me dejan una imagen de placidez envidiable. Imagino a nuestros antepasados gozando de {il dolce far niente} sin sofocos y en paz. Daría un dedo de mi mano izquierda por alojarme en Villa Diodati, como lo hizo Byron todo el verano de 1816 en la noble compañía de John Polidori, Percy y Mary Shelley para jugar a los cuentos de terror. Pero ya no es así…

Milan Kundera en su libro {La lentitud} nos regala una crónica que ilustra los demonios
de la prisa moderna y describe cómo un conductor de ojos inyectados intenta rebasarlo en una carretera para llegar antes que él a algún destino anónimo. La frase maldita “la ociosidad es madre de todos los vicios” se convirtió en la premoderna filosofía de una nube empresarial vanguardista y bien peinada que considera al tiempo
oro, a la rapidez virtud y a todo aquel que pasa una tarde de descanso leyendo un libro una cigarra que merecerá el peor de los inviernos (e infiernos) posibles.

Encontrar alguna actividad —la que sea— en la cual simplemente no hacer nada se convierte en una estrategia de éxito es para mí equivalente al hallazgo del tesoro de Tutankamón y este hallazgo me lo acaba de brindar un ámbito impensable:
el del futbol.

Los dioses del estadio deberían estar de un humor de los demonios con uno de sus hijos predilectos la noche del 4 de julio de 1999. Se enfrentaban Colombia y Argentina en la primera ronda de la Copa América, en Paraguay. Exactamente a los cinco minutos de juego se marcó un penalti a favor de los albicelestes. Martín Palermo tomó la pelota con gesto torero y lanzó un disparo que zarandeó el travesaño
colombiano. Hasta ahí nada anómalo. Sin embargo, los hados estaban sueltos; el árbitro paraguayo Ubaldo Aquino decretó dos penales consecutivos en favor de Colombia, el primero se convirtió en gol y el segundo fue atajado por el portero Burgos: 1-0. Nuevamente los colombianos cometieron un penalti en la segunda parte del juego; Palermo, inspirado en {El Bueno, El Malo y El Feo}, y en plan Lee Van Cleff tomó la pelota. Esta vez su disparo se fue muy por arriba de la portería. Los acontecimientos se precipitaron y Colombia liquidó el partido anotando un par de goles más. Sin embargo, hasta los dioses tienen compasión y en el minuto 90 se marcó el tercer tiro penal de la noche para Argentina. Palermo, con un gesto ligeramente exasperado, puso la pelota en el manchón de penalti y nadie protestó. Tomó impulso y disparó hacia la meta… por supuesto falló, esta vez debido a la intervención del guardameta, un viejo conocido de nombre Miguel Calero.

Hay quien dice que todo lo que nos rodea es una ciencia exacta, aparentemente el futbol y los penales no son la excepción. Diversos investigadores respetables han hecho mediciones varias para estimar cuáles son los factores que determinan el éxito o el fracaso del fusilamiento futbolístico. Los penaltis se cobran a una distancia de 36 pies (10.97 metros) de la portería y en promedio alcanzan una velocidad de 100 kilómetros por hora, lo que le deja al portero dos décimas de segundo para reaccionar.
Si a esto agregamos que la portería mide reglamentariamente 7.32 metros de ancho por 2.44 metros de alto, parecería entonces que hay que tener muy mala pata (tómese la frase anterior de manera literal) para fallar un disparo de castigo. Sin embargo, el 20% de los penales cobrados son actos fallidos (o el 100% si se trata de una mala noche como la de Palermo).

Entre las variables que explican la probabilidad de que un penalti se acierte se encuentran
algunas evidentes como la presión. No es lo mismo cobrar la pena máxima para definir un campeonato del mundo y fallar como lo hizo el italiano Roberto Baggio en la final de la Copa del Mundo de Estados Unidos, a ejecutar un penalti cuando el marcador nos favorece 4-0. Un segundo elemento se relaciona con la proporción en el cuerpo de oxígeno
y ácido láctico (la sustancia que se produce por fatiga muscular). Influye también el rendimiento del jugador que dispara durante el partido (tendrá más presión si no ha sido muy acertado)
y también la justicia en el cobro de la falta. El inglés Robbie Fowler, por ejemplo, durante un partido entre su equipo el Liverpool y el Arsenal le hizo ver al árbitro que el penalti que se había marcado en su favor era injusto; ante la negativa del nazareno por enmendar la falla, Fowler disparó un caracol deliberado
a las manos del portero David Seaman y se ganó un espacio entre los emperadores del {fair play.}

Ofer Azar es profesor de la escuela de administración en la Universidad Ben Gurión en Israel. Su especialidad es la toma de decisiones y recientemente publicó
un artículo en la revista {Journal of economic psichology} cuyas conclusiones
se pueden resumir de la siguiente manera. En el caso de un portero que enfrenta a un tirador la mejor estrategia es {no hacer absolutamente nada} y quedarse
quieto ya que ello maximiza sus probabilidades de atajarlo. El profesor Azar —al que le interesan los factores que determinan una decisión determinada
más que el futbol— preparó este trabajo para responder a las críticas de los economistas clásicos que frecuentemente
cuestionan los experimentos acerca de la influencia de las emociones en la toma de decisiones financieras debido
a que no involucran recompensas monetarias significativas. Al respecto de los cancerberos, Azar comenta: “los porteros enfrentan cotidianamente tiros de penalti así que no sólo son tomadores de decisiones altamente motivados, sino con mucha experiencia”.

El trabajo es simple: los investigadores
analizaron 311 penales de las principales ligas europeas y clasificaron a los porteros en los que se tiran a la derecha, a la izquierda o se quedan en el centro. Luego estimaron cuál opción maximizaba sus posibilidades de atajar el balón. Quedarse en el centro arrojó un sorprendente 33.3% contra 14.2% a la izquierda y 12.6% a la derecha. Sin embargo —y aquí entra la belleza del estudio—, los porteros se quedaron en el centro sólo 6.3% de las veces.

¿Por qué —se preguntaría uno con toda justicia— los guardametas se lanzan
en contra de las probabilidades? La respuesta tiene que ver nuevamente con el castigo a la inamovilidad. Un portero que no se lanza en alguna dirección y recibe un gol es tachado como inepto o débil. Los mismos investigadores entrevistaron
personalmente a 32 arqueros de la liga israelí y todos ellos declararon que se sentían muy mal ante los espectadores
si les era anotado un gol sin que hicieran nada, uno de ellos dijo incluso que “no quería parecer un tonto”. Después
de todo nadie los va a culpar si la pelota entra y sí, en cambio, si adoptan una actitud aparentemente pazguata, aunque ésta sea su mejor probabilidad.

Los alcances del estudio son más amplios, por supuesto. Parece ser que la opción de la acción sobre la inacción juega un papel muy importante en las decisiones económicas; cuando la economía
se encuentra a la baja muchos tomadores
de decisiones prefieren tomar medidas riesgosas con el fin de generar la percepción de que “hicieron algo”, así si las cosas salen mal ese podrá ser un atenuante, en cambio si no se hace nada y las cosas salen igual de mal vendrá una avalancha de críticas.

Si revisamos con atención a nuestros políticos será evidente la sanción social asociada a la inacción. Miguel de la Madrid
nunca se recuperó ante el pueblo de México de la imagen de hombre gris que sufrió un pasmo durante el terremoto de 1985. Felipe Calderón ha sido frecuentemente
criticado por su falta de iniciativas
y Miguel Mejía Barón llevará toda la vida la losa a cuestas de no realizar los cambios pertinentes en el mundial de futbol de Estados Unidos cuando la nación rezaba por un gol ante Bulgaria. El mensaje parece ser claro y determinante:
“hagan algo o renuncien”.

Es, pues, un mundo desdichado en el que si uno no muestra determinación, rapidez para tomar decisiones, audacia y capacidad de riesgo, estará condenado a las mazmorras de la mediocridad, por lo menos en la percepción del imaginario colectivo. Desde esas mazmorras lanzo este lamento renunciando a recomendarle
a Memo Ochoa que en el próximo
partido de la selección nacional y en el momento que Torrado (sería el más probable) cometa un penalti, se quede quieto… sé que no me hará caso. {{n}}