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¿Qué es lo que debe hacer una persona que se declara, simultánea y sinceramente, “democrática” y de “izquierda” cuando su partido político, al que apoyó con su voto y quizá también con ideas y recursos, pierde una elección? ¿Qué es lo que debe hacer este individuo cuando está convencido de que las votaciones y el conteo de votos se llevaron a cabo de una manera formalmente correcta, o al menos sin alteraciones significativas y decisivas; pero también sabe que las condiciones generales en las que tuvo lugar el juego electoral —por ejemplo, la situación de la información pública, entre otras— pudo haber condicionado el resultado? ¿Qué debe hacer si, por un lado, no acepta ceder ante las sirenas populistas y demagógicas que intentan inducirlo a refutar el resultado desfavorable de la elección; pero, por el otro lado, “le provoca escozor” darse cuenta de que, cuando intenta convencer a sus compañeros de que es debido reconocer la derrota, en realidad está apoyando de manera peligrosa a la parte contraria, porque está convencido de que los vencedores implementarán políticas que, además de ser contrarias a sus propios principios e ideales “de izquierda”, también pueden ser muy negativas para la consolidación y el desarrollo de la democracia misma? ¿Qué es lo que debe hacer si está convencido de que las políticas “de derecha”, de esta derecha, dañarán el proceso de democratización —desde cualquier punto de vista: desde el que corresponde a las condiciones institucionales hasta el que se refiere a las precondiciones sociales, desde la erosión de la laicidad estatal (una democracia es laica o no es democracia) hasta el aumento de las desigualdades que se traducen en mayor posibilidad para manipular y disminuir la capacidad del ciudadano— y, de hecho, intentarán reducir la democracia a un mero simulacro exterior, apenas una vestimenta vacía, útil para cubrir o bien para disfrazar, a una oligarquía social y una autocracia política? En fin, ¿qué es lo que debe hacer esta persona cuando tiene la sensación de que al aceptar el resultado del juego democrático —y al convencer a las demás personas de “izquierda” para que lo acepten— en realidad está contribuyendo a la degeneración de la democracia misma, de manera distinta, pero tal vez no menos grave, que los comportamientos enloquecidos del caudillismo posmoderno? ¿Qué es lo que debe hacer este individuo cuando lo roza la pesadilla de estar atrapado en una contradicción frontal y fatal, como si el imperativo que orienta su voluntad fuera: fiat democratia, pereat democratia?

No pretendo contestar a todas estas preguntas. Por lo menos no de una manera que sea convincente para todos. Cada quien debe contestarlas según su conciencia e, incluso, antes, cada uno deberá adaptar las preguntas a sus propias inquietudes. Pero estoy seguro de que, en tiempos de una tendencia degenerativa de la democracia, muchas personas democráticas tienen dudas parecidas. Lo que intentaré ofrecer son algunos conceptos y argumentos para realizar una reflexión clara y ordenada que nos acerque hacia algunas respuestas posibles. Los cuadros de categorías que intentaré dibujar (apenas un esbozo que debe ser desarrollado) son simplificados pero no por ello (creo y espero) deformantes. Además, las consideraciones que expondré no pretenden ser originales: simplemente intentan precisar y conectar algunas ideas que pertenecen al patrimonio de cualquier persona normal de izquierda. Comenzando por la propia noción de “izquierda”.

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El concepto de izquierda, bien entendido, no sólo no coincide con los de socialismo y comunismo (etcétera) y no se agota en los mismos, sino que se ubica en plano distinto porque no expresa una identidad política sustancial, un ideal determinado, un modelo de sociedad, un proyecto de convivencia y un programa para ejecutarlo, que estén fundados en una ideología determinada, en una visión del mundo, en una constelación de valores, sino que indica un lugar del espacio político, o sea, una posición. El que afirma “soy de izquierda” no responde a la pregunta “¿quién eres?”, “¿cuál es tu identidad política?”, sino a la interrogante “¿en dónde estás respecto a otros, cuál es tu ubicación?”. Por ello, “izquierda” es un concepto relativo, o mejor dicho, relacional, y los caracteres sustanciales que permiten identificar a los sujetos políticos que ocasionalmente se ubican “a la izquierda” cambian cuando cambian los términos de la relación. En otras palabras, la identidad de la izquierda —de quién es “de izquierda”, de los sujetos que están “a la izquierda”— será distinta dependiendo de la identidad de quienes se ubican a su derecha, y viceversa. Esto supone, por ejemplo, que en contextos en los que solamente existen dos posiciones políticas, y el espacio de la derecha está ocupado por sujetos “conservadores” o “tradicionalistas”, un sujeto “innovador” con identidad política “liberal” (como quiera que se interprete este adjetivo) resultará ubicado “a la izquierda”; mientras en otros contextos caracterizados, por ejemplo, por la presencia de movimientos socialistas, un sujeto sustancialmente similar al anterior resultará ubicado en una posición de “derecha” (moderada). Pero, en segundo lugar, esto significa, que el mismo sujeto político puede “cambiar” de posición —pasando desde la izquierda a la derecha, o viceversa— también “cuando no se mueve”, es decir, cuando permanece idéntico a sí mismo, fiel a sus principios: simplemente porque otros sujetos (partidos o movimientos) han venido a ocupar el espacio a su derecha o —como ha sucedido con frecuencia en los últimos siglos— a su izquierda. Así las cosas, en la historia política de la modernidad, que podemos comenzar a contar desde la revolución francesa, tenemos que, al cambiar las fases históricas, “a la izquierda” del espacio político se encuentran los movimientos liberales, los movimientos democráticos, los movimientos socialistas. Los liberales nacieron “a la izquierda”, combatiendo por la constitucionalización de los derechos individuales de libertad contra los partidarios del ancien régime y de la restauración; pero enseguida “se deslizaron” hacia la derecha porque fueron “rebasados” por la izquierda, primero por los demócratas, que combatían por la ampliación de los derechos políticos más allá de las fronteras discriminatorias, después por los socialistas, que asumieron (de diferentes y contradictorias maneras) como objetivo político la emancipación económico-social más allá de la emancipación política. Por si fuera poco, todavía hoy, en el contexto particular de Estados Unidos, la posición definida como liberal —con un significado de la palabra distinto al que se desarrolló en el ámbito europeo— es considerada como una posición de izquierda, respecto de los conservadores. (La siguiente anécdota puede ser ilustrativa para entender la relatividad de esta ubicación. Durante la campaña electoral americana de 2004, le pregunté a un amigo que trabaja en Boston cuál era su opinión sobre Kerry. Me contestó: “No hay comparación con Bush Jr.: es infinitamente más abierto, sensato, progresista. Pero, si lo que quieres en un juicio con otros parámetros, te diría que sobre muchas cuestiones tiene la misma posición que los ex democristianos italianos más de derecha”.)

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Llegados a este punto, es oportuno plantear una pregunta ingenua y radical: ¿por qué en la historia de la política moderna los movimientos liberales, democráticos y socialistas se ubican, de vez en vez, “a la izquierda”? ¿Por qué utilizamos este indicador de “ubicación” y no otro? ¿Por qué precisamente a la izquierda, y no a la derecha, o arriba o abajo? ¿Qué sentido tiene la colocación “a la izquierda”? O sea: ¿cuál es la ratio, la regla de la distribución de los sujetos —de las identidades políticas sustanciales— en el espacio político? Para recuperar el sentido de las ubicaciones políticas es oportuno retomar los orígenes de la distinción entre derecha e izquierda.

Podemos, incluso, indicar estos orígenes con una fecha: el 28 de agosto de 1789, en Versalles, día en que tuvo lugar una sesión crucial de la discusión en la cual, entre el 5 de mayo y el 11 de septiembre, los miembros de los “Estados Generales” de Francia, luego convertidos en “Asamblea Nacional”, elaboraron la que sería la “Constitución del Año uno”. El 5 de mayo, día de apertura de los Estados Generales, la asamblea se acomodó observando el orden característico del ancien réglime: el rey en un trono elevado, los nobles y el clero en una tribuna inmediatamente por debajo, el tercer Estado más abajo, en el fondo de la sala. El 28 de agosto se debía tomar una decisión sobre el poder de veto real: en ese momento, las distinciones y separaciones entre los estamentos ya se habían desmoronado, y para facilitar el cálculo de los votos individuales, todos los promotores de la institución del veto del rey se sentaron a la derecha del presidente de la asamblea, todos los opositores a la izquierda.

En este acontecimiento histórico —más que en la toma de la Bastilla— se encuentra simbólicamente representado el significado de la revolución que marca el pasaje desde el ancien régime hasta la modernidad política: una sociedad orgánica y jerárquica, marcada por las distinciones de rango que se colocan en la dimensión arriba-abajo, queda reemplazada por una sociedad individualista, en la que las diferencias relevantes para la vida política son de opinión y de partido, y se colocan en el eje derecha-izquierda. En primer lugar, entonces, la revolución conduce a la constitución horizontal del espacio político moderno: la posición de cada uno ya no depende de un rango predeterminado dentro de un orden jerárquico, en el que se nace en lo alto o en lo bajo, ahora todas las posiciones se ubican en el mismo plano, o sea, tienen la misma dignidad, y pueden asumirse libremente —pueden ser elegidas y ocupadas— por los individuos. En segundo lugar, el modo específico de la génesis del espacio político moderno manifiesta su regla constitutiva: podría decirse, metafóricamente que, con una rotación de noventa grados, el que se encontraba arriba “descendió” a la derecha, quien estaba abajo “subió” a la izquierda. Esto sugiere, fuera de la metáfora, que los movimientos políticos “de izquierda” son, de vez en vez, siempre movimientos de emancipación de los subordinados, que apuntan a escapar de una situación de inferioridad y para lograrlo deben abatir las pretensiones de superioridad de sus adversarios. Derrotar privilegios para eliminar discriminaciones. Los excluidos —que no cuentan ni son contados— son los que presionan para alcanzar la línea horizontal de la visibilidad, de la igual dignidad. Pensemos en el “cuarto estado”: era el que estaba más abajo, y cuando se emancipa “sube” más a la izquierda. En tercer lugar, tenemos como consecuencia que el criterio con el que las posiciones de izquierda se asumen y se reconocen en cuanto tales, coincide, en tiempos y circunstancias distintas, con la opción por la igualdad como valor político supremo. O mejor dicho, por una especificación determinada de la igualdad.

No es suficiente con afirmar que la igualdad es el valor que sirve para identificar a la izquierda. Es necesario precisar cuál igualdad identifica cuál izquierda, contestando a las preguntas “¿igualdad entre quién?” y “¿en qué cosa?”. Y es así como el modelo de sociedad promovido en tiempos distintos por los diferentes movimientos de emancipación que se sucedieron a la izquierda, “rebasándose por la izquierda”, en la historia moderna, se ha identificado con una sociedad caracterizada por cierta igualdad específica: el modelo liberal buscaba la igualdad entre todos los individuos en los derechos de libertad, el democrático la igualdad entre los ciudadanos en los derechos políticos, el socialista la igualdad entre todas las personas como sujetos de la cooperación (trabajadores) en la distribución de los papeles y de los recursos económico-sociales.

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Naturalmente, estas macrofamilias ideológicas, tres identidades sustanciales que suelen considerarse protagonistas de la historia moderna (europea y occidental, pero no solamente) y tienden a colocarse en un determinado orden de sucesión espacial en el eje derecha-izquierda, en virtud del tipo y del grado de igualdad que cada una asume como valor último, están lejos de agotar la gama de posiciones políticas que han surgido a lo largo del tiempo en la escena mundial. En los dos siglos y algo más que han transcurrido desde que se instituyó el espacio horizontal de la política, pero sobre todo en el siglo XX, la historia se ha visto atravesada y devastada por ideologías, movimientos y regímenes radicalmente antimodernos y, por lo mismo, definidos como “reaccionarios”, que niegan el principio de igualdad como quiera que se le entienda, creadores de la imposición autoritaria y de la jerarquía como único principio (natural) de orden político. Son aquellas que en la simplificación del lenguaje común se conocen como “dictaduras de derecha” y que ubicamos, por ser enemigas de la (igual) libertad de los individuos en cualquier sentido, “a la derecha” de los movimientos liberales, incluso de los más conservadores: por lo tanto, en la “extrema derecha”.

Pero en la biblioteca de las categorías políticas comunes también se ha afirmado la figura de las “dictaduras de izquierda”. ¿En dónde las colocamos? ¿En la extrema izquierda? ¿Por qué? En este caso el análisis de las nociones comunes se complica.

Antes que nada, sabemos bien que las macroidentidades liberal, democrática y socialista han sido y siguen siendo infinitamente complejas y litigiosas. Se podría decir que cada una de ellas es esquizofrénica, posee diferentes personalidades en tensión latente o en abierto conflicto entre ellas. Para simplificar (de nueva cuenta), pero recurriendo todavía al recipiente de las ideas comunes, sugiero identificar en cada familia ideológica dos polos opuestos, o dos almas, que se han definido en una complicada historia de evoluciones y transformaciones. El movimiento liberal presenta un alma “liberista” —la cultura anglosajona actual la ha rebautizado con el adjetivo apologético libertarian— que pone el acento en la (igual) libertad de los individuos considerados como homines oeconomici, por lo tanto sobre la llamada “libertad de mercado”; y un alma que llamaría, en ausencia de un término mejor, provisionalmente, como “civil”, que busca defender sobre todo las “cuatro grandes libertades de los modernos” (Bobbio), mismas que durante mucho tiempo se han llamado (impropiamente) “derechos civiles”, es decir la libertad personal (o habeas corpus), de pensamiento, de reunión y de asociación. Las diferentes corrientes liberales se distinguen en aras de su atracción hacia uno u otro polo, y en virtud de si consideran la convivencia de las dos almas como problemática o como armoniosa e indisoluble.

Analíticamente, colocamos “más a la derecha” las corrientes “liberistas”, porque la igualdad mínima que postulan —la igualdad entre los individuos en la libertad de perseguir sin limitaciones sus intereses económicos— es causa de múltiples desigualdades sociales y culturales; ubicamos “más a la izquierda” las corrientes del liberalismo atento a los derechos “civiles”.

Dentro de la ideología democrática se acostumbra distinguir entre los defensores de la “democracia formal” y los promotores de la “democracia sustancial”. Los primeros tienden a resolver la noción de democracia en la igual atribución a todos los ciudadanos del derecho a participar en las decisiones colectivas; los segundos consideran democrático a un régimen que se orienta a satisfacer de un modo igual las exigencias de todos los ciudadanos. Para identificar el objeto ideal de la primera corriente se ha acuñado la expresión “democracia par le peuple”, o bien, “a través del pueblo”: una forma de gobierno en la que el poder político se ejerce por los ciudadanos (de manera directa o indirecta); para identificar el objetivo de la segunda se ha adoptado la fórmula “democracia pour le peuple”, esto es, “a favor del pueblo”: un tipo de ejercicio del poder que apunta a eliminar las desventajas de los grupos sociales desfavorecidos —y es evidente aquí la ambigüedad del término pueblo, que oscila entre el significado de “colectividad entera” y el de “clases populares”—. El conflicto latente entre las dos almas ha venido moldeando la identidad específica de las corrientes democráticas en la historia moderna, que se han dividido en torno a la cuestión de si la segunda alma se encuentra implicada en la primera, esto es, si la democracia formal debería necesariamente conducir a la democracia sustancial, o bien, si este último es un concepto equívoco y esencialmente contradictorio. Este no es el lugar para repetir mis letanías (teóricas, no axiológicas) contra los “sustancialistas”. Me limito a señalar que este esquema de distinción todavía está muy difundido (desafortunadamente) y lleva a colocar “más a la derecha” a la primera corriente, porque “restringe” la igualdad democrática entre los ciudadanos a la titularidad y al ejercicio del poder político; “más a la izquierda” la segunda corriente, porque “extiende” esta igualdad a los resultados sociales amplios de este mismo ejercicio del poder. Sin embargo, esta extensión acerca el alma “sustancialista” de la ideología democrática a la macrofamilia socialista.

Esta última es (ha sido, en la historia moderna) particularmente numerosa, fragmentada y litigiosa. No obstante ello, es fácil identificar la polaridad entre un alma más “asociativa” y cooperativa, llamada “socialista” en sentido estricto o también, en su variante histórica más relevante, “socialdemocrática”; y un alma “comunista”, colectivista y organicista. No quiero ir más allá de este esquema banal, para no provocar cuestiones irresolubles “de lana caprina”, y también porque no serían útiles para mi objetivo último, que es el de reseñar y revisar las ideas comunes que se ponen en juego cuando se reflexiona sobre la relación entre “democracia” e “izquierda”. En la biblioteca de las imágenes espaciales más difundidas, el socialismo no-comunista se coloca “más a la derecha”, el comunismo “más a la izquierda”, dando por entendido que el primero tolera mayores tipos y grados de desigualdades porque está dispuesto a pactar con los movimientos que están a su derecha, mientras el segundo tiende a suprimir las desigualdades radicalmente.

Es cierto que otro vocabulario —de origen distinto, pero que suele sobreponerse y mezclarse en nuestras cabezas con el esquema que hemos descrito— aproxima e incluso “coloca justos” al comunismo histórico, en tanto “dictadura de izquierda”, con las “dictaduras de extrema derecha” en una misma categoría, la de los “totalitarismos”. ¿Tiene sentido? Preguntémonos: ¿la “dictadura de izquierda” es un oxímoron, una contradicción conceptual? O más bien, ¿debemos sostener que aquellos que perciben esta expresión como un oxímoron son condicionados por el significado valorativo positivo que se atribuyen al término “izquierda” y que sugiere que el mismo no puede asociarse con el término “dictadura”? (Es fácil notar que este no era el caso de Marx, quien acuñó con un significado positivo la expresión “dictadura del proletariado”.) O bien, por el contrario, para ser coherentes con nuestros cuadros conceptuales, ¿debemos afirmar que ninguna “izquierda” puede encarnarse en una dictadura —porque ésta consiste en una forma extrema de desigualdad en poderes— sin convertirse en “derecha”? Sabemos que Bobbio resumió su interpretación de la trágica experiencia del comunismo histórico con la fórmula “utopía invertida”: la transformación radical del sueño de la emancipación universal en la pesadilla de la opresión universal. La fórmula bobbiana sugiere la imagen de una inversión a lo largo del eje vertical arriba-abajo: un ideal “noble y elevado” se ha convertido en “bruta materia”. Pero ¿no podremos representar este fenómeno también como una inversión a lo largo del eje horizontal? ¿No debemos afirmar que un ideal radicalmente igualitario, y por ello de extrema izquierda, que se corrompe en una dictadura ha invertido de manera total su posición en el espacio político, terminando en la extrema derecha?
Para enfrentar este tema es oportuno reconsiderar las diferentes relaciones —las divergencias y las convergencias— entre las grandes familias ideológicas de la modernidad.

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La historia moderna no sólo muestra divisiones y enfrentamientos entre las macroidentidades liberal, democrática y socialista, sino también algunas formas de conjunción, en ocasiones solamente teórica y doctrinaria, fruto de elaboraciones intelectuales con poca incidencia práctica, otras veces materializadas en programas de movimientos políticos o en configuraciones institucionales efectivas. Naturalmente la consistencia y la posibilidad misma de una conjugación entre ideologías distintas depende de la manera en la que cada una se redefine a sí misma en vista de la convergencia con la otra. No todas las almas de las diferentes ideologías están disponibles para los matrimonios mixtos. De hecho, normalmente todas se encuentran en conflicto recíproco. Pero entre algunas de las interpretaciones posibles de las tres macroidentidades políticas han tenido lugar acoplamientos significativos.

De nueva cuenta el lenguaje común sirve como guía reveladora (aunque, con frecuencia, ambigua): entre las expresiones más consolidadas se encuentra la de “liberal-democracia” y su reflejo invertido “democracia liberal”. Fórmulas usadas y abusadas pero no unívocas, porque con las mismas se puede entender el matrimonio feliz entre los derechos de libertad individual y de participación política, o bien, el nexo entre régimen político democrático y sociedad de mercado: estas dos interpretaciones no son intercambiables y no son necesariamente compatibles desde cualquier punto de vista. Las nociones de “liberal-socialismo” y “socialismo liberal”, que tienen un significado sustancialmente similar, son más doctrinarias y sirven para expresar aspiraciones teóricas más que perspectivas concretas que hayan tenido una gran incidencia en la realidad política. En cambio, las fórmulas compuestas “democracia social” y “socialdemocracia” no expresan nociones equivalentes, aunque una sea el correspondiente lingüístico de la otra.

Más allá de los significados equívocos y oscilantes de estas (y otras) expresiones —lo que, además, debería sugerir la importancia, incluso muy concreta, del análisis conceptual: como decía Bobbio citando a Montaigne, “la mayor parte de las razones de los problemas del mundo son gramaticales”— quisiera hacer notar cómo los principios de valor que identifican el alma “más a la izquierda” de la ideología liberal, la que está “más a la derecha” (que en realidad es la única racionalmente aceptable) de la ideología democrática, y la que está “más a la derecha” de la ideología socialista, corresponden respectivamente a las tres principales categorías de los derechos fundamentales: civiles (que se deberían llamar “de libertad”), políticos y sociales. Todas o casi todas las constituciones contemporáneas contienen declaraciones de derechos articulados en estas categorías. La misma estructura se encuentra en numerosos documentos internacionales, comenzando con la Declaración Universal de 1848. No es errado sostener que quienes se reconocen en la Declaración Universal —y deberían hacerlo, aunque de hecho no sea así, todos los Estados miembros de la ONU, sin importar la orientación de sus gobiernos— han adoptado una identidad política de base que sintetiza, al menos en parte, la mejor herencia de las tres grandes familias ideológicas de la historia moderna: precisamente las que han ocupado de manera sucesiva, en las diferentes fases históricas, las posiciones “de izquierda” del espacio político.

Entonces, ¿deberíamos sostener que desaparecieron las distinciones?, ¿que hoy casi todos los Estados de derecho son, en su estructura constitucional, sustancialmente “de izquierda”? ¿O bien —considerando que las posiciones que eran originalmente de izquierda fueron, poco a poco, “rebasadas por la izquierda” y se resbalaron a la derecha, pero sus razones ideales de fondo quedaron todas recuperadas y comprendidas en los documentos constitucionales— que casi todos son, simultáneamente, “de derecha y de izquierda”? Ambas conclusiones suenan extrañas o implausibles. Sin embargo, el rechazo total o parcial de los documentos internacionales de los derechos, por parte de movimientos políticos y también de algunos gobiernos actuales, me parece un símbolo claro de una política de derecha: es el caso de las potencias orientales que abrazan la bandera de los “valores asiáticos” y también (a pesar de las apariencias y de muchos autoengaños) de los diferentes comunitarismos, culturalismos y multiculturalismos que están de moda.

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Aún más interesante, para una discusión sobre izquierda y democracia, es reconsiderar las divisiones históricas y los enfrentamientos entre las grandes identidades políticas. Los liberales clásicos desconfiaban del sufragio universal por el que combatían los demócratas del siglo XIX (y del XX por lo que hace al voto femenino), porque temían que el poder de mayoría proveniente de un electorado ampliado terminaría por limitar o sofocar las libertades individuales conquistadas por los “burgueses”. Los demócratas siempre han tenido temor de que, en los mismos espacios de libertad que defienden los liberales, germinaran poderes de hecho capaces de corromper y alterar la manifestación de la voluntad política de los ciudadanos, pero también desconfiaban de los movimientos radicales y revolucionarios de oposición socialista. Los socialistas de todas las especies por mucho tiempo consideraron que las reivindicaciones tanto de los liberales como de los demócratas eran ilusorias y ficticias, o incluso, engañosas y peligrosas. Todos contra todos, podríamos decir, durante gran parte del tiempo histórico de la modernidad: liberales antidemocráticos y, con mayor razón, antisocialistas; demócratas antiliberales pero también antisocialistas; socialistas antiliberales y, con frecuencia, antidemocráticos.

En la perspectiva del razonamiento que estoy desarrollando es particularmente relevante el análisis de las posiciones hostiles a la democracia: las cuales se encuentran tanto a la derecha, como a izquierda.

Siempre han existido, y seguirán existiendo, tanto derechas antidemocráticas, como izquierdas antidemocráticas; pero del mismo modo han existido y existen derechas democráticas e izquierdas democráticas. En suma, distinguimos comúnmente movimientos y partidos de derecha democráticos y antidemocráticos, movimientos y partidos de izquierda democráticos y antidemocráticos. Pero, si las cosas son así, si la antidemocracia no es, en cuanto tal, de derecha, entonces, ¿no deberíamos concluir que, per sé, la democracia no es de izquierda? O, mejor dicho, ¿no deberíamos sostener que ser democráticos no es ni de derecha ni de izquierda?

Pero, ¿de qué democracia estamos hablando?, ¿cuál es el concepto o concepción de la democracia que es compatible con estas afirmaciones? Evidentemente se trata de la “democracia formal”, definida como un conjunto de “reglas del juego” que representan las condiciones de la igualdad política de los individuos, esto es, de la igual dignidad (para contar y ser contados) de los ciudadanos de izquierda y de derecha: la democracia consiste en las reglas para la competencia equitativa y no violenta entre derecha(s) e izquierda(s) que buscan conquistar el poder de decisión colectiva (o mejor, que buscan conquistar la mayor fuerza numérica posible en los órganos de representación, para pesar en las decisiones políticas: debemos estar atentos para no reducir la democracia al mero poder de la mayoría; pero ahora no puedo detenerme en este tema). Si la(s) derecha(s) y la(s) izquierda(s) aceptan las reglas del juego democrático —esto es, reconocen la igualdad política de los ciudadanos, el derecho-poder igual de todos a participar en el proceso decisional, la igual dignidad de todas las opiniones, de izquierda y de derecha, que deben contar del mismo modo— son, ambas, democráticas. O bien: son democráticas aquellas derechas y aquellas izquierdas que aceptan competir con esas reglas; son antidemocráticas aquellas derechas y aquellas izquierdas que las rechazan, o que simulan aceptarlas pero juegan sucio, o que se niegan a reconocer los resultados que no las favorecen.

Asumiendo esta “definición procedimental” de democracia como conjunto de reglas del juego, como método para decidir, resulta claro que no solamente —como vimos al inicio— derecha e izquierda en tanto conceptos de lugar no se encuentran en el mismo plano que liberalismo, democracia, socialismo, en tanto conceptos de identidad política; sino que la propia democracia se ubica en una plano diferente al del liberalismo y del socialismo. La democracia se encuentra entre las formas políticas —formas de Estado, de gobierno, de régimen— en un nivel distinto al que corresponde a los contenidos políticos —modelos ideales de sociedad, programas de acción y de decisión— propuestos y promovidos por diversos partidos y movimientos de derecha y de izquierda: liberales y socialistas (o ecologistas, etcétera). La democracia, en tanto método para decidir, establece los sujetos y los modos de la decisión colectiva: a quién le corresponde decidir y cómo se debe decidir; liberalismo y socialismo (y cualquier movimiento o partido inspirado en otras ideologías) se definen y se distinguen en función de los fines alternativos, de derecha o de izquierda, que proponen a la decisión colectiva: sus programas establecen qué cosa se debería decidir para alcanzar estos fines.

Pero, antes, ¿no habíamos hablado de una ideología democrática, de movimientos y partidos democráticos, que han propuesto y repropuesto en diferentes momentos de la historia y en diversos lugares del mundo moderno el ideal de la igualdad política como fin a perseguir, como valor a realizar?, ¿un ideal específicamente distinto al de los otros partidos e ideologías pero, precisamente en cuanto tal, ubicado en el mismo plano, en el nivel de los fines y de los valores? Acaso todo esto, ¿no resulta incompatible con la noción de la democracia como método?, ¿qué es lo que tiene que ver la democracia formal con los contenidos de valor? La contradicción es sólo aparente. La democracia procedimental contiene en sí misma valores finales, no sólo instrumentales, que están representados precisamente en el reconocimiento de la (igual) dignidad política de los ciudadanos; pero el fin democrático de la igualdad política, por su propia naturaleza, no es un fin último, conclusivo y exclusivo. Cada uno de nosotros, que nos declaramos democráticos y, por tanto, creemos que la democracia es un valor, no podemos dejar de asumir otros valores, además del de la democracia como igualdad política: no podemos dejar de adoptar fines ulteriores, de derecha o de izquierda, que nos orientan en la elección del contenido de las decisiones que deben adoptarse mediante el método democrático, esto es, mediante las reglas que respetan y realizan el valor de la igualdad política. De esta manera, se confirma la distinción de nivel entre la democracia como método, por una parte, y el liberalismo y el socialismo (etcétera) como movimientos inspirados en valores ideales últimos, por la otra. Esto implica que la(s) derecha(s) y la(s) izquierda(s) pueden ambas reconocer el valor de la democracia como fin no-último y seguir siendo ellas mismas, es decir, diferentes y enfrentadas entre ellas en lo que se refiere a la persecución de sus propios fines últimos. Pero ello no quita, lo sabemos bien, que la lucha por la democracia, contra las derechas y las izquierdas antidemocráticas —contra los fascismos históricos europeos, contra las “dictaduras del proletariado” que, en realidad, eran autocracias de partido, contra las dictaduras militares latinoamericanas, contra los regímenes teocráticos, etcétera—, sea una lucha ideal, por un fin ideal, que representa un valor irrenunciable para quienes creen en ella.

Llegados a este punto, debemos preguntarnos: ¿en qué sentido podemos mantener la afirmación de que el valor de la democracia es un valor de izquierda?, ¿también las derechas que lo reconocen como un valor son, en este sentido, de izquierda?

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La democracia se materializa, también según la concepción procedimental establecida por la “definición mínima” de Bobbio, en una forma de igualdad: la igualdad entre todos los que deben obedecer al poder político, en la participación directa o indirecta en el ejercicio de este mismo poder. Por lo tanto, al menos prima facie pertenece al universo de las ideas de valor que son patrimonio de la izquierda. La democracia, la conquista de la democracia, es un aspecto decisivo del proceso de emancipación, nunca terminado y siempre precario, al que han contribuido todos los movimientos que se han ubicado de vez en vez “a la izquierda” en el espacio político moderno. Pero, ¿qué decir de las derechas que aceptan esta idea de valor, o sea, la igualdad democrática, aunque sean en sus valores últimos antiigualitarias?, ¿debemos decir que estas “derechas democráticas” son de “izquierda”? A pesar de las objeciones predecibles y horrorizadas de sus miembros, y aunque parezca extraña, esta afirmación oximórica tiene pleno sentido, porque se fundamenta en la naturaleza esencialmente “relativa” de las nociones de “derecha” e “izquierda”. Las derechas democráticas están a la izquierda respecto de las derechas que se ubican a su derecha: es decir, de las derechas antidemocráticas hostiles a la igualdad política. En el mundo moderno, no sólo es el caso de los golpistas o de los autócratas de diverso origen, que se travisten de colores distintos, o de los presidentes presidencialistas autoritarios, y similares, sino también de todos los enemigos del principio de tolerancia: por ejemplo, los partidos religiosos que imponen la primacía de la ley divina —esto es, de sus propias convicciones morales— sobre la ley humana, con lo que dejan sin sentido a la participación igualitaria en el proceso decisional; o los movimientos que niegan los derechos políticos a los inmigrantes que residen de forma estable en un país, en Europa llamados “extracomunitarios”, en los Estados Unidos “hispanos”, etcétera.

La democracia es una forma, un método, una técnica para llegar a decisiones colectivas. Pero es una técnica que se escoge, respecto a otros métodos alternativos, con base en un criterio de valor no instrumental, el valor de la igualdad política: todos deben contar y ser igualmente contados. Este valor se asume como un fin por parte de los movimientos democráticos, pero no es, como hemos visto, un fin último: todos quieren contar para poder promover sus propios valores. Sin embargo, si bien no se trata de un fin último, tampoco es un simple medio para los fines últimos de cada persona, para los diferentes modelos de sociedad y programas políticos, para las diferentes metas que los diversos movimientos, partidos, ideologías proponen y persiguen. Para alcanzar estas metas podrían ser más eficaces otros medios no democráticos. De hecho, si observamos la historia del siglo XX, tenemos que los liberales conservadores “más de derecha”, y los socialistas colectivistas “más de izquierda” —según el esquema que reconstruimos en el apartado número 4: los defensores de la libertad para perseguir intereses económicos individuales, que se traduce en un privilegio, y los defensores de la dictadura del proletariado, que es la dictadura de su “vanguardia”, del partido único— no dudaron, en su momento, en optar por el método antidemocrático, por la imposición autoritaria. Y ambos terminaron por agotar la credibilidad de sus propios fines últimos y por desnaturalizar la identidad política que edificaron sobre los mismos: los miembros de los partidos liberales conservadores se convirtieron en fascistas o en aliados de los fascistas, esto es, del antiliberalismo; los partidos comunistas se transformaron en una casta autocrática monopolizadora del poder y del privilegio, esto es, en el antisocialismo. Reflexionar sobre estos destinos históricos nos llevaría muy lejos. Pero quiero sugerir la siguiente consideración, tal vez un poco obvia, tal vez algo aventurada.

Si la democracia no es un fin último, pero tampoco es un simple medio, es, más bien, un fin primero: irrenunciable para quien pretenda proponer sus propios valores ulteriores como fines últimos, como criterios de elección de un modelo de sociedad y de un programa político de decisiones colectivas. En particular, las decisiones que se inspiran en valores de alguna forma igualitarios no deben, no pueden, imponerse autocráticamente. Los individuos no tolerarán la imposición y, tarde o temprano, incluso después de setenta años, terminarán rebelándose. Es lo que llamo —con mucha cautela y con cierto escepticismo retrospectivo— “la lección de 1989”. Si 1789 construyó el espacio horizontal de la política, permitiendo lanzar el proceso de emancipación a lo largo del cual, no sin errores y horrores infinitos, muchos movimientos se encaminaron; 1989 demostró que ninguna meta, ningún fin que quiera proponerse como ideal, como idea reguladora para emancipar a los seres humanos puede perseguirse con la imposición. Mostró que se trataba de una contradicción.

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Pero al 1989 lo han seguido las “desilusiones de la democracia”. De aquella revolución democrática y (casi) pacífica surgieron, en Europa del Este, regímenes que en su mayoría son impresentables, que sólo son democráticos en apariencia: se celebran elecciones y se otorgan poderes a los órganos electivos. Pero dentro de las vestimentas de la democracia habitan la corrupción y el autoritarismo, favorecidos por enormes concentraciones de poder en el vértice del sistema institucional y social, por presidencialismos superpersonalizados y por oligopolios afianzados a las mafias. En su base, estas pseudodemocracias aparentes carecen de garantías para los derechos fundamentales, de libertad y sociales, que son las precondiciones indispensables de las democracias efectivas. En situaciones como ésas, incluso las reglas del juego más elementales, aunque se apliquen en cierta medida, “saltan en el vacío”, no producen democracia. Podríamos realizar observaciones similares, dejando a salvo las grandes diferencias históricas, respecto de no pocos regímenes que surgieron con la llamada tercera ola en América Latina. Fatalmente, las desilusiones de la democracia han difundido nostalgias antidemocráticas. “Se estaba mejor cuando se estaba peor”. Y es difícil explicar que no es culpa de la democracia, sobre todo porque ésta no es democracia, o es una democracia coja, aparente, por debajo del umbral mínimo de aceptabilidad democrática. Y es así que la atmósfera de descontento ha favorecido a los demagogos, populistas o aprendices de brujo de la más variada ralea. Y en todas las latitudes. Un estudioso latinoamericano (Roberto Laserna) ha acuñado una expresión eficaz para representarlos: son los “consumidores de democracia”. Consumidores voraces, como las termitas.

Las desilusiones de la democracia deberían enmarcarse en los complejos y alternativos acontecimientos de la dialéctica entre derecha e izquierda de las últimas décadas, incluso antes de 1989. Para condensar un esquema de análisis en pocas frases sugiero un nuevo uso metafórico de la imagen inicial. Alrededor de la mitad de los años setenta se verificó algo que se parece a un derrumbe o desplome: como si el plano horizontal sobre el que fueron tomando posición, a la derecha y a la izquierda, las identidades políticas sustanciales protagonistas de la historia moderna, se hubiera inclinado a la derecha, hacia abajo. Todos o casi todos los partidos y los movimientos políticos han iniciado un deslizamiento hacia la derecha respecto de su propia ubicación original. Sobre la base de una profunda crisis cultural del valor de la igualdad, hemos asistido a la apología del mercado sin frenos, al nacimiento de neoliberalismos cada vez más agresivos, al ataque frontal contra los derechos sociales, que se ha reforzado con las dinámicas progresivas de la globalización. Por no hablar de las locuras que desencadenó el 11 de septiembre. Tal vez podemos representar la caída del Muro de Berlín como el derrumbe de una pared que ha favorecido, duele decirlo, no sólo y no tanto un diluvio de democracia, como muchos esperábamos, sino esta avalancha antiigualitaria de la cultura y de la práctica política. También los partidos y los movimientos de izquierda han comenzado a seguir a la derecha en la vertiente que lleva al deslizamiento general hacia la derecha; y, cambiando de posiciones, se han transformado, han cambiado de identidad. Algunos, para no ser arrastrados por los escombros del muro, incluso han cambiado de nombre. Así, mientras las derechas caminan cada vez más hacia la derecha y algunas se salen de la democracia —pero llevándose consigo los vestidos, para cubrir con el consenso electoral, obtenido mediante las técnicas del populismo mediático, personajes y programas vergonzosos: jefes carismáticos grotescos y mezclados con un capitalismo salvaje y con un racismo xenófobo—, a la izquierda del espectro tradicional de las fuerzas políticas se ha generado un vacío. Situación inédita y paradójica: precisamente en el momento en el que explotaron de manera clamorosa las desigualdades globales, casi todos los partidos de la (¿ex?)izquierda dejaban de orientar su camino con la “estrella polar” de la igualdad (Bobbio), proclamando en tonos muy ambiguos la necesidad de una “revolución liberal” o de una “tercera vía”.

En el “vacío a la izquierda”, esto es, en el espacio que dejaron libre los partidos de ascendencia socialista, casi todos despeñados a la derecha, hemos visto el surgimiento de iniciativas más o menos espontáneas, con frecuencia confusas. El fenómeno más relevante ha sido el de las reivindicaciones comunitarias, culturalistas y etnicistas: el opuesto especular, podría decirse, de las xenofobias de extrema derecha. Una imagen radicalmente invertida pero, de nuevo duele decirlo, también una semejanza peligrosa. Algunos de estos movimientos han experimentado formas de democracia “directa” o “participativa” pero que están marcadas por sombras de ambigüedad, debidas a una equivocada compresión, o en algunos casos al desprecio, del patrimonio de las técnicas de garantía democrática que son producto de la experiencia histórica del constitucionalismo. Pero no podemos desconocer que a pesar de otras sombras, confusiones, ambigüedades, las razones igualitarias de la izquierda han sido retomadas y defendidas por la llamada “sociedad civil global”. Seguramente no por los partidos y movimientos que ocupan la escena en los sistemas políticos locales de los diferentes países. Hoy las personas “de izquierda y democráticas” no logran reconocerse sin problemas en ninguno de los sujetos políticos supuestamente “de izquierda” que compiten por el consenso electoral.

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Pero finjamos que no es así. Para concluir quiero proponer un experimento mental. Imaginemos que en una competencia electoral participa un partido o una coalición que tiene una orientación ideal y un programa político que puede ser aceptado con plena convicción por las personas que se consideran “democráticas y de izquierda”. En el ángulo opuesto se presenta un partido o coalición claramente de derecha, por si fuera poco apoyado por jerarquías eclesiásticas reaccionarias y por oligarquías económico-sociales inquietantes, peligrosas para la supervivencia de la democracia misma. La atmósfera está nublada, la campaña electoral es desagradable. Pero, por lo menos, las reglas elementales del juego, en el momento del voto, se respetan. El partido de izquierda pierde por un margen estrecho. ¿Qué hacer? No aceptar la derrota, desconocer el resultado, no frenará la degeneración de la democracia que las personas de izquierda temen que se verifique, o que se agrave, con la derecha en el poder. Por el contrario. La “lección de 1989”, y paradójicamente también la que puede obtenerse de las “desilusiones” que la siguieron, nos enseñan que no debemos tirar por la borda ni siquiera las apariencias de la democracia. Lo que se necesita es luchar para transformar esas apariencias en realidades —o, dicho de una forma más realista, para que la democracia sea menos aparente— generando movimientos de opinión a favor de la garantía de los derechos fundamentales: de libertad, de educación adecuada y de información equilibrada; de la división y el equilibrio de los poderes; de una forma de gobierno que no sea proclive al autoritarismo y a la personalización de la vida política. Luchar con la única arma de la democracia: la persuasión. Incluso ante nosotros mismos. Para evitar que la democracia aparente, ya muy débil, empeore aún más, convirtiéndose en una democracia desmoralizada. n

Traducción de Pedro Salazar Ugarte