Advenimiento del juicio ético, por definición autónomo, sobreviene con la irrupción de esa capacidad que, como dice un autor popular, es la de “distinguir lo que está bien de lo que nos conviene”. Pero éste sólo es el despuntar de la cuestión, que necesariamente convocará a sucesivas preguntas tanto respecto de la propia noción bien, como de la cuestionable conveniencia de toda acción intencional, al progresivo deslinde intelectual entre lo que procede del orden natural y lo que es propio de de la innovación humana, que teóricamente permitirá formas de convivencia más racionales -eventualmente razonables.

El reconocimiento del conflicto entre naturaleza y artificio intrínseco a todo proyecto cultural, que es la epifanía del fenómeno humano, será el trasfondo de las discusiones de los antiguos sofistas en torno a las relaciones entre lo particular y lo universal, que naturalmente conducirá al peligroso cuestionamiento de toda autoridad, dado que por lógico corolario habrán de inquirir sobre la legitimidad de la legalidad.

Asimismo, cuando hacia el siglo III la doctrina cristiana distinguía entre el estado de naturaleza, basado en el derecho natural, que expresaba directamente la intención divina, y el estado convencional, originado y sancionado por la costumbre, mostrará la influencia recibida de los estoicos que seis siglos antes postulaban la hermandad de todos los hombres, barruntos de una problemática existencial y que por ende no cesa, el de la coexistencia dialéctica entre la libertad y la igualdad.

No obstante los remotos antecedentes de la filosofía del derecho, será su revisión crítica la que convierta a Hegel en el primer pensador que perfiló la disciplina como actividad relativamente independiente, al concebir el derecho como la producción del espíritu objetivo que confrontada por la conciencia moral será superada por la eticidad, es decir, por la ética objetiva propiamente dicha.

Desde entonces se han producido múltiples tendencias, a veces incompatibles pero con frecuencia asociadas; en cierto modo Bobbio se refiere al fenómeno con su propia experiencia cuando dice: “En la medida que sea útil, pongo como ejemplo mi caso personal: ante el enfrentamiento de las ideologías, donde no es posible ninguna tergiversación, soy jusnaturalista; con respecto al método soy, con igual convicción, positivista; en lo que se refiere, finalmente, a la teoría del derecho, no soy ni lo uno ni lo otro”.

Dado que es la investigación sobre el origen, fundamento y desarrollo del concepto de derecho la que determina el quehacer de la filosofía jurídica, ésta a veces será concebida como una rama de la filosofía y otras como el núcleo de un estudio autónomo del derecho. Al respecto nuestro autor se manifiesta por la conveniencia de afrontar la investigación “desde la mirada aguda del jurista, o mejor, como recomendaba Bobbio, desde la filosofía del derecho hecha por juristas, que siempre resultará más puntual, provocadora y propositiva que las grandilocuentes cosmovisiones de los filósofos, por lo general, poco conocedores del derecho y sus problemas”.

Imposible por su vastedad dar cuenta de la multitud de problemas que convocan a la meditación jurídica, como de la variedad de líneas de reflexión especializada. Este libro de Rodolfo Vázquez constituye tanto una selecta reseña de la actividad más relevante desarrollada durante las últimas décadas, con reflexiones sobre trabajos que producidos en el fragor de circunstancias determinantes marcan hitos en la historia de la disciplina, como un correlato y testimonio de la ininterrumpida y prolífica labor de su autor.

Al respecto, dice Rodolfo Vázquez: el “libro pretende ubicarse en las coordenadas abiertas por el pensamiento de Rawls y, por lo tanto, insertarse en la complejidad de las relaciones mutuas y vinculantes entre derecho, moral y poder”. Referencia que remite, primordialmente, al trabajo publicado por este autor en 1971, Una teoría de la justicia, uno de los mayores intentos de producir una fundamentación racional de las normas morales, con el que introduce un concepto crucial para la filosofía política como es el de “autoridad normativa”, con enorme incidencia heurística para indagar en el entretejido entre derecho, política y moral, el problema del poder -pues, como indicara Foucault, “si al poder no lo relacionas con lo que haces siempre permanece como algo abstracto”.

El trauma de la Segunda Guerra habría de conmocionar el pensamiento jusfilosófico, hasta entonces dominado por la posición no cognoscitivista de Kelsen, que vindica la completa separación entre moral y derecho, dando lugar entre nuevas vías teóricas a un vigoroso renacimiento del jusnaturalismo, luego debilitado al desnudarse rasgos ideológicos, algo semejante a lo protagonizado en contrapartida por el positivismo, incongruente con el relativismo axiológico propugnado por Kelsen. Es en este escenario donde se producen las aportaciones de Eduardo García Máynez para la superación del debate positivismo jurídico vs. jusnaturalismo, que oportunamente darán lugar para que Rodolfo Vázquez discurra con un sólido comentario, ahora editado como primer capítulo de este libro.

Piensa Vázquez que las discusiones más interesantes en la materia desde los años sesenta hasta nuestros días no han tenido lugar entre los jusnaturalistas y positivistas más recalcitrantes y estrechos, sino que fueron producidas por aquellos que sostienen las versiones más laxas y en consecuencia aptas para la confrontación constructiva. “He escogido el pensamiento de Hart porque creo que a partir de su obra y de la polémica generada en torno a la misma se puede ilustrar, en todo su alcance, el debate contemporáneo”, para argumentar, parafraseando observaciones de Fernando Salmerón, que la importancia de aquel pensador radica en que “vuelve a las fuentes del liberalismo para dar lugar a la conciencia moral evitando que el derecho intente suplantarla. La distinción entre derecho y moral permite salvaguardar los fueros de la conciencia moral y constituirse ésta, en todo caso, como último tribunal que decide sobre la obediencia o no del derecho”.

Más adelante, opina que “la crítica más importante y completa que analiza el modelo del positivismo jurídico defendido por Hart ha sido, sin duda, la obra de su sucesor en la cátedra de Oxford, Ronald Dworkin”, en la que encuentra buen paño para cortar y confeccionar un meticuloso ensayo. En el mismo incluye comentarios a otras polémicas, como las sostenidas por Herbert Hart con Lon Fuller o Patrick Devlin, que como siempre sirven a Vázquez para hilar fino y delinear su propia postura filosófica. Como el propio autor dice, la filosofía del derecho presenta un “carácter bifronte”, teórico y práctico a la vez, dado que, con palabras de su maestro y amigo Ernesto Garzón Valdés, “por su objeto mismo no sólo ha tenido que ocuparse de problemas teóricos sino que se ha visto obligada a mantener contacto estrecho con la realidad social en uno de sus aspectos más relevantes, a saber, el de la regulación coactiva del comportamiento humano”.

El pensamiento filosófico es antípoda del estéril juego virtual, su razón obedece al imperativo ético de inteligencia en torno a las emergencias de su momento. “Moral y derecho” y “Derecho y poder” son los subtítulos que sirven para estructurar el volumen en el que se abordan los acuciantes e ineludibles problemas suscitados por el aborto, la procreación asistida, la experimentación con embriones o la clonación. También los inherentes al Estado democrático de derecho, por lo general imbricados con el proceso que califica de “desmitificación y crisis” del fenómeno de la globalización, relativos a derechos humanos, tolerancia, corrupción, sanciones, terrorismo o las temibles actuales versiones del patriotismo, entre otros.

En un trabajo con tales características no podrían faltar sustanciosas alusiones a la reactualización polémica en el ámbito de la filosofía política entre hegelianos “comunitaristas” y kantianos que propugnan por un punto de vista moral independiente de la pertenencia étnica o nacionalitaria; así como a las dos más prominentes encarnaciones del realismo jurídico, como son, respectivamente, la llamada escuela de los Critical Legal Studies y la pujante vertiente del Análisis Económico del Derecho.

Esta obra reafirma a Rodolfo Vázquez como uno de los más conspicuos animadores del debate en el agitado ámbito de la filosofía del derecho con una prolífica actividad que incluye tanto la labor señera de Isonomía como del Seminario Eduardo García Máynez, que a lo largo de 15 años viene funcionando como privilegiado foro internacional en el que se dan cita connotados intelectuales de numerosos países que tanto contribuyen al enriquecimiento de las investigaciones en nuestro medio como a su difusión fuera de sus fronteras.

Previsiblemente, éste es otro trabajo con el inconfundible sello de calidad de la casa. En él, Rodolfo Vázquez exhibe sus más encomiables virtudes intelectuales, como el ojo clínico para detectar con precisión el meollo filosófico de una situación y la aguda comprensión de sus derivaciones prácticas; la sutileza, claridad y consistencia conceptual en su exposición; la mano firme para el trazo sobrio y elegante; pero por sobre todo, la honestidad y valentía para afrontar el compromiso de la novedad histórica, acicate por excelencia para la creación del filósofo. n