LOS EXPATRIADOS INVISIBLES

POR DIANA ANHALT

En la década de los años cincuenta, Estados Unidos vivió la opresora época del macartismo, en la que se persiguió lo mismo a escritores de Hollywood que a sindicalistas, a militantes por los derechos civiles y, por supuesto, a los miembros del Partido Comunista. Decenas de familias estadunidenses, víctimas de la persecución, emigraron entonces a México. Presentamos un testimonio de ese exilio político tan poco conocido en nuestro país.

Nunca me dijeron mis padres por qué, de la noche a la mañana, abandonamos Nueva York y huimos a México, pero en cierto nivel de la conciencia yo lo sabía, así como también sabía que sería mejor no preguntar. Al fin y al cabo, mucho de lo que se dice en las familias se compone de silencios, medias vueltas, un rostro encendido, una mano cerrada en puño. Sólo años más tarde comenzaría a comprender que la política radical de mis padres conllevaba más responsabilidad por nuestra emigración que, como había supuesto anteriormente, una compulsión suya por hacerme la vida desgraciada. Sea como fuere, estábamos en 1950, y para entonces había comenzado ya a arraigarse extensamente la percepción de que los comunistas estadunidenses estaban coludidos en una conspiración mundial organizada contra su propio país. El pueblo tenía miedo: había atestiguado el potencial destructor de la bomba atómica, el fortalecimiento de la posición soviética en Europa oriental y el triunfo de los comunistas chinos en 1949. Y ahora que Estados Unidos estaba involucrándose en la guerra de Corea, el ambiente nacional era presa de la disensión.

Durante los años del New Deal se incrementó el antagonismo del sector conservador en el Congreso, produciéndose como consecuencia la época conocida como macartismo. En el centro de un escenario personificado por una retórica anti-roja, una legislación restrictiva, juramentos de lealtad y una serie de audiencias políticas, cientos de radicales se escabulleron en busca de refugio… entre ellos mis padres.

No estaban solos. Durante la década de 1950, más de sesenta familias fueron llegando a México por razones políticas y, una vez pasado el peligro, regresaron a su país. Entre sus filas se contaban veteranos de la guerra de España, residentes extranjeros “indeseables” en Estados Unidos, organizadores del Partido Comunista y activistas sindicalistas, escritores de Hollywood y testigos “hostiles” en audiencias estatales y del Congreso. Algunos eran miembros o ex miembros del Partido Comunista, otros no. Ellos fueron las víctimas —o víctimas en potencia— de los comités de lealtad, los de investigación, las listas negras, la legislación represiva y de los delatores. Para muchos, el deterioro del clima político en el país, igual que las luces de señalización en un cruce del ferrocarril, representaban peligro. Para ellos, la democracia estaba siendo sustituida por el fascismo.

Aun cuando las circunstancias que rodeaban sus decisiones personales respecto al exilio fueran diferentes, las razones para decidirse por México eran más o menos las mismas. Por una parte, los expatriados políticos seguían sencillamente una tradición consagrada a través del tiempo desde los primeros días del bandidaje. Cuando la situación personal amenazaba volverse desagradable o tal vez intolerable, los estadunidenses cruzaban la frontera para escapar de la justicia que pretendía procesarlos, para zafarse del pago de impuestos, huir de un cónyuge vengativo, evitar el elevado costo de la vida o salvarse de la represión política y religiosa.

Por otra parte, muchas de las características mexicanas en cuanto a política, economía y sociedad habrían de favorecer a quienes abandonaban Estados Unidos. El país podía brindar cierto grado de seguridad frente a la persecución y también la posibilidad de vivir confortablemente, educar a los hijos y comprobar de cerca lo que estaba pasando “en casa”.

Los que ya habían visitado México o tenían amigos aquí, estaban al tanto de que lo flexible que era el sistema judicial mexicano se podía resumir en la frase: “Cuando la cosa se pone al rojo vivo siempre se puede llegar a un arreglo”. También sabían de la política liberal del presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940), que había brindado asilo a un personaje tan polémico como León Trotsky, abierto las puertas a quienes huían del fascismo en Europa, y fomentado la diversidad política durante su régimen. En los círculos progresistas se admiraba mucho su tolerancia, que creaba una imagen alentadora, aunque ya no totalmente realista, de México, a los activistas políticos en fuga.

Además, era uno de los dos únicos países que no imponían requisitos de pasaporte a los ciudadanos estadunidenses (el otro era Canadá). Puesto que el gobierno de Estados Unidos ejercía el derecho de negar documentos de viaje a todo sospechoso político, muchos disidentes se veían en la imposibilidad de irse a otra parte. Hubo que esperar a junio de 1958 para que la Suprema Corte limitara al Departamento de Estado de la facultad de restringir la movilidad individual.

No sólo carecían de pasaportes, la mayoría de los desterrados disponían de pocos recursos y algunos de los que habían estado en buena situación gastaron sus ahorros en batallas jurídicas. Por haber visitado México anteriormente, sabían que la vida era más barata aquí que en Estados Unidos, lo cual habría de permitirles vivir mejor con ingresos mucho más modestos. Sin contar que en cuanto obtuvieran documentos de trabajo podrían iniciar algún negocio o, eventualmente, obtener empleos.

Uno de los inconvenientes que presentaba la posibilidad de establecerse en México era la necesidad de hablar un nuevo idioma. Pocos de los expatriados hablaban español, pero les ayudaron a adaptarse hasta que aprendieran los programas acreditados de enseñanza en inglés para sus hijos y la existencia de una tradición bilingüe —muchos habitantes de las ciudades solían hablar inglés.

Para los optimistas, la ubicación geográfica de México se prestaba a pensar en la huida como un expediente temporal, como quien sale de viaje. Algunos llegaron en automóvil y todos tenían la opción de regresar en cuanto las cosas se calmaran. Cuando dejaban tras de sí sus casas, sus negocios, sus padres ancianos e hijos en edad de asistir a la universidad, muchos consideraron que la ida a México constituía una interrupción de su “verdadera vida”. Los que podían darse el lujo de sopesar todos esos factores antes de emigrar, lo hicieron. Pero hubo ocasiones en que la situación se había vuelto, o amenazaba volverse, tan difícil que no les quedaba ya nada que perder. El abogado de la familia decía: “Miren ustedes, las cosas van a empeorar antes de mejorar, de modo que vayanse. Ya les avisaré en cuanto puedan regresar sin correr riesgos”.

Algunos llegaron con poco más que la ropa que traían puesta y la dirección del amigo de un amigo, que podría alojarlos una noche. Los refugiados atravesaban la frontera a pie, en auto, en tren, en avión, a veces usando nombres falsos. Muy pocos fueron los que disfrutaron de apoyo del partido y de asistencia hasta que se les pudiera enviar a otra parte. Hubo quienes permanecieron tan poco tiempo que apenas quedarían poco más que leves huellas en su memoria de su estancia en México; un puñado de ellos fueron detenidos a la fuerza por funcionarios locales, probablemente empleados por el FBI, y enviados de vuelta a Estados Unidos; muchos se quedaron un año o dos, y unos pocos dejaron sus huesos en tierra mexicana.

Algo que todos aprendieron durante su estancia en México fue a guardar secretos. Aun cuando habían salido de Estados Unidos, la vida en México no carecía de peligros: algunos fueron chantajeados, expuestos por la prensa, arrestados, deportados o presionados a regresar a su país y someterse a juicios. Cuando esto pasaba, se vieron imposibilitados de acudir a su embajada. El FBI, así como la CIA —aunque ésta en menor grado—, en colaboración con el gobierno mexicano, seguían de cerca sus movimientos.

En el caso de mis padres había buenas razones para guardar secretos. Desde luego, de haber algo de verdad en los informes que de ellos llevó el FBI durante veinte años, se puede comprender por qué dejaron el Bronx. De acuerdo con sus expedientes, pertenecieron al Congreso de Derechos Civiles, al Comité Nacional Pro-Paz, a los Ciudadanos Progresistas de América, a la Juventud Americana Pro-Democracia, a la Liga de las Juventudes Comunistas y a la Orden Internacional del Trabajo, todos, más o menos afiliados al Partido Comunista. (También se decía que eran miembros del partido.) Además, mi padre fue mencionado como dirigente en Parkchester del Partido Americano de los Trabajadores (ALP), un grupo político de presión de corta duración pero mucha influencia, que apoyaba a diversos candidatos progresistas a puestos locales, estatales y federales —incluido él; fue candidato del ALP a la comisión legislativa de la ciudad de Nueva York en 1950.

Aun cuando partimos de la noche a la mañana, nos las arreglamos para llenar cuatro maletas, tres bolsas de mano y dos cajas. (Las cajas nos fueron enviadas más adelante y tardaron casi un año en llegar.) Recuerdo que mi padre empacó sus discos de jazz. Trajeron la máquina de escribir y dos lienzos pintados por mi tío Hermán. Mi madre, cuya capacidad culinaria pocas veces pasaba de abrir una lata de atún, insistió en empacar su Settlement Cookbook. (Eran tan poco frecuentes sus incursiones en la cocina, que podía almacenar ejemplares del periódico comunista, The Daily Worker, en el horno.) Se me permitió traer mi cámara Brownie, mis patines para hielo, un ejemplar de los cuentos de Hans Christian Andersen y una falda de tirantes de pana gris con corazones y flores rojas que me encantaba.

Verme transportada de la noche a la mañana de la grisura del Bronx en noviembre a la ciudad de México, más feria que ciudad, con los cielos más azules que había visto en mi vida, con música en las esquinas —marimba, guitarras, cilindros y las fachadas de las tiendas de todos los colores de la guacamaya— resultaba un choque tan fuerte como el que sintiera mi abuela inmigrante, recién salida de su shtetl polaco, al llegar a Nueva York. México, donde cada día amanecía lleno de promesas, como esos billetes de lotería que ofrecían en las calles, me hacía sentir, a pesar del resentimiento contra mis padres, como si estuviera emergiendo para aspirar una bocanada de aire después de haberme pasado la vida bajo el agua.

En 1950, la ciudad de México no se prestaba al odio de una niña. Esto era verdad a pesar de su extravagante chifladura. ¿Cómo iba una a odiar una ciudad en la que el mejoramiento urbano consistía en pintar una línea a lo largo del centro de una calle de un solo carril, convirtiéndolo en dos, y donde matorrales de hierba pisoteados ostentaban letreros diciendo: “No pise el pasto”? (Mi papá nos convenció de que significaba: Don’t piss on the grass, o sea, “No orinen en el pasto”, y mi hermana y yo nos retorcíamos de risa cada vez que veíamos uno.) Un lugar predilecto para las excursiones dominicales era el cementerio. Familias enteras se pasaban el día alrededor de las tumbas familiares —me dijeron que era para hacerles compañía a sus muertitos— mientras los niños lanzaban sus balones contra las lápidas. Decorar las calles para Navidad significaba enrollar luces de colores en los troncos de las palmeras. Los chiquillos de la calle se lanzaban delante de autos que se acercaban, agitando franelas rojas y gritando “¡Olé! ¡Olé!”. ¿Cómo iba yo a odiar una ciudad así?

Mis padres llegaron con los ahorros de toda su vida: mil dólares. No sé por qué me lo dijeron pero sí recuerdo lo que pensé: que era una cantidad inmensa, y me molestó que ciertos lujos importados, como los frijoles enlatados Heinz, no estuvieran al alcance de mis deseos. (Con mil dólares a su disposición ¿eran capaces mis padres de negarme ese placer?) Sólo en la actualidad soy capaz de imaginar con qué ansiedad tuvieron que enfrentarse a la realidad de tener que ganarse el sustento en un país extranjero: no hablaban español, no tenían grandes ahorros ni papeles de trabajo, y sus habilidades eran harto escasas. Pero como eran hijos de la depresión, tenían poco que perder. Al cabo de varias semanas mi madre había encontrado un empleo —ilegal, puesto que aún carecía de los documentos necesarios— de secretaria en el bufete de abogados de Goodrich, Dalton & Little, donde el español no era necesario. Su salario, una miseria comparado con lo que habría ganado en un puesto similar en Estados Unidos, le permitió contratar a una sirvienta que nos cuidara al salir de la escuela.

Mi padre, que había sido agente de ventas de una compañía impresora, alquiló un espacio en una pequeña florería de la avenida Juárez donde vendía lámparas que había confeccionado a base de estatuillas coloniales y figuras precolombinas que había comprado en mercados y pueblos cercanos. También vendía exvotos o milagros. Colgados en las iglesias, se ofrecían en agradecimiento por milagros realizados, tales como resucitar cadáveres, preñar a mujeres estériles y devolver la vista a ciegos. (Un milagro mayor aún habría sido que mi padre hubiera podido ganarse la vida vendiéndolos.)

Convencido que tal negocio no conduciría a nada, el hermano más joven de mi madre, que fabricaba componentes electrónicos en Estados Unidos, sugirió a mis padres que aprovecharan su estancia aquí estableciendo una empresa de representación y ventas que les permitiera importar y distribuir sus productos, esenciales para la industria de la televisión en México, que todavía estaba en pañales.

Con gran asombro de todos, la empresa tuvo éxito. Por lo general, muy pocos refugiados políticos lograron obtener algo más que ingresos modestos, y la mayoría regresó a Estados Unidos en menos de diez años. Mis padres constituyeron la excepción: al cabo de seis años pudieron construir una casa. Veinte años más tarde se retiraron de los negocios, se inscribieron en la universidad —algo que no pudieron hacer de jóvenes— y una vez que consiguieron pasaportes, tuvieron otras opciones. Para ellos, el país les había ofrecido oportunidades y les brindó santuario sin hacer preguntas.

Para cuando regresaron a Estados Unidos en el momento culminante de la era reaganiana, a principios de la década de 1980, México había dejado de ser el delicioso y extravagante país de las maravillas de treinta años atrás. Había crecido hasta convertirse en una metrópoli atestada de gente, presa de la delincuencia, la contaminación y el exceso de población. Y también ellos habían cambiado. Anhelaban la seguridad y las comodidades que podían tener a su alcance en Estados Unidos ahora que ya eran viejos: médicos, transporte público confiable, comidas congeladas y calefacción central. Y se habían convertido en capitalistas, claro que no en su ser interior pero sí en la manera en que habrían de seguir viviendo.

Ya casi nada queda de sus treinta años en México: yo me cuento entre los pocos que los recuerdan, a ellos y a los demás desterrados invisibles que permanecieron tan poco tiempo en este país.

No hace mucho leí que los incas les quitaban los pies a las víctimas del sacrificio que se quedaban cuidando las tumbas de sus nobles, de modo que no pudieran escapar. A sabiendas de que seguiré en México, siento como si yo también —por lo menos simbólicamente— hubiera perdido mis pies y no pudiera nunca más dar la espalda voluntariamente a esta tierra que brindó santuario a tantos de nosotros durante tiempos difíciles. n