El conocimiento de las mujeres, la lucidez callejera y la desconfianza innata del sobreviviente son atributos comunes en los personajes de Fonseca.

Si bien un cuento no tendría que hacernos las cosas sencillas, tampoco tendría derecho a hacernos sufrir. Sin embargo, los buenos relatos carecen de moral, no están hechos para adaptarse a un humor o para cumplir ciertos requisitos psicológicos o formales. Suelen tornarse peligrosos cuando se enfrentan a un lector indefenso, o insulsos cuando caen en las manos de un pervertido. Un personaje de Rubem Fonseca dice que los buenos escritores son quienes llenan el corazón y la mente de sus lectores de miedo y horror. Lo hacen porque la vida es eso: miedo y horror. Qué más podría pedirse a la literatura si no es abrirnos por un momento las puertas de un horror verdadero, ofrecernos un resquicio para mirar durante unos instantes el vacío, la nada. El mismo personaje de Fonseca, aludiendo a Albert Camus y a Bataille, recuerda que la belleza posee algo de inhumano, tanto que si la deseamos es sólo por la alegría que nos causa cuando es profanada. Una belleza intacta no sólo inspira aversión, sino también inmensos deseos de profanarla, de transgredir su impudicia: solamente un maniático o un despistado desearía que la belleza permaneciera intacta. En Rubem Fonseca los relatos asumen esta incomodidad por la belleza: son breves historias de la amargura, de la crueldad cotidiana con que la vida nos recuerda que carecemos de un destino: son también historias recorridas por una tristeza sosegada aun cuando la violencia se exprese a través de actos tan comunes como la violación o el asesinato. En “Angeles de las Marquesinas” (La Cofradía de los Espadas, Cal y arena, 2000) una ambulancia se detiene a medianoche para ofrecer auxilio a un indigente que duerme bajo la marquesina de un banco, sin embargo los enfermeros tienen como verdadero motivo de su generosidad el comercio clandestino de órganos humanos. Mientras la ambulancia recorre la ciudad en busca de nuevas víctimas, un solitario jubilado se lamenta de que sus mejores días sean cosa del pasado. Cierta noche, durante uno de sus paseos nocturnos, el jubilado descubre a los camilleros levantar de la acera a un desamparado y decide  sumarse a su cruzada: ha encontrado una oportunidad para demostrar que aún puede ser un hombre provechoso. Si en un principio sus servicios son rechazados, su insistencia es tanta que los recolectores terminarán por aceptar su participación. El jubilado no se imagina que culminará sus días atado a una camilla con el cuerpo abierto y destazado. Si el sufrimiento, como pensaba Dostoievski, es la única manera de tomar conciencia de las cosas, los relatos que en varios libros ha escrito Rubem Fonseca son un camino para hacer del sufrimiento una experiencia profunda. Y, sin embargo, su escritura no persigue el conocimiento moral ni tampoco muestra una inclinación al martirio: sabe por intuición que una conciencia trágica penetra hasta un punto donde la vida no puede escabullirse ni ampararse en optimismos ridículos.

En vista de que la beneficencia pública no puede abastecer a todos los pobres de la comunidad, un viejo tiene que elegir entre una nueva dentadura postiza o una silla de ruedas. Así comienza Fonseca su libro Pequeñas criaturas (Cal y arena, 2003), conjunto de relatos drásticos, certeros en cuanto sus historias marcan con sabiduría sus límites: o una silla para desplazarse o una dentadura para no causar asco. No tiene caso extender los límites de nuestras acciones si a fin de cuentas las cuestiones vitales se resuelven dentro de márgenes estrechísimos. En “Ganar la partida” (Pequeñas criaturas) Fonseca propone un camino para mitigar el peso de la pobreza: si bien el personaje del relato, un mesero, sabe que puede trabajar durante toda una vida en busca de un poder que seguramente jamás obtendrá, considera menos iluso equilibrar las cosas asesinando a un rico. De esa manera gozará de un poder que su economía no le permite: matar a un rico y continuar viviendo. Los relatos de Fonseca no son artificiosos, ni tampoco se consumen en una retórica abundante. Como si su brevedad o su rudeza se apoderaran de la hoja aun antes de que el escritor llegara para tomar control: son relatos que se ofrecen como unidad natural, sin palabras de más ni objetivos trascendentales: “Ya no existen palabras ásperas, todas se volvieron lisas de tanto rodar por los altoparlantes”.

En la literatura de este escritor brasileño se presiente un basamento cínico que descree no sólo de las utopías pomposas sino también de las propias letras. Como el antiguo cínico que lleva todas sus pertenencias en su propio cuerpo, Fonseca no levanta monumentos o casas con palabras, sino más bien hace de la literatura un arma para habitar territorios inhóspitos. Así, no es difícil hallar en sus cuentos una suerte de máximas mundanas o pistas empíricas para sobrevivir, sentencias nada teóricas que tienen más que ver con lo vivido que con lo pensado. En “Tratado del uso de las mujeres” (Pequeñas criaturas) un personaje dice que jamás va a la cama con una mujer que le muestra demasiada confianza: el corolario es que esta misma mujer, seguramente, habrá confiado también en otros hombres tan promiscuos como él mismo. El conocimiento de las mujeres, la lucidez callejera y la desconfianza innata del sobreviviente son atributos comunes en los personajes de Fonseca. En “La Cofradía de los Espadas”, relato que da título a uno de sus libros más recientes, varios hombres deciden formar una hermandad que considere el sexo como la única actividad humana importante: “La cópula es lo único importante para el ser humano. Coger es vivir, no existe nada más…”. Avituallados con un puñado de mitos históricos, los cofrades espadas concluyen que sin eyacular serían capaces de hacer el amor seis veces al día. No tiene caso eyacular —piensan, parafraseando a Flaubert— si una onza de esperma perdido fatiga más que tres litros de sangre. Sin embargo, aun cuando tienen éxito en sus extensas jornadas sexuales, las mujeres que se acuestan con ellos comienzan a extrañar el líquido blanco y a la postre dejan de sentir placer: el sexo para ellas no tiene sentido sin la presencia de la leche seminal. Este imprevisto rechazo femenino provoca el rotundo fracaso de los espadas, pues ellos tampoco obtienen gozo alguno si a su vez no proporcionan placer.

El peso sanguíneo es esencial en la escritura de Rubem Fonseca: la cínica certeza de que los placeres intelectuales son a fin de cuentas prescindibles y de que el cuerpo es el único territorio donde la utopía puede llegar a ser posible. Desde los cínicos antiguos, pasando por los goliardos medievales hasta los románticos modernos nos encontramos cíclicamente con una especie de hombre singular que no concibe el cuerpo si no es como manifestación de la muerte: sólo así puede el cínico despreciar los ideales comunes y entregarse a un hedonismo que lo acerca a los animales. El cínico busca colocarse lo más lejos posible de los espejismos retóricos o políticos y se burla de quienes piensan que pueden escapar de la muerte. El filósofo cínico —escribe Peter Sloterdijk en Crítica de la razón cínica— es alguien que no se asquea y en eso está emparentado con los niños que todavía no saben nada de la negatividad de sus excrementos. En “Copromancia”, relato que abre el libro Secreciones, excreciones y desatinos (Cal y arena, 2003), un hombre, dueño de una acendrada afición por las heces, interpreta el futuro en los distintos alfabetos que encuentra en el excusado (el pasaje donde le pregunta a su propia mierda acerca de si una mujer será el amor de su vida es un tanto desolador). Este amor por el excremento aparece también en “Viaje de bodas” (Historias de amor, Cal y arena, 1999), relato en el que una pareja de recién casados, destinada a fracasar, se redime cuando el novio descubre las heces de su amada. Entonces el amor renace y el anodino viaje de bodas se transforma en una aventura lujuriosa.

La animalidad o el primitivismo, constantes en los relatos de Fonseca no se oponen de ningún modo a la variedad de sus temas, a su desordenada erudición o a la extraña liviandad con que teje sus historias. Cuando uno cree que ha encontrado la ecuación de su escritura, el brasileño se escapa escribiendo una historia extravagante o inesperada: quien crea que puede tenderle una trampa a un cazador tan avezado se equivoca. La muestra es aquel relato, “Le” (La Cofradía de los Espadas), donde se narran los problemas que pasan varios hombres para ocultarle a una mujer, protectora de los derechos humanos, que en una población brasileña se continúa practicando el lanzamiento de enano, es decir la competencia donde varios hombres corpulentos lanzan enanos como en cualquier competencia de bala olímpica. En otro cuento, “El globo fantasma” (El agujero en la pared, Cal y arena, 1997), un grupo de personas busca evitar que los fanáticos creadores de globos aerostáticos incendien los bosques, pues una vez que las efímeras naves terminan su viaje se desploman en llamas sobre los árboles. Uno de estos globeros responde a las acusaciones de los ecologistas exclamando que se caga en ellos y en los tribunales: “Nuestro pleito —dice— es con la ley de Newton”. En contraparte a estas raras historias, la pesquisa policiaca es uno de los temas más comunes en la literatura de Fonseca: el policía empírico que cultiva su propia idea de justicia o el hombre rudo que se enfrenta a los criminales en su propio terreno son constantes en sus relatos; sin embargo, desde mi punto de vista, se trata de una afición un tanto secundaria. La deducción lógica o los pasos que siguen los policías para encontrar a un asesino son más parte de una tradición manierista propia de un género bastante explotado que de una literatura personal como la de Fonseca: desde los violentos policías que concibió Chester Himes hasta los detectives perdedores e instintivos de las novelas de James Elroy, Joseph N. Gores y Walter Mosley, la literatura negra ha sido casi colmada. Fonseca está más allá de los territorios del subgénero, es un escritor humanista que habita la literatura con la sabiduría de un condenado a muerte. Como punto final transcribo un párrafo incluido en un relato de Fonseca que nos aproxima aún más a este lúcido escritor octogenario: “A ningún escritor le gusta realmente escribir. Me gusta amar y beber vino; a mi edad no debería perder tiempo con otras cosas, pero no consigo parar de escribir. Es una enfermedad”. n