CAMPO ABIERTO

EL CAMBIO

POR SILVIA TOMASA RIVERA

Ir a buscar al asesino de su marido

a Bocasierra, no era la única razón

por la cual mi madre

quería irse de Lerdo, dejando atrás

la historia de su vida.

Había otra muy poderosa:

el despojo de sus bienes

del que había sido objeto

por parte de la familia de mi padre,

desde el momento en que un gallero

trajo la triste noticia de su muerte.

Noticia que mi madre no creyó,

hasta que el arriero Cipriano

se lo dijo en su cara, y pudo ver su tumba.

Pero la familia, desde antes,

instalada por el tío Faustino Palomo

había comenzado a herrar

el ganado recién nacido

con un fierro diferente

al que mi madre conocía.

También habían vendido las tierras

falsificando firmas en común acuerdo

con el notario de Lerdo.

Buenaventura del Angel no tenía familia.

Desde los quince años perdió a su madre,

después sus hermanos mayores se fueron a la frontera

y nunca supo de ellos.

Mi abuelo, su padre, era caporal.

Y cayó desnucado

amansando un potro, precisamente

de la familia Palomo, a quien servía.

Desde luego que cuando se juntó con mi padre

le costó trabajo a la familia ver la diferencia

entre la hija del caporal y la esposa.

Ahí empezó el problema, la sojuzgación, y el rechazo.

La cosa se agravó

cuando le nacieron sus tres hijas,

y el anhelado varón que reivindicaría

la irregular unión, nunca llegó.

Después de todo, la familia Palomo

era de las más poderosas

en los alrededores de Lerdo.

¿Qué podía esperar Buenaventura del Angel

de los hermanos de su marido?

Niñas vamos a empacar.

 Mi madre tenía un dinero ahorrado

del que le daba mi padre

cuando ganaba en las peleas de gallos.

Había vendido las vacas

y la casa de Lerdo

se la había dejado a plazos,

en un precio simbólico a mi padrino Pedro Zumaya

quien fuera el mejor amigo de mi padre.

De los terrenos, ni hablar,

todo estaba perdido.

Parte del trato de la casa

fue que mi padrino nos llevara

a Bocasierra en su camioneta de redilas

donde transportaba el ganado.

Y así nomás, sin despedirnos de nadie

una madrugada tomamos el camino

a Bocasierra.

No llevábamos miedo, ya conocíamos.

Cuando salimos apenas amanecía

y ya se sentía el calor del ambiente.

Lerdo estaba a treinta kilómetros del mar.

Un escalofrío me recorrió completa:

dejar la tierra, los amigos, la casa.

Mis hermanas se durmieron

todo el camino, pero yo

no podía contener el llanto.

Atrás quedaban el mar

y los recuerdos; al frente,

un pueblo desconocido

rodeado de montañas

donde los montes ardían

sin que nadie hiciera nada.

—¿Y la escuela, qué va a pasar

con la escuela mamá?

—También allá hay escuelas

y si no te gustan estudiarás

por tu cuenta. Eso no es importante,

lo importante es que vamos

a estar cerca de tu padre.

—Pero papá está muerto.

¿Acaso no leíste que vive

en el viejo panteón de Bocasierra?

Me recargué en mi madre.

En la batea de la camioneta

mis hermanas se habían despertado

y reían como si conocieran su destino.

Nunca, ni en un mal sueño imaginé

mi casa fragmentada:

los muebles y utensilios regados

por el patio de doña Remedios,

cubiertos solamente con plásticos y lonas

de las que usan los rancheros de Bocasierra

para cubrir la madera clandestina

que bajaban a medianoche

por el filo de la sierra.

La gente preguntaba con morbo:

¿Quiénes son ellas?

¿De quién son estas cosas?

Don Manuel y doña Remedios

 respondían en voz baja:

son de la viuda y las hijas de Remigio Palomo,

el que fue marido de la Halconera.

Eso bastaba para que la gente

nos mostrara simpatía.

—¿Van a vivir aquí?

Mi madre respondía:

—Vamos a comprar un rancho

cerca del pueblo, y algún ganado.

Mis hijas y yo sabemos trabajar.

El rancho fueron siete hectáreas

cerca del panteón y a orilla

de la carretera, entrando al pueblo

como quería mi madre.

Con la ayuda de unos peones

pusimos un letrero a la entrada.

Desde diferentes puntos de la montaña

podía leerse. Rancho Las Palomas,

 y con letras más chicas:

Propiedad de Remigio Palomo y familia.

Varios meses nos llevó adaptarnos

a la nueva tierra.

Una vez terminada la casa

pusimos una tienda

de sustitutos alimenticios para ganado.

La gente iba con el pretexto de comprar,

en realidad querían ver qué suerte corríamos.

Cuatro mujeres solas al pie del monte,

no era algo que fuera común

en aquellos lares.

Tenían que acostumbrarse a vernos pasar

y saludarnos como si nos conocieran.

 La Halconera mandaba a sus espías

a comprar forraje

a pesar de que en su casa de El Crucero

ella tenía su propio negocio.

Cipriano el arriero era el encargado

de tenerla al tanto de nuestras vivencias.

También iba Pilar Leal, su cocinera.

La Halconera estaba inquieta,

pasaba en su camioneta frente a nuestra tienda

y nunca volteaba.

Nosotras sólo la conocíamos de perfil.

La acompañaba una sobrina suya

que respondía al nombre de Rocío.

Tendría unos 16 años,

 justo la edad de mi hermana Irene.

Por alguna razón Irene y Rocío

comenzaron a hacerse amigas,

a escondidas de mi madre, claro.

A la gente del pueblo se le hacía normal

y yo no entendía cómo mi hermana

no la odiaba, si vivía en la casa

de la mujer que se trajo a mi padre

a enfrentar su muerte.

FRAGMENTO DEL LIBRO LA HALCONERA, DE PRÓXIMA PUBLICACIÓN.