¿QUIÉN NO DISCRIMINA?

POR ANGELES MASTRETTA

Alguna vez recomendó Julio Cortázar: “Cuenta la historia como si sólo fuera de interés para el pequeño círculo de tus personajes, pensando en que podrías ser uno de ellos”. Lo recuerdo y encuentro que quizás por eso me está costando escribir sobre la discriminación pensando en un público como el de Nexos. Creo que el pequeño círculo de mis personajes ya conoce la historia y que, dado que yo puedo ser uno de ellos, más que decir algo nuevo tendría que comentar algo sobre la que ya conocemos: la historia de discriminación y espanto que ha cabido en estos siglos nuestros, ¿Y en cuál siglo no? A mí no me ha dado por lidiar con las ciencias sociales, con la ciencia política, con la ciencia feminista, con la economía ni, más arduo aún, con la ciencia de lo políticamente correcto. por eso me cuesta trabajo hablar de discriminación sin sentir que corro el riesgo de meterme a un pantano pretendiendo perorar sobre lo que desconozco, explicar lo que no entiendo o pontificar sobre teorías, tesis. contra tesis y litigios en torno a los que tengo un punto de vista, al parecer común entre quienes me rodean, pero nada más.

Como puede esperarse de cualquiera con tres centímetros de información, cinco minutos de buena voluntad y un rato de estancia en los siglos XX y XXI. yo ni siento, ni pienso que los amarillos, los cafés, los güeros. los negros, los suecos, los indígenas, los judíos, los budistas, los guadalupanos, los holandeses, los esquimales, los gringos, los chilangos, los de Chetumal, los de Oaxaca, los de Pachuca o los de Mexicali son inferiores o superiores a nadie. Creo que todo ser humano tiene derecho a tener, disfrutar, padecer y lamentar lo que los demás. Creo también lo evidente: esta maravilla teórica no se cumple a cabalidad y muchas veces se nos muestra como una fantasía que al parecer no será nunca sino eso. Peor aún: hemos visto, sabemos, seguimos viendo y veremos cómo a diario se violenta lo mejor de la especie humana. sus mejores sueños, su más atrevida generosidad. Dicho todo esto, y una vez a salvo mi buena conciencia y mi necesaria consideración del mal como algo que nos persigue, me atrevo a esgrimir mi muy particular derecho a poner sobre la mesa en que de esto hablamos, mi creencia en la proclividad de los seres humanos por los seres humanos.

Sé que mi fe no es muy compartida y que sobran las pruebas en contra de ella. Vuelvo a decir que estoy al tanto de que a lo largo de toda la historia conocida y seguramente la desconocida, abundan contundencias de que la especie humana es capaz de odiarse, marginarse, devastarse sin más límites que los de su imaginación y sus fuerzas. Sin embargo, a pesar de cuanto he visto y conozco, cuanto no he visto pero sé, yo no quiero despojarme de la certidumbre de que son más y más cruciales los seres humanos que todos los días ponen en la vida lo mejor de sí mismos, no discriminan, eligen, no maltratan, mejoran el mundo, no lastiman, no detestan, no odian, sí perdonan, sí se estremecen con la naturaleza, si la respetan, sí se detienen con devoción frente al milagro diario del amanecer, sí procuran a los demás, sí los lastima la miseria de otros, sí le buscan un remedio, sí están dispuestos a ceder, no usan la palabra tolerancia porque no necesitan tolerar: comprenden y acompañan. Yo trato de vivir cerca de ellos y la mayor parte de las veces lo consigo.

Siento muchísimo parecer frívola, pero dado todo lo que sabemos de nuestros males, dado cuanto proclaman los profetas de la catástrofe, me parece necesario decir que no sólo hace falta, en esta mesa nuestra que es Nexos, el recuento de los horrores de la discriminación, que no sólo es imprescindible volver al tema una y otra vez, sino que también necesitamos pensar y proclamar las virtudes y aciertos de la especie humana.

Por la salud de nuestra cabeza y nuestro espíritu debemos recordar la otra parte. Porque no recordarlos es discriminar a quienes ni cometen infamias, ni las soportan. Discriminar a quienes han descubierto el orden de las estrellas, olvidar a Mozart, a Quevedo, a Cervantes, a Remedios la bella, a quienes dilatan nuestra imaginación con el recuento prodigioso de la genética y sus beneficios, a quienes encontraron la penicilina, las aspirinas, los anticonvulsivos, los aviones, el cine. Concentrados en la maldad de Bin Laden o en la de Bush como en lo único o lo más representativo que ha dado nuestra especie, podemos olvidar la mente de Freud, la de Galileo, la de Juana de Asbaje y Leonardo Da Vinci.

Hay quienes se olvidan, marginan y discriminan de sus ensayos, sus novelas, sus películas o sus conversaciones a los hombres y mujeres que gustan del mundo y no lo agreden. Así como pueden enumerarse hasta el infinito las perversiones, pueden sumarse la generosidad y las maravillas de que son capaces los humanos.

Hecho mi punto y dada mi natural proclividad a la dispersión les propongo que juguemos un rato con la buena conciencia de las buenas conciencias y nos dispongamos a reírnos de sus exageraciones, su gasto de nuestro tiempo y el suyo, nuestro papel y el suyo. Los discursos políticos de todos los políticos de todos los partidos abusan del femenino y masculino a un grado insoportable, quién sabe qué tanto discriminaran en la privacidad de sus decisiones políticas, pero el cartón de su habla está más tieso que nunca: cada masculino tiene su femenino y al revés, al grado de que si hay libros es probable que en sus discursos haya libras y que éstas no sean ni las balanzas, ni las monedas inglesas, ni los nacidos en octubre, sino el simple femenino de esos artículos decadentes que son los bienamados, aunque llenos de ácaros y evidencias falsas, objetos a los que antes se llamaba libros. ¿Quién no discrimina? Me pregunto. ¿Quién que no quiera discriminar, que no se lo proponga jamás, no discrimina? Hay buenas razones para discriminar, en el sentido noble de la palabra, el que significa elegir, las de la lengua son unas. ¿O habría que decir las de el lenguo son unos razones? Hasta san Beethoven discriminó las notas que no le gustaban o no venían al caso. Siempre que elegimos discriminamos. Los que dicen las niñas y los niños ¿no discriminan a los niños por decir primero niñas? Quienes no votan a un hombre y sí votan a una mujer. Quienes votan por una mujer para no votar por un hombre, quienes detestamos el cine de acción, quienes amamos el de Milos Forman. Quienes tienen tres novias y una cónyuge. ¿Esos a quién discriminan? Unos dirían que a la cónyuge, pero me dice la cónyuge que cuando se mete a la cama en las noches y siente las piernas del otro junto a ella, tiene la certeza de que las discriminadas son las otras tres. Y todos tan contentos.

los inteligentes discriminan a los tontos

Las revistas de moda discriminan ahora a las mujeres con pechos grandes y antes discriminaban a quien los tenía chicos.

Discriminan los dioses que le dieron esas piernas a Ana Guevara y éstas a mí, ese equilibro a Belén Ventura y este mal paso a mí. Así las cosas, acordamos el mismísimo director Woldenberg y yo, elegir no es discriminar. Discriminar es no elegir algo o alguien porque pertenece a un grupo, raza, color, país o mundo que nos parece despreciable. Discriminar no es decir “yo no me quiero casar con este mexicano”, sino decir “yo no me quiero casar con éste porque es mexicano”. Pero eso ya lo tenía entendido todo el mundo en esta historia antes de hacerse líos con la onomatopeya de mi caos. Sin embargo, siempre es un gusto conversar con ustedes, aunque algunas veces, ésta por ejemplo, yo ponga los codos arriba de la mesa e interrumpa cuando están hablando los que sí saben de qué hablan. Así las cosas, bendita sea la inclusión. n