UNA URGENCIA REAL: OBRAS HIDRÁULICAS EN EL DF

POR SALOMÓN CHERTORIVSKI

El agua potable, el tratamiento de aguas residuales y el drenaje son ternas impostergables. Es fundamental reconocer la necesidad de realizar las obras pendientes, cuya importancia no debe ser mellada porque su falta de visibilidad las hace poco rentables políticamente.

Mucho se ha hablado del agua potable como uno de los asuntos más preocupantes para el futuro del Distrito Federal. Y, en efecto, el consumo es altísimo, no hay civilidad ni conciencia sobre su uso. La red, en el camino hacia los consumidores, pierde entre 25% y 30% y aún no existe un sistema para tratar el agua después de usarla. Lo anterior, aunado a las deficiencias de gran parte del drenaje de la ciudad, constituye un problema importante para la viabilidad de dicha red. Sin embargo, la buena noticia es que, en gran medida, este acertijo tiene solución. El proyecto ya existe, sólo se necesita la voluntad del gobierno local para darle al tema la prioridad que requiere y, por supuesto, asignar los recursos suficientes para su ejecución.

Los casi nueve millones de habitantes de la ciudad de México y otro tanto de personas que viven en la zona conurbada, consumen un promedio de 60 mil litros de agua potable por segundo. Para abastecer este caudal, dos son las fuentes principales: por un lado, 30 mil litros por segundo se importan del Estado de México a través del sistema Cutzamala y del rio Lerma; la otra mitad proviene del subsuelo, de los mantos acuíferos de nuestra ciudad. Ambas fuentes de abastecimiento encierran considerables obstáculos. El Estado de México, que a su vez sufre desabasto severo de agua, cada día se manifiesta menos dispuesto a compartir sus recursos, y aunque la competencia es federal puesto que el agua es propiedad de la nación, la presión local pudiera empezar a hacer estragos (tomas de carreteras, machetes, manifestaciones, etcétera). A la par, los mantos acuíferos dentro de la ciudad se están agotando. Además de que se consume el doble de lo que se recupera a través del agua de lluvia, se han reducido las zonas de infiltración, resultando en que la recarga natural del acuífero se torne sumamente difícil. Más aún, se cuenta con un agravante, ya que cada día se tiene que excavar a mayor profundidad para encontrar agua y la ciudad se está hundiendo. Los expertos calculan que el hundimiento ocurre aproximadamente a razón de 50 centímetros por año en algunas zonas de la ciudad.

Por otra parte, hasta el día de hoy, el agua residual del Distrito Federal no se trata. Tanto las aguas negras como las aguas pluviales se combinan y se mandan sin más al Valle del Mezquital (estado de Hidalgo), conformado por alrededor de 110 mil hectáreas, donde se vierten todas las aguas sucias de la capital del país. En ese lugar, el 75% de las aguas se utiliza —sin tratamiento formal— para irrigar, lo que causa serios problemas de salubridad para los agricultores, básicamente parasitarios, sin que este drama preocupe verdaderamente a nadie. Los granos que se cultivan no se contaminan con el agua empleada pero en el caso de otros cultivos, como el del cilantro, del cual la región es una de las mayores productoras nacionales, sí hay consecuencias; por ejemplo, en la eventualidad de que una buena parte de las salsas que consumimos a diario contengan uno de sus ingredientes básicos contaminado por aguas negras.

Existe ya un proyecto significativo de la Comisión de Agua y Drenaje del Área Metropolitana, integrada por el Distrito Federal, el Estado de México y la Comisión Nacional del Agua (CNA), para tratar prácticamente la totalidad del agua que se consume, antes de que se le emplee en la agricultura del Valle del Mezquital. El proyecto consiste en la construcción de varias plantas de tratamiento. La principal, denominada “El Salto”, constituiría una de las más grandes del mundo y sería capaz de tratar 30 mil litros por segundo las 24 horas del día. Un factor clave que vale la pena resaltar es que la mayor parte del financiamiento para el proyecto provendría del gobierno de Japón (a través del Japan Bank for International Cooperation) y el Banco Interamericano de Desarrollo. El resto de los recursos tiene que ser aportado por el Distrito Federal, Estado de México y la CNA. Las obras no han iniciado porque el gobierno capitalino ha pospuesto su decisión de aportar el monto que le corresponde, una cifra cercana a los mil millones de dólares, aduciendo que el Congreso no le autoriza mayor nivel de endeudamiento, no obstante que este asunto es más urgente que muchas de las obras viales que se están haciendo.

Otro problema cardinal y alarmante es la infraestructura del drenaje. Existen dos conductos básicos para que el agua residual llegue al Valle del Mezquital: el Emisor Profundo, que abarca la zona poniente, y el Gran Canal, que desplaza las aguas residuales de la zona centro y poniente de la ciudad. Este último es utilizado desde la época de la Colonia, pero el grave problema es que por los hundimientos que ha sufrido la ciudad, el canal se encuentra a una altura de siete metros por arriba del Zócalo, lo que significa que el agua residual se tiene que bombear para que se logre encauzar en él. En la actualidad dicho bombeo es insuficiente, y si pensamos en las crecientes precipitaciones pluviales, en cualquier momento, cuando una gran lluvia nos sorprenda, se inundaría inevitablemente la zona centro y prácticamente todo el poniente de la ciudad con aguas negras, ocasionando una severa amenaza epidemiológica de enormes consecuencias.

En este caso la solución también está proyectada: se requiere la construcción de otro Emisor Profundo que sustituya al Gran Canal, con prioridad urgente y que recorra la ciudad de sur a norte y de oriente a poniente para hacer el desfogue junto con el otro emisor profundo que ya existe.

El agua potable, el tratamiento de aguas residuales y el drenaje son temas impostergables. Es fundamental reconocer la necesidad de realizar las obras pendientes cuya importancia no debe ser mellada porque su falta de visibilidad las hace poco rentables políticamente. Es necesario exigir a las autoridades capitalinas redefinir sus prioridades; de no hacerlo, las lluvias cobrarán factura y quizá pronto nos veamos, como de hecho ha ocurrido ya en esta temporada pluvial, nadando en aguas negras o, mejor dicho, ahogándonos en ellas. n