LOS COBRADORES

POR ENRIQUE SERNA

Entre los reclamos escuchados en la reciente megamarcha contra la inseguridad, no hubo, que yo recuerde, ninguna mención al coctel explosivo de marginación y resentimiento que ha ido polarizando a la sociedad mexicana desde principios de los ochenta, cuando empezó la crisis económica. Tal parece que en México no existe ninguna patología social, y la responsabilidad por el clima de terror que se vive en las calles corresponde exclusivamente a la ineptitud del gobierno. Desde luego, la sociedad agraviada dio un paso muy importante al protestar en masa contra la impunidad del hampa y su infiltración en los cuerpos policiacos (la protesta civil debió empezar muchos años antes, cuando los gobiernos del PRI se coludieron con las mafias del crimen organizado). Ni Fox ni López Obrador, enfrascados en tercas disputas electoreras a mitad de sexenio, han cumplido la promesa de combatir el delito con eficacia, y la sociedad que cifraba grandes esperanzas en el cambio democrático tiene derecho a exigirles cuentas. Pero ese despertar cívico sería incompleto y hasta mezquino si los ciudadanos que tomaron las calles para protestar contra la inseguridad, muchos de ellos pertenecientes a familias acomodadas, no hicieran algo para combatir en sus propias filas las provocaciones racistas y los odios de clase que atizan la hoguera del rencor social.

Desde luego, el combate al que me refiero no puede limitarse a la adopción de buenas maneras para tratar a la servidumbre. Se trata, más bien, de cambiar los hábitos mentales que mantienen vigente el sistema de castas implantado desde la Colonia. Entre nosotros, el disimulo es un hábito aprendido desde la cuna y, por lo tanto, ningún discriminador se asume como tal en público: sólo algunos jóvenes criollos engreídos por su dinero cometen esa infracción a las reglas de urbanidad. Por eso no tenemos grupos abiertamente racistas como el Ku Kux Klan o el Frente Nacional de Le Pen: sólo discriminadores embozados, con buenos modales y fobias discretas, que desfogan en privado su odio visceral contra la naquiza o la indiada (la excepción a la regla serían los coletos auténticos de San Cristóbal de las Casas, ellos sí racistas declarados). De hecho, en el seno de algunas familias opulentas que han llevado a la perfección el arte de la doblez, suelen coincidir bajo el mismo techo el junior patán con veleidades nazis, aficionado a levantar el agua de los charcos en las paradas camioneras repletas de nacos, y los padres que encabezan fundaciones para socorrer a los niños de la calle.

En México no hay una discriminación abierta por motivos de raza o de clase, pero la discriminación velada se practica a diario en diferentes ámbitos de la vida social y sus efectos están a la vista de todos. El principal objetivo de la educación pública es dar oportunidades de ascenso social a los pobres, pero en la práctica, las empresas privadas rechazan por sistema a los egresados de las universidades públicas, sin molestarse siquiera en probar su capacidad. En cambio, los estudiantes del Tec o la Ibero tienen garantizado el empleo desde antes de terminar la carrera. La democracia trajo la apertura informativa a la televisión, pero hasta ahora ningún movimiento ciudadano ha logrado eliminar el racismo velado de la pantalla chica, ni el gobierno de Fox ha tomado cartas en el asunto, a pesar de haber creado una dependencia encargada de combatir la discriminación en todas sus formas. Es ridículo y aberrante que en un país con el 80% de población cobriza y mestiza, los estelares femeninos de las telenovelas sean interpretados exclusivamente por actrices blancas y rubias, grotescamente travestidas como muchachas del pueblo. Para los productores de telenovelas, el miscast más flagrante siempre será preferible a la presencia en pantalla de una beldad prieta. A finales de los ochenta escribí con Carlos Olmos el argumento la telenovela Tal como somos, protagonizada por una joven taxista, y en una junta de trabajo se me ocurrió proponer para el papel estelar a la cantante de cumbias Laura León, que daba muy bien el tipo de la heroína. Sorprendido por mi disparate, el productor soltó una carcajada: esa naca jamás encabezará uno de mi repartos, me dijo, y le dio el papel a Leticia Calderón, una belleza criolla de ojos verdes, que sólo en Copenhague podría manejar un taxi. Como resultado del veto no declarado contra la raza de bronce, algunas de nuestras mejores actrices, como Blanca Guerra, María Rojo o Vanesa Bauche, jamás han tenido un estelar en televisión.

Los modelos excluyentes de belleza han socavado durante décadas la autoestima del público, pero los dueños de las televisoras no quieren apartarse un milímetro de este cartabón racial ni parecen tener conciencia del daño que están haciendo. Yo pude constatarlo en mi propia familia, cuando mi hija Lucinda, a los cuatro o cinco años, comenzó a lamentarse de ser morena, en vez de haber nacido rubia, como las princesas de las caricaturas. Tras una difícil campaña de persuasión, su madre y yo logramos quitarle esa idea de la cabeza. Pero los grupos más vulnerables de la sociedad no siempre tienen a la mano un contrapeso psicológico para digerir el bombardeo de imágenes que los muestran como una casta inferior. Sólo una voluntad de acero puede resistir esa andanada de golpes. Algunos la tienen y a fuerza de orgullo encuentran un espacio en la sociedad que los excluye de la belleza, de la cultura y del bienestar, pero los marginados con menos temple de carácter, o los más inermes a la manipulación, tarde o temprano pierden la esperanza y se resignan a arrastrar por los cantinas el cadáver de su amor propio.

A diferencia de otros países, donde la discriminación fortalece el orgullo de los grupos marginados, en México suele provocar lo contrario: una identificación masoquista con las fobias y los prejuicios de la casta dominadora. Se ha producido así una cultura del autodesprecio que exacerba los complejos de inferioridad y desmoraliza al pueblo en sentido contrario a la exaltación oficial de lo mexicano. Cuanto más cacareamos nuestro orgullo nacional, más crece en el alma colectiva la sospecha de que somos un país de tercera o cuarta. Por eso millones de mestizos creen que la mejor forma de mejorar la raza es blanquearla. Desde luego, las comunidades indígenas del país siguen siendo bastiones importantes de orgullo racial y cultural. La arrogancia de los yaquis, por ejemplo, ha sido un arma defensiva muy eficaz contra cualquier modelo de vida que pretenda vilipendiarlos (y al mismo tiempo, una rémora para integrarlos a la economía productiva). Pero los mestizos de las grandes ciudades, y en general los marginados que han roto sus viejos lazos comunitarios para luchar por la supervivencia en una sociedad individualista y se enfrentan a diario con la exclusión social, tienden a caer en la sumisión agachada o en su reverso: la enfermiza voluntad de poder que brota del resentimiento.

El lenguaje es el mejor espejo para ver reflejadas las patologías sociales y, en México, de unos años para acá, los pobres han extremado sus precauciones para dirigirse a cualquier persona que ocupe un rango superior en la escala social, así sea en el trato momentáneo entre el cliente y el empleado de una tienda. Como si formular preguntas directas a los de arriba fuera una insolencia o un desacato a la autoridad, se ha puesto de moda anteponerles una afirmación: “¿Sí va a querer que le de una factura? ¿Sí me da dinero para el mandado? ¿Sí me puede mostrar su credencial de elector?”. Al parecer, la mera posibilidad de una negativa lastima de tal modo a quien hace la pregunta, que prefiere asentir de antemano para evitarse un doloroso rechazo. En el fondo de este hábito verbal, que ha retorcido más aún la ya de por sí escabrosa cortesía mexicana, parece haber un ruego implícito: si de cualquier modo vas a imponerme tu voluntad, si estoy obligado obedecer tus ordenes, por lo menos ten la clemencia de no clavarme en la espalda el aguijón de un no.

Quien observe a los jugadores de futbol llanero o a los trabajadores de un taller mecánico notará que su verdadero carácter es agresivo, socarrón, irrespetuoso y ladilla. Entre ellos los nos van y vienen, acompañados de mentadas y albures, sin causar heridas de ninguna clase. Así son también los chavos banda, tal vez porque todavía no están sujetos a las coacciones del orden social. ¿Por qué suavizan sus modales a extremos serviles cuando ocupan una posición subordinada? ¿Se trata de un reproche velado contra la sociedad que los margina y, en el mejor de los casos, les arroja un mendrugo? Por una extraña coincidencia, la época de mayor tersura en el trato comercial y laboral, donde el sí predomina hasta el empalago, es también la época de mayor criminalidad. ¿No habrá un pantano escondido detrás de esta paradoja?

Para sondear ese pantano tal vez sea necesario examinar a fondo la personalidad de un tipo social que ejemplifica nuestras peores contradicciones: el discriminado discriminador. Por fortuna ya tenemos un gran estudio psicológico de este comportamiento esquizoide en la novela de Xavier Velasco Diablo Guardián, protagonizada por una joven morena de clase media, Violeta, cuyo racismo autodenigrante la lleva a prostituirse en Manhattan con tal de escapar a su condición de naca. Violeta no es un caso aislado: la figura del oprimido que asume como propias las fobias de sus amos prolifera por doquier en la vida mexicana contemporánea. Los cadeneros que seleccionan a la clientela juvenil de las discotecas bajo la premisa de rechazar a la gente con su propio color, los empleados bancarios renuentes a pagarle un cheque a un albañil, los burócratas que se vuelven dictadores en pequeño cuando la gente humilde les solicita un servicio, los capitanes de meseros empeñados en darles mesas rinconeras a la gente mal vestida, las recepcionistas de Televisa que hace años le negaron la entrada a Roman Polanski por traer huaraches, todas esas caricaturas grotescas del Rey Ubu parecen haberse confabulado para tensar la cuerda de los conflictos sociales y crear una atmósfera irrespirable. Por momentos, la sociedad mexicana se asemeja a un enorme cuartel regido por la ley de volcar en el subalterno el odio acumulado contra el superior. Pero nadie goza tanto la miserable revancha del sojuzgar al de abajo como el hampón con placa, elevado en un santiamén de la indigencia al poder absoluto. Ese renegado se distingue de sus congéneres porque sus desquites hepáticos dejan un reguero de sangre.

Cuando iba en la primaria, mi sueño dorado y el de muchos de mis compañeros era conseguir una charola de la judicial para entrar al cine gratis, portar metralletas y manejar a la máxima velocidad apartando a los coches que se cruzaran en nuestro camino. Atribuíamos poderes mágicos a esas credenciales, por haber visto cómo transformaban a sus dueños en seres intocables y todopoderosos. Al parecer, los judiciales de ayer y de hoy han codiciado siempre ese talismán con el mismo anhelo infantil de transformarse en superhombres. Pero a diferencia de nosotros, que habíamos crecido en familias de clase media, cobijados por la protección económica y el calor del hogar, ellos vienen del lumpen y arrastran consigo una larga lista de humillaciones. En México, los jóvenes resentidos ingresan a la policía por las mismas razones que en otros países los llevan a delinquir. La posesión de una charola es un requisito para entrar a las ligas mayores del crimen organizado, pues sólo algunos raterillos de poca monta se colocan del otro lado de la ley, cuando el gran negocio es robar y matar en su nombre.

Sin embargo, como saben todas las víctimas de asaltos y secuestros, los policías venales no se comportan frente a sus víctimas como cínicos impostores, ni evitan acreditarse como guardianes de la ley en el momento de cometer un delito. Al contrario: se ufanan de serlo como parte de su estrategia intimidatoria. Además de darles una coartada moral, la investidura policiaca les brinda apoyo psicológico, pues los ayuda a convencerse de que en el fondo están haciendo justicia. Ningún hampón con placa dice: “esto es un asalto” o “esto es un secuestro”, más bien prefieren hacer la faramalla de un arresto. Así el robo queda transformado en operativo y su ejecutor puede actuar sin sentimientos de culpa, legitimado por la convención teatral impuesta a la víctima.

En cuanto a la clase de justicia que imparten los macehuales erigidos en superhombres, tuve la desgracia de conocerla hace diez años, cuando una banda de judiciales me asaltó a la salida de un bar en la colonia Roma. Obligado a ovillarme en el asiento trasero de un auto negro, con una pistola clavada en la nunca, lo que más me asustó, en medio de la confusión, fue el odio ancestral de los asaltantes, que no me trataban como si fuera una víctima anónima elegida al azar, sino un viejo enemigo, a quien hubieran perseguido por años. Ni siquiera se molestaron en apagar el transmisor que los delataba como policías: querían que yo lo oyera y me sintiera “detenido”. De entrada les ofrecí todo mi dinero, pero esa adivinación prematura de sus móviles los irritó más aún y me dieron una golpiza por hablar sin permiso. Su conducta me recordó el hipersensible orgullo de los agentes de tránsito, que se ofenden cuando el conductor les ofrece mordida de buenas a primeras, sin darles su lugar y disculparse previamente por la infracción cometida. Con la madriza, mis asaltantes querían dejar en claro que para ellos el dinero era secundario: no aceptarían mi mugrosa cartera si yo no los trataba con el respeto debido a su jerarquía. Comprendí las reglas del juego y para no romper la ilusión del arresto mantuve la boca cerrada. El largo preámbulo antes del robo me infundió terror, pero gracias a mi obediente silencio logré salvar el pellejo.

Quizá en los países desarrollados, donde está bien delimitada la frontera entre la delincuencia y la autoridad, los rufianes no tengan esa compulsión neurótica de anteponer la dignidad a cualquier interés monetario. Pero como bien lo señaló Rubem Fonseca en su extraordinario cuento “El cobrador”, la violencia criminal en Latinoamérica es ante todo una tentativa por fundar una nueva autoridad sobre las bases del orgullo pisoteado. En su delirante monólogo interior, el personaje de Fonseca, un sociópata crecido en una favela, que sale a matar gente por los barrios residenciales de Río, enumera las deudas que la sociedad ha contraído con él: “¡Todos me deben algo! Me deben comida, coños, cobertores, zapatos, casa, coche, reloj, escuela, tocadiscos, respeto, helado, balón de futbol; todo me lo deben”. Los cobradores mexicanos llevan la misma lista de agravios en la cabeza, pero además buscan desquitarse de una afrenta mayor: su propio sentimiento de inferioridad, agudizado por las bofetadas del presente y las heridas históricas que nunca cicatrizaron. Sus monólogos también supuran rencor, pero quien aspire a reconstruirlos con veracidad quizá deba usar el lenguaje del odio comedido y la prepotencia servil: “¿Sí me deja cortarle la yugular, patroncito? ¿Sí puedo violar a su señora esposa? ¿Sí me permite sentir por un rato que soy el jefe de jefes?”.

Más que un delirio de superioridad, la discriminación es una conducta defensiva de las minorías cuando se sienten amenazadas por el rencor de las masas. En México, las elites han temido al pueblo desde los tiempos de la Colonia, cuando salir de noche por las calles de la ciudad o trasponer los límites de la traza urbana significaba jugarse la vida. Pero esa reacción sólo engendra un odio mayor, no sólo contra la casta privilegiada, sino contra la gente que no se cree inferior ni superior a nadie y ocupa una posición neutral en la lucha de clases. Todas las campañas de educación cívica emprendidas por instituciones públicas y privadas deberían estar dirigidas a combatir esta lacra social, o de lo contrario nos esperan tiempos atroces. Cuando una banda de secuestradores asesina a su rehén a pesar de haber cobrado el rescate exigido por liberarlo, cuando los ladrones de autos prefieren cometer asaltos a mano armada que robar coches estacionados, cuando la saña proporciona mayor satisfacción que el botín, quiere decir que las aguas negras del inframundo social se están desbordando por la oclusión del drenaje. Si los gobiernos del futuro hicieran el milagro de limpiar el establo de la policía mexicana, pero la desigualdad, la discriminación y el racismo se mantuvieran como hasta ahora, sólo habremos conseguido que la cloaca estalle por otra parte. n