QUINCE AÑOS DE DEBATE FEMINISTA

POR SARA SEFCHOVICH

Debate Feminista cumple quince años de fructífera labor. Nos dice Sara Sefchovich que la fuerza del feminismo “significa que por primera vez en la historia el cambio no vendrá de arriba sino al contrario, romperá con autoritarismos y jerarquías, y sobre todo, no podrá ser impuesto ni tampoco prohibido ya que se trata de una manera de ver el mundo, de entender y establecer sus relaciones”.

Feminismo es la visión del mundo, la teoría y la práctica, el pensamiento, el sueño y la propuesta de vida que revolucionaron al mundo en el siglo veinte. Y eso, por dos razones: porque ha significado la crítica más radical tanto a la tradición del pensamiento occidental, con sus presupuestos epistemológicos e ideológicos como a la estructura del poder establecido, y porque es una manera de pensar que no puede separarse de una manera de vivir, una forma de hacer política que es al mismo tiempo una forma de vida cotidiana.

Y esto, el feminismo lo ha hecho, a diferencia de las demás ideologías, sin matar a nadie, sin encarcelar o torturar en aras de un futuro luminoso. Las feministas se pusieron a pensar, a reunirse, a debatir, a trabajar, a escribir y a vivir de modo tal, que terminaron por afectar y cambiar los patrones tradicionales de relación humana y también de conciencia como dice Salvador Mendiola. Y es que sus ideas han sido tan significativas, que se derramaron a todas las mujeres, participantes o no del movimiento y de la idea feminista, conscientes o no de ella, apoyadoras o incluso opositoras de sus principios. Y, se derramaron a los hombres también, porque el feminismo no es un asunto nada más de mujeres.

De modo pues, que no es exagerado afirmar que el feminismo cambió a todos: a las mujeres y a los hombres, a los individuos y a los grupos, a las sociedades y a los gobiernos, a las formas de hacer política y a las instituciones. El feminismo no es sólo, como afirma Elena Beltrán Pereira, la añadidura de las mujeres al lugar en que antes no figuraban sino que es la subversión de todo un orden social y todo un modo de pensar, es como dice Giulia Colaizzi, una visión enriquecedora y, como dice Alessandra Boccetti, un gran movimiento de autoconciencia y redefinición de la realidad.

II

El feminismo nació, creció y se sigue desarrollando todos los días, en las conversaciones y en las acciones, en la vida cotidiana y en las grandes propuestas, en las parejas y en la soledad, en los textos y en el movimiento. Y a todo eso han contribuido y de todo eso dan cuenta montón de películas, obras de teatro, pinturas, libros y revistas. De entre estas últimas. Debate Feminista no sólo es una más, sino que resulta excepcional.

Debate Feminista es una revista-libro-“ladrillo” —según le puso Hortensia Moreno— que hace un grupo amplio y plural de mujeres mexicanas y que incluye en sus páginas desde la teoría más compleja hasta los resultados del esfuerzo militante, desde la visión de la política hasta la perspectiva social, desde la historia hasta el psicoanálisis, desde el análisis literario hasta la poesía, desde la imagen hasta la música, desde los homenajes hasta las entrevistas, desde los manifiestos hasta los anuncios de todo aquello que tiene que ver con un proyecto para las mujeres. En sus páginas quienes escriben ora conceptualizan, ora cuentan experiencias, ora les da por lo lírico y ora por lo denso. Unas tienen el discurso de la palabra, otras el de la imagen, unas el de la partitura, otras el del inconsciente. Pero la clave es que todas y desde cualquier perspectiva, se la pasan en el cuestionamiento, en la crítica y en la afirmación de lo que se puede y debe hacer desde y para las mujeres.

Por eso Debate Feminista es no solamente una revista, sino una manera de entender al mundo, de vivirlo y de pretender mejorarlo o incluso cambiarlo, con el pensamiento y con la imaginación, con la seriedad y con el relajo, al modo como lo podemos hacer quienes habitamos hoy este país nuestro y al modo como lo intentan y consiguen quienes en el resto del planeta Tierra caminan con o piensan en esta causa.

III

En marzo de 1990 vio la luz el primer número de la revista. “Debate Feminista —advertía en el editorial su fundadora, creadora, impulsora y gran gurú del feminismo Marta Lamas— nace de la necesidad compartida de disponer de un medio de reflexión y debate, un puente entre el trabajo académico y el político, que contribuya a movilizar la investigación y la teoría feministas y ayude a superar la esterilidad de los estudios aislados del debate político”.

Los fundamentos sobre los que se levantó y edificó esta revista fueron:

• su posición feminista entendida como “lejos de todo discurso mujerista y como las relaciones entre el género femenino y el masculino”,

•su fe en el valor de lo intelectual,

•su perspectiva amplia: teórica y práctica, de conocimiento y pensamiento pero también de acción y de creación, nacional pero también internacional,

•su exigencia de repensarlo todo: lo público y lo privado, lo individual y lo colectivo, lo seguro y lo dudoso, lo político y lo personal,

•su alejamiento de cualquier resentimiento o aprovechamiento del tema de las mujeres para fines personales o de grupo.

Hoy, Debate Feminista cumple quince años y ha cumplido a cabalidad lo que prometió. Década y media de esfuerzo constante y sostenido, treinta números publicados uno mejor que otro y otro mejor que uno, una revista de prodigiosa originalidad e inteligencia, actual, de enorme importancia no sólo para el feminismo y las mujeres, sino en general para el debate de ideas y las propuestas de acción.

IV

Una mirada al conjunto permite establecer los ejes definitorios de lo que interesa, preocupa y ocupa al feminismo:

•el género, “filtro cultural con el que interpretamos el mundo y la armadura en la que constreñimos nuestra vida”, según Marta Lamas, y fundamento de la división social en todas las sociedades,

•la igualdad y la diferencia, la equidad y la diversidad,

•el cuerpo y la sexualidad (hetero, homo, trans, y todos los etcétera),

•la democracia, la política, la ciudadanía y la participación,

•el poder y el empoderamiento,

•la identidad y la alteridad,

•el amor, el deseo, el placer,

•la reproducción y la maternidad,

•el aborto,

•la violencia (en todas sus manifestaciones),

•la censura,

•lo simbólico y lo subjetivo,

•la salud (particularmente la sexual) y la enfermedad (particularmente el sida),

•el trabajo (doméstico y asalariado),

•los derechos (humanos y los otros),

•la explotación y la opresión; la emancipación y la liberación.

Estos son los asuntos centrales que ha tratado la revista, una y otra vez durante quince años. Pero dicho de este modo, no se entiende nada, se pierde su riqueza y parecería que solo se trata de “temas”, siendo que en Debate Feminista, todo conduce a un replanteamiento del modo de pensar al que estamos acostumbrados. Y eso es algo que sólo se puede captar leyéndola, no es posible narrarlo. Hay que ir siguiendo las páginas cuando se pasa del yo al nosotras, cuando se demuestra cómo lo personal es político, cuando se niega al universalismo pero también a los nacionalismos por igualmente falsos, cuando se evidencia que eliminar al paternalismo y al colonialismo no significa eliminar a la mentalidad que ellos instauraron. Hay que ir siguiendo las páginas para constatar que la historia no es sólo texto, sino que nace en y regresa al cuerpo y para captar todos los matices posibles de la sexualidad, de la subjetividad, de la diferencia cultural, de la separación entre lo público y lo privado o de la participación política.

Con la lectura de Debate Feminista se van derritiendo y desconstruyendo,hasta destruirse, presupuestos internalizados por siglos. Y sabremos entonces:

• que no existe “la” mujer ni un nosotras las mujeres, pues no es la biología sino que son las situaciones y las condiciones específicas y concretas lo que determina qué es y puede ser cada mujer y por lo tanto, no podemos simplificar, ni reducir, ni atribuir cualidades o defectos, ni tirar línea sobre cómo se deben pensar o enfrentar los problemas a partir de ideas y formas abstractas y generales respecto a la mitad de la población del planeta. Es decir, hay una negativa a cualquier esencialismo, universalismo y absoluto y en lugar de esto, hay una mirada sobre las condiciones específicas de cultura, clase, raza, historia y geografía, situación específica y momento concreto,

•pero el reconocimiento de la diversidad y las diferencias, no obsta para que las mujeres podamos mirarnos las unas a las otras y hacer que los otros nos miren y nos oigan. Por eso las norteamericanas se preocuparon por las afganas que vivían bajo el régimen talibán, las francesas se interesan hoy por las sudanesas a las que están masacrando en el sur de ese país africano, las brasileñas académicas pretenden comprender a las trabajadoras domésticas que viven en las favelas y las mexicanas de la capital apoyan las luchas de las indígenas chiapanecas,

•que las mujeres son agentes activos para transformar las relaciones de poder y para cambiar la naturaleza y dirección de las fuerzas que marginan a los sectores en desventaja. Nada más y nada menos. Pero si esta afirmación pudiera confundirse con el planteamiento de cualquier teoría revolucionaria, lo que la hace distinta es que ella parte de y llega a los niveles básicos de la sociedad: la familia, la vida cotidiana, el hogar, el trabajo, la relación con los otros, con el propio cuerpo y con la propia subjetividad. Y esto es lo que le da al feminismo su fuerza, porque significa que por primera vez en la historia el cambio no vendrá de arriba sino al contrario, romperá con autoritarismos y jerarquías, y sobre todo, no podrá ser impuesto ni tampoco prohibido ya que se trata de una manera de ver el mundo, de entender y establecer sus relaciones,

• que este compromiso a su vez parte de una firme negativa a toda autocomplacencia y victimismo y, por supuesto, también a todo triunfalismo.

V

Llama la atención en Debate Feminista la actitud de nunca quitar el dedo del renglón ni dar nada por sentado, de todo volverlo a repensar, a cuestionar, a criticar y a interpretar, de plantearse las dudas —las mismas y las nuevas— y tratar de responder a ellas como si fuera la primera vez. Allí están las grandes pensadoras y activistas volviendo a preguntarse todo:

•qué significa ser feminista,

•si el feminismo es una teoría política o una ética,

•si la fuente de opresión de las mujeres se ubica en el trabajo, en la familia, en la producción económica, en la reproducción o en la representación,

•si la práctica política del feminismo ha sido la adecuada para las mujeres,

•y hasta dónde deben establecerse las diferencias entre ellas, las ricas y las pobres, las académicas y las obreras, las negras y las blancas, las de Europa del este y las de América Latina, las cristianas y las musulmanas.

Llama la atención su decisión de debatir, de polemizar, de dar argumentos y contraargumentos: que si las necesidades de veras lo son o han sido creadas, que si las cuotas son buenas, malas o todo lo contrario, que si las formas organizativas tienen estos y aquellos peligros, que si la mirada es clasista o racista, eurocéntrica o universal. A todo se le busca el otro lado, a todo se le encuentra un modo distinto de entenderlo, siempre está allí la duda y siempre la insatisfacción y la compulsión por “interrogar la experiencia del fracaso” como dicen las italianas y la insistencia en la necesidad de apertura, de “armar y desarmar supuestos y presupuestos para evitar las petrificaciones”, como dice uno de los editoriales. Número tras número es un preguntarse y volverse a preguntar: ¿cuál es el lugar de las mujeres en la sociedad, o mejor dicho, en las distintas sociedades?, ¿dónde está la línea entre el esencialismo y el culturalismo?, ¿existe algo común a todas las mujeres?, ¿cuál es la mejor vía para conseguir tal o cual cosa, sea el poder, la sexualidad, la maternidad, el fin de la violencia y de la pobreza, la igualdad o lo que sea?

Y una sola respuesta se repite una y otra y otra vez: la verdad única, eterna, absoluta, universal e indestructible no existe. Siempre hay que volver a cuestionarlo todo.

También llama la atención que sus sesudos y complejos artículos ora sostienen esta posición y ora aquella, ora se citan y apoyan y ora se critican y se tiran durísimo los unos a los otros. No hay falsas solidaridades ni complicidades banales. Por eso Teresa de Lauretis dice que “el feminismo es el mayor, si no es que el único, campo de diferencia entre las feministas”. ¿En qué otro movimiento se la pasan corrigiendo, criticando y amonestando a sus aliadas?, ¿en dónde más vemos a las pensadoras autocriticarse tan duramente?, ¿en qué otra parte se refieren tan abierta y ampliamente los conflictos y vicios en el modo de pensar, de tomar decisiones y de actuar?, ¿quién más publica a sus opositores?

Y llama la atención que se trata de una revista que evoluciona, que tiene capacidad de cambio (aunque físicamente, en su presentación y organización no parezca, pues sus tomos son tan idénticos que hasta resulta difícil diferenciar uno de otro). En los años ochenta, se trataba de dar cuenta de las transformaciones en el seno del feminismo (mejor dicho: de los feminismos), tanto en el sentido teórico como en el del movimiento y en los proyectos; a principios de los noventa, adquirió importancia el proceso que vivían los países latinoamericanos y se privilegió el discurso económico sobre el social con la preocupación por la pobreza y el desarrollo; después, fue el énfasis en la cuestión del poder y de la representación política con sus estrategias: las cuotas, alianzas, consensos, acuerdos y negociaciones y, recientemente, el tema de la identidad y la significación del otro. Y todo ello atravesado siempre por los ejes de las preocupaciones definitorias que se han señalado arriba, pero que se miran de manera distinta según el momento ideológico.

Pero lo que más llama la atención de la reflexión y la discusión que se entablan en Debate Feminista, es el modo como lo hacen, pues es una revista inmersa en un debate metodológico continuo que, como diría Gianni Vattimo, es el de la constante oscilación, pluralidad y erosión de los principios. Y esto es, sin duda, lo mejor. Así, en la búsqueda de “teorías que nos permitan articular modos de pensamiento alternativos sobre el género” y “por lo tanto también maneras de actuar”, encontramos que la revista piensa a veces con el liberalismo, a veces con el marxismo, con el estructuralismo, con las teorías del lenguaje, con el desconstructivismo o el postmodernismo, con el historicismo, con el psicoanálisis freudiano o con el lacaniano, de modo tal que los mismos problemas adquieren nuevos ángulos de iluminación y también surgen nuevos asuntos y problemas, como es el caso de la moda y los conceptos de belleza, la pornografía, artes nuevas como el performance o lo que significan los baños públicos para las mujeres.

VI

Por supuesto, a Debate Feminista le falta, y quienes la hacen lo saben y lo advierten en un editorial: “esta revista es parcial e incompleta”. Hay temas que de plano no se tocan, otros que apenas si se mencionan o que se los mira con un sesgo ideológico o incluso moral: por ejemplo, la cuestión importantísima para muchísimas mujeres de la religión y la fe (no me refiero a la Iglesia sino al aspecto espiritual) o el tema espinoso de la bioética con las difíciles decisiones que implica o el mundo de las indígenas que se toca casi nada más en relación a Chiapas y eso a partir del levantamiento zapatista. Y también falta apertura a autores diferentes —es notable que en los artículos, las citas, las entrevistas, los homenajes y las reseñas siempre aparezcan y reaparezcan los mismos nombres— lo cual seguramente podría enriquecer las páginas con otros modos de entender y analizar, y no sólo eso, podrían abrirse a nuevas formas de expresión, porque lo que domina es un lenguaje difícil, como si las académicas hubieran hecho suyo el prurito de que lo más oscuro es lo de más calidad.

VII

Quince años se dice rápido, se dice fácil. Quince años reuniéndose, pensando, debatiendo, organizando las ideas, convocando a las personas, buscando los materiales, consiguiendo los permisos de publicación, las traducciones, el dinero, persiguiendo a autores, impresores, distribuidores y lectores. Lo que hay atrás es un trabajo enorme, un ímpetu y una dedicación y una constancia y una voluntad que sólo pueden nacer del hecho de que quienes hacen Debate Feminista están entregadas de manera total a la causa: a la de pensar, soñar, creer, vivir y propagar el feminismo. En un país donde todos los días nacen proyectos y mueren a la misma velocidad, donde los lectores son escasos y más escasos aún los compradores, donde el apoyo gubernamental y privado se hacen tanto del rogar, Debate Feminista se mantiene viva, lo que no es poca cosa.

Y no sólo viva sino vital. Porque la pasión con que se hace esta revista se deja leer y mirar en sus páginas. La lectura excita, emociona, conmueve, hace pensar, mueve el piso, es agitación y propaganda y pensamiento y reflexión y emoción y sentimiento y compromiso y crítica y creatividad en sus mejores formas. Si hubiera que llevarse libros a una isla desierta, si hubiera que decir cuál es la referencia intelectual del México finisecular, Debate Feminista sería, sin duda alguna, la elección. n