LA TRAVESÍA QUE APENAS COMIENZA

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

El nuevo libro de Enrique Krauze es una biografía intelectual. Un viaje hecho de conversaciones y conversiones. En muchos sentidos este libro ilumina el itinerario de una generación que nació a finales de los años cuarenta, presenció el ascenso y declive del desarrollo estabilizador y cobró conciencia de sí misma en las crisis económicas y políticas de los años sesenta y setenta. Sin embargo, no es claro por qué la travesía de Krauze sea liberal. En sus páginas aparecen historiadores y escritores liberales —gigantes de las ideas— pero no aparece propiamente el liberalismo del último cuarto de siglo en México. Uno esperaría encontrar respuestas en este libro a preguntas muy obvias: ¿por qué, incluso después de la caída del muro de Berlín, hay tan pocos intelectuales que se atrevan a llamarse liberales? ¿Hubo alguna relación entre el ascenso de la ideología de libre mercado en los ochenta y los intelectuales liberales? Del recuento de este libro se hace evidente un notable hecho: el liberalismo en México ha sido cosa de historiadores. “Es la profundidad histórica lo que hechizaba a Paz”, afirma Krauze. De su otro maestro, Daniel Cosío Villegas, nos dice que se creía “un liberal de museo”. Un liberal, “puro y anacrónico”. Esto, que a los mexicanos nos parece ordinario, es una gran paradoja. El liberalismo es una corriente ideológica que ve hacia adelante, que cree en el progreso y en el cambio. En México, al contrario, el liberalismo es un mito fundacional. Una visión idealizada o deformada del pasado. La mexicana es una cepa extraña de la familia liberal.

Este libro no es un diario de viaje, es la memoria de una travesía concluida. Una reflexión sobre un trecho andado. Pero, ¿qué es, exactamente, lo que ha terminado? En un sentido Krauze no es excéntrico: su visión del mundo está marcada por la Guerra Fría. Durante buena parte del siglo XX el liberalismo en el mundo tuvo un enemigo claro: el comunismo. En México los opositores eran los intelectuales de izquierda. Contra ellos Octavio Paz libró memorables batallas. Desaparecido el socialismo, ahora los enemigos son los fundamentalismos armados. Por ello, Krauze le dedica al mundo en general —y al Medio Oriente en particular— muchas páginas. No se equivoca en este diagnóstico. El fundamentalismo islámico es una amenaza real. Llama la atención, sin embargo, que Krauze no vea lo que tiene frente a sí. En su libro se cuida en señalar que en México el liberalismo dista de haber triunfado del todo. Sin embargo, lo notable es la falta de claridad sobre los retos inmediatos del liberalismo en su país. Es hora de sentarse en el sillón y mirar atrás, parecería decirnos el autor. Lo que Krauze encuentra más objetable en la última década es la fusión entre política y teología auspiciada por el ex obispo Samuel Ruiz en Chiapas. No registra los retos fundamentales que presenta el multiculturalismo. En la filosofía, la interpretación de la historia, la identidad nacional y el derecho a la persuasión multicultural ha puesto en tela de juicio los principios filosóficos y jurídicos del liberalismo. La falta de comprensión cabal de la dimensión de la amenaza se hace evidente en la tibia crítica a Miguel León Portilla. Krauze es tímido al criticar al gran historiador del mundo prehispánico. Uno puede ser una eminencia en el pasado azteca y estar completamente equivocado en las prescripciones del presente. Al leer a Krauze se extraña la enjundia, la pasión crítica y el valor moral de Octavio Paz al debatir con la izquierda intelectual sobre el socialismo.

Creo que este astigmatismo para ver de cerca a los enemigos del liberalismo en México obedece a que Krauze comparte en aspectos críticos el mito del liberalismo. La leyenda liberal es, desde Jesús Reyes Heroles, parte constitutiva de la historia oficial. Por eso Krauze defiende posiciones que son antitéticas al liberalismo, como la doctrina racial de la nacionalidad mexicana: el mestizaje. Krauze cree, como nos dice la historia patria de los libros escolares, que el mestizaje reconcilió a México con sus orígenes. Krauze también cree que le debemos a los liberales decimonónicos algo clave para él: la ausencia de antisemitismo. En efecto, le atribuye esto a la separación entre la Iglesia y el Estado. Al reflexionar sobre la historia comparada de México y España, afirma: “desde el siglo XVII, al menos, la mezcla había sido mucho mayor que en España: indios, negros y ‘castas’ se mezclaron con europeos y criollos que traían sus propios rituales prohibidos, y en esa combinación étnica había también, en una medida limitada, como decía Zielonka, diferentes fes. (…) El otro existía, pero sólo en las leyes, cada vez menos en los hechos, porque todos (indios, negros, ‘castas’, criollos) habían terminado por mezclarse con los otros, volviéndose los mismos. Una noción de igualdad natural flotaba en el ambiente. Pero un elemento histórico más, decisivo, diferenciaba a México de España: en México el liberalismo había triunfado de manera irreversible sobre el bando conservador y había creado un Estado nacional sobre sólidos cimientos laicos. En la letra de la Constitución de 1857, y en los hechos, desde la restauración de la República (1867), México fue —y lo ha sido a partir de entonces— un país de plenas libertades cívicas, incluida la libertad de creencias y de culto”. De esta forma, colonias enteras de inmigrantes cosechaban “los frutos de la tradición liberal”: libaneses, judíos, españoles, chilenos, etcétera. “Sólo los chinos, concentrados en el norte y noroeste de México, sufrieron una abierta persecución. Pero los chinos eran, de nuevo, la excepción a la regla”.

Este recuento le hace violencia a la historia de varias formas. El mestizaje no fue principalmente un producto de los liberales, sino de los muy poco liberales revolucionarios. Es cierto que a finales del siglo XIX Vicente Riva Palacio sugirió la posibilidad de reconciliar las dos matrices étnicas y culturales del país a través de la mezcla racial. Pero la suya fue una voz aislada que no tuvo mayor repercusión en su momento. Fueron el positivista autoritario Andrés Molina Enríquez y el antropólogo Manuel Gamio quienes forjaron la ideología del mestizaje. No fueron los “gigantes” de la Reforma. El liberalismo, hay que decirlo con todas su letras, se opone tajantemente a las definiciones étnicas de la ciudadanía. Krauze mira el pasado racial de México con una lente deformada. Y lo que ve es una imagen edulcorada. Comete un grave error al minimizar la persecución de los chinos. En un libro que es una joya del oprobio nacional (El ejemplo de Sonora, 1932), José Angel Espinoza, esbirro del entonces gobernador Rodolfo Elias Calles, enumera los logros la de campaña antichina de los años treinta en su estado. Al final de su libro recordaba que los chinos no eran el único problema: “Hay algunos núcleos de población extranjera entre nosotros cuya expansión puede considerarse económica, política y moralmente más peligrosa que la de los chinos: los judíos, que más absorbentes y dinámicos que los celestiales, por sus indiscutibles facultades de mercaderes y financieros, su unidad y su reconocido poder mundial, han comenzado en México por ganar la primera partida entrando escudados en su mosaico de nacionalidades, de lo que extraen desde luego una ventaja. pues mientras nuestras gentes se quejan en contra de polacos y checos agiotistas y de lituanos y rusos que especulan con trapos viejos en abonos, el judío, envuelto en las banderas de todos los viejos pueblos de Europa, ríe de la ignorancia del público, cobrando en pesos su habilidad de usurero y explotando el dolor de la humanidad” (p. 384). Krauze menciona elogiosamente la invitación de Plutarco Elias Calles a los judíos, pero ignora el comportamiento inmoral del gobierno mexicano, que a través de un memorándum secreto, limitó, por razones racistas, la entrada a México de judíos perseguidos antes de la segunda guerra.

La falta de claridad sobre la amenaza del multiculturalismo tal vez se deba a la desafortunada influencia de Sir Isaiah Berlin, (“desde que, a finales de los años sesenta, leí por primera vez a Isaiah Berlin, pensé que su obra podía iluminar la vida intelectual de Latinoamérica”). Krauze le hace una entrevista en su libro. Berlin no ha hecho a la tradición liberal más humilde, la ha confundido. Su noción del pluralismo cultural es prácticamente indistinguible del relativismo filosófico. No sólo eso; moralmente su ejemplo es problemático. Berlin estaba orgulloso de ser un guerrero en la Guerra Fría. Durante la guerra de Vietnam, Berlin se negó a criticar los bombardeos indiscriminados de los norteamericanos. “Es sobrecogedor el que se bombardeen aldeas vietnamitas y que continuamente mueran inocentes”, escribió, “pero me parece aún más espantoso el abandonar a la gente. ¿Cómo podría uno garantizar que una… precipitada y total retirada de los americanos no haría que otros gobiernos del sudeste asiático cedieran a las presiones de establecer regímenes que muchos de sus ciudadanos ciertamente odiarían?”.* Vaya ejemplo.

El libro de Krauze es una muestra de la vulnerabilidad del liberalismo mexicano; su pobreza legal, filosófica y teórica. Cuando miramos hacia fuera lo hacemos para emular. Hay un tono reverente en este libro que es contrario al espíritu del liberalismo. Reverente con el pasado, reverente con los maestros y reverente con las personalidades con las que dialoga. El liberalismo, por el contrario, nació como una ideología de combate, una teoría política de la indignación frente a los abusos de poder y la discriminación injusta. Por su origen es irreverente con la tradición y la costumbre. El libro de Krauze epitomiza lo opuesto a este espíritu rebelde. El liberalismo no podrá ser una filosofía política del presente si no rompe sus ataduras con la historia oficial o mítica que se forjó en el siglo XX. Ni la pretendida continuidad del liberalismo, pregonada por Reyes Heroles, ni el capítulo ejemplar idealizado por Cosío Villegas son guías para el futuro. La reinvención del liberalismo implica ruptura. Esa es una travesía que apenas comienza. n

*Isaiah Berlin, en C. Woolfe y J. Bagguley (eds.) Authors Take Sides on Vietnam, Peter Owen, Londres, 1967, pp. 60-61. Christopher Hitchens pone en evidencia el carácter dudoso de Berlin, véase: “Goodbye to Berlin”. en Unacknowledged Legislation. Writers in the Public Sphere, Verso, Londres, 2000, pp. 167-200.