LEALTAD SIN RECIPROCIDAD

POR FEDERICO NOVELO URDANIVIA

“Para mí, la lealtad y el  espíritu crítico son inseparables”, es la sólida, candorosa declaración que Paul O’Neill hace al autor de este libro, el primero en ventas en Estados Unidos en la lista del New York Times por un largo rato. Se trata de la descripción detallada de la mecánica que erosiona la confianza de un hombre mayor en el personaje, joven e inexperto, que gobierna a la nación más poderosa del planeta a lo largo de toda la historia de la humanidad.

Criticar a Bush es el pan de cada día en este mundo globalizado. Stiglitz, Krugman, Soros, Gray, Moore… hasta Kerry, su más visible y formal oponente, hacen alusiones de calibre y potencia diversas sobre las limitaciones intelectuales, el sometimiento a poderosos grupos de presión, el abandono a la presentación de mentiras como verdades palmarias, la imperdonable ignorancia en cualquier gobernante, las adicciones y sus secuelas, el rotundo desconocimiento de la teoría y la experiencia económicas, la falta de roce y capacidad de entendimiento en relación con el mundo que pretende liderar, el provincianismo, el encubrimiento de intereses y corruptelas diversos (de él y de destacados miembros de su círculo más cercano) y, muy notablemente, la intolerancia frente a todo lo que no comulgue con las, digamos, ideas, que adornan al actual presidente de Estados Unidos de América. La opinión oficial sobre esos críticos tiende a descalificarlos por liberales, demócratas resentidos, sospechosos de aficiones comunistas o, ¿dónde lo hemos oído?, enemigos de la sociedad norteamericana y de sus ejemplares instituciones.

La novedad del texto radica en el sorprendente origen de la crítica que formula. Suskind, biografiando a O’Neill en el trance de aceptar e intentar cumplir con el singular nombramiento de secretario del Tesoro de Estados Unidos, nos ofrece el único tipo de crítica política para la que, como en la base por bolas del béisbol, no hay defensa ni pretexto posibles, la que proviene de un miembro destacado, el de mayor autoridad moral —no sólo en el nebuloso mundo del conservadurismo republicano— y de mayor dominio y experiencia en materia económica, del propio gabinete presidencial.

Los asuntos ambientales y su final sometimiento a las empresas productoras de energía; los derroteros posibles para la eventual reanimación del sistema económico estadunidense y la equivocada e interesada receta del recorte fiscal para los ricos; la ayuda a los países más pobres del planeta y la alarmada cuantificación de riesgos de que se incremente la demanda de dicho apoyo si se logra dotar de agua potable a bajo costo a algún país africano —ejemplo vivo que aparece en el libro—; el financiamiento viable de la seguridad social y la decisión de desvanecer un superávit sobreestimado, y la pretensión de diseñar e implementar una reforma educativa que abriera oportunidades para los niños de todo el país (de todas las clases, razas y lugares) con la callada por respuesta son, todas, dramáticas experiencias de O’Neill con G.W. Bush, quien no muestra su manera de pensar, sus proyectos y planes, ni pregunta nada —muy a pesar de la certidumbre relativa al ayuno de respuestas propias—. Alejados de la tarea de proponer y discutir opciones diversas sobre cada asunto relevante, O’Neill descubre que los quehaceres de muy buena parte de los ocupantes de la Casa Blanca se destinan, en exclusiva, a la política: orejas grandes y comedidas para los reclamos de políticos y, sobre todo, empresarios que apoyaron —con criterios de rentabilidad— la campaña política del presidente: comités cerrados, compuestos por burócratas incondicionales, sin obligación de rendir cuentas a nadie, para definir políticas energéticas y ambientales; amigos, todos, de los señores del dinero a quienes han ofrecido —aun a costa de la recuperación económica  nacional— la reedición de los recortes impositivos que estableció Ronald Reagan desde los años ochenta. Para O’Neill, el temprano descubrimiento de esas aficiones secretariales se reveló como la contemplación de un deprimente jardín de niños.

Al leer las fuentes diversas de la frustración de Paul O’Neill con relación a Bush, resulta difícil evitar la evocación de las frustraciones que acompañaban a Miguelito, el pequeño amigo de Mafalda, cuando descubre que las preguntas que, con amabilidad y comedimiento encantadores, le formulaba su maestra, no se originaban en la búsqueda del conocimiento; mientras Miguelito se armaba de paciencia para ofrecer respuestas que resultaran comprensibles para las entendederas de la mentora, resultaba que aquélla ya sabía las respuestas y, en sentido estricto, evaluaba al contestador que, por su parte, pretendía rescatarla de las garras de la ignorancia. Descubrirlo no resultó una experiencia grata, ni para uno ni para otro, con el añadido —en el caso de Bush— que no sabía las respuestas, pero no esperaba obtenerlas de O’Neill; disponía de otras fuentes de instrucción, preferentemente brindadas por el vicepresidente. Richard (Dick) Cheney, más que comprometido con poderosos intereses corporativos, presentes por todo el planeta.

“No negociaré conmigo mismo” era una respuesta recurrente de Bush, cuando el secretario del Tesoro le intentaba explicar el débil efecto que la reducción de la carga fiscal para los ricos tendría en la recuperación de la economía nacional o cuando le sugería que la responsabilidad de los directivos empresariales, afanados por engañar a los accionistas especialmente durante la burbuja de los años noventa, debería adquirir el carácter de norma regulatoria. Fue un recurso, semirretórico, que en efecto resultó contundente y que operaba en la previsible economía de argumentos presidenciales. O’Neill nos ofrece, en las palabras de Suskind, la falta de razones y de cultura política con la que Bush se convertía en esclavo de su odio por Saddam Hussein, inventándole la disponibilidad considerable de armas de destrucción masiva y afinidades con un fundamentalismo musulmán al que combatió decididamente desde que fundó un gobierno autoritario y laico; en todo caso, confundiendo al propio pueblo estadunidense —y al mundo— con el inicio e incierta continuación de la guerra contra Irak, montado en la inercia de las reacciones permisibles frente a los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, pero con notable anticipación planificadora. Este es un episodio en el que los llamados halcones del gabinete llegan a palidecer frente a la necedad belicosa del gobernante quien, a pesar de las previsiones de su entorno, anima la incursión bélica al amanecer del flamante gobierno republicano.

Convocado por Cheney para ocupar el alto cargo de secretario del Tesoro, O’Neill recibe la noticia de su despido por la misma fuente con una oferta suplementaria muy poco reconfortante, que incluye el despido de Lawrence (Larry) Lindsey, enemigo autohabilitado de nuestro personaje y dueño de un perfil intelectual y político de notable poca monta, al lado de la sugerencia de declarar sus intenciones de retornar a la vida privada; el despido desestimó ambas propuestas. Paul O’Neill se construyó un ámbito de autonomía reconocida, visible en los más importantes medios de comunicación… y pagó por ello. Republicanos y demócratas criticaron esa defenestración. Para el resto del mundo, en todo caso, queda disponible la lamentación.

Abordé el libro con las reticencias con las que, en mi opinión, debe abordarse cualquier éxito editorial encumbrado en las sociedad cuya política recibe las mayores influencias de la religión y del dinero en todo el mundo; muy poco aprecio, si alguno, podría dispensar a un personaje que, como Paul O’Neill, declara respeto y admiración por políticos del tipo de Richard Nixon. Gerald Ford, Ronald Reagan y el mismísimo George Bush padre. Enfrenté las consabidas limitaciones de una traducción desarmada de cultura económica y generosamente salpicada de faltas ortográficas y encontré muy poco reconfortante la sintonía del protagonista con el muy sobrevaluado Alan Greenspan, banquero central tan inocuo como cualquiera que sólo tenga ojos para la inflación, haciendo abstracción del crecimiento. Con todo, al final de la lectura dispongo de mucho más que una brizna de simpatía por Pablo o el Gran O (apodo que, en su desmayada inteligencia, le impuso G.W. Bush a Paul O’Neill); seguramente comparto su idea sobre los componentes de la lealtad y admiro la determinación, para muchos impagable, con la que alimentó esa obra (con su fortuna —que rebasa los 60 millones de dólares— y con su edad, superior a los 68 años, juzgó que era muy poco lo que le podrían hacer por proporcionar la información que otorga relevancia a este libro y que, todavía hoy, se ventila en los tribunales por presunta deslealtad); por encima de lo anterior, que no es poco, aprecio sobremanera su convicción sobre la forma de servir a su país, proporcionando, como se cita en el final del libro “La verdad. Únicamente la verdad’. Y, usted, ¿cómo define la lealtad? n

*Durante el año 2002, O’Neill realizó una gira por varios países del Africa subsahariana a iniciativa y en compañía de Bono, la estrella irlandesa de rock quien es, también, un destacado activista en la lucha en contra del síndrome de inmunodeficiencia adquirida.