LOS LIBROS Y LA CRÍTICA

LOS OGROS DEL ARTE

POR JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

En una novela breve y compacta, casi alegoría, La maldita pintura, Héctor Manjarrez ha dibujado una especie de infierno circular o de fúnebre callejón sin salida para una comuna de artistas radicales ingleses y mexicanos (residentes en Londres), que a lo largo de los años, a pesar de su laboriosidad y del éxito, desembocan en el desencanto o el descubrimiento de la impostura del arte moderno, especialmente de la pintura.

Como las ideologías, las artes —o más bien: las estéticas, los postulados estéticos, las doctrinas y expectativas que se les atribuyeron grandilocuentemente a las artes modernas— han embrujado, traicionado y martirizado a sus amantes: sus víctimas terribles y aterrorizadas. Saturno o el sublime arte ogro.

Los artistas y sus mujeres —pintorescamente denominados Uno, Dos, Tres, Cuatro y Cinco, para que el sexto personaje, el narrador, pueda llamarse, en homenaje a Cataluña, Seix; y el lector (supongo en homenaje a la tiendita de la esquina) Seven Up— parten de una flamígera Edad de Oro (acaso los sesenta) en la que el arte más radical asumía proporciones de ideología, casi de religión. Un arte más grande que la vida, que el amor o el deseo, que el destino y el delirio, que la religión y la política. ¿El vanguardismo no seguirá momificado, a más de un siglo de distancia, entre las telarañas del castillo de Axel? ¿El arte moderno huyó de mercados, tradiciones y academias rumbo a espejismos esotéricos?

Pero el templo del arte vanguardista se ha vuelto —ya lo era: hay denuncias al respecto desde los años veinte, para no remontarnos a los “salones” de Baudelaire— mercado soez, mascarada interminable de farsantes y embusteros. Nuestros artistas llegan al extremo de no saber si en la medida en que más profundizan en la pureza y el radicalismo de su pintura y de su estética, no se están engañando  y traicionado más a sí mismos. Si el arte no es siempre, también él, una impostura totalizadora y trágica. Una trampa existencial tan abrumadora como las religiones o las ideologías.

Rechazados los cimientos o puntos fijos de la tradición y la academia, lanzados a una creatividad adánica o luciferina (de Klee, Matisse y Picasso a Pollock), a la que exigen absolutos vitales, carnales y espirituales, pasionales y hasta esotéricos, crean una espesa selva de dibujos y colores como vegetaciones caníbales. El sueño del arte también produce monstruos. El logro del arte es el ogro del arte.

Pero no se trata de una mera palinodia del arte contemporáneo, del tipo de las lamentaciones sobre el daño de las ideologías. Es una farsa formidable, casi extravagante: por ejemplo, media novela nos ofrece el tableau vivant o el “cuento cruel” de unas mujeres desnudas domésticamente enjauladas, por decisión propia, en una especie de instalación solipsista, sin público, para sí mismas y los hombres de la enrarecida y exclusivista comuna.

Los personajes crean sus propias caricaturas “apandadas” y se sumergen en ellas, como narcisos obsesivos. Su postulación mefistofélica de las negaciones del arte prolifera espasmos y esperpentos, bromas y pesadillas. Estos hombres y mujeres de quienes el arte se ha burlado, ahora se burlan de él con una prosa jocunda y despiadada. No se podrá decir, a pesar de todos de los pesares, que se trate de criaturas inermes: en todo caso, son bestias de su propio bestiario voluntarioso, fauves de su deliberado fauvismo. Seix cuenta la historia de Uno, Dos, Tres, Cuatro, Cinco y de él mismo, con un humorismo y una lubricidad tan firmes y exuberantes, que el lector Seven Up no puede dejar de pellizcarse en mitad de la pesadilla alucinatoria y decir: ¡Si tienen tal fuerza para burlarse así de ellos mismos, es que de alguna manera han sobrevivido! ¡Bravo por ellos! ¡Que prosiga el pandemónium, el “teatro de la crueldad”, el “arte bruto”! A final de cuentas, toda vida humana, incluso sin arte, les resulta a muchas personas una trampa absurda, una pesada broma del Caos.

Escrita con una pluma clara y feroz, desbordante de sugerencias y postulados teóricos, obsesionada (como siempre en Manjarrez) en el dibujo de las poderosas mujeres o trazos-hembra en desnudeces sagradas, lúbricas y casi bestiales (algo habla del sexo de los insectos como el más parecido al humano); enrollada en un laberinto —prosa piranesiana— de bromas y retruécanos, La maldita pintura adjunta a la tragicomedia de los artistas radicales en tiempos “neopostpunks” el ácido y sensato desengaño de unas artes que se tomaron demasiado en serio, y se propusieron ideales tan difusos como desmesurados —maximalistas, totalizantes, ultrarrigoristas en sus ultranegaciones—, que ni las religiones más entrampadas en el misticismo más alucinado podrían satisfacer. No lastima tanto el arte modestamente humano —los objetos creados con las manos— por ultra-postneo-vanguardista que se quiera, sino sus esotéricas presunciones, sus piedras filosofales, sus cábalas teóricas, sus alephs, oms y hare-krishnas en acrílico: sus búsquedas enjauladas del Absoluto.

Terror y tragedia en un relato hilarante, totalmente diverso de la literatura que se usa en nuestros días: delirio artauddubuffetiano que, pretendiendo zaherirse y autodenunciarse como letal impostura, La maldita pintura en realidad reafirma su gozo en tal estética ruda, “bruta”, “salvaje” o negativa, así sea desprovista de todo trascendentalismo, pero vivida o ensoñada en su minuto preciso, al mismo tiempo edénico y torturado.

Una pequeña obra maestra de ironía y ferocidad existencial y lúbrica:

“Pero, ¿qué estoy diciendo dentro de los confines de mi cráneo? ¿Qué extraña y familiar demencia me hace soñar, más que qué sueño me hace desvariar, que estas dos mujeres están encarceladas y este hombre desea la muerte porque ni el amor ni el arte tienen ya sentido para él, a pesar de que ama más que nunca a su compañera, a pesar de que nunca ni él ni nadie, en este siglo que se acaba, ha dibujado como él ha dibujado en las últimas semanas”. n