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Es junio y ella añora a su padre con la misma intensidad que a veces pone en ambicionar imposibles, hasta que a ratos los consigue. Así como ha conseguido que su hija de diecisiete años tenga por el abuelo a quien nunca vio, una veneración equiparable a la que otros pueden tener por su entera genealogía.

Su padre murió una mañana de mayo. Hace tres décadas. Ella siente que hace ya de eso tanto tiempo que le parece cercano. Su padre solía hacerla reír. Desde niña tenía recuerdos de su padre jugando a provocar su risa. El que en el fondo era quizás un hombre triste, si dueño de tristezas es quien sabe que no hay alegría imposible, quien ironiza con el mundo todo, empezando por su propia figura y sus magras finanzas.

Caminaba despacio, pero siempre llegó a tiempo a todas partes. No como ella, que corre eternamente y a todo llega tarde. Aún teme estar a tiempo. Odia ser la que espera. Esperó una vez que la vida dejara suyo a ese hombre a quien quiso con devoción y sin matices, como sólo se quiere a los hijos. Esperó una vez como quien traga fuego, que su padre viviera porque lo quería ella, porque le rogó a su Dios que le dejara el aliento aunque fuera un tiempo, y nada de lo que ella hubiera querido pedirle a Dios le había negado. Así es Dios: todo lo concede hasta que lo deja de conceder. Y así fue su fe en él, todo le creyó hasta que dejó de creerle.

Con un tiempo, un año pensó entonces, hubiera tenido ella para aceptar que esa parálisis en que lo vieron irse, aquel silencio, eran el preludio de la muerte, eran peores que la muerte. Pero en dos días, todo es mejor que la muerte. Cualquier trozo de vida, cualquier indicio de que ahí estaba. Un poco de la luz con que solía mirar, una mueca evocando el afán de su sonrisa.

No imaginaba ella lo que pasaría en un año, pero era tan joven que entonces los años eran largos y seguro creyó que después de un año tendría fuerzas para no morirse cuando él muriera. Las fuerzas que no tenía esa tarde, caminando de su casa al hospital, mientras miraba caer sus lágrimas sobre la piedra de las calles. Como si fueran lágrimas ajenas.

—Papá, ¿por qué nos sigue la luna?— le había preguntado a los cuatro años, una noche al volver del campo. Ella nunca ha sabido recordar qué le respondió, sin embargo recuerda que su respuesta la dejó en paz. Tampoco recordaba cuándo se hizo la noche de aquel lunes, en que un pedazo de luna la acompañó hermosa y abusiva cuando volvió del hospital con la certidumbre de que el resto de su vida, de sus preguntas, de sus desfalcos y sus deseos, tendría que vivirlos sin aquella voz con respuestas. Quién sabe qué tendría su voz con respuestas, pero ella recuerda que siempre le dieron paz.

Su padre silbaba al volver del trabajo. Adivinar por qué silbaba. Volvía de un trabajo extenuante y mal pagado, silbando como si volviera de una feria y entrara en otra. Ella lo escuchaba llegar y corría escalera abajo.

Ahora está envejeciendo y aún la hace llorar la memoria de aquellas manos en su cabeza. Para todo lo que tiene que ver con recordarlo ella tiene cinco, diez, catorce inermes años. Y sin embargo, lo recuerda casi siempre con alegría y consiguió sobrevivir al abismo de perderlo.

—¿A quién conmoverá mi desolada vejez de cinco años? —se pregunta cuando da en llorar como si deveras tuviera cinco años.

Y habrá seguramente quien se conmueva. Pero también quien se espante. Ella tiene unos hijos como prodigios, de los que nadie mejor que su índole sabe cuánto debía decirse, ella ha podido encontrar unas lunas de milagro, lunas que hacen su magia hasta cuando las nubes se las esconden a sus ojos. Tiene al lado un hombre con la fuerza interior y las piernas largas de su abuelo, que hará más de veinte años sobrevive a sus búsquedas, a su para él siempre rara pasión por el mar, al hecho irrevocable de que hace tiempo a ella no le interese ni siquiera leer los periódicos y desde siempre haya pasado con pánico y desdén frente a la televisión en que él cambia canales o mira el fútbol como ella podría perder los ojos en el horizonte, las tardes enteras. Tiene las mejores amigas que alguien pueda soñar, amigas con las que habla horas incluso en mitad de una mañana de trabajo, amigas como hermanas. Tiene una hermana llena de sortilegios a la que admira y extraña mucho más que a los dos volcanes que están frente a la casa en que la ve vivir como si la viera volar y que es su amiga más que si no fuera su hermana. Tiene una madre como una catedral que se ha ido construyendo durante años, hasta convertirse en un ser excepcional y adorable. Tiene tres hermanos de sangre con los que sabe que podrías contar millones. Y hasta se da el lujo de tener hermanos de elección con los que cuenta a diario como si fueran sus hermanos. Se gana el dinero que gasta y hasta el que otros se gastan cuando le roban sus tarjetas de crédito, mientras ella babosea frente a la textura de un suéter. Tiene quienes acuden cómplices a sus palabras, algunos que incluso la quieren sin haberle visto y otros que la quieren a pesar de saber que no es la misma que escribe o que están viendo. Tiene epilepsia y le ha perdido el miedo como quien tiene una cicatriz y se acostumbra a llevarla aunque a ratos le recuerde un dolor. Para más, algunas noches, como si fuera princesa de las óperas, tiene quien desde adentro le cante: “Guardi le stelle che tremmano d’amore e di speranza”.

Todos esos lujos y privilegios, más otros de los que sólo ella sabe, tiene y venera. Su padre, sin embargo, es todo lo que no tiene, ni ha tenido. Todo lo que muchas veces ella no sabe siquiera qué cosa es. Todo eso, más el recuerdo lejano de las mañanas en que él la subía a un burro y caminaba sosteniéndola, por un campo cuyo olor aún le parece que tiene en la memoria, junto con las historias que un hombre, todavía joven, le iba contando a una niña tan pequeña que no recuerda sino el tono de la voz que las contaba. Esa es la voz que la lleva a desear imposibles que para su asombro se vuelven posibles algún momento y sin más permanecen como eternos. Esa es la voz que cuando ella quiere entristecerse demasiado con su ausencia, le recuerda el montón de bendiciones que la vida le ha regalado y el abrazo que quien tuvo esa voz está dándole para siempre, desde la foto en la que aún hay una niña con vestido blanco, sentada en las piernas y el resguardo de un hombre que extiende el brazo y la mirada, enseñándole el horizonte.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Su más reciente libro es Ninguna eternidad como la mía.