“Vaya el camión que pasó”, pensé mientras exprimía el agua de mi cabello y escurrían burbujas de jabón por mi espalda. El edificio se meneaba, pero el zangoloteo, a diferencia de cuando transita un camión pesado por la calle de Tokio en la colonia Juárez, no se detuvo: incrementó.

Moví la cortina de la ducha y observé la lámpara que bailaba. Mi cabeza también, así que giré la llave para apagar el agua de la regadera y me equilibré poniendo la mano sobre el muro. A lo lejos, reconocí el alboroto de la alarma sísmica.

Me cubrí con una toalla y corrí por el pasillo rumbo a la salida del departamento. Todo se sacudía en desarmonía. “¡Vamos!”, grité a mis dos perros. “¡Pum!”, reventó en el piso un primer librero y el más alto de los dos, un callejero pura sangre de nombre Púa, velozmente se impulsó debajo de la cama.

“¿Qué hago?”, pensé aterrada. Durante el simulacro, pocas horas antes, habíamos practicado salir fugaces al ritmo de la alarma. Siempre dejaba las correas junto a la puerta de entrada y hasta les había puesto un collar nuevo para agilizar su salida. Ahora, por detener con una mano la toalla y con la otra equilibrarme sobre la barda del pasillo, no había alcanzado a agarrarlos y uno se me había escapado.

No había tiempo para entrar a la habitación, arrastrarme y sacarlo. El viejo edificio se movía tanto que en su lenguaje parecía advertirme que en cualquier segundo colapsaría. El más chaparrito, Totopo, se mantenía inmóvil en el pasillo, así que lo jalé del collar y lo empujé a bajar las escaleras conmigo.

Lo hicimos apresurados. Por el segundo piso me topé a la señora Josefina. Con el rostro pálido exclamó “¡Corre, Teresa, que ahora sí está temblando!”. Al salir cruzamos la calle. Pisaba descalza, marcando con gotas de agua el rastro de donde escapaba.

“¡Aquí, Josefina!”, nos detuvimos frente al edificio y de espaldas a un pequeño teatro que siempre me ha dado la impresión de ser una estructura estable y sólida. También una de las construcciones más bajas de la cuadra.
El edificio se movía y raspaba contra el colindante, más alto y con semblante medio enclenque. Medio agachada, con una mano sosteniendo la toalla y la otra aferrada al collar de Totopo, no podía mas que observar la ventana de la habitación donde se escondía Púa.

Gente me cruzaba desesperada, gritos, unos corrían, otros intentaban mantener la calma. Desde el fondo de la calle, como llamarada, apareció una nube de polvo. Ya no podía ver la siguiente cuadra. “¡Muévanse lejos!”, gritó un joven que trabaja en un restaurante cercano. “¡Se ha caído un edificio!”. Después descubriría que no era cierto, solo se habían desprendido algfunos cachos.

Mi cabeza rogaba que mi edificio no se desplomara con Púa en sus entrañas. Josefina agarró del collar a Totopo. El suelo, en crescendo, rugía y se sacudía. Todo tronaba o se caía.

“Tranquila”, me susurró una mujer mientras se quitaba el suéter y me lo ponía encima, “debes cubrirte o te puedes enfermar”. Era de las pocas que mantenía la calma. Otra me prestó una bufanda para que, como correa, sujetáramos a Totopo.

Cuando el piso volvió a la calma nos rodeaban sirenas de ambulancias y patrullas. “No debes regresar”, me decía otro vecino; yo quería sacar a Púa. “¡No!”, continuó otro muchacho, “el edificio está muy dañado”.

La gente no dejaba de atravesarnos, apresurada. La tensión crecía al igual que nuestra incertidumbre. “¡Deben moverse, hay una fuga de gas!”, se escuchó gritar y Josefina aconsejó: “entremos rápido, saquemos a Púa y vámonos”.

Subí las escaleras lentamente. Temblaba tanto como la Tierra que se acaba de tranquilizar. Abrí la puerta y vi Púa, había dejado la cama y se había metido al baño. También tiritaba. A nuestro alrededor todo se había desparramado y quebrado: macetas, libros, vasos y cuadros.

Decenas de recuerdos destrozados y un sentimiento de vacío. Aventé la toalla, entré en un pantalón (no me importó la ropa interior), tomé unos tenis, las dos correas, las llaves, el celular, y volví a la calle.

“Vámonos al Bosque de Chapultepec”, le dije a Josefina, y caminamos entre una marabunta ansiosa y desprotegida. “Dicen que se vino abajo el aeropuerto y La Villa”, comentó el joven que se sentó en la banca junto a nosotras.
 “¿Y nuestra Señora? ¿Ella está a salvo?”, preguntó Josefina apanicada. El joven nos mostró imágenes terroríficas. Intentamos usar mi teléfono para comunicarnos con familiares pero la red estaba saturada. “Prueben el WhatsApp”, recomendó.

Mis padres estaban bien, mi esposo, amigos y conocidos aseguraban que también. “Yo vengo de un piso veintitrés, mañana renuncio”, aseguraba otro que se resguardó en el bosque como nosotros.


Ilustración: Estelí Meza

Hora y media después caminamos de regreso al edificio. Se había recargado en el vecino y los muros colindantes parecían los labios reventados de un boxeador noqueado. “¿Estás bien?”, me escribió el casero, “mandaré a alguien a que revise la estructura”.

Caminé rumbo a mi negocio, a pocas cuadras de distancia, una pequeña pizzería llamada Casi Esquina. Habían cerrado el gas pero el servicio de bebidas no paraba. Nada se había caído, el edificio se veía bien. No habían podido cerrar pues entraron decenas de personas urgidas por una cerveza. También rolaron tequilas.

“No parece que se vaya a caer”, aseguró un primer ingeniero, “pero hay que apuntalar los muros”. Así que armé una pequeña maleta y junto con dos bolsas de croquetas me movilicé a casa de mis padres, al sur de la ciudad, hasta que comiencen los trabajos.

A la mañana siguiente caminé por las colonias Roma, Condesa, Juárez y Centro. Cientos de puños se extendían hacia el cielo, también manos con teléfonos que querían atestiguar  lo que acontecía.

Llevé lo que pude a distintos centros de acopio. Gasas, jeringas, tortas. También casi toda la ropa que quedaba en mi armario. En el autobús la gente hablaba sobre refugios de perros, de conocidos caídos, desaparecidos. Gente unida, mano a mano, con las entrañas destruidas.

El sábado siguiente volvió a sonar la alarma sísmica. Salté y salí de la casa al jardín, en pijama. Seguía por el sur de la ciudad. “Ya estamos aquí”, me escribió un vecino de mi edificio; habían llegado los trabajadores a comenzar los arreglos.

Me apuré rumbo al Metro. El servicio continuaba siendo gratuito. Un hombre con guayabera y un violín abordó el mismo vagón que yo. Segundos después, comenzó a tocar son. Una mujer con un bebé en brazos, sin importar el zangoloteo, se paró y comenzó a bailar. En medio de la destrucción siempre habrá una promesa para sanar.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa

 

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