• 19 de septiembre. Casi siempre estoy en Culiacán. En esta ciudad que algo sabe de miedos me enteré de la ocurrencia del sismo justo cuando acababa de pasar. María Aurora, mi hermana, apenas había subido a su cuarto de hotel porque olvidó unos documentos que requería para una reunión de trabajo. Este sí estuvo fuerte, escribió en la red. Ahí le tocó la tembladera. Ahí revivió los temores acumulados en sus 15 años de residencia en la Ciudad de México. Eso fue lo primero: checar a cada minuto el grupo de WhatsAppp familiar hasta tener la certeza de que el día siguiente, a primera hora, había tomado el vuelo de regreso a su tierra culichi.

• 20 de septiembre. Escribo a mis querencias chilangas. En general, todos bien, con inevitables daños patrimoniales. Noto en algunos de sus escritos periodísticos y en sus crónicas publicadas en caliente cierto pasmo aún, cierta justificada incredulidad por la coincidencia macabra: todos han vivido el sismo del 19 de septiembre de 1985. Poco a poco empiezan a pensar con claridad, a reponerse de los horrores del drama súbito, a pensar en la nueva lección de solidaridad, en la reacción mucho más rápida y eficaz –digamos aceptable- de la autoridad en comparación con lo sucedido hace 32 años. Hay que ir haciendo el recuento de daños, gestionar el desastre y sacar cuentas. ¿De dónde vendrá el dinero para la reconstrucción?, ¿quién pagará las inevitables consecuencias políticas?, ¿estaremos en la necesidad de pensar, como dice Raymundo Riva Palacio, un nuevo proyecto de país?

• 21 de septiembre. Ayer fue cosa de enterarme de que una maestra sinaloense recién jubilada, originaria del poblado Juan José Ríos, falleció en la tragedia. Tenía tres meses de haber llegado para ayudar a su hija con el cuidado de su nieta de cinco meses que también quedó sin vida bajo las ruinas del edificio de departamentos en la zona de Coapa. Qué cosa terrible: abandonar el pueblo en que se vivió una vida, ir a ayudar y morir.

• 22 de septiembre. Sinaloa amanece con sismos, uno de 5.1 grados en la escala de Richter a las once de la noche del jueves 21, otros dos consecutivos, de 3.7 y 4 grados a mediodía de este viernes. Familiares y amigos los percibieron, yo de plano no los sentí. Entre tanto, hay dos apagones en la zona centro de Culiacán, incluido el Palacio de Gobierno en donde estoy chambeando. Sin darnos cuenta, y sin razón empírica, nos sujetamos a los muros y escritorios.

• Frida Sofía y los culichis. Hubo otro sismo en la sensibilidad de la gente. Temprano a las siete de la mañana, mis alumnos de la facultad de Historia se muestran decepcionados, casi todos responsabilizan a las autoridades de haber soltado la especie del drama ficticio de la niña Frida Sofía, viva y atrapada entre los escombros del colegio Enrique Rébsamen: “cortinas de humo para desviar la atención”, dicen algunos. No lo sé, les respondo, pudo ser pura y simple confusión de los rescatistas de protección civil que-alertaron-a-los-mandos-de-la Marina-que-alertaron-a los-medios. Cuando no son generosas como las de los jóvenes que pasaban el agua y los escombros de mano en mano, casi todas las cadenas son insidiosas. Nadie dice que los medios inventaron a Frida Sofía, pero ¿hubo exageración mediática? Y sigo, muy antiweberianamente, choreándolos a los pobres, diciéndoles que más allá de este análisis que dejamos de tarea a psicólogos sociales, sociólogos y comunicadores, quizás nosotros, historiadores, deberíamos recordar las impresiones de Marc Bloch en sus memorias acerca de la manera en que los soldados vivieron la Gran Guerra de 1914-1918, y acaso también, con el mismo Bloch, el modo sutil en que abordó la difusión y distorsión de los mensajes entre los regimientos y las trincheras en su texto póstumo La extraña derrota. ¿Cómo circulan en tiempos críticos los mensajes? ¿Cómo pasan de boca en boca, de medio en medio, a quienes los pueden hacer expansivos? Ahora tendremos una emoción perdida, y acaso una leyenda fantasmal ganada, me dice Iván, uno de los mejores de la clase.

 

Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista. Su último libro es Sinaloa: narrativas desde lo social y la violencia, Gobierno de Sinaloa, 2014.

 

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