Para algunos el día empezó a las nueve o diez de la mañana, para otros a las siete o a las seis; para muchos el amanecer no fue sino la prolongación de la noche anterior, la del 19 de septiembre. Ya desde el alba, la ciudad no tardó mucho en convertirse en un caos de muchos tentáculos.

El primero es encomiable. Los ciudadanos, en especial los jóvenes, tomaron las calles. Con chalecos y cascos, en bicicleta o a pie, urgidos por la necesidad de ayudar, se apostaban en los puntos más críticos con toda su disposición y energía. Estaban listos para sacar cascajo con las manos desnudas, para hacer cadenas humanas y clasificar los víveres; prestaban su coche para dirigirse a Lindavista, a Xochimilco, a la Condesa, también a Puebla, a Morelos y hasta a Oaxaca. Rápidamente fueron demasiados. En el edificio de Álvaro Obregón, la mañana del 20, había tumultos. Ocho de cada diez personas esperaban algo qué hacer. La comida preparada con esmero por decenas de cocineros anónimos comenzaba a echarse a perder. Cientos de botellas de agua tiradas a la mitad, abandonadas con la prisa del que tiene algo más importante en la cabeza: ayudar a las víctimas.

Los centros de acopio se reprodujeron exponencialmente. Bastaba poner una cartulina para que la gente llevara cosas. En coche, en moto, o hasta en bicicleta, jóvenes y no tan jóvenes recorrían kilómetros para llegar a Xochimilco o Morelos, por ejemplo. Eran tantos, que las vías de acceso comenzaron a colapsarse. El exceso de ayuda se transformó en un problema. Por momentos, la ayuda ahogaba a la ciudad.

El otro tentáculo vino por el camino menos esperado y a la vez más evidente. Las redes sociales, ese universo gobernado por el doble filo, se volvió una telaraña. Aquí se necesitan medicinas; allá, una grúa; tengo disponible un tráiler pero no sé a dónde mandarlo. Pero ni siquiera la velocidad, la inmediatez de Facebook o Twitter, podía alcanzar eso que llamamos “el tiempo real”. Guiada por las redes, una amiga caminó como zombi por toda la ciudad dispuesta a ayudar en lo que fuera. Cuando llegaba ya tenían demasiada gente, ya estaban cubiertos de esto y de lo otro. Y luego lo verdaderamente peligroso, la desinformación: en tal sitió van a empezar a meter maquinaria, resistan; cuidado, aquel edificio está a punto de colapsar. Ignoro cuántos grupos se habrán creado en Whatsapp para responder a la tragedia, pero podría apostar que la mayoría fueron ignorados. No por inútiles: por demasiados.

Resulta irónico, pero de pronto parecemos desbordados a partes iguales por la tragedia y por la solidaridad.

Pero acaso estos problemas se hubieran resuelto, o contenido al mínimo, si existiera una cadena de mando por la cual fluyera la información y que coordinara las acciones de miles de voluntarios.

En muchos de los edificios que se cayeron, bastaba un chaleco fluorescente para dar órdenes. En varios lugares la gente no sabía si responderle al ejército, a la marina, a protección civil, a los topos o al vecino que ha vivido toda su vida en esa cuadra.

Hemos visto a miembros de las fuerzas del Estado pidiendo insumos para los rescatistas por televisión. Al parecer, el Ejército no cuenta con algún tipo de almacén pertrechado con equipo de salvación. Parece ser que en la delegaciones y municipios no hay ni un tornillo disponible.

Quizá hemos visto muchas películas, pero ante situaciones como esta solemos imaginarnos a una especie de comandante en jefe saliendo en la tele cada hora para dar información puntual.

Y si todo esto parece aberrante, aún faltan las peores jornadas. Cuando termine el recuento de víctimas, cuando ya no se necesite la ayuda inmediata, cuál será el destino de los desalojados, cuánto tardarán en evaluar, demoler y reconstruir los predios afectados. Y sobre todo, ¿bajo qué criterios? ¿O será algo que dependa de la sociedad civil?

Quizá las demasiadas manos no sean tantas después de todo.

 

César Blanco
Editor y traductor

 

 

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