El día 19 tardamos en entender la magnitud de la catástrofe. Sabíamos del colapso de algunos edificios, postes caídos, el olor penetrante a gas, las fugas que llenaban de miedo el aire. Habíamos oído por radio la primera señal de una tragedia: “Se derrumbó una escuela en el sur de la ciudad”. Al avanzar por Nuevo León, empezaron los signos de la destrucción, las escenas que se repetirían a lo largo de la ciudad: vidrios, tabiques y pedazos de muro en las banquetas, enormes grietas en los costados de los edificios, el bullicio omnipresente de ambulancias y helicópteros, mares de gente esperando en los camellones.

Desde la esquina de División del Norte y Eje 5 vi el caos a lo lejos: gente que corría o huía, gritos, el trajín de carretillas, una enorme grúa, las maniobras entre el tumulto de un camión de volteo. Después supe que eran los edificios colapsados de Gabriel Mancera y Escocia. ¿Cuántas personas sepultadas? ¿Cuántos heridos y víctimas? ¿En cuántas partes de la ciudad se ha quebrado lo que creíamos firme?

Avanzaba lentamente en bicicleta, cuidándome del pánico de los autos, de la falta de semáforos, tratando de guardar la calma. De las radios de los coches salían las mismas noticias catastróficas, todos los peatones hablaban de lo sucedido, con ojos de angustia, nerviosos. Al llegar al cruce de Zapata con División del Norte, a unos metros estaba lo inimaginable. Otra vez. No puede ser. El mismo día. Sobre una pirámide de escombros, columnas y varillas, decenas de hombres, policías, brigadistas y voluntarios subían y bajaban, se pasaban cubetas de escombros. Empezaban a acordonar la zona. A unos metros un paramédico, con chamarra y casco de motociclista, había tomado un megáfono. Solamente sus palabras podían tener sentido en ese momento. Ninguna más. “Por favor, acérquense. Estamos ante un desastre mayor. Yo estuve en el 85, todos queremos ayudar”. Hizo una lista de necesidades inmediatas. En los días siguientes veríamos esas listas incesantes circular en redes como la voz compartida de nuestra urgencia. Hacía falta subir agua a lo alto de las ruinas, se acababa de desmayar un voluntario que trabajaba, como otros, sin sentir la deshidratación ni el cansancio. Subimos y repartimos agua en pequeños grupos. No la querían recibir. La reunimos en pequeñas bases, en las distintas esquinas que quedaban del esqueleto del edificio.

Las filas humanas también pasaban cubetas pesadísimas de cascajo. Sin saber bien cómo me vi en una pendiente, en una de esas hileras de trabajo, organizadas por la intuición inmediata del desastre. Estaba sobre la losa inclinada de lo que fue horas antes una cocina. Más abajo, regados entre el cascajo vi las patas de una silla, discos de acetato, cacerolas, las páginas amarillentas de La Celestina, fotografías del diploma de un estudiante. Una mujer se ocuparía de reunir y ordenar, frente a unos abarrotes, esos objetos íntimos que quedan de nosotros en el polvo.

La casa que era defensa contra la noche y el frío,
la violencia de la intemperie,
el desamor, el hambre y la sed,
se reduce a cadalso y tumba.
Quien sobrevive queda prisionero
en la arena o la malla de la honda asfixia.1

Es duro de creer, pero abajo había personas. Dos topos y un paramédico se acercaron a un boquete lateral, entre dos vigas. El silencio de nuestros puños levantados permitiría ese diálogo en el umbral de la muerte: “¿Me escuchas? Somos rescatistas, necesitamos oírte para saber dónde estás”. Introdujeron un tubo flexible de plástico para comunicarse. Luego, una vía con una bolsa de líquidos. Nunca vi salir a nadie. Solo escarbábamos cada vez más rápido. La gente empezó a amontonarse.

Al caer la tarde la urgencia era conseguir lámparas, baterías y cascos. Volvimos a hacer pequeños grupos de acopio en las cuadras aledañas. El ejército, la policía, Protección Civil y la Cruz Roja empezaban a tener más control de la situación, colectaban víveres y herramienta. Volvimos frente a las ruinas para subir el equipo que tanta gente había donado. Un hombre de camisa se acercó a pedir de todo, desesperado. Las autoridades sólo dejaban subir ahora grupos organizados y equipados. “Mi familia está ahí adentro”, nos dijo señalando la enorme montaña de escombros. Al detenerme, dos días después, a escribir sobre ese día, no puedo dejar de pensar en ese hombre y su esperanza deshecha.

Hacía las 8 de la noche, la mayoría esperaban impacientes órdenes de las autoridades. Se organizaban grupos más pequeños y específicos. Ahí estaba la labor colectiva incansable de miles de héroes anónimos, la oda improvisada al “nosotros”. El 85 parecía repetirse. Parecía devolvernos la opresión macabra de su efeméride. Algunos estábamos dentro del recuerdo de nuestros padres, mil veces contado. En esas fotografías. En esas historias. En ese lugar imposible donde nadie, jamás, se imagina que se va a encontrar algún día. Otros recobraban la experiencia anterior. Lo que vivieron los de entonces que ya no están ahora. Lo que vivimos los de ahora, con esa memoria heredada, quedará con nosotros para siempre.

Avanzo, doy un paso más,
miro de cerca el infierno.
Muere el día de septiembre
entre la asfixia y los gritos.2

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor.


1 Estos versos pertenecen a Miro la tierra, ese poema largo que escribió José Emilio Pacheco en las semanas siguientes al terremoto de 1985 y que constituye una épica anónima y colectiva de la destrucción de la ciudad de México.

2 Idem.