Condesa, 7:00 pm.

Empezaba la noche en la Condesa. No había luz en las calles, era demasiado peligroso restablecer el servicio debido a las fugas de gas. Tampoco había señal en los celulares. La colonia estaba aislada pero la gente seguía apareciendo. Hacían falta muchas lámparas pero resultaba difícil conseguirlas. Las tiendas habían cerrado hacía horas. Acaso por temor al saqueo, decidieron no compartir. Por la zona no se podía comprar ni un chicle.

Los centros de acopio se multiplicaban. En el parque México y en el España brotaba gente de todos lados, caminando, en moto, en coche, en bicicleta. El agua y la comida se desbordaba por momentos; resultaba crítico clasificarla.

Condesa, 8:00 pm.

En Veracruz y parque España se montó un centro de acopio desenfrenado. En una parte se descargaba la ayuda; en otra se cargaban vehículos de todo tipo. Cadenas humanas para uno y otro lado. Un área para medicinas, otra para leche, otras más para comida, mantas, material de limpieza. Se daba lo que se pedía. De pronto desaparecía una montaña de latas de atún, luego no había medicinas. Los vehículos de entrega se iban incompletos, en ocasiones ni se sabía a dónde. No había tiempo para preguntar. La gente actuaba por inercia. No podía ser de otra manera.

Condesa, 9:00 pm.

En Ámsterdam habría cientos de personas. Caminaban en la oscuridad, alumbrados por pequeñas lámparas. Formaban filas inmensas para sacar piedras a mano del edificio que hacía esquina con Laredo. Los pocos militares apostados cooperaban con la gente. La cadena humana parecía un acordeón, se encogía y alargaba para prepararse, pero el cascajo no llegaba o llegaba a cuentagotas. En medio corría gente con carritos de supermercado repletos de piedra. Cerca del edificio colapsado se instalaron lámparas de alto poder, dos camionetas entraron con cañones de luz inmensos. Diez metros más allá, casi tinieblas.

Un camión de volteo estaba siendo cargado al pie del edificio. Sobre Nuevo León, dos camiones más esperaban, vacíos. No sabían por dónde entrar y no querían meterse entre la gente porque estaba muy oscuro. Agarramos a uno de los choferes y lo guiamos. De pronto éramos “viene viene” en medio de la noche.

Condesa, 10:00 pm.

En Ámsterdam y Laredo la gente era tumulto. Cada tanto, el nuevo símbolo de la tragedia, la mano alzada con el puño cerrado, daba esperanzas. Silencio. El cascajo comenzó a fluir entre algunas manos que a veces no se veían entre sí. Era importante anunciar qué estaban pasando —varilla, piedra, ladrillo— para no causar un accidente.

Llegó gente que empezó a repartir comida entre los voluntarios. Sándwiches, tortas y pan dulce, algunos envueltos en servilletas, otros en papel celofán con notas de agradecimiento. Repartían café y agua. Muchos llevaban más de seis horas trabajando.

Condesa, 11:00 pm.

En una banca del parque tres personas leían la Biblia en voz baja. Otros fumaban en grupos; el gas, decían, no llegaba hasta ahí, o no nos importaba. Ya se sabe lo que el cigarro le hace a los nervios.

En las calles aledañas, caminar por cualquier parte era una temeridad. Era fácil tropezarse con algo, en cualquier momento podía colapsarse un edificio. Se empezaba a hablar del futuro, un enorme signo de interrogación. ¿Cuántos edificios afectados? ¿Cuántos inhabitables? ¿Cuánta gente sin casa y hasta cuándo? ¿Qué estaría pasando allá, fuera de la Condesa? ¿Cuándo llegarían más soldados? ¿Qué estarían haciendo las autoridades?

Condesa, 12:00 pm.

En algún momento regresó la luz. Fue un alivió y a la vez un mal augurio. Varios de los edificios que horas antes se veían rajados, ahora tenían cicatrices permanentes. La gente caminaba con maletas y computadoras, despidiéndose de su hogar. Dos o tres veladores se iban a quedar cuidando edificios vacíos, edificios fantasma. Uno de ellos dijo que se iba a dormir abajo del escritorio.

En algunas calles las banquetas parecían olas. En las jardineras del parque México había piedras tiradas al azar, piedras de todos los tamaños, ahí, acomodadas, como una absurda instalación de arte contemporáneo.

La señal también regresó y la gente se conectó frenéticamente a las redes. Tantos edificios destruidos, tantas personas rescatadas, tantos muertos. La escena de la Condesa se multiplicaba por todos lados.

En Ámsterdam y Laredo estaban a punto de sacar a alguien. Todos estábamos ahí y sin embargo nadie tenía cifras claras. Un militar habló de tres rescatados, una chava de cuatro o más.

El grupo de la Biblia seguía leyendo. Otras dos personas se habían unido, formando un pequeño coro. Se notaba el cansancio: gente empolvada, cubierta de sudor, se sobaba las manos y el cuerpo, sedienta. Muchos, a pesar de llevar horas haciendo algo, rechazaban el agua como un gesto de pudor frente a los que aún estaban ahí abajo. Llegaban los relevos.

La noche sería larga. A la Condesa, como al resto de la ciudad y del país, le esperaba un amanecer amargo.

 

César Blanco
Editor y traductor.