Las elecciones del próximo año podrían suponer un punto de inflexión en la historia de México. Por eso resulta más importante que nunca entender los problemas de nuestra democracia, pero también sus puntos nodales. En este brillante ensayo escrito de forma epistolar, José Woldenberg le habla a una joven, que en realidad representa a todos los jóvenes del país: una generación que podría definir el rumbo de nuestro futuro. Recién publicado por Sexto Piso, ofrecemos dos de las cartas más penetrantes.


Ciudad de México, 27 de febrero de 2017

Estimada:

Lo prometido es deuda. No recibí respuesta al mensaje anterior. Espero que no hayas tirado las cartas a la basura, o peor aún, que les hayas dado delete, que no te hayas aburrido o por lo menos que no te hayas aburrido demasiado. Pero creo que ya estoy llegando al final. En lo que creo que tú y yo estamos completamente de acuerdo es en que nuestro arreglo democrático se reproduce en medio de un gran malestar y que, como apuntaba al inicio de nuestro intercambio, ojalá ese malestar en la democracia no se convierta en un malestar con la democracia. Pues entonces estaríamos en problemas mayores. Porque existe un hecho del tamaño de una catedral: hay un desencanto con los políticos, los partidos, los congresos y los gobiernos que nadie debería disimular, y, como te he insistido, sin esos actores la democracia no es posible.

Se podrían citar un buen número de encuestas en las cuales se recoge un sentimiento de hartazgo y un decrecimiento de la adhesión a la democracia, pero basta con salir a la calle o hablar con los amigos o conocidos para darse cuenta que una densa nube de malestar y fastidio acompañan a nuestros recientes logros en el terreno de la política.

Por supuesto, ante ese malestar se puede responder que la democracia no es ni pretende ser una varita mágica ni un sombrero de mago, y que no puede resolverlo todo. Y en efecto, los sistemas democráticos están diseñados para lograr dos objetivos fundamentales: la coexistencia y competencia pacífica de la diversidad política y posibilitar el cambio de los gobernantes sin el costoso expediente de la sangre (otra vez, Popper). Pero dicha respuesta sería insuficiente, porque el debilitamiento del aprecio por la democracia (y por sus instrumentos, que no es lo mismo), se nutre de fenómenos complejos que vale la pena señalar, si es que queremos robustecer nuestra incipiente convivencia/competencia del pluralismo.

Quiero enumerar algunas fuentes del desencanto con nuestra democracia. Se trata de ideas, percepciones y trazos estructurales que militan en su contra. No es un listado jerarquizado, pero puede quizá ayudarnos a pensar en los difíciles retos que tiene que afrontar, entre nosotros, el asentamiento del régimen democrático. Porque no existe ley histórica alguna que garantice de una vez y para siempre la pervivencia de un sistema pluralista, sino que el mismo puede desgastarse, degradarse o fortalecerse. En esta carta haré alusión a fenómenos que alimentan la incomprensión o el desafecto por la democracia, y en una siguiente me referiré a las cuatro fuentes, que creo fundamentales, de ese desencanto.

Antipluralismo. Democracia es sinónimo de coexistencia del pluralismo. Si algo la distingue de los regímenes autoritarios, dictatoriales o totalitarios —como te decía desde el inicio— es precisamente la idea fundadora de que la sociedad no es un bloque monolítico, sino que está cruzada por intereses, sensibilidades, ideologías, programas distintos y en no pocas ocasiones encontrados. Y a diferencia de las concepciones autoritarias, ese reconocimiento deriva en una valoración positiva del pluralismo, al que según el código democrático hay que ofrecerle conductos y espacios para expresarse y convivir, puesto que en él reside buena parte de la riqueza de la sociedad. Ese basamento elemental y fundamental, sin embargo, a cada momento es puesto en cuestión. Se proclama e idealiza al pueblo como bloque sin fracturas, y aparece en el imaginario popular e ilustrado no sólo como un recurso retórico, sino como una aspiración deseable. “Tenemos muchos partidos”, “no se ponen de acuerdo”, “sólo ven por sus intereses”, “dividen artificialmente al pueblo”, son algunas de las expresiones recurrentes que oponen al pluralismo vivo la añoranza de un pueblo unido, sin fisuras, marchando al unísono y ordenado. Es decir, la construcción democrática atenta contra un ideal más arraigado —e impertinente— de lo que creemos. De tal suerte que en el código genético de los sistemas democráticos está sembrada una concepción que riñe contra todas las pulsiones autoritarias, las que postulan y creen que existe un solo sujeto virtuoso, un solo programa digno de crédito, un solo ideario correcto. Todo ello hace que el pluralismo en acción no le resulte grato a muchos.1

Infravaloración del tránsito democrático. Nunca socializamos con suficiencia el tránsito democratizador que vivió el país. Hubo un déficit de pedagogía social. El proceso, que por supuesto no fue lineal y que transcurrió en el último cuarto del siglo pasado, fue narrado de múltiples maneras, pero su sentido profundo no apareció con claridad a los ojos de los más. Hoy bastaría comparar el mundo de la representación de (digamos) 1980 y el de ahora para observar la transformación radical. Pero los lentes que utilizamos para narrar lo que había sucedido fueron insuficientes para entender y nacionalizar la gran transformación vivida. El oficialismo de antaño no era capaz de reconocer que México estaba desmontando un sistema autoritario para edificar uno democrático, porque según él, el país siempre había sido democrático; una democracia que se perfeccionaba y ajustaba de vez en vez. Pero desde una cierta oposición el proceso tampoco fue comprendido —a pesar de que esas oposiciones eran motor fundamental de los cambios—, porque no estaban dispuestas a valorar las transformaciones graduales que produjeron seis reformas político-electorales (1977, 1986, 1989-90, 1993, 1994 y 1996), ya que ello, decían, sólo fortalecía al oficialismo. No fue casual, entonces, que la alternancia en el poder ejecutivo federal fuera vivida por no pocos como una especie de milagro y no como lo que era, la desembocadura de un largo proceso de deconstrucción y construcción de reglas e instituciones y de la transformación progresiva de eso que llamamos “correlación de fuerzas”. Así, a diferencia de lo que sucedió en muchos otros países, faltó explicación suficiente del proceso de transición democrática para que la sociedad fuera capaz de apropiárselo y fuera digno de ser reivindicado y defendido.

Gobiernos de minoría. Gobernabilidad complicada. Los sistemas democráticos, máxime aquellos en los que existe un pluralismo equilibrado instalado en las instituciones representativas del Estado, son difíciles de gobernar. Dado que el gobierno y su partido no cuenta con los votos necesarios en el legislativo para hacer avanzar sus iniciativas, se encuentra obligado a negociar con otros de manera permanente o intermitente. Y ya se sabe, pactar es un asunto tortuoso, lento. Hay que intentar hacer compatibles diagnósticos y propuestas diferentes; intereses y pasiones encontradas. Escuchar, responder, acordar, se vuelve necesario pero peliagudo. Y el nuevo sistema genera la imagen de una sinuosa vereda que es difícil de transitar y que resulta “improductiva”. No es extraño entonces que aparezcan y reaparezcan las voces que añoran la “velocidad” y la “eficiencia” del pasado, en el que México tenía mucha gobernabilidad y nula democracia. Y es que en efecto, el rasgo más sobresaliente de la política mexicana en los últimos veinte años es el de un pluralismo equilibrado, instalado en el circuito de la representación. No existe más una voz que ordene y mande (en buena hora), sino un embrollo de diagnósticos, propuestas e intereses que no es sencillo alinear. La política se ha vuelto más compleja, y eso que deberíamos festejar (por el sistema de balanzas construido), aparece a los ojos de muchos como un trazo indeseable de los nuevos tiempos, que incluso —dirían los extremistas— habría que intentar conjurar. Cada cual tiene una idea de lo que hay que hacer y se desespera porque otros lo contradicen, sin darse cuenta de que precisamente eso es lo peculiar de la democracia.

Déficit de orden democrático. Si bien se ha ampliado y expandido la cara expresiva de la democracia, aun así no hemos logrado construir el otro rostro: el del orden democrático. Para bien, hoy los más diversos grupos y asociaciones reivindican sus intereses, ponen a circular en el espacio público sus balances e iniciativas, se movilizan y exigen. Ello es fruto natural del robustecimiento de las libertades que supone el régimen pluralista. Se trata de ofrecer garantías a las libertades fundamentales: de organización, expresión, manifestación, etc. y de que sean realmente ejercidas. La otra cara de la moneda está en aceptar que todos esos reclamos legítimos son parte de un todo mayor, que no puede ni debe ser subordinado a las exigencias de pequeñas o grandes minorías. Algunos lo llaman “déficit en el Estado de derecho”, y puede ser que así sea. Lo cierto es que con el fortalecimiento de las libertades hemos vivido una ola de reivindicaciones parciales, sectoriales, específicas, que virtuosamente se colocan en el espacio público. Es más, para ello se edifica la democracia, para que voces e intereses antes invisibles adquieran peso y presencia públicos. No obstante, no alcanzamos a construir la noción, las prácticas y los conductos institucionales para que los intereses particulares puedan conciliarse con “el interés general”; y se supone que para ello existe un marco constitucional y legal a través del cual se pueden y deben ajustar pretensiones encontradas. Pero dado que el orden democrático brilla por su ausencia, no son pocos los que ven sólo dispersión, conflicto y desorden sin sentido.

Las complejidades genéticas de la democracia. Como creo que te decía en una de las cartas, la democracia es una estructura de poder laberíntica. Y perdón por repetirme. Para garantizar los derechos y las libertades individuales existe una batería de reglas e instituciones que tienden a contener y reducir las capacidades de los poderes públicos. Dado que se teme a la concentración del poder, entonces el propio diseño institucional genera fórmulas de vigilancia, pesos y contrapesos y hasta posibilidades de obstrucción. Y como se supone que las autoridades ejercen sus facultades a partir de un sistema legal que las autoriza para eso y sólo para eso (recordemos el viejo apotegma de que el ciudadano puede hacer todo aquello que no esté prohibido por la ley, mientras la autoridad sólo puede hacer aquello para lo que explícitamente está facultada por una norma), el circuito judicial se convierte en un terreno legítimo, aunque tortuoso, para dirimir diferencias entre ciudadanos y autoridades y entre los propios poderes constitucionales. Todo eso que ha sido desmenuzado con precisión por Pierre Rosanvallon,2 quizá pueda resumirse en que la democracia —desde su diseño normativo— hace complejo, retorcido y difícil su propio funcionamiento. Y ello deja un sedimento de malestar entre el público.

Déficit de ciudadanía y de sociedad civil. Tenemos un déficit de ciudadanía o una muy débil y contrahecha sociedad civil. Cierto, a la red de organizaciones tradicionales (empresariales, sindicales, agrarias), en los últimos años se ha sumado una vigorosa y esperanzadora constelación de agrupaciones. Sus agendas son múltiples y han fortalecido eso que llamamos sociedad civil (la sociedad organizada). Agrupaciones en defensa de los derechos humanos, los recursos naturales, las agendas feministas o LBTG, han incorporado nuevos temas, problemas e iniciativas al escenario público. No obstante, la inmensa mayoría de la población no participa en los asuntos públicos (que presuntamente son de todos). Y ya se sabe, o debería saberse, que la calidad de la política depende no sólo de lo que hagan o dejen de hacer los políticos profesionales sino del contexto de exigencia (o no) en el que despliegan sus iniciativas. Nuestra sociedad civil es epidérmica y desigual. Epidérmica, porque son porcentualmente muy pocos los que de alguna u otra manera se encuentran organizados y pueden hacer sentir su presencia, y desigual e incluso polarizada porque mientras algunos actores cuentan con asociaciones fuertes e implantadas, los más están atomizados, carecen de voz y potencia para hacer valer sus reclamos. No se trata de revivir el cuento del juego de suma cero entre las instituciones del Estado y la sociedad civil. Por el contrario, una sociedad organizada, potente y activa no sólo le crea un contexto de exigencia al Estado, sino que tiende a construir puentes de comunicación entre ambas esferas, inyectando densidad a las reflexiones y prácticas estatales. Mientras que una condición sustantiva para la existencia de una sociedad civil viva y poderosa es precisamente la existencia de un Estado democrático. De tal suerte que sociedad civil robusta y entramado estatal democrático tienden a fortalecerse —teóricamente—. Pero hoy por hoy, con una famélica sociedad civil, los grados de libertad —y en ocasiones de impunidad— de las diferentes autoridades suelen ser muy amplios.

Los partidos: su lenguaje, su comportamiento. Los partidos, actores centrales de nuestra vida política, se encuentran, en conjunto, en el cuarto de máquinas del Estado. Tienen un pie en la sociedad y otro bien asentado en las instituciones públicas. Y de lo que hacen o dejan de hacer, de lo que dicen y dejan de decir, depende en buena medida la calidad de la política. Son insustituibles como fórmulas de agregación de intereses, como ordenadores de la vida pública, plataformas de lanzamiento electoral, guías y orientadores del debate nacional, pero en su lenguaje siguen persistiendo resortes que no contribuyen en nada al asentamiento de relaciones democráticas. Tenemos un déficit en el reconocimiento de los otros y quizá eso sea connatural a la coexistencia de una diversidad de partidos (cada uno de ellos proclamará que es el portador de todos los valores mientras sus adversarios no son más que la encarnación del Mal), pero la mecánica entre ellos no acaba de lograr que los más entiendan el sentido y significado de muchos de sus debates, desencuentros y tensiones.

Los medios y el discurso antipolítico. Toda política moderna pasa y es modulada por los medios de comunicación. En particular, por las grandes cadenas de radio y televisión (ya se siente el impacto de las redes sociales, pero por lo pronto, dejémoslo como harina de otro costal). Pero de ellos no irradia información y análisis como para hacer discernible lo que sucede en el espacio de la política. Mimetizados a las rutinas y fórmulas del espectáculo, son incapaces de recrear la deliberación (difícil, sinuosa) que se desarrolla en los circuitos de representación.3 Más bien están aceitados para multiplicar los efectos de un escándalo, para recrear dimes y diretes, para hacer escarnio de las no pocas tonterías y resbalones de los políticos, para especular sobre dichos, movimientos o proclamas, para “teorizar” lo que se encuentra en la cara oculta de la política… De ningún espacio surge con más potencia y falta de escrúpulo la retórica de la antipolítica. Todos los males —según esa oratoria elemental y cansina— se originan en una “clase” separada del resto de los mortales, llamada políticos. Para esa fórmula reduccionista no existen problemas, rezagos, auténticas dificultades, todo es culpa de políticos rapaces, tontos e ineficientes. Una sociedad virtuosa sufre a esa plaga, y el problema es que ese discurso hace innecesario el estudio, la comprensión y elaboración de políticas para tratar de solucionar problemas más que complicados. Todo resulta claro y rotundo: los políticos son incapaces (por decir lo menos) y la sociedad es un dechado de virtudes.4 Ante este panorama, los medios no están contribuyendo a asentar la convivencia de la diversidad y menos a hacerla descifrable.

Pero espérate, hay nutrientes del malestar aún más preocupantes. Ahorita tengo que salir corriendo, pero te prometo que mañana concluyo el listado.

 


Ciudad de México, 20 de marzo de 2017

Estimada:

Me dices ahora que las elecciones te producen sopor. Que las observas de lejos y con desgana. Que, como en las noches, te parece que todos los gatos son pardos. Y eso que apenas despuntan las del Estado de México, Coahuila y Nayarit y todavía se ven un poco (sólo un poco) lejos las de 2018. A lo mejor estamos en el cuento de nunca acabar. Porque en esa materia sí tenemos un diferendo grande. Permíteme explicarme.

Lo mejor de las elecciones son las propias elecciones. Y no se trata de una tautología. El solo hecho de que se lleven a cabo auténticos comicios es una “gran cosa”, precisamente porque no parece una gran cosa. Se trata de un procedimiento aparentemente rutinario que tiene un enorme significado. Escribo “en apariencia” no porque no sea una rutina, sino porque no tenemos más de veinte años de contar con elecciones competidas, libres y equitativas.

Las elecciones son una construcción civilizatoria, el único método que permite la coexistencia y competencia de opciones políticas no sólo diferenciadas, sino incluso enfrentadas. Se trata de la fórmula que permite la substitución de los gobernantes sin derramamiento de sangre (ya sé que sueno como disco rayado, pero otra vez te recuerdo a Popper); que presupone que la diversidad política es un capital que debe ser preservado y que es menester edificar un cauce para su expresión; que intenta construir un puente entre gobernantes y gobernados —así sea frágil y momentáneo—; que permite el ejercicio amplio de las libertades; que desata adhesiones, esperanzas, energías sociales; que nos obliga a vivir y convivir con los otros, en el entendido de que esos otros tienen una existencia legítima.

No obstante, nuestras elecciones transcurren, en efecto como tú dices, acompañadas de desprecio, distancia crítica e incluso sorna (por lo menos en el mundo de la opinión publicada). Como si produjeran un halo de malestar que les fuera intrínseco y que impide observar lo sustantivo y apreciarlo. Cuatro fuentes —creo— alimentan esas reacciones. Tú me dirás si crees que estoy equivocado.

A) Los que ven en ellas una fórmula insípida, incolora, aburrida de cambio político. Quienes desearían métodos más vigorosos, coloridos, incluso traumáticos y dramáticos de transformación. Quienes ensueñan cambios revolucionarios, absolutos, radicales; o quienes en nombre de un orden que flota en sus cabezas no desecharían las asonadas o los golpes palaciegos. Y tienen razón: las elecciones se encuentran en las antípodas de esas fórmulas de mutación política porque sus premisas están a kilómetros de distancia de toda idea redentorista. Hay que decir, sin embargo, que esas posiciones son declinantes, que no tienen ni la fuerza ni la implantación de la que gozaron en el pasado, y que hoy tenemos un gran consenso político en el método electoral. ¿Entonces qué?

B) A quienes les parece muy poca cosa las elecciones porque no son capaces de resolver los “verdaderos” problemas del país. Son aquellos que consideran que ni la desigualdad, ni la falta de crecimiento, ni la delincuencia, ni la violencia intrafamiliar, ni la sudoración de los pies son resueltos por las elecciones. Y en efecto. Tienen razón. Lo que sucede es que las elecciones —y en general la democracia— están diseñadas para solucionar dos problemas específicos pero cruciales: el de la coexistencia de una pluralidad de opciones políticas y el de ofrecer una vía institucional y pacífica para nombrar y remover a gobernantes y legisladores. Creo que el problema número uno de México es el de su oceánica desigualdad, pero estoy convencido de que para atender esa profunda falla estructural es mejor tener elecciones que no tenerlas. Y lo mismo se puede decir del resto de los temas. No sobra decir que las campañas son el mejor momento para que los diagnósticos y propuestas de los partidos —es decir, las soluciones a los problemas— logren captar la atención y el apoyo de los ciudadanos.

C) Hay quienes abominan de las elecciones porque no están de acuerdo con algún o algunos de los eslabones del proceso. Todos los hemos oído y leído. Que si son muy caras, que si duran mucho, que si los spots resultan insoportables, que si se vulnera la libertad de expresión porque no se puede comprar publicidad, que si el INE es un elefante blanco, y síguele tú. Ven un árbol cucho y no aprecian el bosque. A diferencia de las dos anteriores, en este caso no se expresa un desacuerdo con las elecciones, sino solamente con alguna(s) de su(s) cara(s). Bueno, pues en estos casos todo está a discusión. Dado que no existe un modelo electoral único y de exportación, muchos de los eslabones se pueden rediseñar, tomando en cuenta que todo es perfectible.

D) Pero quizá la fuente de malestar más extendida sea que a muchos no les gustan los competidores. Son como aquellos fans del futbol que no están dispuestos a ver un juego entre Dorados y Murciélagos, pero que prenden la televisión para embriagarse con un encuentro entre el Barcelona y el Real Madrid. Son a los que no les gustan los partidos y candidatos que aparecen en la boleta, que quisieran otros. Pues bien, para ello debe existir una solución: volver a abrir las puertas para que aquellas corrientes políticas o grupos organizados que no se identifican con ninguna de las ofertas existentes puedan generar sus propias agrupaciones y participar en elecciones. Desandar el camino que la legislación ha transitado en los últimos años y que consiste en elevar los requisitos para que nuevas organizaciones puedan obtener su registro como partidos políticos. Que aquellos que quieran participar puedan hacerlo. Y si tú te encuentras en ese caso, ojalá encuentres una vía y un colectivo para entrarle.

Déjame contarte una cosa que me parece importante. En una mesa redonda previa a la jornada electoral del 2015, Carlos Bravo Regidor afirmó que nuestro acercamiento a las elecciones era distinto por razones generacionales. Respondí que, en efecto, los años y la experiencia vivida influían en nuestras respectivas visiones.

Cuando tuve la edad para votar por primera vez para presidente, aparecía en la boleta un solo candidato. Fue el año en que Jorge Ibargüengoitia, con su afinada ironía, escribió en Excélsior: “Cada seis años, por estas fechas, siento la obligación de dejar los asuntos que me interesan para escribir un artículo sobre las elecciones, que es uno de los que más trabajo me cuestan. Puede comenzar así: El domingo son las elecciones, ¡qué emocionante!, ¿quién ganará?” (Instrucciones para vivir en México, Booket, México, 2015). Además, los votos se contaban en los consejos distritales una semana después, y se podría haber hecho un mes o dos meses después, porque todos sabíamos quién era el triunfador. Nadie realizaba encuestas previas, no se hacían exit polls ni conteos rápidos ni se requería de programas de resultados preliminares. El ganador se proclamaba como tal, y a otra cosa mariposa.

En aquel año (1976), el Partido Comunista Mexicano, sin registro, postuló a Valentín Campa para presidente de la República. Yo voté por él. En el periódico Oposición (Nº 144, 10 de julio de 1976), del propio Partido Comunista, se anunció a ocho columnas que Campa había obtenido alrededor de 1 millón 600 mil votos. La cifra, se decía, era el resultado de una encuesta realizada por el propio PCM. No obstante, mi voto, como el resto de los que escribieron el nombre del respetado sindicalista en la boleta, no se contó. Fue anulado.

La crisis postelectoral de 1988, en la cual se calló y se cayó el sistema… de cómputo electoral, puso sobre la mesa de discusión la necesidad de ofrecer resultados confiables y rápidos la misma noche de la elección. Y así se inventaron —para México […] los conteos rápidos y el Programa de Resultados Electorales Preliminares. Recuerdo al Dr. Carpizo en 1994 desplegando sus mejores artes para convencer a las empresas televisivas, periódicos, ONGs, grupos de observadores, agrupaciones empresariales, para que realizaran sus propios conteos rápidos, bajo el entendido de que si todos ellos se hacían con la técnica adecuada (en base a una auténtica muestra representativa), los resultados deberían coincidir, y de esa manera se generaría un círculo de confianza. Fue el año en que el IFE, por primera vez, diseñó un programa de resultados preliminares y se debatió —con fuerza— si las cifras debían ser dadas a conocer desde la primera casilla computada o hasta que el programa hubiese acumulado por lo menos el 15% de las mismas, porque se temía que al inicio las tendencias fueran muy erráticas. Por cierto, ganó entonces esa segunda opción.

Por ello, me siguen deslumbrando los resultados coincidentes que arrojan el conteo rápido (que permite al INE ofrecer cifras de las tendencias a las 11 de la noche), el PREP (casi un censo de las casillas) y los cómputos oficiales que se realizan tres días después. Tomo los números del magnífico artículo de Carlos A. Flores, “Saldos y novedades”, que aparece en la revista Voz y voto de julio de 2015. El conteo rápido de 2015 nos informó que la votación de los partidos fluctuaría entre los siguientes rangos: PAN 21.47-22.20%; PRI 29.87-30.85%; PRD 11.14-11.81%; PVEM 7.15-7.55%; PT 2.78-3.02%; MC 6.31-7.43%; PNA 3.88-4.14%; MORENA 8.80-9.15%; PH 2.20-2.31%; ES 3.40-3.61%. Cuando el PREP cerró al día siguiente con el 98.63% de las casillas computadas, los porcentajes, por supuesto, estaban dentro de los rangos anunciados por el conteo rápido: PAN 22.01%; PRI 30.66%; PRD 11.41%; PVEM 7.44%; PT 3.03%; MC 6.32%; PNA 3.95%; MORENA 8.83%; PH 2.26% y ES 3.48%. Y cuando se llevó a cabo el cómputo en los 300 distritos, lo que incorpora al 100% de las casillas, las diferencias fueron de centésimas: PAN 22.10%; PRI 30.69%; PRD 11.43%; PVEM 7.27%; PT 2.99%; MC 6.41%; PNA 3.92%; MORENA 8.82%; PH 2.26%; ES 3.50%.

A mí, ya lo dije, me sigue, si no asombrando (porque no es magia), sí fascinando. Pero entiendo que los más jóvenes lo vean como una rutina más que se cumple como debe ser y punto.

Recuerdo que hace unos años leí que cuando aparecieron en la capital, a fines del siglo XIX, las primeras bombillas eléctricas en el centro de la ciudad, la gente se reunía en torno a ellas, y en el momento en que prendían, entre asombrada y contenta, empezaba a aplaudir. ¿Será que yo sigo celebrando el alumbrado público?

Déjame intentar decirlo de otra manera. Porque no puedo negar que el transcurso del tiempo imprime un sentido diferente a las cosas y que las perspectivas generacionales tienen que ser por supuesto distintas. Pero aunque la pasión se enfríe, créeme que no se ha inventado un método superior al electoral para dirimir quién debe gobernar y quiénes deben legislar.

1. Están por cumplirse veinte años de una jornada electoral que supuso el quiebre entre un antes y un después. El tránsito franco hacia un sistema electoral sin exclusiones, imparcial y equitativo. Un poco de historia: en 1977, luego de unas elecciones insípidas, con un solo candidato a la presidencia de la República y en medio de un país convulsionado por conflictos de muy diversa índole, se abrió la puerta para que los partidos a los que se mantenía artificialmente segregados del mundo institucional pudiesen ingresar a él; en 1990, luego de la profunda crisis postelectoral de 1988, se construyeron las instituciones para ofrecer imparcialidad y certeza en los procesos comiciales; y en 1996, por fin, se tomaron cartas para edificar un piso medianamente equitativo para la contienda.

El 6 de julio de 1997 postularon candidatos 8 partidos políticos, el padrón alcanzaba los 53 millones de personas, se instalaron 104 mil casillas y para atenderlas se nombraron a 733 mil funcionarios, titulares y suplentes, que eran ciudadanos que habían sido sorteados y capacitados para cumplir con la estratégica labor de recibir y contar los votos de sus vecinos. En el 99.6% de las urnas hubo representantes de al menos dos de los partidos competidores; en paralelo se celebraron elecciones infantiles con la idea de socializar a los niños en las rutinas de la democracia; por primera vez se eligió al Jefe de Gobierno del Distrito Federal y además seis gubernaturas, congresos locales y ayuntamientos y por supuesto la Cámara de Diputados.

Los resultados desataron miles de esperanzas y no fueron impugnados. El PRI ganó las gubernaturas de Campeche, Colima, San Luis Potosí y Sonora. El PAN las de Nuevo León y Querétaro y el PRD la jefatura de gobierno de la capital. Y por primera vez ningún partido alcanzó la mayoría absoluta de los asientos en la Cámara de Diputados. Los partidos opositores que refrendaron su registro y lograron contar con diputados (PRD, PAN, PVEM y PT) sumando sus representantes tenían más de la mitad más uno de los votos y modificaron incluso el ritual de instalación de aquella Cámara. Las seis reformas sucesivas, a lo largo de veinte años, ofrecían sus frutos: competencia regulada de manera imparcial en un terreno de juego más o menos parejo. La larga, tortuosa y difícil transición había terminado, ahora existían partidos implantados, capaces de competir entre ellos, lo que generaba fenómenos de alternancia y cuerpos legislativos en los cuales ninguno de ellos podía realizar su simple voluntad. Fue emocionante sin duda. Los tiempos del pluralismo equilibrado irrumpían y transformaban no sólo la mecánica de la política sino generaban ilusiones —a veces desbordadas— en la sociedad.

2. Hace casi cuarenta y cinco años, el 24 de noviembre de 1972, Jorge Ibargüengoitia nos recordaba en Excélsior que “para percibir cambios con claridad, no hay como alejarse por un tiempo y después regresar”. No le costaba trabajo hallar ejemplos: “Encontrar en la avenida Juárez, veinte años después, a la que fue el gran amor de nuestra vida; regresar a la ciudad donde nacimos y encontrarla modernizada, pasar por la casa que habitamos en la niñez y encontrarla terreno baldío o edificio nuevo, etc.” (¿Olvida usted su equipaje?, Planeta, México, 2016). El tiempo transforma y decanta las relaciones, el espacio público, los objetos y nuestro hábitat. Todo lo modifica. Nada queda intocado.

Extiendo uno de los ejemplos de Ibargüengoitia: veinte años después, digamos que también en la avenida Juárez, uno encuentra a su ex pareja. Recuerda quizá la atracción, las ilusiones, la pasión que envolvió aquella relación. Días y años felices, plenos, esperanzadores. Había una especie de carga eléctrica que como aura acompañaba a los dos. Y si la ruptura no fue traumática, sino en buenos términos, entonces lo más probable es que el encanto, las alucinaciones, el entusiasmo y la fogosidad que rodeó a aquella relación, se haya transformado en cariño y en una especie de aprecio reposado. No más delirio ni exageración, sino un apego tranquilo y apacible.

Veinte años después de aquellas vibrantes elecciones de 1997, las emociones que suscitan son similares a las que produce tropezar con un viejo amor.

Saludos.

 

José Woldenberg


1 Sobre el tema puedes ver: Lorenzo Córdova Vianello, Derecho y poder. Kelsen y Schmitt frente a frente, FCE, México, 2009; y Juan J. Linz, “Los partidos políticos en la política democrática: problemas y paradojas”, en José Ramón Montero, Richard Gunther y Juan J. Linz (eds.), Partidos políticos. Viejos conceptos y nuevos retos, Editorial Trotta, España, 2007.

2 Pierre Rosanvallon, La contrademocracia, Manantial, Argentina, 2007.

3 Se puede ver Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo, Alfaguara, México, 2012.

4 Vale la pena ver el artículo de Andreas Schedler, “Los partidos antiestablishment político”, en Julio Labastida, Miguel Armando López y Fernando Castaños, La democracia en perspectiva, UNAM, México, 2012. Aunque él se centra en la retórica que ponen en acción los propios líderes políticos.