Con el abrazo a Turpy y a Rafa Torres Sánchez, poetas e historiadores de la estirpe de nuestro chaneque gigante.

Lo primero fue mandar un correo electrónico a Héctor Aguilar Camín. Él ya estaba avisado por Yadín López Rumayor: se nos había muerto Álvaro López Miramontes. Y fue inevitable el recuerdo de aquella mañana en que recibí a Aguilar Camín en el aeropuerto de Culiacán (para abordar a tiempo el vuelo aquel de la Ciudad de México, al que llamábamos “el lechero”, tenía uno que estar en pie desde las cuatro de la mañana):

-Héctor, por acá anda un amigo que te quiere saludar.

-Vengo agotado, quisiera descansar un rato antes de la reunión. ¿No puede ser después de la charla?

-Hijole, el tipo es muy insistente…

De repente, surgió la figura de Álvaro entre la gente que congestionaba la sala de recepción:

-¡Héctor!

-¡Álvaro, qué sorpresa, cabrón!

Ese tipo era él que insistía en saludar a nuestro invitado de México. Un gran abrazo y ya no hubo descanso. Fue una mañana completa, fueron horas de disfrutar aquel ping-pong verbal, de estar atento a los recuerdos compartidos, a las impresiones sobre la literatura, la historiografía, las universidades y la política, entre estos dos viejos amigos, compañeros de la primera generación del Doctorado en Historia del Colegio de México.

Siendo sociólogo, me gusta pensar que yo no escogí a la historia, sino que ella me escogió a mí. Mera figuración, pues, contra la imagen de una coqueta Clío bajando a Culiacán, tengo muy claro que esto no es tan cierto: si no hubiera conocido a personajes como Álvaro, yo no estaría lidiando con los Ginzburg, los Florescano ni los Nakayama. Jamás tomé un curso con Álvaro, pero él fue mi maestro. Y un gran maestro, de esos que describe George Steiner en su Lecciones de los maestros, de esos para los cuales “el ideal de la verdad  viva es un ideal de oralidad, de alocución y respuesta cara a cara. Para muchos eminentes profesores y pensadores, dar sus clases en la muda inmovilidad de un escritorio es una inevitable falsificación y traición”. Y eso era este señor para nosotros, una fuente a la mano, un inacabable manantial de conocimientos, de ideas, de sugerencias y ocurrencias que fluían generosas y descaradas en la plática, en el rumor de la calle, en cualquier pasillo, en cualquier fonda.

Álvaro no fue un rockstar de la cultura en México; de hecho, creo que tenía cierta vocación por lo marginal. Pero fue un historiador con todas sus letras. Autor de investigaciones pioneras sobre la minería y los centros mineros en la Nueva España (buen economista, empezó en esta línea historiográfica), referencias obligadas en el tema, publicadas por el INAH y el Fondo de Cultura Económica. Cuenta el mismo Aguilar Camín, “La lectura de Pueblo en vilo me abrió los ojos a la historia como un espacio de altos registros literarios. Pueblo en vilo llegó a mis manos por las de Álvaro López Miramontes, un estudiante de economía del Colegio (de México), más tarde compañero del mismo doctorado. Álvaro vivía en mi casa en la colonia Condesa, habilitada por mi madre como casa de huéspedes para completar el ingreso familiar. Hablábamos del libro y lo leíamos por las noches, deslumbrados por sus historias, entre grandes carcajadas. Leyendo y comentando Pueblo en vilo, Álvaro me convenció de hacer nuestra solicitud de ingreso al doctorado aventurero del Colegio, donde don Luis González oficiaba como investigador y maestro” (Luis González y González: una memoria personal, revista nexos, 1 de enero de 2004).

Su veta historiadora se enriqueció con el tiempo, y para 1986, en una revista culichi en la que él, nuestro gurú laico, prácticamente me empoderó como director, apuntaba ya la utilización política que se estaba haciendo del enfoque de la microhistoria mexicana, inaugurado por su maestro querido, don Luis González y González. La microhistoria, escribía Álvaro, “No es la historia de patriotas, la nacional, sino la historia de matriotas, los que al querer su tierra, la comarca que los vio nacer, nos ofrecen un nacionalismo diluido en retirada y son, quiéranlo o no, cultivadores menores, pero copiosos, de la historia de bronce y reverencial. Esta historia de lo pequeño, de la patria chiquita, al parecer desde hace algunos años ha sido alimentada y mimada por las instancias estatales, y con este impulso se ha dado, diríase, una moda por la historia regional, en donde ‘a río revuelto’ se ha creado una confusión generalizada en el uso y abuso de los productos creados por esta historia matria”. Y añadía, para el caso del terruño sinaloense, la crítica a la interesada chabacanería: “En nuestro medio local, Sinaloa, corren varios entuertos y empalmes entre los que sobresale el empate de lo regional con lo estatal. Así, lo regional se trastoca en lo sinaloense: lo regional sería la tambora, el chilorio, Caro Quintero, los mariscos y El Sinaloense” (“Apuntes sobre la cuestión regional”, revista Tinta fresca 2-3, Culiacán, Sinaloa, junio 1986, p. 3). Ese, decía Álvaro en acuerdo con Sergio Ortega Noriega, es parte del boom de una historia dizque regional subsumida en una “ideología subnacionalista” (y bruñidora del bronce de la historia monumental) en busca de una identidad perdida.

No en menor medida que su obra historiográfica, Álvaro López Miramontes realizó una significativa obra institucional. En Sinaloa, le debemos la creación de la Maestría y luego la Licenciatura, en lo que hoy es la Facultad de Historia, lo mismo que, con Malú Cueva Tazzer, el Centro de Microfilmación de los Archivos Universitarios (que dio lugar al actual AHUAS, Archivo Histórico de la UAS), el ordenamiento —con su colega del alma Carmen Castañeda y con el trabajo de los alumnos de la primera generación de la Maestría en Historia Regional— del Archivo Estatal de Notarías. Fue él quien fraguó desde el principio la realización anual del Congreso de Historia en la UAS. Cómo no recordar su discurso en la ceremonia inaugural del Primer Congreso, en 1984, hablando de “cogollos” y “frutos maduros” en la historia del Septentrión, con el rector Jorge Medina Viedas boquiabierto y divertidísimo a un lado de Enrique Semo, Guillermo Beato, Juan José Grácida, Rafael Torres Sánchez, Gilberto López Alanís y Sergio Ortega Noriega. Igual hizo este cronopio semitropical, nacido en Tlatenango, Zacatecas, en otros lugares como la Universidad Autónoma de Guerrero, aunque eso no le valió para que se le reconociera sino hasta el año pasado, con absoluta extemporaneidad, como Maestro Emérito de ese centro de estudios.

Nada le despojó de su talante alivianado y vivaz a este chaneque gigante. Ni los males físicos ni los de las circunstancias familiares, laborales o profesionales. Ferviente admirador de Rilke, apasionado lector de Nietzsche y empírico cultivador del dibujo (su exposición de arte efímero “Servilletarte”, facturada en los cafés, las cantinas y las taquerías de Culiacán, se montó en la Sala de Arte Contemporáneo del Instituto Sinaloense de Cultura), dejó una colección de aforismos completos en sus Minimías:

Las flores son suspiros congelados a colores.
Una tristeza, un caracol del espíritu.

O el posgrado universitario: “El credencialismo legitimado del boom universitario”.

O su descripción del prohombre de las letras de la bohemia sinaloense de los cincuenta, Enrique El Guacho Félix, del que escribió una extraordinaria semblanza biográfica: “El Guacho, ese brillante marxista de oídas”.

Me pesa enormemente no haber conservado su curioso y delirante poema “Pitahaya metralla”, plagado de regionalismos y onomatopeyas, dedicado a Sinaloa y los sinaloenses. Pero tengo a la vista otra de sus composiciones, “Humo”, inspirada, como se echa de ver, en Sor Juana:

“Tengo entrambas manos ambos ojos
Y sólo lo que tocó veo”.

Tengo entre mis labios viva antorcha
que sólo en tu piel desnuda quema

Tengo tu fantasma calcinado
tu sombra huida

mi cuerpo sobre tu cuerpo imaginado
laxo dulce, en fiebre…

tengo bajo mi planta ígnea
el tibio calor de tus cenizas verdes

tu savia de hierba en mi sangre
un incendio de alegría

tengo tus bosques inagotables
en lentas brasas ardo

tengo lo que tengo rojo
tengo lo que tengo verde
y sólo por tu ausencia
tengo lo que tengo

…humo

Insomne en las noches de Culiacán —“ese baño sauna gigante”, decía—, bajo el influjo de una magia femenina, heredera de aquel gen colonial de doña Alejandra Tovar  y, del otro extremo, de la fealdad decimonónica de Julia Pastrana, recuerdo hoy al más entrañable de los chaneques mexicanos deadeveras: Álvaro López Miramontes, el mismo que siempre llamó “Heráclito” Bernal a Heraclio Bernal, quizá porque él también, como el tiempo del presocrático, era como un niño jugando al tric-trac.

Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista. Su último libro es Sinaloa: narrativas desde lo social y la violencia, Gobierno de Sinaloa, 2014.

 

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