La Gaceta del Fondo de Cultura Económica celebra los 150 años de la publicación de la obra cumbre de Karl Marx, El Capital, con tres textos para pensar en la relevancia actual de este tratado de economía ––admirado, multicitado, temido e incomprendido por igual–. Aquí reproducimos un ensayo que se ocupa de la presencia de Marx y el marxismo en México.  


Durante cinco días de noviembre de 1926, más de 150 delegados de distintas organizaciones campesinas de México se reunieron en lo que sería el Primer Congreso de Unificación de las Organizaciones Campesinas de la República. El fin del evento era discutir el desarme campesino impulsado por el presidente Calles, convenir qué postura asumir frente al rompimiento entre laboristas y agraristas y definir las herramientas para defender los intereses rurales de la nación. En medio de la urgencia por hablar de la situación específica del campesinado mexicano, de pronto se colaron un par de temas que a cualquier pragmático le sonarían a distracción (e incluso un poco absurdos): el dilema de si enviar o no a un delegado de la recién creada Liga Nacional Campesina al Congreso Internacional anti-Imperialista que se celebraría en Bruselas en febrero del año siguiente y, más tarde, la elección del delegado Lauro Caloca como portador de un “saludo solidario” de parte del campesinado mexicano a Rusia.1

Pero lo cierto es que las preocupaciones internacionales no estaban fuera de lugar: al momento de esa reunión, el Manifiesto del partido comunista de Marx y Engels llevaba circulando en México desde 1884, después de que lo publicara el griego Plotino Rhodakanaty y la primera traducción al castellano de El Capital circulaba, por lo menos en España, desde 1886-87.2 Por su parte, el Partido Comunista Mexicano cumplía siete años desde su fundación y uno de los organizadores principales del Congreso del 26 era Úrsulo Galván, quien provenía del mismo.

Corte al año 2013, Ciudad de México: decenas y decenas de personas cantan “La Internacional” en una sala apretada de la Funeraria Gayosso. Acababa de morir Arnoldo Martínez Verdugo, el último dirigente del PCM hasta su disolución para ser parte del Partido Socialista Unificado de México y el candidato a la presidencia de la República por el mismo.

En estos dos momentos —y en la infinidad de otros que los separan— transita en las mentes y contextos de sus participantes el mismo fantasma: el de Marx y su pensamiento. Este año se cumplen 150 años de su obra cumbre, El Capital, y seguimos encontrando muchas de sus propuestas y conceptos anidando en ideas, producciones y explicaciones en todo el mundo. Esto, incluso a pesar de que el siglo XX y sus intentos de “mega-transformación social” que les dieron un lugar especial, hayan quedado atrás y con un halo de fracaso.

Pero si por un momento dejamos de lado la historia de la evolución y diseminación del “marxismo”, es por lo menos sorprendente verlo aparecer en tantos y tan variados episodios de nuestra historia intelectual mexicana:3 ¿No hay algo, aunque sea un poco raro en encontrarnos a las ideas de un alemán que nunca viajó a América en los esfuerzos de organización política del campo mexicano? ¿o en los murales de nuestros edificios públicos? Y si seguimos indagando… en sindicatos, en revistas políticas y culturales a lo largo de la república y hasta en programas pedagógicos: una de las pruebas más interesantes y conmovedoras de cómo se retomó el marxismo en México –y con las mejores intenciones– quizás sean las Sugerencias revolucionarias para la enseñanza de la historia que Rafael Ramos Pedrueza publicó en 1932 inspirado en una interpretación teleológica del materialismo histórico.

Detenerse en lo inesperada que puede parecernos la presencia de Marx en México no pretende provocar reflexiones de historia contrafactual, ni tampoco es un cuestionamiento a lo posible: México no tenía por qué ser la excepción de la adopción mundial de las ideas asociadas al marxismo si, como escribe Franco Andreucci, “en vísperas de la Primera Guerra Mundial, el marxismo había llegado al ama de casa de Chicago, a grupos de intelectuales chinos, a numerosos estudiantes de todas partes y, sobre todo, a millones de obreros de todo el mundo…”. Aunque aclare que éste era “un marxismo pobre, reducido a esquema, transformado en argumentos para la discusión de café ”.4

En ese sentido, tampoco busca cuestionar a las interpretaciones mexicanas de Marx, y mucho menos discutir la conveniencia —o incluso la lógica— de pensar a nuestros problemas sociales considerando al marxismo.

No, la duda que despiertan los encuentros con el marxismo de este lado del mundo es posterior, y asume la inevitabilidad de todo lo anterior. Es una pregunta sobre cómo y desde dónde es que podemos hacer la mejor defensa de la lectura de Marx en México, y del extranjero que es para nosotros. Una duda que se potencia hoy, cuando se da por hecho que todo lo que esté asociado al marxismo huele un poco a naftalina.

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Marx nunca le prestó mucha atención ni a México, ni a América Latina en general. José M. Aricó, en su clásico libro, Marx y América Latina, se pregunta por la falta de referentes a la masa continental al sur del Río Bravo en la obra del alemán. Problematiza la idea general de que el filósofo estaba cegado por su eurocentrismo, del cual existían quejas incluso desde 1877 en que el escritor Nikolai Mikhailovsky, por ejemplo, decía que las particularidades rusas sencillamente no concordaban con la explicación de las sociedades propuesta por Marx. La conclusión a la que llega Aricó es similar, en tanto describe a América Latina como una realidad efectivamente demasiado compleja para definirse mediante los postulados sostenidos por el teórico de Tréveris; concretamente dada  “la debilidad de las élites políticas y sociales latinoamericanas y la ausencia aún alveolar [en la segunda mitad del XIX] de una presencia autónoma de las masas populares”.5

Así, parece que el propio Marx participaba del problema de la extranjería. De hecho, en su respuesta al texto de Mikhailovsky en 1877 reconoce la especificidad de sus postulados. Protestó por los esfuerzos que veía en su crítico de “[sentirse] obligado a metamorfosear mi esbozo histórico de la génesis del capitalismo en el Occidente europeo en una teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino le impone a todo pueblo, cualesquiera sean las circunstancias históricas en que se encuentre, [e ignorar que] sucesos notablemente análogos pero que tienen lugar en medios históricos diferentes conducen a resultados totalmente distintos”.6

Pero sabemos que está convicción no le impidió opinar sobre realidades lejanas a la europea. Encontramos ejemplos de sobra en su correspondencia y en sus escritos periodísticos, y seguido con el tono de prejuicios decimonónicos. Es el caso de una cita que recupera Aricó en la que Marx le comenta a Engels que los mexicanos tenemos “todos los vicios, la fanfarronería, la bravuconería y donquijotismo de los españoles a la tercera potencia, pero de ninguna manera lo sólido que éstos poseen”.7 También del argumento sobre la conveniencia de que Estados Unidos ocupara el territorio mexicano que sostuvieron ambos pensadores bajo la lógica de que era necesario que el territorio se industrializara para acceder al curso de la historia. Engels escribió en 1847:

“En América hemos presenciado la conquista de México, y nos hemos regocijado con ella. Se trata de un progreso el que un país que hasta ahora se ha visto envuelto exclusivamente en sus propios asuntos, perpetuamente escindido con guerras civiles y completamente entorpecido en su desarrollo, un país cuyo mejor prospecto había sido llegar a estar sujeto industrialmente a Gran Bretaña, sea puesto por la fuerza en el proceso histórico. Es del interés de su propio desarrollo que México sea puesto en un futuro bajo el tutelaje de los Estados Unidos. La evolución de toda América se beneficiará por el hecho de que Estados Unidos, por medio de la posesión de California, obtenga el mando del Pacífico”.8

Aricó dice que los autores del Manifiesto más tarde cambiaron de parecer y que, de hecho, en la década de los ochenta, Marx se empezó a mostrar cada vez más horrorizado con la colonización capitalista, en particular en los casos de India y Turquía, aunque todo esto no se suela recordar muy seguido.9 Incluso en el Manifiesto ya se daba cuenta de la voracidad del mundo Occidental —“la burguesía obliga a otras naciones a adoptar su modo de producción y volverse a su imagen y semejanza”—, aunque ciertamente no queda claro qué tan malo les parecía esto a sus autores cuando describían a esas “otras naciones” como “bárbaras”.10 Lo que hay que notar es que este texto es tres décadas más viejo que la respuesta a Mikhailovsky.

Así, quizás la primera lección que se delinea al momento de considerar a Marx desde estas latitudes deba ser la misma que en realidad es recomendable para todo autor y en todo momento: no caer en la tentación de tomar a su obra como un conjunto perfectamente engranado y, al contrario, mejor detenerse a pensar en las ideas que lo sobrevuelan y transforman con el paso de su propio contexto, y dejarse inspirar por sus contradicciones.

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Ya en tiempos del propio Marx existían marxismos misceláneos y muy seguido discordantes. Según una multicitada carta de Engels a Konrad Schmidt, el autor de El Capital había llegado a decir, a propósito de algunas de sus ideas retomadas por pensadores socialistas en Francia: “lo único que sé es que no soy marxista”.11

En unas pocas décadas —y quizás a pesar de Marx— el marxismo se volvió una realidad intelectual a lo largo y ancho del mundo. Acercarse a él por eso significa dejar de lado toda obsesión con su versión “verdadera”. No sólo porque, como decíamos, lo afirmado por Marx no esté exento de tropiezos argumentativos, sino por lo que Horacio Tarcus denomina ese “malentendido estructural” que es inherente a cualquier adopción de ideas en un contexto que sea distinto al de su producción.12 Él lo dice a propósito de la recepción del marxismo en Argentina en las últimas décadas del XIX y a principios del XX, y concluye que hay que entender a ese proceso como uno de “recepción selectiva y apropiación crítica” de las ideas del socialismo europeo para pensar y transformar una realidad que no es la europea, aunque al mismo tiempo sea impensable sin ésta.13

El caso de México es parecido. Como en Argentina, las interpretaciones del pensamiento de Marx llegaron con las maletas de migrantes europeos; y como en todos lados, éstas estaban mezcladas con las ideas de otros exponentes del socialismo del momento: Proudhon, Lassalle, Bakunin, Saint-Simon, Owen y Fourier. Sin embargo, al parecer, a estas interpretaciones pronto se sumó el cariz mexicano. Es lo que explica David García Colín en un sucinto repaso de los “pioneros” del socialismo mexicano y eventos como la “Cartilla Socialista” de Rhodakanaty, el Gran Círculo Proletario, la insurrección socialista en Chalco de 1869, la de la Sierra Gorda diez años después, la fundación del Partido Socialista (1878), entre muchas otras: “A pesar de las inevitables limitaciones propias de su tiempo y circunstancias, en sus mejores exponentes, las ideas socialistas conectan con el pueblo”.14 Barry Carr sostiene lo mismo para el siglo XX y el surgimiernto del Partido Comunista en México: “la participación de estos extranjeros no debe oscurecer el hecho de que el surgimiento del PCM fue, fundamentalmente, una respuesta de los mexicanos ante el desarrollo del movimiento obrero mexicano y la sociedad y la política mexicanas”.15

Esta forma de explicar la importación de ideas (que no imposición) provoca  pensar si hay algo de aquellos contextos particulares que acaso todavía esté presente en nuestros días. No está de más recordar que, en todo el mundo, los salarios se han estancado, hay deuda por todos lados y el ideal democrático aún deja mucho que desear. Pero antes de que el lector delíne su propia respuesta, recordemos un episodio en la discusión sobre las ideas de Marx, protagonizado por un par de marxistas latinoamericanos hace ya algunas décadas.

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En un congreso en Toluca a fines de los ochenta, Carlos Pereyra y Bolívar Echeverría discutían la pertinencia de sostenerse —ellos o quien fuera—, como marxistas. Consideraban lo polisémico del término y, sin decirlo del todo, también se preguntaban por su relevancia a un siglo de que Marx hubiera publicado su obra y mientras el muro se erosionaba en Berlín.

En su participación, Pereyra sugirió que el marxismo se había convertido en un culto y su forma dogmática lo había vuelto prácticamente inservible. Según él, si bien el contexto que había dado lugar al marxismo en primera instancia era vigente, éste no bastaba para “someter a crítica a las formas que adopta el desarrollo de la modernidad capitalista” y menos para encontrar las alternativas polícas que la puedan transformar. Es más, según él, el marxismo limitaba el ejercicio político creativo en tanto, una vez asumido, “es muy difícil dejar de ver pensamiento burgués en todo lo que está fuera de [él]”.16

Frente a esto, Echeverría puso al joven pensador en una encrucijada: o se decide que el marxismo es un término vacío, “sin referente propio en el universo de las entidades teóricas”, o se asume que es el de muchas entidades, que hay muchos marxismos y que está bien que sean contradictorios entre sí. Lleva el argumento aún más lejos diciendo que, de hecho, “todos somos marxistas, incluso los antimarxistas” pues es la “marca histórica inherente a la civilización contemporánea”, vigente por su carácter de cultura política concreta en la que lo que importa es liberar a una democracia que está secuestrada.17

Semejante aseveración le ha de haber tocado alguna fibra sensibe a Pereyra, quien ha pasado a la historia como el pensador de izquierda mexicano de fnales del siglo pasado con más preocupaciones por la democracia como un fin en sí mismo y no sólo como táctica instrumental.18 Pereyra se lee decepcionado con los marxistas, probablemente por su falta de respuestas para la lucha democrática que era tan particular en el México de ese momento, cuando el PCM se había legalizado apenas en 1979 y la izquierda en general tenía pendiente asumir una postura clara y fuerte contra el PRI. Y quizás no estaba equivocado cuando les reclamaba quedarse cortos al momento de discutir “filosofía política, por ejemplo, pero también teoría económica y otros campos del saber”. Fuera por el “futuro pretederminado” que se-sostiene-que-sostiene Marx, la revolución como la única vía para la transformación social o la idea de que las clases sociales son sujetos políticos constituidos como tales, en esa polémica Pereyra rechaza la identificación cerrada entre “marxismo y movimiento socialista”.19

Quizás la mejor forma de leer a Marx esté encriptada en esa doble acción crítica que sugiere el debate entre ambos pensadores: ver el valor de Marx como el teórico del siglo XIX que fue pero que también dura, al tiempo que comparar y contrastar sus ideas con otros esfuerzos del movimiento socialista tanto en la tradición como en nuestro presente.

Una lectura contemporánea de las ideas de Marx requiere, pues, de muchas y simultáneas contextualizaciones. Sobre todo si es fuera de la Europa de mediados del XIX. Pero eso de ningún modo quiere decir que una lectura contemporánea sin mayor curso introductorio previo no sea una experiencia valiosa en sí misma. Esto, no sólo por su valor narrativo (hasta El Capital tiene su estética, digan lo que digan), sino porque la explicación del modo de producción capitalista es legible, la desigualdad sigue siendo una realidad, las preocupaciones con la maquinaria son vigentes, entre muchas cosas más.

Advertí que este no era un texto que buscara invitar a la reflexión contrafactual que deriva de la pregunta clásica sobre el autentico marxismo y los resultados de su realización en México. Sin embargo, quizá la lectura de Marx sí debería serlo. La perspectiva histórica obliga a no ignorar. No ignorar el siglo XX y sus horrores tan frecuentemente retomados, pero ante todo no ignorar al autor que provocara todos esos “marxismos”, sus múltiples aterrizajes e interpretaciones y su relevancia constante en los más distintos contextos; incluido el actual. Porque, ¿no hay algo increíblemente virtuoso en que los líderes del campesinado mexicano retomaran las ideas de un alemán que nunca viajó a América?

 

Ana Sofía Rodríguez.
Editora de nexos en línea.

La versión de este texto publicada en La Gaceta, así como los otros dos textos sobre las ideas de El Capital y su autor, pueden consultarse aquí.


1 Primer Congreso de Unificación de las Organizaciones Campesinas de la República, Puebla: S. Loyo Editor, 1927.

2 Pedro Rivas, “La primera traducción castellana de El Capital (1886-87), Cuadernos Hispanoamericanos, junio 1985, no.420,  p.201-210.

3 Entrecomillamos el término de acuerdo con la interpretación de que no existe un solo marxismo, sino interpretaciones de la ideas de Marx que son variadas y contradictorias.

4 Franco Andreucci, “La difusión y vulgarización del marxismo”, en Historia del marxismo, Barcelona: Bruguera, 1980, p. 85-86.

5 José M. Aricó. Marx y América Latina. Buenos Aires:Fondo de Cultura Económica, 2010, p. 179.

6 Karl Marx & Friedrich Engels Correspondencia. Tomo III. Seleccionada por el Instituto Marx-Engels-Lenin (Leningrado, 1ª edición alemana 1934). Recuperado de: http://bit.ly/2xh60gh

7 Karl Marx & Friedrich Engels, “Materiales para la historia de América Latina”, Cuadernos de Pasado y Presente, no. 30, 1979, p. 203 y 204. Citado por Aricó en Marx y América Latina, op. cit, p. 83.

8 Marx and Engels Collected Works (MECW). Vol. 6. p. 520. Recuperado de: http://bit.ly/2f1cpFq

9 Aricó, op. cit., p. 82 y 83.

10 El manifiesto Comunista de Marx y Engels, (Introducción y notas de Gareth Stedman Jones), México: Fondo de Cultura Económica, 2007, p. 160.

11 C. Marx & F. Engels, Obras Escogidas, en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1974. Recuperado de: http://bit.ly/2jk91qt.

12 Horacio Tarcus, Marx en la Argentina Sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos (1871-1910), Buenos Aires: Siglo XXI, 2007, P.5.

13 Tarcus estudia los libros, la prensa, la folletería, los diarios, las clases, organizaciones y demás repositorios de “lo intelectual” en Argentina.  Ibid, p. 27.

14 David García Colin, El origen del socialismo en México, los primeros pioneros, en In defense of marxsim, 1 de abril 2014, http://bit.ly/2fezv8E

15 Barry Carr, “Radical trip” en Nexos, abril 1981.

16 Los textos de ese congreso fueron publicados posteriormente por la revista nexos. Carlos Pereyra, “Señas de identidad” en Nexos, febrero de 1988.

17 Bolívar Echeverría, “Todos somos marxistas” en Nexos, marzo 1988.

18 José Woldenberg, “Regreso a Pereyra” en Nexos, diciembre 2013.

19 Pereyra, op cit.

 

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