Revolución. “Sí, nosotros fuimos personajes secundarios para nuestros padres. Era el tiempo en que una consigna podía más que un sentimiento”, “Cada cubano tiene un diario potencial debajo del brazo. Nuestras vidas son parte del libro de silencio que nos han obligado a escribir sin palabras”. Estas son frases de Nadia, la narradora de la novela de Wendy Guerra, Nunca fui primera dama, un retrato duro de la Cuba castrista, escrito por alguien que perteneció a la generación de jóvenes a los que ya no entusiasmaba la revolución de Fidel. (Publicada por primera vez en 2008, Alfaguara presenta ahora una versión revisada, corregida y aumentada por la autora, que incluye un nuevo capítulo final: “Sin Fidel”.) A su vez el escritor y periodista Rubén Cortés, pertenenciente a una generación anterior a la de la autora cubana, escribió su testimonio, afín al de Guerra, a raíz de la muerte de Fidel Castro: “Mis recuerdos no se desvanecen como esa gama de grises de las fotografías que se desempolvan hoy, de los días en que el Comandante en Jefe obligó a los cubanos a donarle el tiempo, las manos, los ojos, los labios, las piernas, el corazón y el silencio. Tantos que quedamos con la lengua rota de tanto morder silencios”. (Los nómadas de la noche. Cuba después de Castro, Cal y arena, 2017.)

05-quince

Lector. Cuenta la nota del diario El País: “En la biblioteca municipal de Italópolis, un modesto municipio en el estado de Sao Paulo, estaban desapareciendo libros. Tantos, y a tanta velocidad, que la dirección resolvió instalar unas cámaras para encontrar a los responsables de la sangría”. A fin de cuentas, descubrieron que el ladrón era sólo uno: un joven de 18 años que sacaba prestado un par de títulos y se metía otros más en la mochila, y que al ser interrogado confesó haber robado más libros. Al llegar a su domicilio, la policía encontró montañas de libros en su cuarto. “Decenas de títulos, de diferentes géneros y temáticas, provenientes de las cinco bibliotecas de la ciudad. En total, 384 ejemplares robados, ordenados y esmeradamente cuidados […]”. Al ser preguntado qué hacía con tantos tomos, que no había devuelto pero tampoco vendido, Flavio replicó: “Sobre todo leerlos”. La historia termina con un final de película: a Flavio le confiscaron los ejempares robados para devolverlos a las biblotecas. La noticia llegó a los medios, y durante un programa de radio en el que estaban comentándola, la madre del joven llamó para decir que fuera de su casa había algo insólito: una multitud de personas con libros nuevos para regalárselos a Flavio. (“Sao Paulo captura a su ladrón ilustrado”, 28-07-17.)

Egoísmo. La editorial Adriana Hidalgo reeditó hace unos años Aguafuertes cariocas de Roberto Arlt. Este año nos llega Aguafuertes porteñas gracias a Ediciones B. En este libro el escritor argentino Roberto Arlt cuenta sobre sí mismo: “Personas que me conocen poco dicen que soy un cínico; en verdad, soy un hombre tímido y tranquilo, que en vez de atenerse a las apariencias busca la verdad, porque la verdad puede ser la única guía del vivir honrado. Mucha gente ha tratado de convencerme de que formara un hogar; al final descubrí que ellos serían muy felices si pudieran no tener hogar. Soy servicial en la medida de lo posible y cuando mi egoísmo no se resiente mucho, aunque me he dado cuenta que el alma de los hombres está constituida de tal manera, que más pronto olvidan el bien que se les ha hecho que el mal que no se les causó”. (“Soliloquio del solterón”.)

Trino. Tenía una mancha en aquel lugar de cuyo nombre no quiero acordarme: León Gil (poeta colombiano).

Vehículo. “La nave ostentosa que conduzco niega que yo sea más que mis bienes, más que la velocidad, más que la sedosa rotación del motor. De criatura capaz de creación paso a ser materia adherida al giro del volante, a la indicación de un semáforo, a la maciza, compacta construcción del mundo. Entre los restirados muelles de mi vehículo, no existe una persona, sino una masa que orienta, se somete y se pierde en el mundo abstracto de la incomunicación. Quien maneja —yo en este caso— ya no soy la medida de toda las cosas. Tengo que evitarlas, esquivar, respetar, sin que ninguna me detenga. Quien maneja señala lo humano de los hombres, pero no participa, no ofende ni defiende miras y gestos. Soy inexpresiva, ruin, mecánica. Mis movimientos son previstos y limitados: de frente, izquierda, derecha, en redondo, según ordena la frialdad adusta de las leyes”: Fragmento del texto “Roce social”, de Guadalupe Dueñas, una de las escritoras mexicanas esenciales del siglo XX. (Obras completas, selección y prólogos de Patricia Rosas Lopátegui, introducción de Beatriz Espejo, FCE, 2017.).

Compasión. Clásicos B reeditó este año el clásico de Herman Melville, Bartleby el escribiente. Un abogado de Wall Street narra el extraño caso de uno de sus copistas “el más extraño que yo haya visto o del que haya oído hablar”, un tipo ensimismado y solitario que hace su trabajo con eficiencia pero suele responder a sus indicaciones con un “Preferiría no hacerlo”. Tratando de desentrañar la personalidad de Bartleby, el narrador medita: “Mis primeras emociones habían sido de pura melancolía y compasión sincera; pero a medida que el desamparo de Bartleby crecía más y más en mi imaginación, esa misma melancolía se fundía con el miedo; esa compasión, con la repulsión. Es muy cierto, y a la vez terrible, que hasta cierto punto la idea o la vista de la miseria despierta nuestros mejores sentimientos; pero en ciertos casos especiales, pasado ese punto ya no sucede así. Se equivocan quienes afirman que esto se debe invariablemente al egoísmo inherente al corazón humano. Más bien proviene de una cierta desesperanza de remediar un mal excesivo y orgánico. Para un ser sensible, la compasión no rara vez significa dolor. Y cuando al fin se percibe que esa compasión no conduce a un auxilio efectivo, el sentido común le ordena al alma que se deshaga de ella”.

Biblioterapia. En la introducción a Manual de remedios literarios. Cómo curarnos con libros, las autoras del libro, Ella Berthoud y Susan Elderkin, escriben: “La biblioterapia ha gozado de popularidad durante décadas en forma de libros de autoayuda. Pero los amantes de la literatura llevan usando las novelas como bálsamos —consciente o inconscientemente— desde hace siglos. La próxima vez que necesites algo que te estimule, o que requieras ayuda con algún embrollo emocional, recurre a una novela”. Los males atendidos por las biblioterapeutas son físicos y emocionales, ordenados de la A a la Z y lo hacen mediante una síntesis de la novela y el análisis de alguno de sus personajes. Por ejemplo, para la falta de entusiasmo por la vida recomiendan: Ragtime de E.L. Doctorow; para la irritabilidad: El faro de Blackwater, de Colm Tóibín; para quien tiene padres mayores: Las correcciones de Jonathan Franzen; para el alcoholismo: El resplandor de Stephen King o Bajo el volcán de Malcolm Lowry; para la flatulencia: La conjura de los necios de John Kennedy Toole; para la alergia al polen: Veinte mil leguas de viaje submarino; para el consumismo Suave es la noche o American Psycho; para el enfado: El viejo y el mar de Ernest Hemingway; para el exceso de sexo: Mujeres de Charles Bukowski. (Edición y traducción de Clara Ministral, Siruela / Círculo de Lectores, 2017.)

Aforismo. “El corrupto está convencido, en lo más secreto de su alma, de que bien se merece todo lo que logra gracias a la originalidad de sus ideas y a la osadía de los riesgos que asume”: Jorge Wagensberg.

Hotel. “El Hotel Continental en Saigón se encuentra frente a un teatro de la ópera de aspecto muy parisino. Ambos dan a lo que solía llamarse la Plaza Garnier, ahora Lam Son Square, en la Ho Chi Minh de lugares rebautizados […] me alegra que el Hotel Continental no haya cambiado de nombre. […] La razón de hospedarme en el Continental era escribir un artículo para la CNN sobre Graham Greene, que en 1952 se estableció aquí para comenzar una novela sobre la génesis del desastroso conflicto [la guerra de Vietnam].  El americano impasible le llevó dos años de escritura y se publicó en 1955. Greene ya conocía Vietnam bien, pues había trabajado como corresponsal de guerra en Indochina, tanto para The Times como Le Figaro. El Grand Hotel Continental aparece continuamente en su libro y también en las subsecuentes adaptaciones fílmicas. En la época de Greene el hotel le pertenecía a un gángster corso, Mathieu Francini. Ahora es del Estado, como casi todo en Vietnam. En los años cincuenta era notoriamente sórdido. Aún lo es.  […] En el buró de la habitación encontré una lista de 25 cargos con el propósito de disuadir a las visitas del hurto. Los cargos variaban entre 20 mil dongs vietnamitas (un dólar) por una cuchara de café y tres mil 500 dongs (mil 600 dólares) por si usted saliera con una mecedora en los brazos. El robo de los percheros tallados se castigaba con 15 dólares. Tuve la impresión de que, en el pasado, el hotel había sido arrasado por cazadores de souvenirs”. (Adrian Mourby, Rooms of One’s Own. 50 Places that Made Literary History, traducción personal, 1917.)

Miedo. Heinz Bude, doctor en filosofía y sociólogo alemán, es autor de La sociedad del miedo, un brillante ensayo donde analiza un sentimiento difundido hoy a nivel internacional. “Un importante concepto de experiencia de la sociedad actual es el concepto del miedo. Aquí ‘miedo’ es un concepto que recoge lo que la gente siente, lo que es importante para ella, lo que ella espera y lo que la lleva a la desesperación. En los conceptos de miedo se ve claramente hacia dónde se desarrolla la sociedad, en qué prenden los conflictos, cuándo ciertos grupos han claudicado en su interior y cómo se propagan de pronto ánimos generales apocalípticos y sentimientos de amargura. El miedo nos enseña qué es lo que nos está sucediendo. Hoy, una sociología que quiera comprender su sociedad tiene que dirigir su mirada a la sociedad del miedo”. (Traducción de Alberto Ciria, Herder, 2017.)

Ídolo. “Escribir cada día, independientemente de cuánto cueste, algo saldrá. Me acostumbré a pensar que llegaría muy pronto, sin trabajo ni sudor. Muy bien, ya has sudado y trabajado cuarenta días. Escribe, lee y ve a nadar. Ah, vivir así. Trabajaremos. Y él [el poeta Ted Hughes] calma las aguas agitadas de mi vida, que se tiñen del color profundamente rico de su pensamiento, y de su amor, y del asombro constante que me produce la perfección de su ser: como si por fin hubiera conjurado a un dios surgido de las mareas bajas con su tridente brillante y una estela de conchas y peces raros, y todo un mundo a sus espaldas; un dios para la diosa terrenal que soy yo: él es el sol, el mar, la oscura fuerza complementaria, el yin para el yang”. Así veía Sylvia Plath a su marido en 1957, durante una estancia en Cape Cod. (La última edición de los Diarios completos de Sylvia Plath aumenta en dos tercios el material publicado en Estados Unidos en 1982 y en España en 1996, incluidos nuevos pasajes que su viudo y albacea Ted Hughes había prohibido hacer públicos hasta 2013. La edición es de Karen V. Kukil, la edición española de Juan Antonio Montiel, y la traducción de Elisenda Julibert, Alba Editorial, 2016.)

Shakespeare. “No eran hombres hechos y derechos sino muchachos quienes interpretaban los papeles femeninos, entre otras cosas debido a que solían más en mudar la voz que los jóvenes actuales. Los registros de la década de 1560 de las catedrales de Durham y Chichester demuestran que algunos de estos muchachos podían seguir entonando los tiples incluso a los dieciséis años, una edad en la que se tiene suficiente madurez emocional para interpretar a cualquiera de las grandes heroínas shakesperianas. Un personaje seductor, vanidoso y voluble como el de Cleopatra entraba perfectamente en las posibilidades de un jovencito de dieciséis, que a la vez también podía encarnar en Coriolano a Volumnia, la madre voraz. Shakesperare aprovechaba el hecho de que los papeles femeninos fueran interpretados por muchachos para crear desconcertantes efectos dramáticos. Por un lado, se ocupa de que el público tenga plena conciencia del erotismo de Cleopatra y, por el otro, de que es un jovencito el que la interpreta. Apenas antes de suicidarse, Cleopatra presagia un terrible futuro sin Antonio, en el que imagina que César la lleva prisionera a Roma, y manifiesta su temor a que los trabajadores romanos se burlen de ambos en los escenarios: ‘Antonio saldrá a escena como un ebrio/ Y yo veré cómo una voz de niño/ Remedará a Cleopatra y su grandeza/ Con ademán de puta. (Antonio y Cleopatra, 5.2, 214-17). Del libro Shakespeare, de Paul Edmondson, jefe de investigación y patrimonio del Shakespeare Birthpace Trust y director del festival de poesía de Stratford-upon-Avon. (Traducción de Turner Publicaciones, 2016.)

Playa. El poeta yucateco Raúl Renán (1928) murió en junio de este año. Uno de sus poemas dedicados a la playa, el mar y los peces, publicado en el libro Pluvia, es un reclamo:  “Aquel mar inmundo, basuroso/ que intenta mezclar la ciudad/ con los globulos azules de la sangre de éste otro mar asentado desde Noé en/ su cuenca de Reino Encharcado./ Claro que trae que le pisen colas la ciudad, ciudad afuera adentro de éste/ que inocente aún juega a diluvio/ después que las especies se hicieron branquias/ y los de cuello largo se quitaron los pies/ y los de alas se hicieron a nadar/ y la de sólo cuello en anguila se quedó./ Viene entubado aquél basura al hombro,/ vomitación, micción de permanente urea, peste,/ pútridos despojos que la ciudad se sacó/ con palillos, mondadientes, mondavientre, mondavagina, mondano./ En toda playa que se respete —siglo XX adiós— nunca falta un bote de Coke mojabobos/ manchones de letras minúsculas, resaca *+#%&(=?¡¡…/ y el brillante mar de colores oil”. (“El cadáver exquisito de un pez. VIII”, prólogo y edición Carlos Pineda, Ediciones del Lirio, 2017.)

Gajes del oficio. “Cuando escribo —cuando escribimos— no podemos olvidarnos de cuáles son nuestras condiciones materiales. Por eso pienso que todos los textos son autobiográficos y a veces la máscara, las telas sinuosas y las transparencias que cubren el cuerpo son menos púdicas que una declaración en carne viva. No me interesa la manipulación de los selfies a través del Photoshop. Me importa más la mueca que el lenguaje que la adecenta. Que el filtro que blanquea cada diente y difumina cada arruga. Me interesa más la pipa que no es una pipa. La autobiografía es la consagración de la realidad y de la primavera, y no las costuras para convertirla en un relato. Puede que la incomodidad —el flato, la hemorroide, la fibra tumoral— me enturbie la inteligencia. Puede que esté profundamente equivocada. También me interesa cuánto me van a pagar por mis esfuerzos. Por el libro que corrijo justo ahora y que tanto, tanto miedo me está dando”. (Marta Sanz, Clavícula, Anagrama, 2017.)

Destierro. “Al hombre desterrado/ no le hables de su casa. La verdadera patria/ cara la está pagando”: último verso del poema “Pavadas” de Julio Cortázar. (Pameos y Meopas, ilustracciones de Pablo Auladell, Nórdica Libros, 2017.)

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.

 

Deja un comentario