A principios de 1912 José Ortega y Gasset concibe una serie de ensayos que habrían de distribuirse por suscripciones. Sería el primer libro del filósofo y sería bautizado al final del día como Meditaciones del Quijote. Durante algún tiempo jugó con otro título. En lugar de meditaciones: salvaciones. La expresión se cuela a las primeras páginas del libro, en el aviso que dirige a su lector. Estos ensayos, advierte, no son informes de hechos ni resúmenes de ideas, “son más bien lo que un humanista del siglo XVII hubiera denominado “salvaciones”. Eso es el ensayo para el pensador de “alma dispersa” que era Ortega: una apuesta por la salvación.

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Ilustración: Adrián Pérez

No era, por supuesto, el tropiezo místico de un ateo bien sellado. Era la mejor expresión de su viva idea del sitio donde fundía escritura y filosofía. El ensayo era vía para extraer el jugo del mundo… y compartirlo. Ortega exponía con claridad la ruta de esas salvaciones: “dado un hecho —un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor—, llevarlo por el camino más corto a la plenitud de su significado. Colocar las materias de todo orden que la vida, en su resaca perenne, arroja a nuestros pies como restos inhábiles de un naufragio, en postura tal que dé en ellos el sol innumerables reverberaciones”. Dirigir a cada una de las criaturas del mundo todos los rayos de la inteligencia. Aclarar la tierra y comprenderla.

Buscando la plenitud del sentido, el ensayo aparece como el salvamento del mundo. Todo insinúa su plenitud. Toca a la inteligencia alcanzarla. Si el significado se esconde es porque seduce. Las cosas más humildes —un trapo, una piedra, una cuchara— merecen la misma luz que se usa para iluminar a los santos. Venerables los gatos, las piedras, los libros. En cada cosa hay un tesoro que implora ser rescatado. Esa es la tarea del ensayista. Adorar el mundo a través de la comprensión. Las meditaciones que concibe Ortega habrían de ser un tejido de luces para liberar a los hechos de la incomprensión o el desprecio. La salvación de la que habla Ortega es eso, en efecto: conexión. Redención por vía comunicativa. “Lo importante —dice— es que el tema sea puesto en relación inmediata con las corrientes elementales del espíritu, con los motivos clásicos de la humana preocupación. Una vez entretejido, con ellos queda transfigurado, transubstanciado, salvado”. No otra cosa más que el amor, está en la fuente del ensayo. El afecto que suscita la reflexión es el amor intellectualis. Ese amor nos reconcilia con el entorno porque lo reconocemos imprescindible, porque sabemos que no sobreviviríamos fuera del mundo. Ortega lo dice de la mano de Spinoza, a quien le debe también la idea de la reflexión como apuesta salvífica. Si la naturaleza es un nombre de Dios, en la comprensión del mundo estaría la paz, la libertad, la salvación.

La salvación para Spinoza no era un regalo. No era el obsequio eterno del creador. La salvación es entrega a la naturaleza y, en particular, a su expresión. Nombrarla, darle palabra, buscarle sentido era una veneración, el camino al gozo. La salvación para Spinoza no pende de nuestras plegarias porque no hay quien las escuche. El cultivo del entendimiento y la comunicación de los hallazgos que aparecen en el camino nos salva aquí, en el mundo. No tiene sentido llorar ante la injusticia, no hay razón para regodearse en la indignación. La tarea humana es comprender. Neque lugere nege indignari, sed intelligere. Ni lamentarse ni indignarse: comprender. Vivimos para la verdad. En esa búsqueda radica la esperanza de convivir. Si somos capaces de acatar el supremo mandamiento de entender seguiremos el mejor instructivo de la convivencia: tratar a los otros como sujetos razonables.

Si el ensayo de Ortega traza como su propósito la salvación es porque reivindica el asombro y la inquietud —no la obediencia. La salvación está en la curiosidad, en el hallazgo y en la palabra. El asombro del filósofo. Por eso el abrazo del ensayo es una doctrina de amor. El acercamiento afectivo toca los hechos y las cosas, los envuelve conectándolos. El odio, por el contrario, levanta una muralla de espinas que nos separa del mundo. El odio fija la atención en la cara más detestable del otro y borra todo lo demás. El prejuicio del odio se empeña en ignorar. Eso es: una “fábrica de aislamiento”. Por el contrario, el amor intelectual del que hablaba Spinoza ensancha la individualidad y nos invita a fundirnos en el otro. La arquitectura del amor, concluye Ortega platónicamente, es el deseo de que “todo en el universo viva en conexión”. El ensayo expande así el “radio de la cordialidad”.

No niega el ateo la actitud religiosa que hay tras ese afán de comprender. Por eso confesaba Ortega que, al despertarse todos los días por la mañana, recitaba una breve plegaria: “¡Señor, despiértanos alegres y danos conocimiento!”. Alegría y conocimiento: salvaciones.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

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