(El narrador de la novela se encuentra en la ciudad de Praga.) Dejo la jarra de cerveza vacía sobre el mostrador, cruzo las vías del tranvía, la arena del parque cruje como la nieve helada, los gorriones y los pinzones trinan en las ramas, contemplo a las madres con sus carreolas, sentadas en los bancos con las cabezas reclinadas, ofreciendo sus caras a los rayos benefactores, y a los niños desnudos sumergidos en el agua del estanque ovalado; las gomas de los calzoncillos y las pantaletitas dejaron sus marcas en sus barriguitas; en Galitzia, los judíos hasídicos llevaban fajas de colores vivos y cintas llamativas para destacar las dos partes del cuerpo: la noble con el corazón y los pulmones y el hígado y la cabeza, y la otra, la negligible, la que se tenía que soportar, los intestinos y los órganos sexuales; los curas católicos subieron aquella línea de demarcación aún más arriba, hasta el cuello, para poner en relieve la cabeza, como una fuente en la que Dios se moja los dedos. Las monjas fueron aún más allá, recortando de la cabeza sólo el círculo de la cara y enmarcándolo con una coraza de cofias almidonadas, como el casco que llevan los corredores de Fórmula 1. Pienso en todas estas cosas mientra mi vista erra por los niños que se salpican y no saben nada de la vida sexual, aunque su sexo se encuentra ya en la quieta perfección, tal como me lo enseñó Lao-Tsé; vuelvo a mirar las marcas de los curas y de las monjas y de los judíos hasídicos y pienso que el cuerpo humano es como un reloj de arena, lo que está abajo está arriba, y viceversa, son dos triángulos comunicantes, el sello del rey Salomón, la media entre la obra de la juventud y el punto culminante de la sabiduría de toda la vida, El cantar de los cantares y El Eclesiastés, la vanidad de las vanidades. Mi vista vuela hacia la iglesia de San Ignacio de Loyola, el oro de trompeta brilla. Qué curioso: casi a todos los grandes hombres de nuestra literatura se les representa sentados, parece como si estuvieran condenados a una silla de ruedas, Jungmann y Safarík y Palacky están inmóviles en su asiento de piedra, incluso el joven Mácha en el jardín de Petrín se apoya en una columna. En cambio las estatuas católicas son todas ellas hombres activos, en pleno movimiento, como jugadores de basquetbol, atletas triunfadores que acaban de hacer una carrera de cien metros o de lanzar un disco muy lejos, siempre mirando hacia arriba como si tuviesen que devolver el remate de Dios; estatuas cristianas de asperón con los brazos alzados, como un futbolista que lanza gritos de alegría porque acaba de conseguir un gol, mientras que el poeta Jaroslav Vrchlicky está desplomado en una silla de ruedas.

Fuente: Bohumil Hrabal, Una soledad demasiado ruidosa (traducción de Mónika Zgustová), Ediciones Destino, Barcelona, 1990.

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