Me enteré de su muerte y sí lo podía creer. Sabía de su(s) padecimiento(s) y su estado de ánimo. Apenas el pasado mes de junio estaría en Culiacán impartiendo una charla en la facultad de Historia, invitado por su amigo Jean Turpy. Aquejado ya por un mal físico agravado por una terrible depresión, no pudo estar con nosotros. Y me duelo y conduelo con tantas y tantos amigos a los que sacudió con su heterodoxia flagrante, su carisma avasallador y sus ademanes tan apropiadamente descarados.

perello

Fotografía cortesía Milenio.

Conocí a Marcelino Perelló en 1984, en Culiacán, durante aquellas jornadas del Movimiento Rosalino que abanderó la candidatura de Liberato Terán Olguín para la rectoría de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Él era el responsable de La hoja rosalina, el órgano de difusión del movimiento. Y quizá haya sido también, con el propio Liberato, uno de los responsables de nuestra estrepitosa derrota: ninguno de los dos quiso siquiera escuchar de negociación alguna en aquel momento. De ahí nuestras diferencias que culminaron, como suele ocurrir con la(s) izquierda(s), en el colapso prematuro de aquel ensayo con ribetes libertarios. Marcelino perteneció a esa estirpe de individuos a los que el poder les vale absolutamente madre. No era un anarquista sin más, era un ácrata. De ahí su condición de salmón y de libertario acérrimo.

Recordaré siempre las largas charlas, literalmente de la noche a la mañana, en las que aquel grupo de jóvenes activistas de veintitantos años escuchábamos, perplejos, a la figura sesentaiochera, al personaje más heterodoxo que habríamos de conocer jamás.

A propósito de la nada warholiana fama (la fama en Warhol es inapelable, otorga poder y prestigio: a Marcelino le llegó la fama con el linchamiento y el desprestigio más atroz) que ganó hace unos meses, diré que me apena mucho que ese haya sido el telón público de fondo de sus últimos días en este mundo. Ni siquiera es un tema que, por lo pronto, pueda yo abordar (supongo que el orgasmo, si obtenido a voluntad, mejor, y con esa suposición me quedo). Entiendo, en todo caso, que Marcelino no estaba justificando, en particular, ningún hecho en sus comentarios de aquella desdichada emisión de su programa de radio Sentido contrario del 28 de marzo. Como ha dicho Joel Ortega, el linchamiento de que fue objeto contribuyó, con toda seguridad, al agravamiento de sus males. Una tristeza que una inteligencia tan destellante como la suya se haya extinguido de esa manera. El periodista Carlos Marín, sesentaiochero también, lo escribió este lunes en “El asalto a la razón”: “La trascendencia del movimiento del 68 no se explicaría sin el papel que jugó un puñado de muchachos que se cuentan con los dedos, uno de ellos tan brillante como casi nadie (autor intelectual de la estrujante y memorable marcha del silencio): Marcelino Perelló” (Diario Milenio, 7 de agosto de 2017).

Marcelino fue un polemista provocador, por lo tanto excesivo. Un polemista que pocas veces encontró interlocutores. En ese mismo programa dijo mil cosas en contra de la democracia, en contra de los Estados (su relación con las naciones, buen hijo de un catalán independentista, era distinta), del progreso, de la izquierda partidista, de la opresión de las palabras y del cuerpo. No recuerdo una sola ocasión en que su irreverencia e incorreción política hubiera tenido alguna resonancia significativa. Está claro, desde luego, que se refirió a un asunto espinoso, delicado, y que sus comentarios fueron hechos en un contexto muy desafortunado, pero nada de eso me conduce a pensar que Marcelino Perelló fuera un fósil sesentaiochero, “un hombre autoritario, acostumbrado a aplastar las réplicas sin más argumento que ‘lo digo yo (y tú te callas)’”, como escribió entonces Adriana González Mateos (“un fósil llamado Marcelino Perelló”, edición digital de la revista nexos, 8 de mayo de 2017).

Si ese fuera el caso, Marcelino hubiera sido un “fósil” desde hace un buen rato. Este extrañísimo tipo era otra cosa, en efecto, un salmón que nadaba, casi por instinto, contra la corriente. Hace 21 años, por ejemplo, siendo él mismo un cuasi paralítico, apuntaba: “Debería ser innecesario decirlo, pero nunca sabe uno: todo el respeto del mundo, y aún más, a aquel que sufrió la desgracia de perder algún miembro o alguna facultad. Todos los derechos, todas las consideraciones. Y dos reticencias: por un lado es definitivamente ridículo que se tenga que ir con pies de plomo y guantes de seda para no herir la susceptibilidad del afectado, al llamarle pan al pan y paralítico al paralítico. Ahora tenemos que irnos por las ramas del frondoso bosque de la hipocresía, saltando de eufemismo en eufemismo: ‘discapacitado’, ‘minúsvalido’. Es la ‘political correctness’ tan de moda: los de Blancanieves ya no son enanos, sino compañeros deficientes en estatura”. Y luego, ya de plano: “Dejémoslo caer: los ‘paralímpicos’ son un espectáculo morboso. Se inscriben en el ramo de las perversiones, sector sado-masoquismo. No es admisible aquí la mínima indulgencia: presenciar cómo ruedan sillas de ruedas por la pista o cómo se arrastran por el suelo voleibolistas sin piernas es una experiencia perversa y el placer que provoca es sádico”.

Tampoco estoy de acuerdo con todos esos comentarios que recientemente se hicieron en las redes sociales. A Marcelino no le pasaron de noche los cambios —en la sociología, en la literatura, en la política, en la ley— en la visión de la mujer ni estuvo incapacitado para entender, por tanto, los temas de las nuevas masculinidades. Creo, más bien, que Marcelino Perelló fue un radical en el estricto sentido etimológico de la expresión: alguien convencido de que para asumir y enfrentar las broncas, hay que ir a la raíz. Y la raíz, como escribió en la última entrega de su columna “¿Qué me pongo?” en Excélsior, está acaso, por ejemplo, en nuestro “canibalismo feraz”. De ahí que, justo en esa colaboración, en uno de los pocos arrebatos propositivos que se permitió, planteara, al modo de George Steiner, que más nos vale asumirnos como huéspedes del planeta, del mundo y de los otros seres humanos: “La conclusión, pues, se impone sola. Dicha conclusión es la de que aprendemos a vivir con los otros, de los otros, humanos o no, pero no contra los otros. De lo contrario, nos lleva a todos la chingada” (Excélsior, 1 de agosto de 2017).

Algo influyó en su pensamiento, sin duda, su condición extraterritorial, el no reconocimiento de fronteras y la asunción de la contradictoria condición humana en México, Rumania o Cataluña. Él mismo era contradictorio: siendo un ácrata, era partidario del autonomismo nacionalista catalán que pugna por instaurar… un Estado, es decir, un poder. Como en el whitmaniano poema, era también hoja de hierba:

¿Que yo me contradigo?
Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué?
(Yo soy inmenso, contengo multitudes)

Desoladora también la muerte de Marcelino, porque perdimos su encantadora prosa, porque apenas fallecieron Luis González de Alba y Carlos Monsiváis. Porque el campo de la heterodoxia se ha ido desolando. No veo, por cierto, a ningún Marcelino autoritario, “acostumbrado a aplastar las réplicas sin más argumento que ‘lo digo yo (y tú te callas’)” en aquel profanador intercambio epistolar sobre el 68, del 31 de julio al 19 de agosto de 2003, con Luis González de Alba: “Entre todas las versiones, todos los puntos de vista, del movimiento del 68, destaca la que tú llamas lánguida y que yo, esdrújula por esdrújula, prefiero llamar tétrica. Versión que pone el acento en la represión y olvida, omite, oculta, a los reprimidos. Lo reprimido. Que esteriliza al movimiento y lo convierte en nota roja. Si le preguntas a un joven de hoy en qué consistió el 68, nueve sobre diez te dirán que fue una masacre. Muy pocos te podrán decir qué decíamos y cómo lo decíamos. Como si nosotros no hubiéramos estado. Pasábamos por ahí”.

Van en su recuerdo algunos pasajes extraídos de una conversación que, con Melchor Inzunza y Joel Ortega, publicamos en La revista (órgano de difusión del sindicato de académicos de la Universidad Autónoma de Sinaloa, número 1, enero-febrero de 1991):

La guerra

A propósito de la primera etapa de la Guerra del Pérsico: “Esta es una ‘guerra-show’. Así se presenta. Ahora, desde la comodidad de tu hogar y gracias a los adelantos técnicos, puedes tomar tu cerveza con botana frente a la tele, mientras te horrorizas viendo el cráter dejado por un cohete Scud. Lo que resulta sospechoso es que algo que decidimos rechazar con tanta vehemencia nos ocupe tanto tiempo, porque normalmente aquello que se rechaza se evita, y este no es evidentemente el caso (…). Sencillamente la guerra nos gusta, aunque sin dejar de horrorizarnos. Es una de esas paradojas de la condición humana. No se trata de morbo, no hay nada enfermo en ello. Lo dice Freud: la contradicción es el estado normal de la mente (…). En el origen de cada país hay una guerra, al igual que en el origen de cada ser humano hay un orgasmo (…). Los cachorros del hombre seguirán jugando a la guerra, a indios y vaqueros o a las tortugas ninja por más que los padres se esfuercen, ingenuos, en no regalarles ‘juguetes bélicos’ o en no dejarlos ver películas violentas; ya mayores le irán apasionadamente a un equipo de futbol para participar, ellos también, de ese conflicto que no es más —¿hace faltas insistir?— que una representación simbólica de la guerra. Todos los juegos y deportes de confrontación lo son”.

The dream is over

“Antes decían que el socialismo real era el bueno, el único, y lo defendían. El socialismo hace muchos años, decenios, que murió; lo que se derrumba ahora no es el socialismo, no es el modelo socialista. Para unos, para nosotros, es el final de un sueño; para otros muchos, ciudadanos de esos países, es el final de una pesadilla (…). La palabra socialismo es una palabra desprestigiada: si en 1848, que es cuando aparece el Manifiesto Comunista (no Socialista, por eso la evitaron Marx y Engels), ya estaba manoseada, imagínate ahorita; es una palabra que ya no sirve. Aquellos que de buena fe piensan en una sociedad donde no existe la opresión capitalista, tienen que buscar una nueva estructura para su pensamiento, y al hacerlo hay que buscar una nueva palabra (…) la palabra a la que quiero llegar: ‘Libertario’, queda la acracia, queda la afirmación de que el hecho de que un señor viva del trabajo de otro es inmoral dentro de la moral que nos define a nosotros, de que no se vale que unos sean dueños de otros”.

Democracia

“Lo contrario a la dictadura no es la democracia, pues la democracia no es más que una forma de dictadura. Y no propongo una alternativa, porque yo tampoco tengo que andar proponiendo, pero sí puedo negarme a aceptar que me tomen el pelo. Con el voto con que eliges tú le estás dando un cheque en blanco a un determinado cabrón para que ejerza la dictadura mediante un tiempo determinado. Te pueden decir: “No, porque existe control”, pero existe control madres. Una vez que votaste, ¿cómo controlas? ¿Por medio de esa entelequia que la ideología gringa llama opinión pública? ¡Madres!, todos nosotros sabemos bien que la opinión pública, es decir, lo que se dice en la televisión, los periódicos, no es una manera del ciudadano de presionar al poder sino que es una manera por la cual los empresarios presionan al poder y el poder condiciona la opinión del ciudadano”.

Progreso

“Tenemos que renunciar, en primer lugar, a la idea de progreso, hoy por hoy otra gran entelequia. Preguntémonos con honestidad: ¿es más feliz el hombre de hoy que el de hace 200 años? ¿Hemos realmente adelantado? ¿Vivimos con más alegría la vida? ¿Somos más felices porque el término medio de vida sea de 70 años en lugar de 40 o porque podemos ir de México a Culiacán en dos horas en lugar de durar dos días? ¿Somos más felices por eso? En absoluto, yo renuncio a todo eso y a los DC 9 de Aeroméxico con placer a cambio de la verdadera libertad que, desde luego, no consiste en eso”.

Requiescat in pace, querido Marcelino Perelló. Descanse en paz tu espíritu crítico, cabrón.

 

Ronaldo González Valdés

 

9 comentarios en “Marcelino Perelló: contener multitudes

    • No. Fue que lo expulsaran de la UNAM, que le prohibieran publicar su libro, que lo atacaran en las redes. Réplicas las tenía diario y le encantaban.

  1. Celebró esta colaboración de Ronaldo, por qué escudriña desde la perspectiva regional a un Marcelino que vimos brillar en aquellas jornadas libertarias de 1968, junto con José Revueltas, removiendo concepciones burocráticas que se colaban en el CNH, mientras los activistas “hacíamos” el movimiento y muchas veces desbordábamos las directrices en aras de la acción directa. Marcelino en perspectiva fue necesario en el CNH acaso entusiasmado al unísono de una juventud que lo puso todo en esa generalizada irreverencia, gracias Ronaldo.

    • Marcelino hizo diferencia siempre, estimado Gilberto. Acaso con exceso, pero con él escuchabas o leías siempre algo diferente. Marcelino fue para mí ese contrapunto incómodo pero necesario. Tú hermano y tú lo conocieron desde aquella fajita sesentaiochera. Aprecio mucho tus comentarios.

  2. Ojalá no se equivoque Marcelino y los cambios que generó 1968 y nuestra generación, se sientan, se vean, se vivan en algún momento no lejano. Le hace falta a nuestros muchachos de hoy…y al país. un recuerdo grande a Perelló

  3. Lo peor que puede pasarle a un guerrero de las ideas como Perelló es que no sepa reconocer otra paz que no sea la de los sepulcros. Que la paz le parezca, de hecho, un sucedáneo de la muerte al asociarla con una especie de escena primordial y personalísima que no le dejaba un momento de respiro. Así me imagino que sería con Deleuze antes de arrojarse por la ventana de su apartamento: la única raíz que puede descubrirse es la de la propia y privilegiada experiencia, la cual no puede dar lugar sino a argumentos deficientes y reaccionarios. El uno prefirió inmolarse por una certeza tal, mientras que el otro perdió su mente (y su vida) al explicar de manera deficiente y reaccionaria su eros más profundo. Ironías del acratismo acorralado por las categorías.