I

En un principio está la french connection de don Silvio Zavala y de nuestro querido Luis González y González. En un principio está El Colegio de México y la École des Hautes Études. Hace exactamente 18 años el Comité Mexicano de Ciencias Históricas y la embajada de Francia organizaron un simposio intitulado “Avances y desarrollos recientes de la historiografía francesa” cuya sesión plenaria fue presidida por Enrique Florescano. Habían venido de Francia, por orden de aparición, Jean Delumeau, Rogert Chartier, Marc Ferro, Daniel Roche, Bernard Lepetit y Ruggiero Romano. En aquel entonces recordé, y vuelvo a recordar, que a veces el destino hace bien las cosas. Hace 39 años, en 1965 —el tiempo de casi dos generaciones—, conocí a Enrique Florescano y a Alejandra Moreno en casa de Luis González, el antiguo alumno de Braudel, Marrou y Ricœur. Enrique y Alejandra estaban a unas horas de volar a París para hacer sus tesis de doctorado. Fernand Braudel, Jean Pierre Berthe, Jacques Le Goff, Jacques Bertin y Ruggiero Romano iban a ser sus profesores. Por mi parte, yo tenía apenas una semana de haber llegado a México, al Centro de Estudios Históricos del Colegio de México; Braudel y Jean Baptiste Duroselle me habían recomendado con don Silvio para tomar el relevo de Claude Bataillon y, antes de venir a México, me había formado con los mismos personajes: Braudel, Berthe, Bertin, Le Goff, Romano, y también Pierre Chaunu. De tal manera vine al país para hacer mi tesis en México, formarme con los maestros de Enrique: Luis González, el doctor Gaos, Antonio Alatorre, Mario Ojeda, Rafael Segovia, para descubrir a Max Weber y a Simmel, a Dilthey, la filosofía y la teoría de la historia, géneros ausentes en aquel entonces en la formación histórica francesa (donde Marrou era la única excepción junto con Raymond Aron).

Más de 40 años después de esos viajes cruzados podemos afirmar que la relación intelectual entre México y Francia, relación más que centenaria, ha sido fructífera, y que el viaje trasatlántico de Enrique Florescano y Jean Meyer, en 1965, tenía una carta simbólica. México y Francia no habían dejado de tener estrechas relaciones desde la Independencia, en 1821, en aquello que aún no se llamaba “ciencias sociales”. El cambio  de estatuto internacional de Francia después de las guerras mundiales, su retirada frente a la presencia estadunidense, pero también factores positivos como el crecimiento de México en todos los aspectos y el abandono del etnocentrismo gálico —complejo de superioridad de tipo colonialista— por parte de un buen número de franceses, han llevado al desarrollo de una amistosa relación entre iguales. Enrique Florescano, formado en México y en Francia, es un ejemplo de historiador, de intelectual profundamente nacionalista y, a la vez, cosmopolita, gourmet con conocimientos en todas las cocinas del mundo y en todos los buenos manjares historiográficos.

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Enrique Florescano en 2012. Fotografía de León Muñoz Santini.

II

Cuando Enrique Florescano llegó a París en 1965 una larga batalla de más de 30 años estaba terminando con el triunfo de l’École; batalla que había empezado en 1929 cuando Marc Bloch y Lucien Febvre fundaron en Estrasburgo la revista Annales d’Histoire Economique et Sociale, y más adelante, en 1946, Annales: Économie, Société et Civilisation. En 1948 se creó en forma paralela la sexta edición de la Escuela Práctica de Altos Estudios (teóricamente existente desde 1868), luego llamada École des Hautes Études en Sciences Sociales.

Así nació la llamada École des Annales, grupo fundador e institución en la cual han trabajado los grandes nombres que he mencionado, formando a sus sucesores, colegas y amigos nuestros. El libro de Jacques Le Goff, La nouvelle histoire, refiere la aportación de los analistas a esa escuela, un tema sobre el que existe abundante literatura. No es casualidad que la revista haya sido fundada en Estrasburgo, la capital de Alsacia, poco después de concluida la incontestable supremacía de la historiografía alemana: antes de 1914, 60 por ciento de la producción histórica europea era alemana, y Marc Bloch estaba en relación constante con sus colegas allende del Rhin.

No voy a hacer un recuento de la historia de l’École des Annales; me limitaré a recordar que quiso poner fin al divorcio entre historia y ciencias sociales, y que su feroz guerra contra “la vieja historia” (injustamente descalificada, pero se trataba de una guerra) se exportó primero a Inglaterra con la fundación de la revista Past and Present, luego —bastante más tarde— a Estados Unidos con la llegada de numerosos misioneros que lograron muchas conversiones.

Podemos fechar simbólicamente el fin de la guerra y el triunfo de los Annales en el año de 1966, cuando el Times Literary Supplement dedicó tres números especiales a “New Ways in History”.

Enrique Florescano llegó a París a una École en todo su resplandor, justo en la gloria de su reciente victoria. Le tocó leer a Marc Bloch y al Lucien Febvre de Combats pour l’histoire; tuvo la oportunidad de conocer al gran ogro de la leyenda, el gran “mandarín”, el “supercacique”, el tlatoani de la nouvelle histoire, Fernand Braudel, quien prolongaba su seminario en el Balzar con sus discípulos y estudiantes favoritos.

¿Cuál era la novedad de l’École? Una reacción contra la mal llamada historia “positivista”, conocida por su aspecto técnico, por lo que Chaunu llama “una perfección parnasiana de la demostración erudita”. Al pretenderse objetiva y contraria a la filosofía histórica germánica, se negaba a plantear el problema de su finalidad y el de las relaciones entre pasado y mundo presente. Sin duda, en eso se engañaba —pero no quiero


abrir una digresión—. L’École también afirmaba la necesidad de plantear una problemática. Jacques Bertin le dijo a Enrique y a Alejandra: “Al final, lo importante en su tesis es que usted plantee una buena pregunta, un verdadero problema, contestar a la pregunta es lo de menos”. De igual forma, postulaba que no se busca en el pasado por el gusto de buscar cualquier cosa, sino para contestar a las preguntas del mundo moderno. Por tanto, la historia debía abrirse a todas las ciencias humanas (sociales). El éxito de l’École fue resultado de una serie de matrimonios fecundos con la economía, la geografía —luego demografía—, la etnología, la sociología, el psicoanálisis y la medicina. Esa “nueva historia” pretendía utilizar a todas las ciencias, pero también auxiliarlas: interrogar al pasado en nombre de todas las ciencias del hombre. Esa batalla ha sido ganada.

¿Qué le aportó a Enrique Florescano esa historia económica y social “a la francesa” (binomio weberiano que Marc Bloch tomó prestado del gran Max)? La lectura de La Mediterranée et le monde méditerranée a l’époque de Philippe II era inevitable, y así Braudel nos marcó a todos: el gran monarca venía después del espacio geomarítimo; inversión que fue toda una revolución y que le restó importancia a la historia político-militar tradicional. Para el joven estudiante mexicano, que se había rebelado contra una historia que enseñaba la fecha del primer alumbrado en Montevideo o del primer barco de vapor en el Amazonas, eso era una maravilla. Braudel divide su libro en tres partes que corresponden a la famosa división “tripartita” del tiempo: larga duración, ciclos decenales de la economía, tiempo corto de la política —l’écume des jours (la metáfora viene tanto de Braudel como de Boris Vian)—. Enrique Florescano no ha olvidado la lección temporal de Braudel. Y ahora guardo silencio.

No digo más de Braudel porque, si bien años más tarde Enrique Florescano sería un gran lector de los tres tomos de su Civilisation matérielle, économie et capitalisme (1979), a la hora de su tesis se inspiró más bien en las obras de Ernest Labrousse, en particular de Esquisse du mouvement des prix et des revenus en France au XVIIIe siècle (1932) y la La crise de l’économie française à la fin de l’Ancien Régime et au début de la Révolution (1943). De ahí el interés de Enrique Florescano por lo que más adelante se llamó “la historia cuantitativa” o histoire sérielle (Pierre Chaunu), por los precios del maíz, todo lo relacionado con la gran crisis política de 1810, la insurgencia de Hidalgo, etcétera. No se trata de despreciar lo político, como lo hizo Braudel un tiempo,1 sino de cruzar lo económico, lo social y lo político. Para Labrousse y Florescano esos tres elementos son inseparables y sus crisis respectivas, al entrelazarse, forman la mezcla explosiva que alimenta las revoluciones (1789, 1810, 1830, 1848, 1910).

Así surgió la tesis, el libro Precios del maíz y crisis agrícolas en México (1708-1810), publicado por primera vez en 1969 por El Colegio de México, junto con Estructuras y problemas agrarios de México 1500-1821 (Sep-Setentas, 1917), el cual fue reditado con el título de Origen y desarrollo de los problemas agrarios de México (Era, 1976).2 Entretanto, Enrique Florescano se encontraba en la buena compañía de Pierre Vilar, Pierre Goubert, Daniel Roche y Michel Vovelle, todos lectores de Carlos Marx —al menos del 18 Brumario—, todos partidarios de escribir una historia social “vista desde abajo”, es decir, atenta a las condiciones económicas y sociales y las reivindicaciones populares.

De esta forma, germinaban en su cabeza los futuros seminarios del Castillo de Chapultepec, que se realizarían entre 1971 y 1982, después de su salida hacia la Dirección General del INAH. También la demografía histórica, si bien no se dio bajo su dirección, tuvo el mismo origen parisino, así como la historia de las mentalidades.

 

 III

Justo cuando Enrique Florescano llegaba a Francia, cuando la historia económica y social parecía encontrarse en el cenit, subía al horizonte la nouvelle histoire, anunciada por diversos libros de Michel Foucault, en especial su Moi, Pierre Riviére…, la historia del joven parricida, excelente como texto, discutible en cuanto a interpretación. Los historiadores más jóvenes cuyas primeras publicaciones se encontraban bajo la estampilla de Braudel y Labrousse siguieron la bandera de Foucault, Michel de Certeau y Le Roy Ladurie. Habría que citar otra vez a Daniel Roche y Michel Vovelle, y mencionar a Pierre Nora y Jacques Le Goff. Nora funda en 1971 la gloriosa colección Bibliothèque des Histoires (Gallimard), una historia que se escribe en plural y sin mayúsculas, todo un programa que corresponde al definido por Foucault en L’Archéologie du savoir. En este sentido, Nora y Le Goff publican en 1974, bajo el título Faire de l’histoire, tres volúmenes de gran importancia. Antes de terminar su tesis y de regresar a México, Enrique Florescano tuvo el tiempo suficiente para vivir esa revolución historiográfica y preparar el trasplante en México de l’École des Annales y de la nouvelle histoire (en buena parte École des Annales bis). Veintiún años después de la publicación de El origen de las especies de Darwin, el ardiente darwinista T. H. Huxley escribió:

“History warns us […] that it is the customary fate of new truths to begin as heresies and to end as superstitions, and, as matters now stand, it is hardly rash to anticipate that, in another twenty years, the new generation, educated under the influence of the present day, will be in danger of accepting the main doctrines of The Origin of Species, with as little reflection, and it may be with as little justification, as so many of our contemporaries, twenty years ago, rejected them”.3

 

En esa forma, los Annales empezaron como herejía, llegaron a ser dogma y conquistaron al mundo antes de ser suplantados por una nueva ola, la cual, a su vez, empezó a discutirse en los años ochenta y noventa. Enrique Florescano tomó lo mejor de cada una de las tres épocas, sin abandonar nunca lo que en un tiempo más le había interesado. El escepticismo nunca lo invadió, su entusiasmo nunca lo abandonó.

Le Roy Ladurie, el historiador de la larguísima duración, del tiempo inmóvil, realizó una revolución copernicana con su gran libro Montaillou, village occitan, el cual promueve la microhistoria en forma de estudios de casos, como la historia regional, la antropológica o la psicohistoria. Fue el momento del abandono de los grandes espacios económicos, de la geo-historia “a la Braudel”, del reflujo de la historia económica y social a favor del estudio de la civilisation matérielle de l’outillage mental, de la historia sociocultural. ¡Triunfo de la historia de las mentalidades! Triunfo mundial, por cierto. Así, los historiadores de los Annales digerían el reto estructuralista de Claude Lévi-Strauss y la antropología. Una nueva generación tomaba la dirección de la revista: André Burguiere, Marc Ferro, Le Roy Ladurie y Jacques Revel. Todos conocidos, cuando no amigos, de Enrique.

Conservé entre mis papeles el programa del segundo ciclo de conferencias organizado por el Departamento de Investigaciones Históricas del Castillo para el año 1979, cada jueves, de las 17 a las 19 horas. Ese seminario de historia de las mentalidades tenía como meta expresa difundir entre los investigadores mexicanos “las corrientes de este nuevo campo de la historiografía contemporánea”, para lograr una nueva aproximación al pasado mexicano; ello después de una primera etapa en 1978 con la historia del cuerpo, el marginalismo, la relación entre mentalidad,  ideología e inconsciente. Todos  los grandes autores de la nouvelle histoire, sin excepción, fueron presentados y discutidos, especialmente el maravilloso George Duby, pionero en muchos sentidos.4

Enrique Florescano participó entusiasmado para alcanzar ese nivel académico al cual contribuyó en México. Pienso que el tema “memoria mexicana” que persigue sin descansar desde 1987 hasta la fecha,5 con sus reflexiones sobre pasado, memoria, tiempo, espacio, así como con sus trabajos sobre las identidades colectivas, la bandera mexicana, el oficio del historiador y su misión, a la par de su historia de las historias de la nación mexicana (Taurus, 1992), toda esa cosecha generosa ha sido sembrada en aquellos años parisinos y luego franco-mexicanos.

El temprano interés de Enrique Florescano por esos temas hace que las dudas, los cambios, las novedades de los últimos años no le hayan afectado. De hecho, el resurgimiento de la historia política, el fortalecimiento de la historia cultural, la confrontación de los historiadores con la moda imperativa y demandante de “memoria”, de “identidad”, que plantea el problema de la responsabilidad social del historiador, no le sorprenden. La “anarquía epistemológica”, “el fin de los Annales”, “el tiempo de las dudas”, le hacen lo que el viento a Juárez. En 1994 los Annales tomaron un nuevo subtítulo: Annales, histoire, sciences sociales, contribuyendo a “la cristalización de un nuevo paradigma” (Bernard Lepetit). Enrique Florescano recibe sin sorpresa Les Formes de l’expérience, un autre histoire sociale (Bernard Lepetit, 1994), así como la Histoire culturelle de la France (Jean-Pierre Rioux y Jean-François Sirinelli, 1997).

Pero lo que menos le sorprende y más le interesa es la corriente encabezada por Pierre Nora, la de historia, memoria e identidad, o los famosos lieux de mémoire. En 1978 Nora había anunciado en la enciclopedia La Nouvelle histoire: “de aquí en adelante, la historia se escribe bajo la presión de las memorias colectivas que buscan compensar el desarraigo histórico-social y la angustia del porvenir por la valorización de un pasado que no se vivía entonces como tal”. Raíces, patrimonio, conmemoraciones, multiplicación de exposiciones históricas, “los pinceles de la historia”, una verdadera inundación que presenta aspectos positivos, pero también dimensiones de calamidad. Les Lieux de mémoire, la grandiosa empresa editorial en siete volúmenes (Pierre Nora, 1984-1992), da la pauta y es el símbolo de esa nueva manera de “hacer historia” (faire l’histoire), una historia simbólica al segundo grado.

A Enrique Florescano le tocó vivir poco después de la desaparición del Imperio colonial y a la hora del mayo 68, es decir, le tocó presenciar el fin de cierta identidad francesa, en buena parte formada y transmitida por los historiadores y por la enseñanza de la historia patria en las escuelas en forma de “roman nacional” (novela nacional). Tan pronto como regresó de París, Enrique Florescano planteó las preguntas: “Historia, ¿para qué y para quién? Historia nacional, ¿para qué y para quién?”. Empresa peligrosa y de largo alcance de revisionismo histórico que dio frutos directa e indirectamente en los años noventa, en gran parte gracias al esfuerzo del empresario cultural Enrique Florescano.

Como sus colegas franceses, Enrique Florescano desmenuzó el significado de lo nacional, su formación y perpetuación; como Pierre Nora, propuso remodelar la identidad nacional o, mejor dicho, actualizarla en función de las necesidades del nuevo México urbanizado de 104 millones de habitantes, de los cuales muchos están entre Estados Unidos y México, todo ello después de la “transición democrática” y la desaparición del famoso “sistema político mexicano”. ¿Cómo pasar de un nacionalismo agresivo, monolítico, a un nacionalismo inclusivo y plural? ¿No habrá contradicción en los términos? Enrique Florescano apuesta, como Pierre Nora, por una nueva conciencia nacional, ya no nacionalista unitaria y sectaria, sino “patrimonial”, fundada en la conciencia de sí misma, en la conciencia de los muchos Méxicos. Tengo mis dudas respecto de darle una inflexión patrimonial a la enseñanza de la historia: El nuevo pasado mexicano (1991), Tiempo espacio y memoria histórica entre los mayas (1992), El mito de Quetzalcóatl (1993 y 2001), Etnia, Estado y nación  Ensayo sobre las identidades colectivas en México (1997 y 2001), etcétera, son la vertiente académica de su búsqueda cívica que se acompaña de una reflexión sobre La historia y el historiador (1997),  Para qué estudiar y enseñar la historia (2000), y un sinfín de artículos y entrevistas sobre el tema. Enrique Florescano tiene de pronto unos acentos programáticos dignos del gran Ernest Renan (1871).6

 

Conclusión, cuando por definición no puede haber conclusión

En nuestra concepción de la vida pública pasamos de una sociedad en  la que la legitimidad venía de la tradición a una sociedad regida por el modelo del contrato al cual cada uno aporta —o no— su adhesión. La memoria, la tradición, la historia, deberían entonces dejar el lugar no al olvido, sino a algunos principios generales, a la famosa “voluntad general”. En tal caso, nuestra vida pública no necesitaría de la “función social del historiador” ni de la historia como fuente (dudosa) de legitimidad. Sin embargo, distamos mucho de realizar esa utopía y los historiadores franceses, mexicanos y demás siguen “formando patria(s)”.

Déjenme concluir con una sonrisa. En 1992, para conmemorar el Quinto Centenario del desembarco de Cristóbal Colón, Mercedes Iturbe tuvo la buena idea de encargar a los alfareros de mi querido pueblo Ocumicho, Michoacán, uno de los famosos diablillos, monitos de la Conquista. Al saber el motivo del encargo, los ocumichos, un tiempo llamados tarascos, recién rebautizados purépechas, preguntaron: “¿Cuál conquista?”. Ellos no sabían de ninguna conquista. Ni modo. ¡Adiós memoria mexi- cana, adiós memoria indígena, adiós historia de bronce!

El único modo de acceder a la ciencia, escribe Karl Popper por ahí, es encontrando un problema —eso mismo le dijo Jacques Bertin en 1965 a Enrique Florescano y a Jean Meyer—, quedar fascinado por su belleza, enamorarse de él, hacerle niños-problema, fundar una familia de problemas. Creo que eso le ha pasado a Enrique Florescano y por eso nunca se aburre.

BIBLIOGRAFÍA

Braudel, Fernand (1986), L’identité de la France, París, Les Editions Arthaud, 1986.

Florescano, Enrique, “Estudios de la historia, salvaguarda de la nación”, en El
Universal, México, 17 de abril de 2002.

________, “Miserias y deformaciones de la enseñanza de la historia”, en La Jornada, México, 14 de febrero de 2002.

________, “Función social del historiador, la historia como identidad”, en El Ángel
de Reforma, México, 8 de diciembre de 1996.

________ y Susan Swan, Breve historia de la sequía en México, Xalapa, UV, 1995.

________, Memoria mexicana. Ensayo sobre la reconstrucción del pasado: época prehispánica-1821, México, Joaquín Mortiz, 1987 (Contrapuntos).

________ y Victoria San Vicente, Fuentes para la historia de las crisis agrícolas (1809-1811), México, UNAM, 1985.

________ y Elsa Malvido (comps.), Ensayos sobre la historia de las epidemias en México, México, IMSS, 1976.

________ e Isabel Gil Sánchez, 1750-1808: la época de las reformas borbónicas y del crecimiento económico, México, inah-Departamento de Investigaciones Históricas, 1974.
________ e Isabel Gil Sánchez (comps.), Descripciones económicas de Nueva España, México, INAH, 1973 y 1976.

________ y Alejandra Toscano,  Bibliografía general del maíz en México,  Xalapa, UV, 1966.

Huxley, Thomas Henry, On the Reception of the Origin of Species, Londres, Kessinger Publishing, 2004.

Rojas, Beatriz (comp.), Obras selectas de George Duby, México, FCE, 1999.

 

Este texto forma parte del libro Enrique Florescano: Semblanzas de un historiador (coordinadores Juan Ortiz Escamilla y Nelly Palafox López), editado por la Universidad Veracruzana.


1 Un tiempo nada más. L’Identité de la France (1986), el último libro de Braudel, fruto de un curso que empezó en 1970 y que prosiguió después de su jubilación, canta una canción muy diferente y le devuelve toda su importancia a la política.

2 De la misma manera, salieron las siguientes obras en colaboración: con Alejandra Moreno, Bibliografía general del maíz en México (Xalapa, UV, 1966); con Isabel Gil, 1750-1808: la época de las reformas borbónicas y del crecimiento económico (México, INAH, 1974); con Susan Swan, Breve historia de la sequía en México (Xalapa, UV, 1995); con Isabel Gil, la compilación en tres tomos de Descripciones económicas de Nueva España (México, INAH, 1973 y 1976); con Elsa Malvido, la compilación Ensayos sobre la historia de las epidemias en México (México, IMSS, 1982); con Victoria San Vicente, Fuentes para la historia de las crisis agrícolas 1809-1811 (México, UNAM, 1985) etcétera.

3 Thomas Henry Huxley, On the Reception of the Origin of Species, Londres, Kessinger Publishing, 2004. “La historia nos advierte que […] es el destino habitual de las nuevas verdades comenzar como herejías y acabar como supersticiones, y, tal como son las cosas ahora, es apenas arriesgado anticipar que, en otros veinte años, la nueva generación, educada bajo la influencia de la actualidad, estará en peligro de aceptar las principales doctrinas de El origen de las especies con tan poca reflexión y quizá con tan poca justificación como muchos de nuestros contemporáneos las rechazaron hace veinte años”.

4 Beatriz Rojas (comp.), Obras selectas de George Duby, México, FCE, 1999.

5 Su primer libro sobre este tema lleva el título de Memoria mexicana. Ensayo sobre la reconstrucción del pasado: época prehispánica-1821, y no tarda en publicar su vigésima obra.

6 “Función social del historiador, la historia como identidad”, en El Ángel, de Reforma, 8 de diciembre de 1996; “Miserias y deformaciones de la enseñanza de la historia”, en La Jornada, 14 de febrero de 2002; “Estudios de la historia, salvaguarda de la nación”, en El Universal, 17 de abril de 2002.

 

Un comentario en “El momento francés de Enrique Florescano

  1. La sociedad tiene conciencia de sí misma, a través de la interpretación de su historia, como fenómeno cultural. Cada sociedad ha de leer en su propia historia, su manera de abordar la existencia, que falta, que necesita, por donde ha de encaminar sus pasos, cuál es el significado de sus existencia como sociedad, que pretende,a donde quiere llegar. Esas y muchas otras incognitas son desafíos que toda sociedad debe de enfrentar, so pena de perecer como asociación humana, como nación.
    Todas esas formas de interpretar la historia, son un inventario, tal vez interminable, de las facetas de la existencia de los hombres y sus sociedades. A cada sociedad corresponden sus respectivos desafíos que superar, para eso es la historia, que no es un simple recuento de lo sucedido o de lo que puede llegar a suceder, sino una minuciosa descripción de las piedras angulares que soportan la existencia de una sociedad, y del descubrimiento de las formas de perfeccionar a los individuos y a las sociedad para que superen sus desafíos.
    No hay manera en que una sociedad escape del duro deber de cumplir su destino, pero la historia es una forma de conciencia que les sirve a los hombres para darse cuenta de lo que es necesario hacer para vencer sus retos, como individuos y como sociedades.
    La conciencia es una construcción histórica y en esa tarea de conocernos y conocer nuestro entorno, la historia es una tarea crucial, si no nos conocemos, no podemos transformarnos en algo mejor.Para las sociedades y los individuos, la historia es una forma de conciencia, y a su vez la conciencia es una construcción del “espíritu” humano.