A Marthe de Caylus le tocó vivir desde los siete años de edad en la corte de Luis XIV bajo la tutela de su tía, la Marquesa de Maintenon. Comprendió cómo funcionaba la vida de la corte, tan bien que sus memorias escritas muchos años después carecen de ese tono de admiración absoluta característico de estar en compañía de figuras históricas. No escribe apenas nada de su vida propia, nada en absoluto sobre política real y muy poco sobre intrigas de largo alcance; pero sí centra su atención en varias damas de la corte (es más un interés compasivo que malicioso). ¿Llegó a darse cuenta de que estaba describiendo una especie de infierno para mujeres? Es probable que sí, aunque, naturalmente, evitaba utilizar términos como ese. A su modo de ver, las amantes del rey eran quienes se llevaban la peor parte. Por norma general, la que venía después crecía justo al lado de la anterior, y la rivalidad y las disputas por las competencias pertinentes duraban años. La señorita de La Vallière se pasó en vano dos años aguardando a la señora de Montespan, quien, más tarde, estuvo aún más tiempo aguardando a la señora de Maintenon. Por no hablar de aventuras esporádicas. La estrella que ya se ponía y la que salía no tenían más remedio que mirarse y ayudarse una a otra en el dormitorio para desnudarse y vestirse. Sin tregua, tuvieron que bombardearse con amables palabras, acariciar la cabeza de los hijos de su rival engendrados por el rey, mirarse en los mismos espejos o tener que llevar la ropa a la misma tina de Versalles. A ojos de los franceses, Luis XIV es el gran rey. Sin embargo, los franceses deberían cambiar de opinión. No porque fuera infiel, sino porque fue incapaz de manejar la situación de sus mujeres de manera más inteligente. Sospecho que era tremendamente infantil y sentía un irreflexivo placer al ver cómo a éstas no les quedaba remedio que soportarse. Incorporemos, además, a la reina en este escenario, abandonada de manera humillante a los ojos de todos. La reina fue una criatura tan profundamente acomplejada que, cuando el rey se dirigía a ella de vez en cuando, temblaba de miedo como una hoja de papel. En aquellos tiempos no se conocían aún los hospitales psiquiátricos, por lo que todas estas damas terminaban aterrizando, una tras otra, en los conventos. Pero incluso allí, la fatal fuerza de la costumbre las obligaba a reencontrarse unas con otras. Esta vez sí, para conversar con sinceridad. Pero ¿y de qué? Probablemente, de lo difícil que les resultaba encontrar un marido adecuado. Y de que, gracias a Dios, el peor de todos ya había pasado.

Fuente: Wislawa Szymborska, Más lecturas no obligatorias (traducción de Manuel Bellmunt Serrano), Ediciones Alfabia, Barcelona, 2012.

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