La humanidad hizo continuos intentos por domesticar una de las variedades de caballos salvajes, los tarpanes, alguna vez muy comunes en Ucrania. Hacia los años de 1870, el número de tarpanes se había reducido casi a un punto sin retorno cuando en la estepa de Pachmanov unos pastores divisaron una yegua solitaria, acercándose más y más a la manada de caballos domesticados, es de suponerse que en busca de compañía. La hembra se apareó con el garañón de la manada y al cabo parió a dos potrillos. Un día ella siguió a los potrillos hasta el establo de un terrateniente cuyos hombres, al darse cuenta de lo que valía la yegua, corrieron para separarla de los otros caballos; la pelea subsiguiente fue tan brutal que la yegua perdió un ojo. Enfurecida, intentó trepar por la caja en que la habían encerrado, y atacaba a todos los que hacían el intento de acercarse. Encerrada en el establo, se asentó lo suficiente como para dar a luz a un tercer potrillo, pero cuando llegó la primavera y soltaron a los caballos para que pastaran en libertad, la yegua huyó, dejando atrás a su potrillo. Los jinetes la vieron de nuevo en el otoño: una figura escurridiza, que aparecía y desaparecía en el paisaje circundante. Decidieron probar a sus caballos contra ella y salieron a capturarla, turnándose jinetes y monturas, pero nadie podía alcanzarla hasta que, al saltar sobre un banco de nieve, tropezó en un arroyo oculto y se rompió una pata. La arrastraron en un trineo al pueblo local, donde intentaron hacerle una pata postiza, pero murió a los pocos días. Era la última de los tarpanes.

 

Fuente: TLS, febrero 2017.

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