En este breve artículo realizo un análisis observacional sobre quién viola más las normas sociales en el tráfico. Defino norma social como aquella donde hay una percepción generalizada de aprobación o desaprobación sobre cierto tipo de conducta.1 En la entrada a la Supervía de Calzada Las Águilas rumbo a Santa Fe en la Ciudad de México se juntan largas colas de automóviles en la hora pico matutina. Sólo existe un carril de entrada y la calle tiene dos carriles. La mayoría realiza una cola para poder entrar a dicha vía. Sin embargo, justo antes de la entrada existen automóviles que violan la norma social y deciden cortar camino y meterse a la cola. Este acto no es ilegal, pero sí viola una norma social de justicia y equidad en que cada uno debe formarse para esperar su turno. La pregunta que intento contestar es qué tanta violación a la norma social existe, qué tanta respuesta hacia esa violación de la norma social existe por los afectados y, principalmente, si la violación a la norma social puede explicarse en parte a diferencias en estatus socioeconómico.

Aunque el análisis observacional es simple, la cuestión de qué afecta el cumplimiento de las normas sociales no lo es. ¿Por qué unas sociedades cooperan más entre sí y otras no? Una posibilidad para explicar esa diferencia es la fragmentación social en términos socioeconómicos.2 México es un país con una desigualdad alta donde el 10% más rico de la población concentra 64% de la riqueza del país.3 A mayor desigualdad, los individuos con mayor poder económico pueden sentirse privilegiados y menos dispuestos a cooperar con el resto de la sociedad. De hecho, estudios recientes muestran precisamente ese resultado: los ricos sienten menos empatía y compasión por los menos favorecidos.4 Además, la elite tiene mucho más poder para moldear las instituciones y políticas públicas que las personas de menos recursos. De esta forma los grupos más favorecidos en términos socioeconómicos tienen una ventaja adicional para poder cimentar normas sociales que otros grupos.

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Ilustración: Víctor Solís

Dado que la norma social de no meterse a la cola es precisamente social y no legal, un individuo racional y egoísta debería de meterse siempre a la cola. Ese individuo es conocido como polizonte o como diríamos muchos simplemente un gandalla. Por otro lado, si los individuos en la sociedad están conformados por personas que se preocupan por los demás, que son afectados por lo que piensan los demás de uno mismo entonces ese tipo de personas no debería de meterse a la cola. El análisis es clave para entender cuál debería ser el tratamiento adecuado hacia los gandallas.

El análisis observacional se realizó durante seis días entre semana en agosto de 2015 y 2016 en periodo de clases. Se recopiló la siguiente información entre las ocho y nueve de la mañana: género de la persona que se metía en la cola en el último momento violando la norma social (aproximadamente 30 metros antes de la pluma), tipo de automóvil, marca, modelo y año de éste. Si bien el género, marca y tipo de automóvil (camioneta, automóvil, taxi) son claros, el modelo y el año no lo son tanto. Se trató de ser lo más preciso posible pero hay que reconocer que las medidas de marca y año pueden tener cierto error de medición. Para poder decir que cierto grupo viola más o menos las reglas necesitamos compararlo contra otro que no las viole. En este estudio se toma como grupo de comparación los automóviles antes y después en la fila del violador de la norma social. Se recopila la misma información antes descrita. Por tanto, si existe error se espera que afecte de la misma forma tanto a los polizontes como a los que cumplen la norma social. Finalmente, se usa el Libro Azul para dar un valor monetario a los automóviles de acuerdo a la marca, modelo y año.

¿Qué tanta violación existe a la norma social de no meterse a la cola en el último momento? Durante los días del análisis entre ocho y nueve de la mañana la cola se mueve aproximadamente a 13 automóviles por minuto, por lo tanto en una hora se tienen aproximadamente 780 automóviles tomando la Supervía Poniente rumbo a Santa Fe. La violación a la norma social ocurre en promedio cada minuto. Es decir, casi 8% de los automóviles violan la norma social de forma burda en el último momento. No es un porcentaje menor pero tampoco es un número altísimo que diga que todos los automóviles violan la norma social. La gran mayoría de las personas, por tanto, cumple la norma social de hacer cola y esperar su turno para pasar. También se puede interpretar que estos resultados rechazan la idea que la mayoría de las personas son completamente egoístas. Pero como en cualquier sociedad, siempre existe un número de gandallas que trata de tomar ventaja de los demás. La respuesta de la sociedad es clave para que el porcentaje de polizontes no aumente.

¿Existe rechazo hacia los gandallas por la violación de la norma social? Sí, pero es relativamente baja. Sólo 15% de los automóviles que iban detrás del polizonte sonaron el claxon como forma de reclamo. Es decir, aproximadamente dos de cada 13 automovilistas reclaman y castigan al gandalla por su forma de actuar. A estos castigadores se les conoce como “castigadores altruistas” porque existe un costo al emitir el castigo pero no hay un beneficio inmediato. La presencia de estos castigadores es vital para que los gandallas no se extiendan en la población y para que pueda sostenerse la cooperación.5

Intenté realizar un estudio similar de violación de normas en el Sistema de Transporte Colectivo Metro en la Ciudad de México. Mis asistentes de investigación servían de actores, tiraban basura frente a una persona, y lo que quería analizar era el grado en que las personas que veían dicha conducta reclamaban. El experimento lo tuve que suspender porque de aproximadamente 75 casos sólo una persona reclamó. En ese contexto, el grado de castigadores es sustancialmente menor. Definitivamente necesitamos más investigación aplicada sobre qué tantos castigadores altruistas existen en diferentes contextos, pero también sobre qué otras variables se correlacionan con la decisión de castigar. Por ejemplo, es posible que el estrato socioeconómico afecte el grado de empoderamiento para poder reclamar una violación a la norma social.

¿Quiénes violan y defienden la norma social? Las mujeres cumplen más la norma social que los hombres aunque el grado de violación de la norma sigue siendo alta. 34% de las mujeres viola la norma social mientras que en los hombres es 41%. En este contexto, las mujeres tienen preferencias más pro sociales que los hombres.

En términos de estratos socioeconómicos también existen diferencias en quien viola la norma social. La gráfica muestra los resultados descriptivos. Del total de autos que violan la norma social 21% tiene un valor menor a 100 mil pesos. Pero entre los que no violan la norma social se tiene a 24% de los automóviles. En la parte alta por otro lado se tiene que 24% de los automóviles que violan la norma social tienen valor de más de 250 mil pesos, pero sólo 21% de los que no violan. En promedio los carros que violan la norma social tienen un valor monetario mayor en seis mil pesos que los cumplidores de la norma social.6 En resumen, un automóvil que viole la norma social es ligeramente más probable que tenga un mayor valor monetario que uno cumplidor de la norma social. Esto es consistente con resultados en otros contextos que muestran que los ricos denotan menor empatía y compasión con el resto de la sociedad.

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También es posible saber quiénes son castigadores de la violación a la norma social. Las mujeres son más propensas al castigo en forma de tocar el claxon que los hombres. Las mujeres que van atrás del automóvil que viola la norma social responde en 16.4% mientras que los hombres sólo en 14.6%. Por otro lado, los automóviles de mayor valor monetario también son ligeramente más propensos a reclamar por medio del claxon a los violadores de la norma social. A diferencia de los resultados encontrados en la gráfica, la mayor diferencia entre castigadores y no castigadores proviene de automóviles con valor entre 200 y 250 mil. La proporción de automóviles que castiga a los violadores de la norma social que está en ese rango es de 17% mientras que los no castigadores son 14%.7

Los resultados del análisis observacional son interesantes. En términos de género, las mujeres son menos propensas a violar la norma social de meterse en la cola y al mismo tiempo ligeramente más propensas a castigar dicha conducta. En términos de estrato socioeconómico, los automóviles con mayor valor monetario violan la norma social con mayor frecuencia que los de menor valor. Asimismo, esa diferencia es también similar entre aquellos que deciden reclamar la violación de la norma social y los que no.

A todos nos gustaría vivir en una sociedad que fuera armónica y que todos sus miembros cumplieran las normas sociales. Nuestra sociedad tiene altos niveles de desigualdad y existe, como en otras sociedades, un porcentaje de gandallas que trata de sacar ventaja de los cumplidores de la norma social. La pregunta entonces es cómo disminuir el número de gandallas. En otras palabras, se busca cómo mejorar la cultura cívica de tal forma que aumente el cumplimiento de normas sociales básicas y a su vez mejore el engranaje del funcionamiento entre Estado y sociedad.

Se pueden pensar intervenciones en varios frentes. Por un lado, se puede afectar la conducta directamente del gandalla. La investigación reciente muestra que recordatorios sobre la moralidad de las personas disminuyen actos deshonestos.8 En este sentido, es importante que se cuente con anuncios a lo largo de la calle donde se mencione la conducta esperada de las personas. Si se incluye la palabra “es lo justo”, es posible que aumente más la proporción de autos que cumplan la norma social. El ejemplo mencionado aquí es particular, pero sus implicaciones son generales. Los gandallas tienen que internalizar el costo que ocasionan a la sociedad, pero se vuelve más difícil que suceda si no hay una campaña general que justifique la norma social.

El aspecto clave, sin embargo, para que se reduzca el número de gandallas es el castigo que puedan recibir de otras personas. En Colombia, Antanas Mockus, quien fue presidente municipal de Bogotá y que realizó cambios sustanciales en la cultura cívica de esa ciudad, tiene una frase relevante: “Primer anillo de seguridad: tu conciencia. Segundo anillo —si tu conciencia falla— tus vecinos, amigos y colegas. Si la autorregulación y la mutua regulación no bastan, policía y la justicia. Pero en ese orden”. En México se nos ha olvidado el poder que tiene la mutua regulación para modular conductas. Por eso es tan importante que desde el Estado y otras instituciones fomenten el que todos somos parte de una sociedad y que se debe llamar la atención al que viola la norma social. Esos actores también deberían ser los primeros en predicar con el ejemplo.

La mutua regulación tendría beneficios en otros aspectos de nuestra vida. Como en la teoría de las ventanas rotas, cuando se observa una mejor cultura cívica en un área se tiende a contagiar esa buena conducta en otras áreas. Esta tolerancia cero con la violación de normas sociales podría cambiar también potencialmente a las personas que buscan o se benefician de actos de corrupción. Pequeños cambios positivos tienen un efecto multiplicador en la sociedad.

Roma no se construyó en un día, efectivamente. Tampoco lograremos construir una sociedad con confianza y armonía de un día para otro. Pero si nuestro primer ladrillo es inculcar a las personas, especialmente a nuestros niños y jóvenes, no sólo que la norma social debe cumplirse sino que es importante reclamar al gandalla la inequidad de su acto tal vez podamos construirla más fácilmente.

 

Raymundo M. Campos
Profesor-investigador en el Centro de Estudios Económicos de El Colegio de México.

Agradezco la asistencia en investigación de Alejandro Gómez López y de Celestino Arellano, así como los comentarios y sugerencias de Luis Monroy, Fernando Nieto y Raúl Zepeda.


1 Keizer, K., S. Lindenberg y L. Steg, “The spreading of disorder”, Science 322, 2008, pp. 1381-1385.

2 Por ejemplo los libros: Putnam, R., Bowling alone: The collapse and revival of American community, Simon & Schuster Press, 2000, y Wilkinson, R. y K. Pickett, The spirit level: why greater equality makes societies stronger, Bloomsbury Press, 2009.

3 Esquivel, Gerardo, Desigualdad extrema en México. Concentración del poder económico y político, Oxfam, México, 2015.

4 Piff, P., D. Stancato, S. Côté, R. Mendoza-Danton y D. Keltner, “Higher social class predicts increased unethical behavior”, Proceedings of the National Academy of Sciences 109(11), 2012, pp. 4086-4091.

5 Por ejemplo, ver el trabajo de la ganadora del Premio Nobel en Economía en 2009, Elinor Ostrom, “Collective action and the evolution of social norms”, Journal of Economic Perspectives 14(3), 2000, pp. 137-158.

6 La diferencia en precios no es estadísticamente significativa en el lenguaje estadístico. Aunque puede que esto se deba a la muestra pequeña de 914 automóviles. Para lograr una estimación estadísticamente significativa (con un poder de 80%) se tendría que llegar a tener una muestra de al menos cinco mil automóviles. Suponiendo que se sigue encontrando un efecto similar al reportado aquí.

7 La diferencia en valor monetario tampoco es estadísticamente significativa. Dado que sólo 15% de los automóviles que van detrás del violador de la norma social reclama, la muestra analizada se reduce a 47 autos.

8 Ariely, D., The (honest) truth about dishonesty, HarperCollins Publisher, 2012.

 

9 comentarios en “¿Quién es gandalla en México?

  1. Interesante artículo, que nos invita a la reflexión. Alguna vez un compañero me comentó que él dejaba pasar a este tipo de personas, porque quizá llevan prisa. Y probablemente se meten de manera arbitraria,desde entonces solo a algunos los dejo pasar 🙂

  2. Muy interesante artículo y viene a confirmar lo que ya me imaginaba. Coincido en la importancia de las reglas sociales para ser mejores ciudadanos. Todos los días, en mi camino de regreso del trabajo, me enfrento a un escenario como el descrito. En otro país sería una castigadora altruista, ahora solo hago muecas digo malas palabras que obviamente el automovilista violador no escucha, pero no toco el claxon ¿Por qué? En un país en donde la queja se puede pagar con la vida, por nada del mundo toco el claxon. He sabido de casos en los que un automovilista ha sido asesinado, o al menos golpeado, por haberle relcamado al violador de la norma. Así que cualquier campaña que se implemente debe considerar eso.

  3. Interesante articulo. Desafortunadamente en este país el “castigo altruista” tiene un efecto negativo, que como han comentado puede costar la integridad. Además, la autoridad vial no parece tener interés en difundir campañas de concientización, ni los agentes de tránsito hacen su trabajo, o tal vez no tienen incentivos, para beneficiar la vialidad.

  4. Comparto la opinión de los lectores anteriores, aun así, creo que hay muchas más variables a considerar, entre ellas el tipo de automóvil que es desplazado indebidamente por el “gandalla”, es decir, si el hecho de percibir una mayor diferencia implica necesariamente un incentivo para la comisión de esta conducta, asimismo, la pericia del conductor (si un conductor no se siente seguro de la maniobra es probable que no la intente aunque ello no implica que no piense intentarla en un futuro, es decir, si hay una intención de transgredir la norma y el cumplimiento de la misma no deriva de una intención personal o del temor al castigo social). Espero continuén con este tipo de experimentos.

  5. Raymundo tu artículo es sugerente y anota una relación central entre el gandalla y la ausencia de una sociedad colaborativa. La pregunta ¿Por qué en la CDMX la cooperación no forma parte de nuestra cultura o sistema educativo urbano? todo ello va de la mano con la capacidad crítica y autocrítica, las estructuras de valores que puedan construirse en los órganos institucionales (familia, escuelas, empresas, etc.) No obstante, tu caracterización de “Ricos” es muy conflictiva dado que la lucha de clases en las experiencia urbana y en la actualidad no se reduce (porque es imposible, es mucho más compleja la estructura de clases en América Latina) a ricos y pobres por contabilizar el valor de su automóvil. En ese sentido, en tu texto se asume una postura a partir del prejuicio de clase…Los prejuicios y las descalificaciones generalizantes también llevan a formar sociedades fragmentadas, incapaces de establecer una comunidad de la cooperación.

  6. Yo me he metido de forma gandalla y al analizar mi conducta he caído en cuenta de varias situaciones. Primero no hacemos caso del tiempo de traslado, por lo general los gandallas, quieren ahorrar tiempo, cuando deberían de salir antes para llegar a buena hora a sus destinos y no cometer estos actos arbitrarios.

    Muchas de las ahujas de incorporación están mal señalizadas o son de espacio insuficiente para la afluencia vehicular que por ahí transita, lo que no justifica la conducta; sin emabgo se deberían de ampliar los accesos a este tipo de vías o incorporaciones vehiculares.

    Hay incorporaciones que se obstruyen más por que adelante se genera un asentamiento vehicular, provocado por factores atribuibles a una pesima planeación de las vialidades o asentamientos vehiculares provocados por el transporte público. Una política pública en donde la autoridad tenga mayor presencia como agentes de policía agilizando estás incorporaciones, así como letreros de cortesía vial, como el ejemplo señalado en la investigación de “es justo” podrían hacer reflexionar a los automovilistas y hacer conciencia en la importancia de la educación vial.
    Casualmente en horarios pico desaparece la autoridad vial.
    Gracias por la investigación; por lo que a mí respecta tomaré mayor tiempo para realizar mis traslados con tranquilidad. Utilizaré aplicaciones para medir tiempos y trayectos que me permitan llegar fácilmente a mis destinos como la aplicación Waze que me indica rutas, trayectos y embotellamientos en horarios pico. La reflexión y la conciencia me permitirán ser un mejor ciudadano y organizar mejor mis tiempos y disfrutar más de mi ciudad, gracias.

  7. Excelente artículo, ha pensado repetirlo en una salida (o entrada a) de una vía pública, lo menciono por la tolerancia de los estratos altos hacia los estratos altos. Reflexionando respecto a la gandallez en las vías he concluído que hay dos tipos de gandallas: los recurrentes (aquellos que pasan por ahí diario y saben que la fila es larga) y los esporádicos (aquellos que se meten porque no saben que esa fila es tan larga porque están formados) seguramente la incidencia de esporádicos no afecta el resultado.
    Por otro lado, me ofrezco como voluntario para identificar autos, soy muy bueno en eso.
    Adicional, unos amigos y yo estamos liberando ciclovías y pasos peatonales, nos enfrentamos a una serie de agresiones por parte de los infractores, si le interesa podemos contarle nuestra experiencia.
    Saludos!!

  8. Interesante el artículo y sus conclusiones.
    El “gandalla” (gandaya, RAE dixit) chilango es un ser distinto a sus posibles pares de cualquier latitud.
    Su conducta es muy especial y destaca el aspecto del nivel económico, sin embargo creo que todavía es rescatable si Leyes, Reglamentos y Normas fueran difundidos a través de una campaña multimedios masiva que hiciera énfasis en los puntos álgidos de esos documentos y quitara así las permanentes excusas “prisa” y “desconocimiento”.
    Claro que esto sería “electoralmente incorrecto” (Y más en este año previo al 2018) por lo que me parece magnífico que la Intelectualidad se encargue de su análisis y difusión.

  9. Gandallas, ricos y pobres. En el artículo aparece un ejemplo con conductores, pero un ejemplo más simple el la fila en la que este uno formado (tortillas, cine, para entrar algún lugar) y no falta el “listo” que se mete adelante. Creo que esa cultura del agandalle se debe a que se festeja, se ve bien, se premia y se considera “correcto” esa actitud. Quizás las campañas no sirvan de mucho, pero creo que la educación en nuestras casas y en las escuelas (retomar el civismo) serían la diferencia, el preocuparnos un poco por el otro y un menos sólo por uno mismo; ser menos yoyo y más nosotros.