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Durante los primeros cien días del gobierno de Rodrigo Duterte en Filipinas la guerra contra las drogas se llevó a cabo con una inequívoca mezcla filipina de drama, espectáculo de masas y violencia enigmática. A principios de agosto de 2016, en un discurso en la base naval, Duterte leyó en voz alta una lista de más de 150 políticos y oficiales de policía que según él estaban involucrados en el comercio ilegal de drogas, la primera de una serie de “narcolistas” que soltó en los meses siguientes. En los primeros tres meses de la presidencia de Duterte el Daily Inquirer filipino enumeró a más de mil 400 consumidores de drogas muertos por la policía y los vigilantes. Las primeras planas se llenaron de fotos de las víctimas teñidas de sangre, amarradas y amordazadas con cinta de aislar, a las que les habían disparado en la cabeza o les habían dado muerte por garrote; de sus cuellos colgaban letreros para advertir a otros. En los barrios bajos de las grandes ciudades la policía llevó a cabo un operativo en el que visitaba las casas de los sospechosos de estar involucrados con drogas y los instaba a que se entregaran solos. Informes del gobierno presumían de que en los primeros dos meses 700 mil “personalidades de la droga” se rindieron en ceremonias masivas en explanadas, plazas urbanas y auditorios. Un oficial del gobierno reveló que el Libro Guinness de Récords Mundiales expresó su interés en certificar el asunto como la mayor rendición masiva de criminales en toda la historia.

Fuente: The New Yorker, noviembre 21, 2016.