06-democracia

En la mañana (en Moscú) fuimos a la tumba del soldado desconocido. Miraba yo al Presidente: hay gran dignidad en el porte de Echeverría, en su seriedad, en su cordialidad, en el hambriento interés con que asoma a cuanto le sale al paso. Además, él cree profundamente en lo ceremonial, lo asume tanto como la relación personalísima donde exige que no se le trate como Presidente. Y lo difícil para uno, desde el comienzo y cada día más porque él es más el Presidente día con día, lo difícil para uno que anda metido en ejercicios públicos es no poder deslindar las personalidades, no poder entrar en una intimidad preguntona y exigente o presuntuosamente consejera donde de pronto pueda aparecer el Jefe de Estado y sus ilimitadas fuentes de información y su derecho al rechazo. Lo digo porque mientras (Echeverría) asiste al toque fúnebre —jardín a la espalda, roja barda al frente, columnilla de mármol con inscripción al pie, gente rusa y gente mexicana en reverencia y Lenin monumental en la plaza a la izquierda, donde el tránsito se ha suspendido, y el obrero, el soldado, la joven, la vieja y hasta el niño que jugaba están gorro en mano y la vista en el suelo; mientras eso pasa, digo—dialogo dentro de mí: “Bueno pues, señor: qué cocinas allá arriba usted y los hombres del Kremlin, y qué se cocinará en China; debemos saber, tenemos derecho, porque mire usted: aquí abajo las murmuraciones y predicciones… y yo podría, si me permite un par de objeciones y tres o cuatro preguntas precisas… En primer lugar y dada nuestra productividad actual y la de la Unión Soviética…”. Ya acabó la ceremonia. Vamos saliendo. “Cómo te va, Ricardo”. “¡Cómo está usted, señor Presidente!”. No. No se puede. No somos iguales. Y calma, sin aspavientos, esto todos aquí lo entienden. He visto a líderes broncos, a banqueros iracundos, a intelectuales y a estudiantes acelerados a fondo alardear de “¡voy y le digo porque su deber es escucharme y me le planto!”, y cuanto hay, cera y pabilo del Presidente, y cuando por fin llegan, solos o en masa, frente a López Mateos, frente a Díaz Ordaz, frente a Echeverría, los he visto mansos y hasta compulsivamente unciosos. Lázaro Cárdenas me dijo una vez: “eso no está mal, en tanto no formemos una verdadera democracia, sólo eso nos salva, aunque también sólo eso, probablemente, nos impide formarla”. Me iba a lanzar, me regalaba el tema en bandeja de plata; me atajó: “Antes tenga en cuenta que, por lo pronto, eso no tenemos con qué suplirlo”.

Fuente: Ricardo Garibay, ¡Lo que ve el que vive!, Excélsior, abril, 1976.